OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Sombras nada más: “la historia de América Latina no está contada”

Entrevista a Sergio Ramírez a propósito de su última novela

 

Jorge Boccanera

Novela de intrigas, crónica de guerra, historia de traiciones, melodrama, novela de destinos cruzados, el tema de Sombras nada más, la última novela del nicaragüense Sergio Ramírez, publicada por Alfaguara, es el poder. Para el autor –lo dijo ya en varias entrevistas– toda la literatura gira alrededor de estos ejes: el amor, la muerte, la locura y el poder. Y Sombras nada más, un paisaje de Fuenteovejuna animado con música de marimba y fuego de metralla, está enmarcada en un parpadeo de la historia en la Nicaragua de 1979, momento que Ramírez reconstruye con versiones distintas, perspectivas diversas de los personajes. Ramírez es autor de una extensa obra ensayística y narrativa y entre sus títulos sobresalen las novelas Castigo divino y Margarita, está linda la mar, premio Internacional Alfaguara.

¿Por qué ha caracterizado a Sombras nada más como una novela sobre el poder?

Esta es una novela sobre las sombras del poder, que cubren a mi personaje, Alirio Martinica, aún en el momento en que se enfrenta a su destino irremediable. Ha vivido entre las sombras sucias del poder sustentado por Somoza y su amante la pérfida Mesalina, y es la cuenta que los guerrilleros van a cobrarle, aunque ya se hubiera apartado de ese poder. Siempre me ha fascinado la manera en que el poder afecta las vidas de la gente, las de quienes lo ejercen, y las de quienes caen bajo su peso, quiéranlo o no. El poder, el amor, la locura y la muerte, son los temas eternos de la literatura.

 

No es la primera vez que recurre al tango para titular uno de sus libros. ¿Es tanguero?

La música que vuelve a mi memoria me dice tanto como los párrafos de los libros que nunca se olvidan. Fuerza canejo, es una frase que siempre entretengo en la cabeza, ese tango lo cantaba un carpintero de mi pueblo, al punto que se quedó con el apodo “Caneja”. “Sombras nada más”, nunca lo conocí como tango, sino como bolero, cantado primero por Felipe Pirella, y después por Javier Solìs. En Medellìn, donde saben de tango más que en Buenos Aires, un periodista de radio que me entrevistaba, me hizo la revelación, y puso al aire el disco con el tango.

 

¿Qué autores argentinos ha frecuentado, entre lecturas y amistades?

Mi primer encuentro con la literatura argentina moderna fue con los cuentos de Cortázar, y luego con Rayuela. Conocí a Julio y nuestra amistad dio para un libro entero mío sobre él, Estás en Nicaragua, publicado después de su muerte. Es curioso, primero leí a Cortázar, y luego a Borges. Después me fascinó esa aproximación provinciana de Manuel Puig, y los pequeños infiernos, también provincianos, de Osvaldo Soriano. Los conocí a ambos, a Puig en Francfurt, en una feria del libro, y me encantó su humor siempre despierto, y a Osvaldo cuando vino a Nicaragua como jurado de un concurso de novela. Me dolió mucho enterarme de su muerte sólo meses después, cuando me pidieron de una publicación argentina que escribiera algo sobre nuestra amistad, para un número homenaje. Por supuesto, está también mi amistad con Luisa Valenzuela, y la admiración que tengo por César Aira, Mempo Gardinelli, y Silvia Iparaguirre, entre tantos estupendos escritores argentinos.

 

Un personaje de Sombras... antes de pasar a la clandestinidad experimenta para inventar un jabón blanco bola. Esto me recordó a Roberto Arlt y sus siete locos; el delirio y la invención del brazo de un proceso revolucionario.

Debe ser, con todo lo que admiro a Arlt. El empecinamiento de Ignacio Corral en dejar protegido a su padre, dueño de la fábrica de jabón, con ese invento que habrá de rendirle frutos, según sus cuentas ilusas, es el mismo empecinamiento con que se ha pasado a dormir al suelo para ponerse en la misma situación de los pobres que no tienen cama.

 

Sus textos dejan una marca de intertextualidad, dando la sensación de que el autor más que escribir, interviene organizando una especie de collage.

Sí, lo que yo quiero crear es una ilusión de realidad absoluta, hacer que el lector crea, mientras penetra en la lectura, que está frente a un libro testimonial, que describe un caso real, aunque lo que tienen entre las manos es una novela.

 

Acerca del tema de la verdad, una nota de Josefa Salmón sostiene que su narrativa hace suyos y juega con los clichés de “veracidad” que emplea la burguesía, tales como el discurso jurídico, religioso, periodístico, científicos, etc. ¿Podría extenderse sobre el punto?

Esos clichés de veracidad parten de un lenguaje, que es muchas veces ritual. Trato de certificar la veracidad de lo que invento acudiendo a las parodias de esos lenguajes sacramentales, que son parte de un mundo verbal que representa el poder.

 

Otro crítico de su obra, Werner Mackenbach, sostiene que usted. reconstruye la historia desde los márgenes de la historiografía oficial, y que esa narrativa funciona a la vez, como “una alegoría de la imposibilidad definitiva de la construcción de una verdad histórica”.

Me seduce esa interpretación. A lo mejor, si no se puede cambiar el mundo real, ni siquiera con una revolución como aquella en que yo participé, acudo a la ambición de reconstruir el mundo, o al menos reproducirlo, a través del lenguaje, y de la invención que emana de la realidad.

 

¿Hasta dónde es posible ficcionalizar la Historia?

La historia de América Latina no está contada, y cuando la cuentan los historiadores, se olvida pronto, o se conoce poco de esa historia. Los novelistas tienen más poder de inventar, o reinventar una historia que atrae por sus mismos rasgos novelescos, y reponer el pasado con la invención, o la reinvención. De todas maneras, la llamada objetividad no existe ni siquiera en los libros de historia, que también inventan, o reinventan, y que suelen ser más áridos y menos atractivos, por consecuencia.

 

En su novela, usted es a la vez autor y personaje, dado su papel en la dirigencia del gobierno sandinista. Usted ha dicho que fue un privilegio estar en las entrañas del poder, conocerlo y poder escribir sobre él. ¿Le costó tomar distancia de los hechos para poder narrarla en una clave de ficción?

Hice todo lo posible por no involucrarme, y lo peor que pudo ocurrir, no involucrarme contra Alirio Martinica por ser quien es. De modo que me acerqué lo más posible a él a la hora de narrar, y llegué a veces a meterme dentro de su propia cabeza. Siempre recordé, mientras escribía, que se trataba de un personaje desvalido.

 

Un jefe guerrillero habla en su novela de los ciegos por hambre y de una revolución sin venganza pero con justicia. ¿Es posible leer en Sombras..., un entrelineado con comentarios sobre la revolución sandinista que, completan su libro de memorias Adiós muchachos?

Se trata de opiniones en boca de los personajes, no propiamente mías. Los guerrilleros que juzgan a Alirio Martinica hablan con ingenuidad a veces, y otras, con arrogancia ideológica; otras, con cinismo, y otras con pureza de ideales. Están entrando apenas en el poder, y son jóvenes. En esa forma improvisada, irreflexible, noble y a veces brutal de acercarse al poder, están muchas de las claves de aquellos primeros días que yo también viví.

 

El juicio popular a un personero de la dictadura somocista y su fusilamiento en medio de una revuelta desmadejada, a ratos caótica, ¿plantea en el libro una responsabilidad compartida entre dirigentes revolucionarios y pueblo?

El momento que describe mi novela pertenece a esa penumbra creada antes de que los sandinistas conquisten el poder, y antes de que el poder de Somoza se disuelva. En este momento, quienes pelean en las columnas guerrilleras no pueden contradecir los sentimientos vindicativos de la gente que ha sido víctima de abusos y crímenes, y quiere una retribución. Eso, en sí, es ya un vicio in vitro del poder.

 

¿Qué papel ha jugado la poesía nicaragüense en su narrativa?

Mucha, en la medida en que esa poesía me enseñó la modernidad desde mi adolescencia, Darío, Salomón de la Selva, Coronel Urtecho, Cuadra, Cardenal, Martínez Rivas.

 

Su novela es muy visual, a ratos remite al cine con indicaciones de guión, movimientos de cámara, paneos, diálogos superpuestos. ¿Está pensada esta posibilidad de llevarla a la pantalla?

Me encantaría esa posibilidad. Y lo que hay de cine en esa novela, viene de que yo aprendí a ver para narrar desde muy niño, porque mi tío Ángel Mercado, dueño del único cine de mi pueblito, me consintió en la caseta de proyección desde los diez años, y luego, me nombró a los doce años proyeccionistas titular, cuando se peleó con el titular, por borracho. Aquel fue desde entonces mi paraíso, y mi escuela, como en Cinema Paradiso.

 

¿Ha dejado definitivamente la política? ¿Qué está escribiendo ahora?

Para siempre. Soy feliz en mi oficio de escritor de tiempo completo. Por el momento estoy decidiendo qué voy a escribir. Quisiera escribir una gran historia de amor, por ejemplo.

 

Publicada originalmente en la revista Itsmos:
http://collaborations.denison.edu/istmo/n05/foro/sombras.html

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