

Largo rato me quedé fumando en lo oscuro, tendido en mi tijera de la caseta de proyección, y antes de apagar el último cigarrillo comprobé, tanteando con la mano, el lugar en el piso donde quedaba en su tahalí mi pistola; antes de dar con ella rocé mis zapatones húmedos, que iban a amanecer de seguro resecos, con las costras de lodo endurecidas alrededor de las suelas, y palpé también mi lámpara de pilas debajo de la almohada, volviéndome finalmente de costado para buscar mejor el sueño. Comenzaba a privarme cuando de la luneta donde acampaba mi tropa me llegaron unas risotadas y un arrastrarse de bancas; e incorporándome, pregunté qué era la cosa. "Aquí estos que me quieren abusar", se quejó el niño sirviente que nos había dejado a dormir el alcalde. Qué jodidos más zánganos, me sonreí yo, y me acosté de nuevo.
Después sólo me llegaban ya los ronquidos de los soldados y sus respiraciones concertadas, pero despuecito, también el canto extraño de unos pájaros, unos silbidos en la oscuridad llovida de afuera, que se contestaban desde distintos puntos; qué raro, reflexioné, un concierto de pájaros como si ya fuera a amanecer, no siendo ni medianoche; pero ideay, la montaña es la montaña. Al rato, hubo sobre mi cabeza en el techo un resbalar de tejas, y algo como un caminar en cuatro patas: ¿garrobos? Garrobos tan grandes como para botar tanta teja, no existían. ¿Zorros? Llevé la mano debajo de la almohada para alcanzar la lámpara, pero la dejé allí inmóvil, en contacto con el metal frío, porque ahora eran claramente pasos los que en forma apresurada descendían en dirección a la calle, desprendiendo una menuda lluvia de tierra que me bañaba la cara.
Ya para entonces quise gritar una orden, pero no pude, porque se me atrapó la voz en el galillo, o fue que oí las primeras estampidas llenar el cine, desbandando en gritos y atropellos a mis guardias en busca de sus armas, o de la huida; pero en medio de la tirazón feroz y alumbrados por los fogonazos, sólo lograban dar vueltas locas, como ganado acorralado, arreados entre el desgobierno de las bancas al centro del salón por las sombras enemigas que parecían salir de las mismas paredes, pero que a través de la puerta entornada de la caseta yo podía ver columpiarse por los boquerones abiertos en el techo, y al desgajarse, caer detrás del parapeto de los escaños para disparar a quemarropa, sin cesar de entonar sus vivas por encima de los que se oyó, al desplomarse la puerta de la calle, el grueso pespuntear de una ametralladora. Todas las salvas cesaron al callarse también la ametralladora, como si ella hubiera estado dando las órdenes, y comenzó entonces a oírse el tajo de los machetes cayendo filosos contra los huesos, desastillando en su remolino las bancas y sacándole chispas al piso.
Se callaron casi por completo los alaridos, y el olor del humo denso metálico de la pólvora me llegaba asfixiante a la cara bañada del sudor pegajoso que también se mojaba las espaldas y me corría por la entrepierna, mientras mi mano, extendida ahora hacia el suelo, rozaba apenas el tahalí, dominadas las yemas de los dedos por un hormigueo. Y así, bocabajo en la tijera, el último quejido confuso y apagado en llegarme entre el tumulto y las voces de los asaltantes, fue el de mi primo Mercedes, «me mataron", repetía llamándome, cada vez como más lejos.
Librado al peso de mi cuerpo me desguindé para buscar refugio debajo de la tijera, y tendido en el tablado de la caseta, sin moverme, escuché los resoplidos de las bestias y los relinchos en la calle, las voces de mando, los pasos con espuelas de los que se acercaban a requisar las armas, a cargar las mochilas y las cananas, a desnudar de los uniformes los cuerpos, riéndose alegremente, "¡todo nuevecito!", decían ufanos, "¡qué catrines nos mandaron a estos los yankis!". Los pasos se alejaron luego, y oí el galope de su caballería y de nuevo sus vivas, "¡Viva el general Sandino! ¡Viva el general Pedro Altamirano!". Y después ya perdiéndose el tropel, unos himnos cerriles cantados en coro en la lejanía.
Tardé en recobrar el calor del cuerpo, en sentir que la sangre me corría otra vez desde la nuca y me entibiaba la espalda, bajándome a las extremidades que tomaban movimiento y salían así de su hielo; y hasta entonces, antes de arrastrarme fuera de mi escondite debajo de la tijera, me di cuenta precisa de que no era sudor lo que me mojaba en torrente los calzoncillos, sino mis propios orines, un momento antes hirvientes y ahora fríos. Avancé en cuatro patas y al asomarme como un animal medroso y apaleado a la puerta de la caseta, me encontré ante una visión de llamaradas que crepitaban velozmente, consumiendo las bancas y los cadáveres desnudos que al quemarse se retorcían y me hacían muecas de risa; los resplandores subían violentamente hasta lo alto del techo, y al iluminar los huecos que aparecían y desaparecían entre las sombras, dejaban ver pedazos de cielo limpio.
Un fogazo de horno me ardía las pestañas, y antes de que la cortina de fuego se me pusiera delante de la puerta, sin olvidarme de mi pistola me lancé en carrera pisando los cuerpos amontonados y tropezando en aquel descuartizamiento con los escaños; salí a la calle, pistola en alto, disparando, y los vecinos que se habían reunido afuera se desbandaron en huida. El alcalde, envuelto en su chamarra, los oídos taponeados de algodón y untado en Vaporub, se adelantó hacia mí, saliendo del grupo que se arrimaba de nuevo cauteloso. "Guarde esa arma que está entre amigos, señor sargento", me pidió.
Me rodearon, pero en ademán permanente de retroceder, tal vez por miedo de mi pistola, o más probablemente distanciados de mi olor a berrinche. Indefenso y friolento, dejaba que los perros me lamieran los pies llenos de sangre, hasta no ahuyentarlos el alcalde, siempre junto a mí embozado en su cobija, contemplándome y contemplando las llamas a las que señalaba con la misma mano en que sostenía una gran biblia: "obra de Pedrón Altamirano, señor sargento". Después me dijo que en su casa podría asearme.
Y amaneció el día, y el cine no se apagaba; el tufo a carne chamuscada se había propagado por la población entera, y todo fue que calentara el sol para que arrimaran volando los zopilotes, primero en círculos a gran altura, ya después agobiando los árboles cercanos, las ramas de los papaturros del solar perteneciente al cine cargadas por el peso del animalerío negro. "Qué va a hacerse con semejante fuego, no basta la ayuda de los vecinos, no alcanzan los cántaros ni los baldes, hemos arrimado una pipa ambulante, pero tampoco", se asomaba de cuando en cuando el alcalde al aposento para darme noticias del fuego; allí permanecía yo, arropado en una cobija que él mismo me había facilitado, y sentado en la cama temblaba con un frío igual al de las fiebres terciarias, vigilado por sus siete críos, la esposa, la madre y la suegra; la suegra había traído incluso una mecedora y sin quitarme ojo se balanceaba, arrullando al más chiquito de sus nietos; y a la hora del almuerzo los mayorcitos trajeron platos al aposento, para comer con ellos en el suelo, frente a mí. Entraban y salían también vecinos, se quedaban un rato hablando en voz baja, y eran después repuestos en aquel turno por otros.
Al promediar las doce del día era alto todavía el humo, aunque ya no había fuego, consumida toda la casa. Y de tan lejos se vería, que la columna en marcha lo divisó, y acudió al lugar. El suboficial al mando la columna entró a buscarme al aposento, se me presentó cuadrándose, y yo, aunque tembleque, me puse de pie como subalterno suyo que era y me cuadré también. Me preguntó por mi rango y mi número y me pidió un parte verbal de lo sucedido. El alcalde se adelantó con su biblia en el pecho y se quitó el sombrero: "el señor sargento estará impedido de hablar después de semejante lance, señor teniente, si de toda la columna sólo él nos quedó de muestra". Pero el suboficial le quitó la palabra y le ordenó salir del aposento con toda su prole y demás familiares y vecinos.
Como al quedar solos volví a sentarme sufridamente en la cama sin esperar su venia, me preguntó si es que acaso no me podía tener en pie por estar mal herido. Y yo, haciendo un movimiento triste con la cabeza, que no. "Entonces, vístase", me ordenó seca, pero suavemente, “¿dónde están sus ropas?". "Se quemaron", le informé. Salió en busca del alcalde para que me proporcionara una mudada que me sirviera al menos para llegar hasta el cuartel del Ocotal, y el alcalde lo que me prestó fue una pijama de lanilla gastada, con olor a enfermo.
No se había quitado ni siquiera el sombrero de campaña al entrar al aposento. Solícito se hizo cargo de mí, me ayudó a ponerme la pijama, y en su estrecha proximidad, al abotonarme la camisa, me parecía notar que me husmeaba disimuladamente porque de seguro, al no más entrar su columna a la población, le había llegado rumor de mi percance. Ya de pijama, le di mi informe verbal: que iba con rumbo a mi primera misión en las Segovias, que el teniente Hatfield USMC del cuartel general del Ocotal me había dado comisión de marchar a un rancherío como de cuarenta y pico de almas en la finca El Dulce Nombre adelante de San Fernando, para dispersar a los moradores, todos gente enemiga, y reconcentrarlos en caseríos distantes, que mis órdenes eran también las de arrasar los sembrados y quemar los ranchos; que habíamos acampado esa noche en San Fernando para seguir viaje a la madrugada, que el alcalde nos había habilitado el cine, ya clausurado, para dormir, y que allí es donde se había dado la batalla.
Se necesitaba ser ciego para no ver que, de entrada, lo de la batalla no me lo había creído; después de escucharme sin hacer una sola interrupción se sentó a mi lado en la cama; me ofreció un cigarrillo y fumamos juntos, dándose tiempo entre bocanada y bocanada. "Vengo de Palacagüina de arreglar un asunto extraño" me dijo, botando la ceniza en el suelo; "se recibió de allá la denuncia de que hace dos meses los sandinistas entraron secretamente al pueblo, y como zorros de monte, sin que nadie los sintiera, se dedicaron a perjudicar las casas de todos los ciudadanos de fortuna, de todos los que en una forma u otra colaboran con los marinos, suministrándoles posada a los oficiales, vituallas a las patrullas, o algo. Pues quitaron las tejas sin que nadie oyera un solo crujido en los techos, teja por teja toda la noche hasta dejar pelado el enreglado; destornillaron después las puertas y ventanas, y arrastraron lejos las batientes, desbarrancándolas en una cañada. Y fíjese lo que son las casualidades de la vida", me puso la mano en una rodilla, "al nomás amanecer comienza a caer un gran aguacero que para colmo de males se declara por todo el día, y aún da el siguiente y sigue lloviendo. Los ciudadanos destechados fueron sorprendidos en sus camas por la lluvia que les soplaba por todas partes, como si hubieran estado acostados en mediacalle; no hallaban para dónde correr, chapaleando en los pisos anegados, sus enseres y sus muebles, sillas y cacerolas, nadando en las corrientes que atravesaban las casas de puerta a puerta. Para qué le cuento, aquello fue una verdadera fiesta en Palacagüina; a la gente no le importaba mojarse y corría de una casa en pampas a la otra para no perderse, muerta de risa, los trances desesperados de las señoras subidas a los roperos, el apuro de los maridos queriendo sacar con escobas el agua, qué ocurrencia, si la corriente hasta ramas y gallinas había metido dentro de las casas; y cada vez que por esfuerzo de parar algún mueble que salía disparado navegando hacia la calle, uno de ellos caía de nalgas en el agua, eso lo celebraba la gente afuera con alegres gritos. Y Por eso fuimos llamados nosotros, me ordenó la Comandancia de Marina disolver esas manifestaciones, hacer que la gente curiosa volviera a s casas, y para lograrlo tuvimos que emplear culata".
Y se quedó un rato reflexivo, acodado sobre sus rodillas y replegado en él mismo, con la pierna cruzada, fumándose un nuevo cigarrillo: “muerto de risa el público y convencido de que Sandino recibe la ayuda de arriba, Dios hablará por los segovianos, dicen, Sandino desenteja, y Tata Chú echa el aguacero". Se reía meditativo, y la risa, o el humo en los pulmones le provocó tos, una tos seca que contuvo llevándose el puño a la boca: "ya ve, sargento, lo peor es servir uno de hazmerreír” dijo, poniéndose de pronto serio, "¿cómo va a esperar que los marinos se traguen su historia?. Los yankis es cierto que son sencillotes, pero no tanto como para aceptar que un jefe de patrulla pierda a toda su gente en combate, y aparezca ileso y desnudo, en un aposento; eso es ofrecerles un consejo de guerra en bandeja de plata".
Me quedé bocabierta de puro desánimo, mientras tanto él se paseaba por la pieza, hablándome no en un tono de regaño, sino de consejo, dejando incluso traslucir una preocupación sincera por eso de que los americanos no fueran a dar crédito a lo de mi actuación valiente en un combate fatal. Se sentó de nuevo en la cama, y me secreteó: "pues a lo mejor no me lo va a creer, sargento, pero al no más entrar a este aposento y verlo encobijado, me dije: este es un hombre en desgracia; y a partir de allí, le he cogido cariño. Por eso mismo, le pido decirme toda la verdad, a ver en qué le puedo ayudar. Piénselo, piénselo". Y desembozó, al pararse, su sonrisita ladina.
Me dejó y se fue a controlar el asunto del entierro de mis soldados; iban a quedar en una zanja común en el panteón de San Fernando los restos carbonizados, porque los únicos cadáveres que se sacaban de las Segovias eran los de los marinos americanos, repatriados luego a los Estados Unidos; eso lo supe hasta ese momento, nuevo como andaba en la guerra, y me dolió por mi tía en Catarina, donde yo había reclutado a la mayoría de mi tropa, que no iba a poder ni velar el cuerpo de mi primo Mercedes; y tan ilusionada que nos había despedido, alentada por las ideas de mi papá de que los marinos nos iban a pagar los sueldos en bambas de oro.
Mientras permanecí en el aposento del alcalde en espera de la hora de la marcha, me puse a considerar su oferta de auxilio; no, ese cuento de la batalla no lo iban a pasar los americanos, y de un consejo de guerra tal vez no podría salvarme ni mi padrino de bautismo el presidente Moncada, avergonzado iba a estar más bien por haberme recomendado ante el propio coronel Cummings USMC para el enganche. Así que, aunque él sólo fuera para mí en aquel momento de congoja un perfecto desconocido, no me vi en más remedio que entregármele a ciegas. Eso, o eso, me estaba poniendo a escoger: sus brazos abiertos, o el consejo de guerra.
Para el viaje de regreso al Ocotal me alistaron una yegüita, también propiedad del alcalde, y aprovisionado de un capote de lluvia a fin de ocultar la pijama, me sumé desarmado a la tropa; él nunca me lo dijo, pero yo sabía que era su prisionero. Cuando habíamos caminado tal vez una legua lejos del poblado, me aparejé a su bestia en la vanguardia, y tratando de agarrar de la nada orgullo, le manifesté que si era en plan de amigos, estaba en disposición de contarle la verdad. Me puso otra vez su cara de cura, como si me mirara desde el otro lado de la ventanilla del confesionario, una cara que por sus ojos legañosos, estaba a la vista no se había lavado en muchos días: "eso es, platíqueme a calzón quitado todo lo ocurrido, de bróder a bróder". Yo empecé a darle, mientras cabalgábamos, la verdad de mi informe, y él, a medida que me escuchaba, cabeceaba comprensivo; cerraba los ojos, y de repente parecía dormirse sentado en la montura, por lo que yo entonces me callaba; pero él, con un ligero movimiento de los labios, me pedía continuar. A ratos se quitaba el sombrero de campaña para arreglar un pañuelo que había puesto alrededor de la badana, o para alisarse el pelo chuzo, utilizando los dedos a manera de rastrillo; y ya para concluir, cuando sólo me faltaba contarle que había volado unos tiros al aire con mi pistola, ya lejos el enemigo, detuvo el caballo, sacó una botellita de Agua Florida y se mojó las sienes; a mí, después de todo lo que había pasado, aquel olor me provocaba nada más imaginaciones de desmayos, la bulla alrededor de mi pobre tía, desvanecida, al llegar a Catarina las nuevas de la desgracia; pensar que todavía se había alcanzado a retratar con mi primo Mercedes vestido con su uniforme nuevo y el rifle en bandolera.
Cuando vio que nada me quedaba por informarle, se estuvo largo rato dubitativo, alternándose placenteramente en la nariz los dedos ¡impregnados de Agua Florida; guardó la botellita en la alforja, y cuando menos lo esperaba, me preguntó si sabía leer y escribir, con el mismo tono apenado con que me pudo haber dicho: ¿es usted maricón, sargento? Y a pesar de toda mi desgracia, me supe comportar altivo en ese momento, claro que sabía leer y escribir, la sola pregunta ofendía. El arreó su bestia, quitándole importancia al asunto, y otra vez al trote, me hizo ver que era sólo por si acaso; estaba deseoso de ponerse a mis órdenes en la redacción del parte, que debería escribirse de una cierta manera, y al decirlo, me daba a entender que él sabía cuál era esa manera: "lo primero que no deberá ponerse, es haber ordenado usted retiro a dormir sin apostar fuera del cine la guardia nocturna", meneó con un desconsuelo de incredulidad la cabeza; "segundo, si no había centinelas vamos a inventar que había, esos centinelas fueron pasados a cuchillo, y ya terminado el combate, echados al fuego junto a los otros cadáveres. Tampoco debe ponerse que los sandinistas desentejaron tranquilamente el techo para caer desde arriba sobre ustedes, alguien les abrió la puerta desde adentro, y ese alguien bien podría ser el mocito del alcalde; ayuda que el cadáver de ese niño no fue encontrado, o por lo menos, no pudo ser reconocido"; y pegaba alegre sobre el cabezal de su albarda con el puño cerrado, cogiendo la cosa como si él mismo fuera a librarse del calabozo por obra de sus invenciones, y todo lo dictaba al aire con tal claridad, que parecía llevarlo redactado en la mollera. Además, él me lo podía mecanografiar, agregó por último, a máquina se causaba mejor impresión. Y a mí, ¿qué otra cosa me dejaba ya? Pedirle, con la vista gacha, que me escribiera él el parte.
"De mil amores, sargento" me respondió, pero como si mi aceptación ya no hubiera tenido ninguna importancia, y durante otro trecho del camino se dedicó a mirarme con sus ojitos encapotados, brillantes como patacones en la cara cetrina; "lo único que falta entonces es la prueba", me dijo en cierto momento, y yo le pregunté extrañado, que cuál prueba. Él me volteó a ver, con el enojo impaciente con que se puede mirar a un niño tardo en comprender, y aligeró el paso de su bestia dejándome atrás; cuando logré aparejármele, en un trote que me deshacía los riñones, no parecía haberse interrumpido: "pues la prueba de sangre, los marinos no van a aceptar lo de la defensa heroica suya al comando de su tropa, si se presenta sin un rasguño, como si ya tuviera pacto con las balas. Póngase en lugar del yanki un momento, y haga como si piensa con su cabeza: el jefe de la patrulla, como nuevecito, y todos los demás, cruz y calavera".
Allí sí que me agarró, como quien dice, con los calzones en la mano. Sentí faltarme las fuerzas y abandoné las espuelas de los ijares de mi yegüita, que de inmediato aflojó el trote, y él se me alejó entonces con aquella su cara despreocupada, el cigarrillo suspendido burlescamente en la comisura del labio, y el pañuelo que se había metido debajo del sombrero, flameándole sobre las orejas. Me quedé atrás, envuelto en una sensación de rencor y agradecimiento a la vez, pero no fue por mucho tiempo que me entretuve, y lo aparejé, ya decidido a acatarlo otra vez. Al sentirme al trote a su lado, ni me miró ni nos dijimos nada. En un trecho bastante tupido en el que entraba el camino haciendo una vuelta, apaciguó el paso de su caballo y ordenó a la columna detenerse a distancia; desabotonó el tahalí de su pistola de reglamento y me la pasó. Desmonté, resbalándome por el costado de la albarda, y el tomó la rienda de mi yegüita. Me despojé del capote de lluvia, y descalzo y en pijama, caminé en dirección de lo más cerrado del monte, como quien va urgido por la necesidad de aliviar las tripas; y antes de meterme en la espesura, oí todavía su voz alzada desde la bestia: "que no le dé vergüenza, sargento, para eso también se necesitan coyoles".
Me introduje en el matorral, apartando la vegetación llovida, y andando por un senderito llegué a un claro donde había unas cargas de leña como en abandono, a la sombra de un tigüilote que derramaba sus ramas sobre las aguas lodosas y alborotadas de un crique. Me acomodé con calma sentándome en la hierba mojada, sintiendo caerme en la nuca el agua desde las ramas empapadas aún por las pasadas lluvias, las hojas rumoreadas por un aire algo misterioso en aquel silencio tan grande; examiné por unos instantes el arma niquelada que me pesaba un mundo en la mano, la sopesé frente a mis ojos y percibí con náuseas su olor terso a lubricante; vi las cabezas de las balas, inofensivas a simple vista, asomar por los huecos de la corona del tambor, y después pasé el cañón por distintas partes de mi cuerpo, sintiendo repelos al contacto. Al fin, tras mucho dudar, lo acerqué al calcañal de mi pie izquierdo, cerré apretadamente los ojos, y sin poder precisar en qué momento, apreté el gatillo. Aterrado, escuché el clic del percutor, pero no hubo ningún disparo. La bala, por alguna razón y sólo para mi tormento, no había entrado en la cámara.
Me quedé otro rato con el peso del arma en la mano, y de pronto, queriendo evitar más dudas, acerqué otra vez el cañón, y apuntando a escasa distancia del pie, sin cerrar los ojos en esta ocasión, volví a disparar, para que ahora sí sonara el tiro, retumbando en aquella soledad de ramajes como dentro de la cerrazón de una gruta; y antes de oscurecérseme todo, lo último que logré ver fue el volar desesperado de una bandada de chachalacas que huía aleteando de la copa del tigüilote.
Me recobré acostado en una camilla de lona a la vera del camino; tenía la pernera de la pijama manchada de sangre y un pañuelo, el mismo que él traía bajo el sombrero, amarrado al pie; su cara estaba cercana a la mía, esperando que me despertara, nublada por el humo del cigarrillo siempre colgado en un ángulo de los labios como a punto de caérsele, tan próximo que el calor de la brasa me calentaba la mejilla. Al notarme despierto me enseñó en triunfo la palma de su mano, con las yemas de los dedos teñidas del rojo de mi sangre, y cogió después la mía para darme un apretón cordial al que yo respondí en la medida de mis fuerzas, recibiendo una sensación de alaste humedad. "Las amistades verdaderas se sellan con sangre", me dijo. Y así creía cerrar conmigo aquel trato.
Ya había enviado una pareja de soldados para que se adelantara al galope a dar parte al Comando de la Marina en Ocotal, de que el jefe de la patrulla asaltada en San Fernando llegaba herido en combate, y ya allá, dirigió personalmente la operación de subirme al avión Focker que me transportó a Managua, en el que me hicieron campo entre otros heridos norteamericanos, destinados conmigo al Hospital de Sangre. Lo oí conversar en inglés con el piloto, lo vi sacarle confianzudo los cigarrillos de la bolsa de la camisa, en su patio con los yankis; y baldado yo, no podía menos que admirarlo, "este sí que se las sabe toda”, reconocía. Ya encendido el avión, me sonreía, como manifestándome que todo está bien, no se preocupe, y luego trató de decirme algo, pero por el ruido del motor yo no acataba a comprender nada, hasta no empinarse para alcanzarme el oído:"esa su herida de guerra a lo mejor le vale un ascenso, sargento", le entendí al fin, y era tal su seriedad, que no podía darme por ofendido.
Cerraron la portezuela y detrás del vidrio lo vi quedarse de pie en el campo de aterrizaje diciéndome adiós, atenida mi suerte a su malicia para engañar a los yankis; y ya rodando en brincos el avión por la pista de grava del Ocotal, atormentado por mi pie herido que punzaba agudamente porque a lo mejor, hasta el hueso me había quebrado con semejante balazo, pensaba en las bambas de oro que me había mandado a buscar mi papá a la guerra y que ya no iba a poder lograr. Arruinado y enfermo como estaba que ya no se levantó más de la cama donde lo tenía baldado la pobreza, porque a causa de los dados se había ido desangrando en hipotecas, me había llamado a su aposento: "vos sos el único que con tu juventud y tu cabeza, podés salvar "El Corozo", la última finquita que nos queda; andá ve a tu padrino a Masatepe y le pedís una recomendación ante los marinos americanos para que te metan en la constabularia", me aconsejó; y no podía olvidarme de lo contento que se puso cuando volví con la buena nueva de que había visto a mi padrino el Presidente Moncada en su chalet "Venecia" de la laguna de Masaya, y que me había dado una carta para el coronel Cummings USMC; tan contento que le provoqué más bien un daño porque se pasó la santa noche despierto, ocupado en arreglar en su mente el rescate de "El Corozo", sin dejar de echarle miradas melancólicas al cofre donde guardaba el cuchumbo de los dados.
El parte que me pasaron para firmar en mi catre del Hospital de Sangre de la Marina en Managua, me apenó mucho por sus copiosas mentiras, no lo voy a negar; y frente a tanta exageración, dudaba si debía firmarlo o no, antes de hablar con él y pedirle rebajar algo, por lo menos la lucha cuerpo a cuerpo del final; pero no podíamos ponernos al habla, él andaba enmontañado, y no había oportunidad de dilaciones; así que firmé el original, nítidamente mecanografiado por su mano, y las dos copias, una copia para el presidente de la república, que me valió un telegrama de felicitación de mi padrino; y la otra copia para el interesado. Pero esa la rompí.