OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Perdón y olvido

 

Catalina y Catalina (Cuentos, 2001)

Página 1

A Sealtiel, a Edna

 

La pasión de Guadalupe son las viejas películas mexicanas. Puede verse hasta tres en cada sesión,  y las colecciona con la misma avidez que de niño yo coleccionaba figuras de jugadores de beisbol de las Grandes Ligas. Por lo general hay alguien que viene de México y le trae un casete con alguna que no tiene, o las graba del cable, y si no, no le importa repetir. Tu pasión malsana, le digo a veces, buscando una de esas camorras bufas que se desatan entre los dos; pero como me lo hace ver ella sin más necesidad  que un fulgor burlón de su mirada, no tengo ninguna autoridad moral para criticarla. La verdad es que nunca falto en acompañarla a esas sesiones de cine casero que duran hasta la medianoche, o más allá.

Guadalupe se quedó en Nicaragua desde que le tocó cubrir en 1979 la ofensiva final en el Frente Sur, como parte de un crew de Imevisión, todos encandilados con el sandinismo, y la conocí para los días del triunfo cuando se fundó Incine con unos cuantos equipos confiscados  a la empresa de un argentino mafioso que le hacía los noticieros de propaganda a Somoza. Ella apareció una mañana en la mansión de Los Robles, confiscada también a un coronel de la Guardia Nacional, donde estábamos instalándonos. Llegó vestida de guerrillera, botas, boina, canana, y un fusil Galil, enviada por Juanita Bermúdez, la asistenta de Sergio Ramírez, con instrucciones de la Junta de Gobierno de darle trabajo en algo que todavía no existía. Mucho después me confesó cuánto me había odiado ese día. Lo primero que le pedí fue que se deshiciera de aquel fusil, que no parecía saber manejar, y que iba a estorbarle en el trabajo que antes que otra cosa consistía en barrer, y acomodar los muebles del coronel que de verdad fueran a servirnos, mientras los otros, consolas y espejos dorados, iban a dar a una bodega con la esperanza de utilizarlos alguna vez en una decoración de ambiente. Por el momento, habíamos mandado a vaciar la piscina para que se viera que no éramos parte de la clase ociosa destronada.

Pero cuando filmé mi primer documental sobre la reforma agraria, No somos aves para vivir del aire, con una vieja Harriflex de 16mm que era lo mejor de la herencia del capo argentino, Guadalupe hizo con todo entusiasmo el corte de la película. Y por esas vueltas que da la vida, no fue sino diez años más tarde que nos juntamos, después de haberla dejado de ver todo ese tiempo porque ella había regresado a México por una buena temporada para arreglar los asuntos legales de su divorcio. Los dos estábamos separados de nuestras parejas anteriores, yo ya un poco calvo y ella enseñando algunas hebras de canas en las trenzas, pues siempre se peina como Columba Domínguez en Pueblerina. El emblema de su presencia en mi cueva de soltero fue entonces el sarape mexicano que clavó como una manta de toreo en la pared, al lado de mis fotos de familia.

Esa noche que cuento estábamos viendo Perdón y olvido, una película del año 195O  en blanco y negro dirigida por Tito Gout, con Antonio Badú y Meche Barba. Empezaba una escena de cabaret cuando fui a buscar una lata de cerveza, y camino de regreso al sofá la sorpresa me dejó paralizado. En la pista del cabaret, bailaban mis padres.

Con voz urgida, como si temiera que se me escaparan, le pedí a Guadalupe que congelara la imagen. No había duda, eran ellos. Cada uno bailaba con una pareja distinta. Ella llevaba el pelo peinado en grandes bucles laterales que subían desde sus orejas desnudas, y él vestía un traje traslapado a rayas, de hombreras pronunciadas. Bastaba compararlos con la foto de su paseo a Xochimilco que colgaba en la pared al lado del sarape de Guadalupe, sentados los dos con las cabezas muy juntas en el travesaño de una chalupa, bajo un arco tejido de flores, para saber que tenían entonces la misma edad que en la película.

Me apoderé del comando e hice regresar la cinta hasta el inicio de la escena de cabaret.  Entonces los descubrí en las mesas, cada uno siempre con su pareja.  Mi padre aplasta la colilla del cigarrillo en el cenicero, y le dice algo a la rubia de rostro lánguido sentada frente a él, que le contesta; y unas mesas más allá, a medida que la cámara extiende su panel despreocupado, mi madre se inclina para que el morocho de pelo ensortijado y mirada nerviosa, su pareja, le de fuego; luego expira el humo por las narices, y también ella le dice algo al morocho, que guarda silencio.

Congelé el cuadro, y mi madre quedó en la pantalla del televisor envuelta en el humo del cigarrillo. Eran ellos, le dije a Guadalupe con un temblor de voz que me hizo sentir incómodo. Eran mis padres. Y al pulsar otra vez el botón, bajaron de nuevo a la pista para iniciar el baile.

El set de cabaret en Perdón y olvido era el mismo de otras películas que Guadalupe y yo habíamos visto en nuestras sesiones de cada noche, construido en la nave tercera de los estudios Churubusco en 1945, (según aparece en el libro Churubusco, máquina de varia invención, de Sealtiel Alatriste). Al fondo de la pista de baile estaba el estrado de la orquesta, circundado por cortinas drapeadas,  y a los lados dos mezanines con barandas artesonadas en crucetas, donde se agrupaban las mesas; y realzados en las paredes, simulacros de columnas dóricas.

 Yo nací poco después del regreso de mis padres a Nicaragua, amparados en la amnistía decretada a raíz del pacto entre liberales y conservadores que Somoza firmó con Emiliano Chamorro en 1950. Los avatares de ese exilio se los oí contar muchas veces a mi padre en la tertulia vespertina que se celebraba en la acera de nuestra casa en el barrio San Sebastián, oficinistas, maestros de secundaria y agentes viajeros que traían de las casas vecinas sus propias mecedoras y silletas y desaparecían cuando llegaba la hora de la cena. En México habían hecho de todo, contaba; ella de camarera en el Hotel del Prado, dependienta en El Palacio de Hierro; él visitador médico, empleado en la sección de estadística de la Secretaría de Educación; y al final, la temporada  en que trabajaron como extras de cine.

Los dos habían muerto hacía años, mi madre de cáncer en los pulmones porque fumaba como loca. Yo recordaba a mi padre viudo gastando su magra pensión del Seguro Social en esquelas que mandaba a publicar en La Prensa con la foto de ella vestida de novia, una cada día durante el mes que siguió a su muerte, y después una cada mes. En las esquelas él le daba cuenta de todo lo que había hecho, empezando por sus visitas al cementerio para enflorar su tumba; le daba noticias de los achaques de sus amigas y de los disgustos entre ellas, bodas de parientes, otras muertes de conocidos: ya deben ustedes haberse encontrado en el cielo, le escribía. Y las noticias políticas del país, enemigo siempre de la dictadura: dichosa de tu parte que no estás aquí para no seguir contemplando tanta iniquidad. Un día fui a verlo y le dije que ya terminara con aquella correspondencia pública, a quién le interesaba, era ridículo. Me miró, primero sorprendido, y después se sentó en la cama y se echó a llorar.

Al verlos ahora en la película, sentía la fascinación de asomarme al pasado en movimiento. No eran simplemente fotos viejas pegadas a un álbum, sino el retorno a la vida cada vez que el botón dejaba correr la cinta. Y más fascinación verlos hablar sin poder escuchar lo que decían. Los extras aparecen en la escena llenando un vacío, fingiéndose parte de la realidad que rodea a los actores principales, aunque sólo sean parte de la decoración. Por eso no están en la película para ser recordados.

Pero en esas películas mexicanas de cabaret, filmadas con un argumento ramplón que era sólo pretexto para la revista musical que tomaba gran parte del metraje, la cámara se mueve poco, y apunta a la pareja de personajes principales mientras permanecen sentados o mientras bailan, la banda de sonido recogiendo siempre su diálogo. Los extras a quienes toca quedar al fondo permanecen en muda conversación; y en Perdón y olvido, por un azar, mis padres aparecían hasta ahora en dos ocasiones en foco de segundo plano, muy cercanos a la cámara.

Sonó el teléfono y volví a congelar la imagen. Había hecho un pedido urgente de película de 35mm a Miami para un comercial de los cigarrillos Belmont, y me anunciaban que llegaba en el avión de American del día siguiente. Y ahora que regresaba de responder la llamada, y traía otra lata de cerveza en la mano, oí a Guadalupe que me pregunta si todo aquello no me parecía divertido. Reflexioné antes de sentarme en el sofá. Estaba lejos de sentirme perturbado como antes, tras la primera impresión, le dije. Pero algo no dejaba de intrigarme. ¿Qué conversaban mis padres con sus parejas, con aquellas voces que en la película quedaban sólo en movimientos de labios?

Los extras no son parte del guión. Acomodados en las mesas, o bailando en la pista, tienen libertad de conversar en voz baja, o fingir que conversan, lejos del alcance del micrófono que se mueve en el asta sobre la cabeza de los protagonistas. Pero aunque sus voces nunca se escuchen, el director les recuerda, antes de comenzar la toma, que deben comportarse con naturalidad, como gente que se está divirtiendo en un cabaret, y no pueden permanecer mudos. Van vestidos de forma mundana, aunque después deben entregar en la guardarropía los trajes; mi madre, al salir de Churubusco, debió verse extraña en la calle, bajo el contraste de sus ropas modestas de malos tiempos de exiliados, y aquel peinado de bucles que le habrían hecho en la peluquería de los estudios,  todavía maquillada.

Precisamente por eso, porque no son gente mundana, que jamás entraría por sus propios pasos a un cabaret de lujo en la vida real, es que el director les advierte tanto sobre la manera de comportarse. Hagan como si la vida les sonríe, les diría Tito Gout con el embudo de lata en la boca. Tienen harta lana que gastar, se la robaron, se la ganaron en puras movidas chuecas, se sacaron la lotería, muchos de ustedes andan aquí a escondidas de sus esposas, matrimonios como quien dice decentes, no se asoman a estos cabarets. Así que olvídense de sus problemas, que yo sé que los tienen, si no, no hubieran venido detrás de esta chamba mugre; pero las caras compungidas y los lagrimones, déjenselos a mis estrellas. Ustedes, a hacer como que se divierten. Y el que no sepa bailar, fuera de aquí.

Y ahora recordaba mejor a mi padre a la hora de la tertulia en la acera, en el calor que aún quedaba en el atardecer como el rescoldo de un horno que se apaga, contando cómo fueron a dar de extras de cine. La condición de asilados políticos era insuficiente para que pudieran seguir trabajando, y sus superiores les exigían el carnet de inmigrantes, que nunca lograron.  En la Secretaría de Gobernación, en Bucarelli, les cerraban la ventanilla en las narices al dar la hora de la comida, los últimos en la cola a pesar de que llegaban de madrugada a formarse; y entonces, como ya les habían advertido, por muy buena voluntad que les tuvieran, los borraron de la planilla.

Para actuar de extra no exigían permiso de residencia. Pagaban a la salida cada día, a nombre cantado, y había que presentarse todas las mañanas al estudio, a esperar llamada, un viaje largo desde General Zauza donde vivían, cerca del bosque de Chapultepec, hasta Río Churubusco. Bastaba conocer a alguien en el sindicato para colarse, y aceptar sin malas caras la merma en el pago que representaba la mordida.  Había quienes atravesaban abrazados una calle nocturna para perderse en la oscuridad bajo tarifa de cuarenta pesos por cabeza; pareja que huía de la lluvia bajo los relámpagos, también cuarenta pesos cada uno; organillero ciego veinte pesos; vendedor ambulante en overoles arrastrando un carretón de frutas, los mismos veinte pesos. Tropa de a pie en la revolución, soldados federales, campesino con el arado, mujer con tinaja a la cabeza, diez pesos. Parroquianos en trifulca a silletazos en una cantina, quince pesos. Los de la concurrencia a un cabaret, cincuenta pesos, porque era requisito saber bailar.

Mi padre había hablado de más de una película en que les tocó actuar durante esa temporada de estrecheces; pero Perdón y olvido debió ser la última, porque según la ficha técnica que aparece en el libro Historia Documental del Cine Mexicano, (Volumen 5) de Emilio García Riera, terminó de filmarse en agosto de 1950, el mismo año de su regreso a Nicaragua.

Siguió adelante la película, y hubo ahora una prolongada percusión de timbales en anuncio de la danza Babalú. Los focos alumbraron a Rosa Carmina vestida en vuelos de rumbera, un pañuelo con nudo frontal atado a la cabeza, de hinojos al centro del escenario con escenografía  de selva virgen, y atrás, agazapada en la oscuridad, una comparsa de bailarines pintarrajeados de negro que al erguirse ella alzando los brazos, entraron en tropel. Mientras tanto yo esperaba a que la cámara volviera a hacer un panel sobre los mezanines; pero habían sido puestos en penumbra mientras el número proseguía, y en los breves cortes intercalados apenas brillaba en alguna mesa el destello de un cigarrillo. Los focos continuaban derramándose sobre Rosa Carmina, y ahora realzaba en primer plano un ídolo africano que la comparsa de bailarines conducía en andas, hasta depositarlo a los pies de la rumbera, entre el humo de los pebeteros.

La siguiente escena fue otra vez un baile de parejas en la pista. La orquesta de Chucho Zarzosa empezó a tocar un bolero, y los bailarines bajaron por las escaleras de los mezanines, mi madre en primer plano con el morocho que la traía del brazo, y atrás mi padre, con la rubia. Y todo el tiempo que la cámara enfocó a Antonio Badú y Meche Barba mientras bailaban, y oíamos su diálogo, mi padre quedó detrás de ellos por un momento, abrazado a la rubia, un tanto desenfocado. Mi madre y el morocho sólo  aparecieron una vez en cámara durante la secuencia del baile, muy lejanos, entre todas las cabezas; y a la hora de volver a las mesas, la vi a ella sentarse a la suya. Retrocedí la cinta dos veces en esa parte, intrigado. El morocho ya no estaba.

No era usual. No había situaciones sorpresivas entre los extras. Se sentaban en parejas, bailaban  en parejas. Seguramente porque Tito Gout, o quien diera las órdenes en su nombre sabía casados a mis padres,  no los dejaba juntos para que no parecieran un matrimonio bien avenido. Pero un extra jamás abandonaba a su pareja por otra, ni desaparecía de la escena. Aunque ningún espectador llegara a notarlo, el esquema no admitía anomalías, y no podían darse situaciones no prevista en el guión capaces de crear confusiones.

Se lo comenté a Guadalupe, y se rió.

—Habrá ido al baño el morocho —dijo—; se habrá enfermado del estómago y nadie se percató de su ausencia ni en el plató, ni a la hora de hacer el corte final en la moviola.

Ya no ocurrió nada que me interesara. Pasada la escena de cabaret, mis padres no volvieron más a la pantalla. Y cuando acabó la película, me quedé fumando frente al televisor, en silencio.

—Si te buscas a un traductor de sordomudos, puedes averiguar lo que se estaban diciendo  —me dijo Guadalupe mientras se llevaba las latas vacías.

—¿Lo que estaban diciendo quiénes? —le dije.

—Pues tus papacitos —me dijo, vino a sentarse en el brazo del sofá, y luego se dejó resbalar sobre mí, abrazándome por el cuello—.  La curiosidad no es ningún pecado.

Yo no le respondí.

—De verdad —me dijo—; uno de esos que salen  a veces en un ovalito en los programas de televisión, haciendo señas con los dedos. Alguien que entrene niños sordomudos para leer los labios.

—No valdrá la pena, se estarían diciendo cualquier cosa —le dije yo, sin convicción ninguna.

—Tenemos que saber porqué se fue el morocho —me dijo, otra vez riéndose, y según su costumbre me jaló por los cachetes antes de besarme, como si yo fuera un niño que necesita mimos antes de irse a la cama.

Yo había hecho un documental para Los Pipitos, una asociación de padres de niños discapacitados fundada en los años de la revolución, y conocía bien a la gente allí. A la mañana siguiente, sin decirle nada a Guadalupe metí el casete en la guantera del Lada rojo, herencia de mis años en la revolución, y fingiéndome a mí mismo que me había desviado de mi camino por distraído, fui a dar las oficinas de la asociación en el barrio Bolonia.

Desde que traspuse la puerta me sentí pendejo, sin saber cómo iba a explicar aquel capricho tan ocioso a una gente que ocupaba el día en asuntos urgentes y concretos. Pero ya no había tiempo de devolverse; podía plantearlo como algo profesional, relacionado con mi oficio de cineasta. Por una excelente casualidad, el director ejecutivo terminaba de sacar unas fotocopias en la máquina que está en el pasillo, y al verme me invitó a pasar a su oficina.

Hablamos primero de mi documental. Me contó que lo estaban traduciendo al inglés con financiación canadiense, y  comentó lo bueno que sería filmar otro, no propiamente sobre la institución, sino sobre los niños discapacitados en sus hogares, su vida en familia con sus padres, con sus hermanos; y así caímos en el tema de los sordomudos.

No se extrañó de mi solicitud, y ni siquiera alcancé a explicársela por completo. Su único hijo de siete años era sordomudo, y su esposa, sicóloga de profesión, se había especializado en el lenguaje por señales, para ayudarlo. Me invitó a cenar con ellos esa noche en su casa, advirtiéndome cordialmente que me debía esa cena por mi documental; veríamos la película, y su esposa podría intentar traducirme esas escenas de sordomudos que me interesaban. Lo interrumpí para explicarle que no, no eran escenas de sordomudos, pero él no quiso seguir oyendo, nos veríamos en la noche en su casa, a las ocho. Y que no olvidara llevar a mi esposa.

Mi compañera, debería haberlo corregido, como se estilaba decir en tiempos de la revolución; fiel a esa herencia olvidada, Guadalupe nunca se siente bien bajo el apelativo de esposa, porque es, insiste, como si se viera con los grilletes puestos en pies y manos.

—¿Cómo te fue? ¿Van a ayudarte? —me preguntó desde su cubículo al verme entrar en la oficina. Ella es la gerente general, la telefonista, la cobradora, y la editora en nuestra empresa de filmaciones; en estos tiempos de globalización, todavía pescamos algunos spots publicitarios de cigarrillos y cerveza, aunque cada vez más los traen ya enlatados.

No tenía caso seguirle ocultando nada y además, estaba invitada a la cena.

—Ahora sí sonamos —me dijo con sonrisa maliciosa—. Imagínate esa sesión, tener que explicarles que se trata de tus padres, y que andas averiguando qué es lo que se decían con la rubia y el morocho. Van a pensar que no quieres dejar a tus pobres papacitos descansar en paz.

Le devolví una sonrisa tardía que no me duró mucho. Aunque no lo decía en serio, tenía razón. Al querer descubrir lo que estaban diciendo mis padres en el decorado silencioso de una vieja película, y mala por añadidura, que sólo a fanáticos cinéfilos de medianoche podía interesar, yo estaba inquietándolos en sus tumbas, removiendo sus huesos de alguna manera, perturbando su sueño. Y sus secretos.

Por el momento, había decidido no enterar a nuestros anfitriones que se trataba de mis padres. Y esa noche volví a poner el casete en la guantera del Lada, y nos fuimos a la cena que discurrió de manera agradable, lejos de la perspectiva que Guadalupe se había imaginado, como una plática aburrida sobre métodos de enseñanza especial. Era una pareja muy joven, y el infortunio de tener un niño discapacitado lo llevaban con decoro, buscando comportarse con una naturalidad valiente, sin dramatismo.

Al comienzo de la cena el niño vino a darnos las buenas noches, metido en una pijama de una sola pieza con el perro Pluto en la pechera, en las orejas los aparatos de sordera color carne, demasiado grandes, e inútiles, por lo que yo podía entender, porque se trataba de un caso sin remedio. La madre le habló, y él permaneció con la vista fija en el movimiento de sus labios; y lo que él tenía que responderle se lo dijo por señas, unas señas rápidas, eficaces, fruto de un buen entrenamiento. La madre le explicó quiénes éramos, yo había hecho la película Camino a la esperanza sobre Los Pipitos, y el niño le respondió, según ella nos tradujo, que la había visto, todos sus compañeritos la habían visto también. Me sonrió de soslayo, y se fue.

Pasamos a la salita del lado que hacía de oficina, donde el televisor, que habían traído seguramente del dormitorio junto con la casetera, estaba colocado sobre un escritorio metálico, empujado contra el librero para dejar espacio a las mecedoras abuelita arrastradas desde el corredor. Les advertí que no teníamos porqué llegar hasta el final de la película, bastaba con las escenas de cabaret, que eran las que a mí me interesaban; pero él dijo que a lo mejor le gustaba, no acostumbraba ver mucho cine mexicano. Sus preferidas, agregó,  eran las de Indiana Jones; y entonces estuve seguro de que se iba a aburrir.

Ella vino con una libreta de resorte y un lapicero que se colocó en el regazo, y con las rodillas muy juntas esperó a que el marido pusiera el casete, que primero hubo que rebobinar. Los trazos de prueba que de manera distraída hacía en la libreta, eran de taquigrafía.

Entonces, empezó a correr la película, unos arañazos primero sobre el fondo negro, y después un estallido dramático de música sinfónica mientras pasaban en cilindro los títulos dibujados con letra caligráfica.

A medida que se aproximaban las escenas del cabaret, más que ver la película yo vigilaba a la pareja, pero la vigilaba sobre todo a ella. De ella dependía que aquella sesión extraña para todos tuviera algún sentido para mí, aunque ella no llegara a saberlo nunca; si no averiguaba nada que justificara mi curiosidad, me iba a sentir ridículo. Ya me estaba poniendo colérico de sólo sospechar mi bochorno.

Él, librado de la cortesía en la penumbra, comenzó por limpiar los anteojos, y se distrajo rápido; ella, siempre las rodillas muy juntas, esperaba con atención profesional, tras haberle pedido al marido que me entregara a mí el comando.

El cabaret apareció visto desde fuera, y su imagen sórdida no correspondía en nada a la de dentro. Vendedores de lotería, un puesto de tortas, una pareja de policías; llegaba un Buick, se bajaba Antonio Badú, esperaba fumando en la puerta hasta que por la acera húmeda de lluvia se acercaba caminando Meche Barba envuelta en un abrigo de pieles y muy cargada de joyas; la tomaba del brazo, y sin decirse nada, entraban. Ella era la esposa infiel, casada con un millonario de viaje por los Estados Unidos, y él su amante, un gángster que la chantajeaba.

Con el dedo sobre el botón de pausa yo aguardaba el momento inminente en que la cámara se abriría sobre la concurrencia del cabaret, después que los protagonistas principales se sentaran a su mesa al lado de la baranda del mezanine. Mi anfitrión, tras recostar la cabeza contra el respaldo de la mecedora, una mano en el entrecejo, dejaba colgar la otra en que tenía los anteojos; por el contrario, ella se había adelantado en la mecedora, manteniendo los balancines en el aire, atenta igual que yo. Igual que Guadalupe.

—¡Allí! —se oyó decir a Guadalupe, en un tono exagerado que no dejó de molestarme.

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Sumario

Este Lunes

El revolucionario del siglo XXI

Jorge Eduardo Benavides

El cine cubano sale de viaje

Alfredo Antonio Fernández

El tango y Gardel en la obra de Gabriel García Márquez

Luciano Londoño

La imago

Manuel Gayol Mecías

La palabra del silencio. Notas sobre la escritura de los límites

Arturo González Dorado

«Mariconerías» de Estado: Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

Frances Negrón-Muntaner

Gastón Baquero: un recuerdo familiar

Remigio Ricardo Pavón

1967 y la infancia peligrosa

Patricia Suárez

Unos escriben

Sergio Ramírez

Otros miran

Daniel Mordzinski

OtroLunes conversa

con Antonio Álvarez Gil

“No escribo contra nada ni contra nadie”

con Jorge Majfud

“Calataid es el ejemplo descarnado del patriotismo…”

con Mariela Varona

“Soy una mujer que no acepta la realidad”

con Javier Sáez de Ibarra

“No sé si tengo un estilo, pero sí una intención”

con Ramón Cote Baraibar

“La memoria es como otro brazo, como otra pierna”

con Jon Lee Anderson

“No quiero, simplemente informar y/o entretener...”

con Ana María Shua y Teresa Andruetto

Escribir para comprender

Punto de mira

Cuba per se. Cartas de la diáspora

La isla y su cultura observada desde el exilio

Botón de muestra

Abilio Estévez, Carlos Victoria, Carlos Espinosa Domínguez, José Kozer, Eduardo Manet, Manuel Díaz Martínez, Nivaria Tejera, Pío Serrano, Uva De Aragón y Zoé Valdés

Cuarto de visita

Con la escritora hindú Sujata Bhatt

En la misma orilla

Hombre de negro

Carlos Manuel Torres Guerrero

El muchacho inglés

José Luis Muñoz

Brindis (Fragmento)

León Viera

Expreso Habana-Amstelven

Yoss

La marmita, de Poesía

La marmita. De poesía y poetas

Alberto García-Teresa

Poemas

Antonio Martínez I Ferrer

Poemas

Juana Vázquez Marín

Tres poemas inéditos

Dolan Mor

Kora, de Rogelio Guedea (reseña)

Ernesto García López

Noches de blanco papel, de Roger Wolfe (reseña)

Arturo Parrondo

De tu olor y mis miedos, de Mara Romero (reseña)

Alberto García-Teresa

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Guillermo Cabrera Infante. Un clásico de la literatura hispanoamericana

Rita Indiana Hernández y la alucinación de la modernidad

Roberto Fernández Retamar y su Caliban

Espido Freire y la rebeldía contra el silencio

Recycle

Cartas de Mijail Bulgakov a I. V Stalin

La generación extraviada

Ángel Santiesteban

De lunes a lunes

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Premio Novelpol al prolífico escritor argentino Carlos Salem

La Academia Norteamericana de la Lengua España convoca al Premio 2010 de Novela

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Berlín es un cuento

Esther Andradi

El vendedor de pasados

José Eduardo Agualusa

Mirar el agua

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Espejo de tres cuerpos

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El canalla sentimental

Jaime Bayly

Heinz Luning and Nazi Espionage in Latin America: Hitler’s Man in Havana

Thomas D. Schoonover

Poeficcionario. Antología

Edgar Allan Poe

Elementos de Teoría Constitucional. Una propuesta para Cuba

Ricardo Manuel Rojas

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El jardín de ajenjo

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Qué bueno baila usted

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