

De mi oficio de gobierno recuerdo el encierro de mi oficina forrada de paneles de madera enchapada, en el segundo piso del edificio bancario en el corazón de la vieja Managua derruida por el terremoto de 1972. Al triunfo de la revolución no encontrábamos donde meternos para ejercer los poderes populares, y alguien nos avisó que estaba aquel edificio vacío que antes había sido un rascacielos, uno de los dos únicos de Managua, del que habían salvado y remodelado sus primeros tres pisos mientras el resto de la torre había sido demolida, y entonces entramos a tomar posesión de sus oficinas vacías y listas para ser ocupadas, desiertas y aburridas y sombrías con sus paneles y su moblaje de inspiración burocrática. Reuniones. Eternas reuniones. Reuniones de horas desde el primer día de la creación del mundo porque buscábamos voltearlo todo al revés y dar a los pobres lo que era de los pobres pero aquel camino estaba lleno de papeles y fotocopias de papeles, informes y más informes, resoluciones y apelaciones de resoluciones, conflictos entre ministros y conflictos entre ministros y secretarios políticos delegados del partido en cada ministerio que se creían los ministros porque la revolución ya llevaba inoculado el virus del leninismo soviético que significaba la dualidad en el mando, el partido todopoderoso anulando al gobierno, un esquema de poder capaz de paralizar cualquier iniciativa de poder, y detrás de los perfiles y competencias burocráticas las inquinas y los celos y las rivalidades y aquello que fue bautizado sabiamente en el argot revolucionario como serruchar el piso, cada quien oyendo al serrucho trabajar debajo de sus pies, y desde mi ventana, entre reuniones que eran la eternidad, la otra eternidad era mi vista de las ruinas de Managua prolongándose hasta la costa del lago Xolotlán perdido en la bruma del relente, paredes reventadas pintadas con consignas, esqueletos de edificios, baldíos donde crecían feraz el monte, las calles desiertas que alguna vez fueron bulliciosas, yo llegaba a aquella oficina a las ocho de la mañana y salía de allí a las once de la noche mientras aquella visión de la plaza de la revolución colmada el día de la celebración del triunfo, banderas y sombrillas, carteles que chorreaban anilina, la gente arracimada hasta en las cornisas de las torres de la catedral desahuciada pero en pie, quedaba congelada en las fotos y el pueblo unido jamás será vencido se convertía en papel informes cifras cuadros gráficas argumentos discusiones interminables discursos, salía, es cierto, de la prisión de la casa de gobierno para asistir en los barrios a los mítines que llamábamos De cara al pueblo y que se transmitían en vivo por la televisión y por la radio, al principio espontáneos, la gente llenaba los locales de las iglesias, escuelas, plazas, donde se celebraban, pero luego ya todo era previsto y muy ordenado, quienes asistían para hacer preguntas a sus dirigentes y plantear demandas eran los mismos, disciplinados y fieles, nada de preguntas provocadoras o molestas y entonces también me ganó allí el aburrimiento, el poder gubernamental no era sino una rutina larga rutina fuera o dentro de las paredes del edificio bancario gris y monótono y hasta melancólico, hasta que sobrevino la guerra con sus muertos, ataúdes de muchachos todos los días, y vi la cara triste y fea y terrible y ciega y deforme del poder que acumulaba nubarrones oscuros más allá de las ruinas más allá de las aguas grises del lago, y las consignas en las paredes que ya envejecían.