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Amir Valle vive en Europa y, ahora, según leemos por noticias de alguna prensa digital, vende muchos libros y ha ganado varios premios. Hizo declaraciones en España porque deseaba regresar y las autoridades cubanas no se lo permitían.
Karla Suárez cruzó, sin utilizar balsa, de Italia para Francia, y tiene éxito con sus libros.
Ena Lucía Portela vive su insilio en La Habana, como un fantasma que nadie ve. Y lucha contra el tiempo que vence a golpes de excepcional literatura.
Después que lo despidieran de su trabajo, Roberto Uría quería una sociedad donde pudiera llorar como Leslie Caron. Alguien dijo que anda por Miami.
En un encuentro de intelectuales en la sede del Instituto Cubano del Libro, a Rolando Sánchez Mejías le prohibieron la entrada, y nosotros, que no supimos reclamar su derecho, vimos perderse en silencio su corpachón entre los árboles del parque de la Plaza Vieja. Vive en Barcelona.
Andrés Jorge también está en México, publica en Alfaguara y dirige la revista Selecciones.
A Antonio José Ponte lo separaron del gremio de escritores por pertenecer al Consejo de Redacción de la revista Encuentro. Ahora anda por España y alguien me ha dicho que, finalmente, dirige esa revista.
Ricardo Arrieta se fue a Estados Unidos.
Yosvani Medina, después de convertirse en uno de los mejores dramaturgos de Martinica, se fue para Miami y trabaja en una editorial.
Verónica Pérez Konina regresó a Rusia.
Alejandro Aguilar vive en Nueva York.
A José Manuel Prieto, lo encontramos en Madrid durante el lanzamiento de una antología de Michi Strausfeld publicada por la editorial Siruela.
David Mitrani se fue a Italia un tiempo después de recibir de manos del presidente un reconocimiento por su destacada labor como joven escritor.
Odette Alonso siempre envía un presente fraternal desde México.
Luis Rafael Hernández se fue a España.
Alberto Guerra, negro comunista con carné, hace mucho tiempo renunció a su militancia, después que lo botaran del lobby de un hotel por ser cubano. Iba a entrevistarse con unos editores extranjeros. Al final, decidió ser como su abuelo mambí, que luchó por la libertad; él lo haría por la literatura, que es lo mismo.
Camilo Venegas vive en Santo Domingo; añora sus trenes que guarda con celo en la computadora o los sustituye por juguetes regados en la repisas de su casa; rememora el vapor de las locomotoras y el sonido de sus máquinas alejándose hasta perderse con su largo silbato y sus vagones llenos de sueños, frustraciones y de amigos. Sólo le queda el viejo farol que alumbró generaciones de ferroviarios y que siempre recuerda en las manos de su abuelo. El farol se había quedado varado en La Habana y, para su sorpresa, lo rescaté y se lo llevé hasta Santo Domingo, con la esperanza de que su luz imaginaria nunca se apague y nos ayude a encontrarnos nuevamente, en cualquier paradero de una vida a la que mi generación no va a renunciar por muchas tierras que tengamos que abrazar.
Sucede que, sin mis compañeros de generación, aquellos con quienes compartí sueños y agonías, estoy más solo. Y aunque lo desee intensamente, ya no estarán, al menos, en el tiempo perdido. Yo sólo quiero recordarlos así, como eran en aquel entonces en La Habana, tan talentosos y tan infelices.