

Conocí a Daniel Mordzinski en un viaje a la provincia de Pinar del Río. Íbamos acompañando a varios escritores del grupo Bogotá 39 que visitaban La Habana. Antes, en un encuentro en la Unión de Escritores, habíamos estado juntos, pero no reparé en él; hasta que en el ómnibus pusieron en mis manos un libro de fotografía que plasmaba una belleza rara, diferente, y decía palabras desconocidas a través de las imágenes; entonces lo busqué, sólo de mirarlo supe que era sencillo, se mantenía observando el paisaje, pensé que buscaba la foto perfecta y preferí no interrumpirlo. De inmediato deseé estar entre aquellas sombras, luces, colores, matices y tristezas que él sabía captar tan bien; pero por supuesto, no dije nada.
Cuando despertó del letargo le hice saber el entusiasmo que me provocó su fotografía. Conversamos un rato. En el camino tomó varias fotos del grupo. Recuerdo una: detuvo el ómnibus, nos puso uno detrás del otro como si estuviéramos pidiendo auto stop a un hombre que pasaba a caballo.
Seguimos el viaje y mi novia, que es actriz, y que también estaba impresionada con sus fotografías, no se resistió al diálogo. Supimos que su madre temió que se complicara con la dictadura y lo envío a Francia. Allí estudió cine. Y nos contó su llegada a una ciudad ajena y desconocida. No olvidaba la añoranza de aquellos años por su familia y los amigos. La anécdota de su viaje a otro país para dejar atrás una dictadura me estremeció. De cierta manera lo emparentaba con la historia de muchos cubanos.
En la ciudad de Pinar del Río, mientras presentaban varios libros de la editorial provincial, Daniel me hizo una seña que lo acompañara. En la calle no hablaba, sólo movía la cabeza hacia todas partes, buscaba un lugar, y supe que en esos instantes el mundo sobraba para él, quería reducirlo, detener y atrapar el arte dentro del lente. Me alegraba que me incluyera en su manera de hacer arte. Que jugara conmigo como si fuera una pieza de un rompecabeza. Caminaba como un loco y yo lo imitaba. “Allí”, me dijo, era una casa antigua y raída. Tomó las primeras imágenes, luego continuó la búsqueda. Detuvo un bicitaxi, “sube”, volvió a decirme y disparó la cámara. Y sin avisar se alejó. Lo perseguía, hasta que miró hacia un portal donde jugaban dominó. “Acércate, conversa, infíltrate en el grupo, olvida que yo estoy acá observando”… No recuerdo qué rato pasé entre aquellos hombres, lo cierto es que logré olvidar que Daniel se movía por los alrededores, cruzaba la calle, regresaba, hasta me ofrecieron una silla para jugar. Luego conversé con un señor que estaba sentado en el piso, a Daniel le llamó la atención y lo fotografió varias veces. Me parecía que captaba los movimientos, la manera con que el hombre nos ofrecía sus palabras. Su boca sin dientes y sus manos ásperas. Daniel lo quería todo y el movimiento de su dedo que apretaba el gatillo de la cámara era preciso.
Regresamos a la capital y antes de despedirnos le entregué mis libros. Se iban el día siguiente. Cuando nos alejamos descubrí que su gorra se le había quedado en el asiento. En la mañana fuimos al hotel para devolvérsela. No estaba. Quería aprovechar sus últimas horas en La Habana.
Dejamos la gorra en la carpeta, el pretexto para continuar conversando con él nos había fallado.
(La Habana, Cuba, 1966). Narrador. Graduado de Dirección de Cine. En 1989 ganó mención en el concurso Juan Rulfo, que convoca Radio Francia Internacional, y el relato fue publicado en Le Monde Diplomatique, Letras Cubanas y la revista El cuento de México. En 1995, envía al premio nacional del gremio de escritores (UNEAC), ganándolo en esa oportunidad; pero por su visión humana (o inhumana) hacia la realidad de la guerra en Angola, donde participaron los cubanos por espacio de 15 años, fue retenida su publicación. El libro: Sueño de un día de verano, fue publicado en 1998. En el 2001 gana el Premio Alejo Carpentier que organiza el Instituto Cubano del Libro con el conjunto de relatos: Los hijos que nadie quiso. En el 2006, obtiene el premio Casa de las Américas en el género de cuento con el libro: Dichosos los que lloran.