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Temblando como el dichoso fui tiembla bajo la lluvia aferrado a su rama había dejado salir la respuesta y apretando el crucifijo contra el vientre se preparó para los pasos que irían hasta la silla a desenfundar la pistola para los tiros que oiría sonar al otro lado del pabellón, que la buscarían sin saber en qué punto estaba arrinconada, disparando a ciegas hasta que la sangre bajara por la sobrecama y chorreara en el piso.
Pero él sólo se restregó los ojos cansados.
—Vengo muerto, Adoración —oyó que le iba contando—. Habré cabalgado lo menos cuatro días desde el lugar donde tenemos estacionada la tropa esperando el sitio, reventado mi propia bestia sólo por venir a verla y corriendo por atajos para evitar los retenes en los caminos reales.
Fue de nuevo hasta la puerta como para coger aire y ya estaban allí las luces de la madrugada.
—Cada dos leguas tenía que bajar del caballo por una mi herida que nunca me sanó —se irguió con gran trabajo de la mecedora a la que había llegado y caminó a la mesa de noche para sacar el bacín. Desde la cama oía ella el rumor de su orinar, cansado y triste.
—Pero ésa es la guerra —siguió—; ya veo, destruí su vida, Adoración, la dejé tierna y a los tres meses de casados —y depositó el bacín en el suelo—, a la buena de Dios, como quien dice, sin ver por su comer y por su beber, bueno está lo que ha pasado, si bien me duele en mi alma, Adoración.
Caminaba por el cuarto y ella lo sentía andar, sin saber más que por la voz, dónde estaría parado.
—Hágame el favor Adoración, y me perdona.
Más que en responderle, pensaba en contener el torrente hirviendo que quería brotarle de en medio de las piernas.
—¿Va a perdonarme o no? —oyó que le reclamaba con voz militar.
—Sí —contestó, pero apagadamente, y estaba imaginándose que su voz no habría traspasado el pabellón de opalina, cuando lo oyó hablar de nuevo.
—Así me quita este peso de la conciencia -se vino acercando mientras hablaba y su mano penetró apartando la cortina, para darle a besar el anillo de cobre con los símbolos de la logia que le ofrecía desde el noviazgo, con esos su modos de obispo que tenía.
Ella tomó la mano curtida y llena de polvo y reverente se la llevó a los labios.
-Tiene la boca fría Adoración, a lo mejor le están dando calenturas.
Se sentó en la cama de espaldas a ella y sin mirarla se estuvo un largo rato pensativo, con la cabeza caída.
-Estoy más muerto que vivo, es como si hubiera fallecido, Adoración -y apoyando la mano cerca del pie de ella, la sintió húmeda y la levantó contra la luz del amanecer viendo que estaba manchada de una sangre rala.
-Señora, va a alumbrar -le dijo, y se levantó apresurado. Se puso el sombrero, se terció la canana y salió al corral por su bestia, y la montó en pelo corriendo a la ronda a buscar a la comadrona. Casi entró con el caballo dentro de la casa de la mujer y sin bajarse de la montura fue hasta el fondo del patio porque le dijeron que estaba en el excusado. Con la cacha de la pistola golpeó en el tabique,
-Qué es -se entreasomó la mujer.
-Sálgase que me urge llevármela.
-Qué no ve que estoy ocupada.
-No le hace, sálgase.
Ya era casi de día cuando comenzaron los preparativos del alumbramiento, alistando mantas e hirviendo agua en la cocina, y él con las espuelas calzadas y siempre de sombrero, atravesó por el sendero del jardín para llegar hasta el aposento, listo como para el combate.
-Nos vemos pues, sí Dios quiere -se inclinó hacia ella que estaba como en un gran lago de sangre- póngale Glauco, por sus ojos, Adoración, o por el estero manso donde nos conocimos -y esa fue toda su despedida.
Ya andaban en la población rumores de la visita del general Rosendo Mendiola que había entrado burlando los retenes y había huido después perseguido por la guardia de cien hombres que desplegaron para prenderlo, y los rumores de que no había llegado, de que su tropa estaba todavía lejos, y los rumores de que a esa hora había estado en combate y por fin los rumores de que el general Mendiola había muerto en una emboscada, de que lo habían matado en la primera línea de fuego tratando de recuperar el cerro de las Casas, de que había caído hacía una semana cruzando el río, y los correos venían y se iban de la casa mientras doña Adoración pasó alumbrando toda la mañana hasta que finalmente dio a luz al mediodía, y los correos seguían llegando, que el general había muerto en el primer avance del ejército que venía a ponerle sitio a León, o que había estado agonizando tres días con una herida engusanada debajo de la tetilla izquierda y había muerto al amanecer, pero otros al revés, contaban que iba sano, galopando a juntarse con su tropa, hasta que los retenes trajeron su caballo a la plaza, y sus pañuelos y sus alforjas y sus botas, y lo pasearon con música y con cohetes por las calles y ya no hubo duda cuando leyeron en las esquinas el bando anunciando su prisión y muerte en el cerro de San Cristóbal en la batalla que se había librado a una hora que los partes de guerra no determinaban.
Entonces las begonias y los jalacates fueron arrancados de cuajo de las maceteras, se vaciaron de agua y de flores los floreros y se guardaron en lo alto de los roperos. Se voltearon de cara a la pared los cuadros y se cubrieron con fundas grises las jaulas de los pájaros. Se cerró de golpe la puerta de la calle y se pasaron las aldabas a las ventanas, se encendió en el aposento una lámpara de aceite y junto a ella se puso un vaso de agua, para que el ánima del difunto abrevara su sed después de las largas cabalgatas cruzando montañas y evadiendo centinelas. Olía a gardenias, a dalias y azucenas en las estancias y en el traspatio se iban acumulando las araucarias marchitas que eran repuestas en el altar de los rezos cuajado de magnolias, lirios del valle y azucenas, entre los que el difunto asomaba su rostro, abatido por una lejana adolescencia y cruzado por una cinta de terciopelo negro. La casa se volvió un barco solitario hundiéndose en un mar de rezos y una aura de atardecida estaba presente desde en las mañanas, como si todo el día fuera un solo crepúsculo y como si amaneciera al revés, obscureciendo, mientras agonizaban en la jaula los pájaros sofocados por falta de aire y las gallinas miraban con ojos tristes desde las ramas de los naranjos. Afuera andaban ya los rumores de guerra, y las patrullas de soldados sacaban de sus casas a los enemigos del gobierno como reclutas y los llevaban amarrados hasta los pueblos vecinos donde se armaban las avanzadas de la defensa.
El tercer domingo de octubre y después que los bandos militares habían anunciado la muerte del general Rosendo Mendiola, o como decía la gente, desde que su ánima en pena había visitado a Doña Adoración para despedirse y para perdonarle la afrenta, fue el bautizo del hijo. Antes de la ceremonia que se hizo a ocultas y a las diez de la noche, mientras caía un torrente de lluvia y los soldados estaban abriendo zanjas y tendiendo alambrados en las calles, el sacerdote que había llegado a la casa envuelto en un capote de hule y protegiendo debajo de la sotana los vasos sagrados con los óleos y las sales del bautismo, se acercó a la cama donde Doña Adoración permanecía detrás de los cortinajes de su cama cumpliendo los cuarenta días con sus noches que debía estar acostada toda recién alumbrada.
—Señor Mío Jesucristo —musitó, acercándole una vela al rostro, porque la única luz del cuarto era la lámpara que se había encendido al ánima del difunto.
—Dios y Hombre verdadero —respondió—. No voy a confesarme padre, no estoy moribunda.
El sacerdote sólo cambió de posición la vela, hacia la cuna de barrotes cromados donde dormía el niño.
—Cualquier pecado —dijo ella incorporándose—, ya me ha sido perdonado.
—Sólo el confesor puede perdonar, señora.
—Ya me perdonó quien debía hacerlo —le dijo sin miedo y sin ira, sintiendo que la vela le estaba quemando el rostro—. Apárteme la luz, padre.
—La casé a los quince años, señora. Usted es una niña.
—A los dieciséis, padre, aparte la vela que me está quemando.
El sacerdote retrocedió al sentir el olor a cabello chamuscado y la sirvienta entró con el recipiente de plata donde había entibiado el agua del bautismo en el cocinero.
—Glauco María —dijo el teniente cura levantando la concha de lata.
—Glauco nada más —advirtió ella desde su cama.
—Glauco y un nombre de cristiano —dijo el hombre con furia, y terminando la ceremonia salió a la lluvia sin despedirse, al momento que comenzaban a retumbar a la distancia los cañones.
—Empezó el sitio —dijo la sirvienta persignándose—; lo menos serán tres meses de hambre y sed.
Toda la santa noche se oyeron carreras y tiros en las calles y el paso repetido de un tropel de caballería que parecía venir del fondo de la tierra y aquellos que se asomaron por las hendijas de sus puertas para verla pasar sólo encontraron en sus ojos un vacío infinito y sentían los cascos de los caballos y las carcajadas de los soldados como pasando sobre sus cabezas y se oyeron también los gritos de los que eran traspasados por las lanzas y por las bayonetas contra las paredes, viejos soldados curtidos por otras batallas remotas que salían de los nichos de sus capillas en el cementerio sólo para que abrieran de nuevo sus heridas y a la luz del día no estaban sus cuerpos, sólo unas manchas resecas de sangre, y crepitaban los incendios consumiendo las naves de las iglesias, pero no había incendios y los muertos de sed arañaban las puertas pidiendo agua y todas esas fueron las señales de que la guerra volvía por meses y los principales comenzaron en la pura medianoche a alistar sus carretas y sus mulas y cargar las provisiones para irse a sus haciendas porque andaban gritando por las esquinas que se había incendiado de nuevo el árbol de corozo en medio de la plaza de Zaragoza y esa era la definitiva de las señales y después vinieron las voces secretas que aturdían los oídos de los que escuchaban en sus aposentos petrificados por el miedo y que comenzaban de nuevo la cuenta de los muertos (españoles: los capitanes de caballería Don Pedro de Barrida y Don Pedro de Cardoza, Don Antón Fernández, Don Juan Flores y Don José Ramírez; mulatos: el sargento Lucas Salgado y el cabo de escuadra Diego Fernandino; indios: los capitanes Sebastián Sánchez y Raymundo Alvarado, el principal Juan Membreño y Francisco Calero, todos del barrio del Laborío; los caciques Don Pedro de Aguilar y Don Manuel Larios capitanes de Quezalguaque, los trece valientes muertos en defensa de la ciudad y retirádose que hubo el enemigo llegándome en concurso de mucha gente los llamé tres veces por sus nombres tendidos sus cuerpos como estaban en la calle a lo que no me respondieron ni hicieron movimiento alguno y llegándome a reconocerlos si tenían aliento no les hallé ninguno, y las campanas de las iglesias comienzan a doblar solas movidas por el retumbo de los cañones y cuando amanece los principales están tendidos en el lodo de los caminos, sus cuerpos húmedos por el agua de las tinajas que se llevaban en la huida, quebradas a culatazos por los retenes buscando monedas y desgarrados los sacos de maíz y toda la ropa que metieron apresuradamente en costales que sólo sirven después para alimentar el cerco de fuego que se prende para que nadie salga de la ciudad ni nadie entre.
Antes de que la tropa de defensa comenzara los incendios de las chozas de la vera del río donde se sospechaba una avanzada de cazadores, las vivanderas alcanzaron todavía a llegar al mercado y entraron con sus canastas en la cabeza a sentarse a vender sus mercancías con sus críos en el cuadril, los puestos custodiadas por las imágenes encerradas en las hornacinas de las paredes de adobe, escuchando el sonar de los cañones en la lejanía como si dispararan de otro tiempo o de otro día y como si prolongaran el asedio fantasma de la noche y abriéndose las puertas del mercado a la hora señalada se levantaron de todos los patios y de todos los tramos los pregones pero ni una sola alma entraba por compra, ni una yuca ni un tomate ni un quequisque ni un ayote ni una oropéndola ni un ramo de reseda ni un guacal de huevos ni una tapa de dulce ni un real de apasote ni una pareja de loros ni la hierbabuena ni el culantro ni la horchata ni la flor del saúco, y cuando cayó muerto el carretero sobre su carga de zacate y al recogerlo se fue de boca el llavero de la puerta de frutas del mercado y cayeron sobre el tiangue las tejas y levantando la vista las verduleras vieron con sus ojos espantados el cielo por el tejado abierto, corrieron en desbandada derribando a su paso los canastos, destripando las verduras y ya se había cerrado de nuevo el portón cuando las últimas salieron por el boquete abierto por una granada y pasaron en tropel sobre el cadáver de un niño que tenía la cabeza negra de pólvora y abierta la mollera, y como lloviera todo ese día fue arrastrado por la corriente en medio de la calle y se atascaba en las esquinas, girando en remolino con las ristras de ajos y las cabezas de los santos chorreadas de esperma que habían arrojado al fuego en el incendio de las primeras iglesias, y siguió su rumbo por los desaguaderos de la corriente de lluvia, cayendo en los barrancos y yéndose por las quebradas y así por los ríos hasta los brazos cristalinos de mar en el estero, una rama de tigüilote por sudario, hasta quedarse estancado en la arena gruesa carcomido por los cangrejos.
—Juan Sebastián —gritó al pescador su madre, apartando de las ramas el pequeño bulto con una vara. El pescador dejo sobre las piedras las guabinas a las que estaba limpiando el vientre y se acercó al vertedero.
—Ya comenzó otra vez la guerra -dijo la anciana, tirando el palo a la corriente.
(Péguenle una vergueada en medio de la plaza por mentiroso, dijo el gobernador. Pero yo vi, señor dijo el atalaya, era una embarcación grande acercándose al Realejo. Desnúdenlo y cueréenlo, repitió la orden. Pero a la noche siguiente el gobernador no supo a qué horas los piratas estaban pasando a cuchillo a los moradores y los lamentos le herían el oído como cardos y su cara ardía de vergüenza en el fuego de los incendios que él veía crepitar como si de lejos estuvieran quemando rastrojos para las siembras).
Se cerraron los caminos con vigas y con muebles, con carretones, ramas de árboles y hasta con cadáveres de caballos y de bueyes, y no hubo ni leche, ni leña, ni agua, ni frutas, ni cereales y se pudrieron las carretadas de naranjas, limas y berenjenas en los puestos de retenes, porque la tropa sólo comía ganado y totopostes que era el pan de guerra. Se levantó una gran hedentina con la pudrición de los cadáveres que envenenaron el agua de los ríos y un olor a salitre dominaba el aire caliente por los incendios. Dentro de los aposentos caían los cuerpos de los hombres que disparaban desde los techos y no se supo nunca cuántos quedaron debajo de los escombros al derribarse las paredes. Se improvisaron hospitales en las iglesias y los heridos fueron acostados en los escaños y envueltos en los cortinajes y el agua para lavar las heridas era la de los bautisterios y se hacían vendas con los lienzos sagrados. Las turbas hambrientas recorrían las calles y se liaban a cuchilladas por un trozo de carne salada, arañaban las puertas los muertos de sed en demanda de agua y lo único que lograba atravesar el cerco del enemigo eran carretas vacías jaladas por bueyes sin dueño y caravanas de mulas cargadas de sal. Nunca se supo si llovió más días que los que duró el sitio, o si el asedio fue más largo que la lluvia. Ni tampoco cuándo escampaba, porque igual llovía agua que fuego, y el temporal derribó los puentes, inundó los campos de cosechas abandonadas y las zanjas comunales donde se tiraban los cadáveres. A los cuarenta y dos días justo de haber comenzado el sitio, los cuerpos se encontraban ya por todas partes, arrodillados en las bancas de las iglesias, sentados en las salas de sus casas, de visitas con sus parientes, dedicados a sus negocios frente a sus escritorios, haciendo el amor indiscriminadamente, ya fuera entre vivos y muertos o sólo entre muertos, pero no alcanzó para una pareja de vivos, y los entierros, las misas de difuntos, las procesiones de rogativas y los velorios eran muy concurridos por los cadáveres, hasta que no quedaban ya defensores en las trincheras. Entonces el ejército insurgente inició el avance por tres columnas: una que venía del cuadrilátero de Subtiava entrando por la calle real y para no ser sorprendidos por la retaguardia, prendieron fuego casa por casa hasta que a sus espaldas sólo quedaba una playa inmensa cubierta de piedras negras y cuerpos carbonizados. La segunda columna avanzó desde la plaza de Zaragoza y entró tocando a degüello a bayoneta desnuda, y la tercera recibió orden de avanzar desde Mata de Limón donde estaban parapetados los soldados entre esqueletos de reses y detrás de los promontorios de sacrificio del rastro, disparando sin tregua contra todo lo que se moviera, los árboles, los pájaros, el agua de los ríos, el viento, y penetrando aposento por aposento, excusado por excusado, patio por patio. Dieciséis días después de iniciado el avance definitivo, las tres columnas se encontraron en la plaza una tarde tibia, y se reconocieron entre el humo y no se oían unos a otros porque el silencio era perfecto. Levantaron sus sombreros al cielo para recibir los vítores pero no hubo un solo viva porque los defensores, los dos últimos días del avance se habían dedicado a degollar a los partidarios de los sitiadores después de colocarlos en los potros y herrarlos como animales en las espaldas, y después de haber ordenado que los colgaran de los canes de los aleros donde su carne se iba suavizando con el humo de las hogueras.
(La tropa derribó la puerta de la sala de varones y arrastrándose por los corredores inició el asalto a la sala de mujeres. Se emplearon veinticinco hombres de línea y bien fogueados, escogidos por suerte para la operación que se dio por concluida a las seis de la tarde. Algunos enfermos no se movieron de sus camas y otros se escondían dentro de los roperos, dando gritos uno y otros persignándose ante las imágenes antes de caer bajo el filo de los machetes. No se produjo en general resistencia y así la avanzada pudo tomar posición desde los techos y en las caballerizas del hospital, y después de retirar los cadáveres de tanto enfermo anciano como había se pudo alojar en los galerones vacíos toda la pertenencia, mujeres, hijos y parientes de los combatientes, lo mismo que las viudas y huérfanos de los que ya habían caído).
A las tres de la tarde el último cañonazo que se oiría en mucho tiempo, disparado desde lo alto de la catedral, donde había emplazadas cuatro piezas de artillería, anunció el inicio del paseo de triunfo por las calles principales que se organiza frente a la puerta mayor de la iglesia del Calvario y es presidido por el cuerpo de generales montados y sus ayudantes de a pie, enseguida el cuerpo mayor de caballería, una compañía de cazadores y otra de infantería con sus lanzas, encabezados por las banderas y los estandartes y la banda de música que tocará sin descanso caminando a paso de vencedores hasta la esquina de la Casa de Salud y de allí doblando a la derecha tomará por enfrente de la fábrica de velas hasta la esquina de la casa de Don Prudencio Villalta hasta tomar la Calle Real con rumbo derecho a la S. 1. Catedral Metropolitana donde se disparará una salva de honor, aprobado, el Comandante en Jefe (aquí una rúbrica), el enemigo desfiló más derrotado que los vencidos, los generales a la cabeza luciendo toda suerte de uniformes, cinturones, fornituras y entorchados, usares, granaderos, carabineros, guardias de la reina, dragones, de todas las épocas y de todas las latitudes, contándose un general montado por cada tres soldados de a pie que arrastraban en la retaguardia en carretas forradas con toldos de cuero sus fierros de labranza, sus escuadras de carpinteros, sus cucharas de albañil, las rejas de sus arados y sus mudadas de domingo para cuando acabara la guerra, lo mismo que sus concubinas y su parentela, las carretas de parque y las de provisiones de boca sólo que vacías, y como si un enjambre de abejas siguiera la procesión, se oía el gimoteo de los heridos que venían cargados en andas improvisadas con tablones y peañas de ataúdes.
Cuando cayó la noche la tropa se dividió en tantas guardias como barrios tenía la ciudad y marchaban de cuatro en fondo la bayoneta calada y los fusiles bala en boca y en las esquinas recibían orden de ponerse en posición de tiro para defenderse de la caballería que nunca vieron pasar pero que sentían aplastarles los cráneos, y las risas de los soldados invisibles y las descargas a boca de jarro sobre sus rostros.
Al amanecer, desolados por el silencio, los soldados estaban entregando a la guarnición sus rifles, sus salbeques y sus divisas para volver a sus querencias, a sus labradíos y a sus poblados, a encontrarse con sus familias abandonadas, cuando oyeron un redoble de tambor que tocaba a alarma atravesando desde el Cabildo hasta el atrio de la catedral incendiada. Entonces sintieron que todo recomenzaba, y el olor a mujer que los había desvelado descubrieron que no era más que olor a pólvora virgen y sus espasmos solitarios sólo espasmos de agonía.
(La suegra del gobernador, habéis de saber, despertó a la población tocando en el parche un redoble de alarma y recorrió las calles de la ciudad poniendo en guardia a los pobladores porque el enemigo en número y condición no determinadas venía entrando por el playón de Jagüez).
Y cuando el tambor de Doña Paula se alejó redoblando hacia otra guerra futura, hacia otro sitio, hacia otro asalto, hacia otros degüellos y hacia otras batallas, los alcaravanes despertaron del sueño de su muerte en los corredores y se llamaron en la nueva madrugada..