

Página 2
10.
Sara abrió su cartera. Dentro de la cartera traía el librito de madre Yolanda, la prefecta, en el que explicaba por qué cantan los pájaros. Claudia lo reconoció de inmediato. Lo tomó entre sus manos, estuvo acariciándolo. Cómo fui a perderlo, dijo. Me pareció que les iba a gustar a las dos verlo de nuevo, dijo Sara. Sí, dijo Claudia, te agradezco, si vieras todos los recuerdos que se me vienen. Madre Yolanda, aquellas imitaciones que hacía de los cantos de los pájaros, poniéndose las manos viejas en la boca y moviéndolas de diferentes maneras, la admiración de nosotras, las risas. Es el día y sigo sin acordarme por qué razón es que cantan los pájaros, o tal vez no es que lo olvidé, sino que nunca puse atención a sus conferencias, ni tampoco habré leído el libro. Me gusta que te guste, dijo Sara, y el tic provocó aquella mueca de su boca. Una mueca cruel en aquel rostro pálido, de cejas borradas bajo el turbante.
11.
¿Sabes qué?, dijo Claudia. ¿Y si dejamos sin abrir el sobre? No, dijo Sara. Venimos aquí para saber qué ha sido de nuestras vidas. Sí, dijo Claudia, pero ella faltó a la cita. Sara dudó. Pero sin esperar más, rasgó el sobre.
Adentro lo que venía era una foto de bodas tomada en un estudio. Una foto divertida, la foto de dos personas mayores disfrazadas de novios. Gabriela, vestida de velo y corona, al lado el novio vestido de chaqué. En el reverso había algo escrito a mano.
Espera, dijo Claudia cerrando los ojos. Puedo adivinar. El novio es aquel famoso hombre casado. Era el hombre casado. Gabriela escribía que con mucho dolor tenía que romper la promesa, pero la fecha de la cita había coincidido con su boda, Mario Alberto había vuelto a ella por sus propios pasos ya debidamente divorciado, se preparaba a ser feliz en su nueva vida matrimonial al lado del hombre al que siempre había querido, dejaba atrás su pasado, volverían juntos a pisar nubes, no se rían por favor, siempre baila divino, y les mandaba esta foto momentos antes de dirigirse al aeropuerto para abordar el avión que los llevaría en su viaje de luna de miel, tarda la felicidad pero llega, y ante la pregunta que me hubieran hecho acerca de que si soy feliz, la respuesta es positiva, soy feliz, chao.
12.
Antes de despedirse reflexionaron acerca de si valía la pena citarse de nuevo quedando sólo dos. Resolvieron que valía la pena. Pero el tiempo corría mucha más prisa que antes. De manera que redujeron el plazo a cinco años. Mucho, dijo Sara, pero en fin. Claudia pidió prestado el libro a Sara hasta el siguiente encuentro. Tenía esa curiosidad sobre la razón del canto de los pájaros. Se levantaron, fueron juntas hasta la puerta, y allí se separaron. Sara subió a un taxi. Claudia atravesó la plaza. El carrusel no estaba.
13.
Pasó el tiempo que ahora volaba. Se cumplió el plazo de los cinco años. La torre del ayuntamiento se hallaba en obras y habían desmontado el reloj, de manera que no se oyeron sonar aquel día las campanadas de las cinco de la tarde.
Claudia llegó en punto. Caminar no era fácil para ella, de modo que se acercó con dificultad a la mesa. Le faltaban los dedos del pie izquierdo, culpa de la gangrena. El glaucoma avanzaba. El camarero que apenas habría nacido cuando la primera despedida ya no existía, y otro, un rubio que apenas salía de la adolescencia, se apresuró para ayudarla a sentarse.
Traía consigo el ejemplar del libro que debía devolver, y lo puso frente a ella. Dijo que quería un vodka tónico. ¿Con mucho hielo o con poco hielo? Poco hielo, dijo. Sus ojos, perplejos, miraban tras los lentes turbios de tan gruesos.
Apartó la miniatura de sombrilla japonesa, tomó el vaso con las dos manos, y se lo llevó a los labios con miedo de derramarlo. Preguntó la hora y el camarero dijo que las seis. ¿Tan tarde se había hecho ya?
A las siete Sara no había llegado. A las ocho se acercó el camarero para preguntarle si no se le ofrecía nada más. Fuera del primer sorbo no había vuelto a probar la bebida y el hielo se había deshecho en el vaso. ¿Otro vodka tónico? Dijo que no, y a su vez preguntó si no había algún sobre para ella. Alguna carta. El camarero se mostró extrañado. No. Ninguna carta, señora.
Lo oyó alejarse. Acercó las manos al libro que había traído para devolver. Seguía sin recordar las razones que daba la prefecta para explicar por qué cantaban los pájaros.
¿Por qué cantan los pájaros? ¿Habría alguna razón para que cantaran?