

Daniel Mordzinski es un tipo pelirrojo, delgado y siempre vestido de negro que calla y mira mucho. De hecho Daniel Mordzinski mira tanto, y con tanta intensidad, que es capaz de atrapar con sus pupilas un instante de tiempo congelado. Pura vida quieta, atravesada por la mirada de Mordzinski, como una mariposa pinchada sobre un corcho.
Daniel Mordzinski es uno de los mejores fotógrafos del momento. Nació en Buenos Aires hace 48 años, pero vive en París, y podría ser de cualquier lugar, porque posee ese aspecto borrosamente cosmopolita, multicultural y deshuesado que tienen algunos argentinos. Daniel estudió cine en París y literatura en Tel Aviv, uniendo académicamente sus dos pasiones: la imagen y la palabra. Que ama y domina la imagen es cosa obvia, porque ha dedicado toda su vida a cazarla, recrearla, retinarla. Es fotógrafo profesional desde 1982 y sus trabajos han aparecido y aparecen en un buen montón de periódicos y revistas internacionales, desde París Match a La Stampa, desde Le Nouvel Observateur a El País. Además ha hecho numerosas exposiciones por el mundo y ha publicado diversos libros con su obra. De manera que no hay duda de que la imagen es lo suyo.
Lo que sorprende más es esa afición, ese amor, casi diría esa mitificación o esa obsesión por la palabra, teniendo en cuenta que Mordzinski es un hombre prácticamente mudo. Exagero, desde luego, pero poco. Aunque, ahora que lo pienso, puede que sea precisamente por eso, porque no habla, por lo que Daniel Mordzinski sueña con las palabras. Busca Mordzinski la huella que la lengua literaria deja en las cosas e intenta atrapar, en sus retratos, el sonido creativo del silencio.
Porque a Daniel le interesan sobre todo los retratos y, además, las personas que escriben. Naturalmente ha hecho otras cosas (en su larga y apretada vida profesional ha hecho muchas cosas), pero esta exposición, este libro, este catálogo, es una muestra especialmente elocuente de sus intereses y de su obra. Son retratos de escritores iberoamericanos. Mujeres y hombres, jóvenes y viejos. Algunos ya han muerto, pero sin duda queda un pellizco de su alma atrapado en la fotografía de Mordzinski.
Y es que Daniel busca con sus ojos, con su cámara, esa dimensión especial de las cosas que los creyentes llamaron alma. Me refiero al aliento invisible de la vida, al vértigo del tiempo que se escapa, a esa aguda conciencia del ser que a veces tenemos, cuando de pronto, en un instante, somos capaces de sabernos vivos y de apreciar con infinito, espléndido detalle, todo el vasto mundo que nos rodea: la rugosidad de la madera del banco en que estarnos sentados, y el color gris del cielo, y el viento que agita los abrigos de los transeúntes como si se trataran de banderas, y el aliento frío que suelta el pavimento, y el coche negro que ahora dobla una esquina, y el palpitar del propio corazón, que forma parte del lento latir del universo. Son instantes de cristal, llenos de aire; y Daniel Mordzinski consigue fotografiarlos y conservarlos.
Sus fotos, pues, están saturadas por esa atmósfera. Es como si, en el momento de cada retrato, el retratado hubiera sido capaz de percibir su mortalidad. O quizá ese aire al mismo tiempo transparente y denso que llena cada foto sea el rastro que dejan las palabras no dichas. Las palabras pensadas, soñadas, el mero deseo de las palabras. Quizá lo que están pensando los retratados, en el momento en que salta el obturador, es en todas las obras que no escribirán: porque no tendrán tiempo, o porque no sabrán escribirlas a la altura de la calidad con que las sueñan.
Yo no recuerdo qué pensé cuando Daniel Mordzinski me fotografió. Paseamos una mañana ventosa por Gijón, y él saltaba a mi lado, pelirrojo y flaquito, sonriente y callado, tan atento como un gorrión callejero que espera a que dejes de mirarle para lanzarse como una flecha sobre la miga de pan abandonada, Es decir, espera a que te abismes en ti misma, a que sientas la vida y el tronar del mundo, a que te envuelvan blandamente la palabras no dichas como el humo envuelve al fumador. Y entonces dispara. Es un gran fotógrafo, este Mordzinski.
Escritora y periodista española, su obra se caracteriza por una sensibilidad especial ante la situación de la mujer. Nacida en Madrid, estudió en la Escuela Oficial de Periodismo y en la Facultad de Psicología, e hizo igualmente algunas incursiones en grupos de teatro independiente, como Tábano o Canon. Más tarde colaboró con distintos periódicos y revistas, hasta que en 1976 comenzó a escribir en el diario español El País. En 1980 le fue otorgado el Premio Nacional de Periodismo. En 1979 publicó su primera novela, Crónicas del desamor, obra que la autora considera más una crónica que una novela propiamente dicha. El libro tuvo una enorme repercusión por su lenguaje fresco y desenfadado, y porque de una manera rápida, periodística, se daba una visión de los problemas y los enredos de la vida cotidiana. La función delta (1981) consolidó su estilo; desde entonces sus obras aparecen con regularidad y son muy bien recibidas por el público. Entre ellas destacan Te trataré como a una reina (1992), Amado amo (1988), Temblor (1990), La hija del caníbal (1997, I Premio Primavera de Narrativa) y El corazón del tártaro (2001). También ha escrito libros de literatura infantil, como El nido de los sueños (1991), Las barbaridades de Bárbara (1996), y antologías de sus artículos publicados en el diario El País, labor periodística que todavía ejerce, como La vida desnuda (1994), Historias de mujeres (1995) y Estampas bostonianas y otros viajes (2002). En 1998 publicó su primer libro de relatos cortos, Amantes y enemigos, y fue galardonada con el premio al más relevante escritor extranjero del año por la prestigiosa asociación de críticos de la capital chilena, el Círculo de Críticos de Arte de Santiago de Chile.