

Esa tarde de febrero salió de su casa decidido a tener una conversación con su Conciencia, y por eso mismo la invitó a tomar una cerveza. Ella, que leía echada en el sofá, dejó el número de Vanidades que tenía entre sus manos, y lo siguió tal como estaba, limpia de maquillaje, y vestida con una blusa de algodón sin mangas, un blujín de perneras cortas que dejaba libres las pantorrillas, y sandalias plateadas.
Era uno de esos viejos barrios residenciales del sur de Managua, invadido con lentitud pero con eficacia por pequeños centros comerciales construidos de manera improvisada en los baldíos, sus cubículos rentados a tiendas de cosméticos y lavanderías, farmacias y boutiques de ropa, mientras las casas de los años sesenta y setenta del siglo anterior iban siendo abandonadas para convertirse en farmacias, pizzerías, restaurantes y bares, sin que faltaran las funerarias.
De modo que sólo tenían que caminar unas pocas cuadras para llegar al bar preferido suyo, surgido en las entrañas de una de aquellas residencias abandonadas por sus dueños, que se habían ido a vivir más arriba, siempre hacia el sur, en lo que eran las primeras estribaciones de la sierra, donde los tractores seguían derribando los plantíos de café para dar paso a las nuevas urbanizaciones amuralladas.
Ya nadie hubiera podido reconocer el local como un hogar de clase media, abatidas las paredes y todo puesto a media luz, la acera tomada para asentar en ella parte de las mesas bajo un toldo a rayas desflecado por el viento y agobiado de polvo. El rótulo mostraba el nombre del bar, Adán y Eva, y su emblema era una manzana que al iluminarse de noche con luces de neón, saltaba por todo el tablero.
Frank, el propietario, que llevaba el pelo entrecano recogido en una cola de caballo, y que por las noches era también el guitarrista, se hallaba de guardia detrás del mostrador y los saludó de lejos mientras pasaban a sentarse en un rincón del fondo. Era temprano aún, y las mesas se hallaban vacías. La clientela solía aglomerarse sólo después de las cinco de la tarde, una vez salido todo el mundo de las oficinas cercanas, públicas y comerciales, y de los bancos, que es cuando empezaba la happy hour decretada por Frank, dos tragos al precio de uno, siempre que fueran licores nacionales.
Se sentó frente a su Conciencia, grácil y esbelta gracias la calistenia aeróbica de cada mañana en el gimnasio Ilusiones, donde practicaba el método Pilates, lo que le permitía vestirse como una muchacha. Acababa de cumplir los cincuenta años, igual que acababa de cumplirlos él, y más que quitarse la edad se sentía orgullosa de sus años bien llevados.
Nuestro amigo pidió una cerveza. De su mismo vaso le daría de beber a ella algunos sorbos. No iba a incitarla a ningún exceso, porque debía tenerla sobria frente a sí, desde luego que necesitaba de sus consejos. Vos y yo tenemos que hablar muy en serio, le dijo, apenas se habían sentado. Ella sólo se arregló un poco el pelo cortado a la garzón, y lo miró a los ojos sin decir palabra.
Trajeron la cerveza, sal y limón. Frank había vivido en México, donde había regentado también un bar en la colonia Condesa del Distrito Federal, y conservaba aquella costumbre de servir la cerveza con sal y limón. Pasaron un rato en silencio. Te traje aquí para hacerte una consulta, dijo él.
Pero no me vas a tener a boca seca, dijo ella, prometiste darme unos sorbos de tu vaso, ya te acabaste la cerveza, y nada. De modo que ella hizo el gesto de llamar al mesero de corbatín negro, que vino en seguida. Traiga dos, pidió ella, él está tomando Corona, pero a mí tráigame una Victoria. Él no intervino. Es una manera que tengo de tomar distancia, dijo ella. Te creés independiente, se mofó él. ¿Cuál es la consulta?, preguntó ella, sin abrirse a mofas ni bromas.
Mirá, dijo él, y cruzó los brazos sobre la mesa buscando acercarse para empezar la confidencia, pero ella no lo estaba atendiendo. Había rebalsado el vaso al servirse, y al llevárselo a la boca la cerveza se derramó sobre su blusa, que ahora intentaba limpiar con un puñado de servilletas arrancadas al servilletero. Qué es lo que ganan, rezongó ella, partir cada servilleta en cuatro para poner aquí harapos de servilletas, más trabajo estarlas partiendo, y esta blusa que es nueva.
No le va bien a Frank, por eso busca el ahorro en todo, dijo él. Cómo le va a ir bien si esnifa como loco. ¿Dónde aprendiste esa palabra, esnifar?, preguntó él. ¿Cómo se dice entonces, ñatearse?, se rió ella, y agregó: en las películas de la tele, niño, no ves que mi diversión es ver tele. Y las revistas, dijo él, te pasás el santo día viendo Vanidades. Más me gustas Hola, volvió a reír ella, que aún no terminaba de secar la blusa con los retazos de servilletas.
¿Me vas a poner atención, o no?, dijo él, sin dejar su posición acodada, ¿o todo eso de derramar el vaso no es más que teatro porque no me querés oír? Soy toda tuya dijo, ella, y se acodó también sobre la mesa. Él se rió, con sorpresa boba. Deberías haber dicho “soy toda oídos”, dijo. No en el caso mío, dijo ella. ¿Acaso sos mi mujer? Dijo él. Peor que eso, soy tu conciencia, dijo ella, peor que coger con vos.
Bueno, entonces, dijo él. “¿Bueno, entonces?”, es lo que yo te digo a vos, dijo ella. Me propusieron un negocio, dijo él. Los jueces no andan en negocios, dijo ella. Con vos ya veo que no se puede hablar en serio, refunfuñó él. Lo que te molesta es tener que hablar conmigo, dijo ella. ¿Por qué iba a molestarme?, se encogió él de hombros. Porque para eso estoy, para molestarte, soy tu conciencia, dijo ella, que ahora secaba con otro puño de servilletas la base de su vaso, antes de llevárselo otra vez a la boca.
Ese reo que está en mis manos de verdad está enfermo, dijo él, de todos modos tiene derecho a curarse en su casa. Hipertensión crónica dijo ella, cuadro diabético. ¿Vos conocés el asunto?, preguntó él. Qué voy a conocer nada, es lo que todos los abogados de los narcos alegan, dijo ella, el filo del vaso en los labios. Pero en este caso ya te dije que es cierto, dijo él, admite fianza de excarcelación. ¿Y el médico forense?, preguntó ella. Él guardó silencio, y sus dedos tamborilearon sobre la mesa. Hay que darle algo para que firme el dictamen, respondió al fin. ¿Cuánto?, preguntó ella. No sé, talvez unos dos mil. ¿Y a vos te tocan, entonces?, volvió a preguntar ella. Veinte mil, respondió él. De los verdes, dijo ella. ¿Quién piensa en córdobas?, dijo él. Ya sé, dijo ella, no me ibas a vender en moneda nacional.
Vos bien sabés que es la primera vez que yo hago esto, dijo él, y suspiró hondamente. Bueno, se supone que sí, que tengo que saberlo, dijo ella. Y quiero que sepás también que jamás voy a volverlo a hacer, dijo él. Una excepción, dijo ella. Digamos que es una emergencia justificada, dijo él. Qué divertido que te veo, dijo ella. ¿Qué cosa es divertida?, preguntó él. Que estés buscando como dorarme la píldora a mí, si vos y yo somos almas gemelas. “Dos almas que en el mundo había unido Dios”, canturreó él. Peor que eso, somos almas siamesas, dijo ella. Peor que si cogiéramos, ya dijiste, dijo él. Sí, dijo ella, pero además, en ese sentido de la cama no sos mi tipo.
¿Entonces?, dijo él. ¿Entonces qué?, dijo ella. Entonces puedo aceptar el negocio, dijo él. Mirá, dijo ella, no soy tu enemiga, la prueba está en que acepté esta invitación, estoy aquí frente a vos, hasta me vine sin tiempo siquiera de pintarme los labios, siguiéndote la carrera. A veces parece como si lo fueras, dijo él. ¿Qué?, dijo ella. Mi enemiga, dijo él. Quiero ayudarte, eso es todo, dijo ella.
Él dio un trago largo sin quitarle la vista. Vos sabés que mi sueldo es una mierda, dijo. Y nunca te promovieron a magistrado de apelaciones, dijo ella. Qué me van a promover, no soy servil, dijo él. Y pasás necesidades, yo lo sé, dijo ella. Cada vez es peor, dijo él, tengo que sacar a mis hijos de la UAM, trasladarlos a una universidad pública, no es justo, ellos no tienen la culpa. Y las tarjetas de crédito, dijo ella, las tenés reventadas. Y vos sabés que las medicinas de mi mujer cuestan una fortuna, dijo él. Las medicinas para el mal de Parkinson, sí, dijo ella. Por eso te pido que veamos esto como una emergencia, dijo él.
Trajeron otras dos cervezas. Todo eso lo sé, y te comprendo, dijo ella tras servirse, pero también me tenés que comprender a mí. ¿Qué es lo que tengo que comprender?, preguntó él, medio divertido. Yo tengo mis escrúpulos, dijo ella. Él se rió ahora abiertamente. ¿Escrúpulos de qué?, preguntó, ¿escrúpulos de conciencia?. Ese narco que vas a poner libre, una vez en la calle, no vuelve a aparecer nunca, dijo ella. ¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso?, dijo él.
Ella calló, y bajo la cabeza. ¿Entonces?, dijo él. Entonces nada, dijo ella, si vas a dar el paso, no te andés con temblores. Ya te prometí que es sólo por esta vez, dijo él. A mí no me andés haciendo esa clase de promesas, dijo ella, enfuruñada. ¿Vos creés acaso que me estoy prostituyendo?, preguntó él, lleno de pronto de una tristeza que lo desamparaba hasta el frío, tanto que acunó los brazos. Ella le alcanzó la mano y se la apretó con cariño. Nadie se está prostituyendo, dijo ella.
¿De qué sirve pasarse la vida entera siendo honrado?, dijo él, nadie te lo agradece. Es cierto dijo ella, sonriendo apenas, si te morís de hambre ya no te sirvo nada. Ya ves, dijo él, hablando se entiende la gente. Y, además, yo misma ando escasa de fondos, dijo ella. Lo que querrás, de mi parte, lo que querrás, dijo él, e hizo ademán de tocarse los bolsillos. Es el colmo que me tengás que comprar a mí misma, a tu propia conciencia, dijo ella, sonriendo más abiertamente. Pues de mi parte tenés a la orden la cuota del gimnasio para tus aeróbicos, y la cirugía facial, cuando necesités otra, dijo él. Nunca he necesitado ninguna, respingó ella. Es una broma, niña, dijo él. A lo mejor un viaje a Miami sí necesito, para comprar ropa, dijo ella.
Él llamó para pedir la cuenta. En la mesa había ya cuatro botellas de cerveza de cada lado. Los platitos con sal y limón eran cuatro también. Te agradezco en el alma, dijo él, has hecho bien tu papel. Ella alzó las cejas y dijo: no te entiendo. Tu papel de recriminarme, hacer que me odie por lo que voy a hacer, dijo él. ¿Creés que ha sido sólo un papel, que no soy sincera con vos?, dijo ella, con la voz herida. No es eso, dijo él, cuando digo papel, quiero decir que has cumplido con tu obligación. Ya te dije, enemiga tuya no soy, dijo ella, y, además, tu caso no es el único, conozco varios. Yo creí que solo te ocupabas de mí, bromeó él. Una se de cuenta, dijo ella, Managua es un mundo chiquito.
¿Qué casos?, preguntó él, con vivo interés, mientras sacaba la cartera para pagar. Te veo deseoso de consuelo en el ejemplo ajeno, dijo ella. Bueno, mal de muchos, consuelo de pendejos, dijo él. El mesero le entregó, al recibir el pago, una papeleta de propaganda para el show de esa noche. Iba a ser una noche de boleros románticos, con Keila Rodríguez de vocalista, y Frank en la guitarra. Conozco a otros como vos, que han hecho lo mismo, o cosas peores, dijo ella. ¿Cosas peores como cuales?, preguntó él, y contó treinta córdobas de propina.
Ella lo miró, risueña, como si lo examinara hueso por hueso. ¿Qué te parece violar a la propia hija, y después quedarse de amante con ella por años?, dijo ella. Sí, eso parece peor, tenés razón, dijo él. ¿Y qué te parece falsificar la firma de tu propia madre, vender sus propiedades, y dejarla en la calle? También es horrible, dijo él. Vos conocés esos casos, con nombres y apellidos, sabés que no estoy inventando, dijo ella. Tenés razón, dijo él, son cosas que se saben. Me alegra que entendás entonces que hay cosas peores, así me quedo tranquila, dijo ella. Y así yo también puedo dormir tranquilo, sabiendo que vos estás tranquila, dijo él. ¿Pedimos dos más?, propuso ella. Ya pagué la cuenta, dijo él. ¿Y eso que importa?, respondió ella, hay motivo para celebrar. No debería, respondió él, demasiadas calorías, y además, la acidez que se me sube, pero bueno.
Trajeron la nueva tanda, con nuevos vasos escarchados, sacados del congelador. Ella se volvía vieja, hay que reconocerlo, a pesar de la apariencia juvenil sostenida con los ejercicios Pilates. Tenía los mismos ojos claros y vivaces de cuando se habían conocido, las cejas tupidas que se juntaban encima del caballete de la nariz respingada, los mismos labios carnosos, un rostro restirado de adolescente pícara que enmascaraba con ventaja el paso de los años. Pero estaban las patas de gallo que empezaban a resquebrajar la piel al lado de los ojos, la leve sombra oscura que empezaba a embolsar los párpados inferiores, qué Pilates ni qué Pilates. A lo mejor iba a necesitar la cirugía facial. En ese sentido, la oferta económica que él le había hecho no le iba a venir mal.
La gente comenzaba a entrar al bar. En la mesa de al lado se sentó una pareja de empleados de banco; uno, rapado con navaja, se deshacía de la corbata amarilla canario con alivio, como si se tratara de una soga; la otra, de doble rabadilla, tallada dentro del uniforme gris, llevaba al cuello un pañuelo colorido. Las demás iban siendo ocupadas por agentes de seguros, vendedores de carros, corredores de bienes raíces, empleadas de agencias de viaje. El rumor de voces, alegre y despreocupado, crecía entre el arrastrar de las sillas.
—Salud entonces —dijo él, alzando el vaso.
—Salud, dijo ella, y alzando el suyo le sonrió con ternura.