OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Juego perfecto, ¡maldita mi vida gris!

 

Edgardo Rodríguez Juliá

Narrar los deportes, que en realidad quiere decir retratar a los deportistas, peloteros y boxeadores, futbolistas o baloncelistas, contiene una dificultad especial en forma de paradoja: para que la narración cautive deberá provocar interés no por el deporte en sí —después de todo, ¡son tantos los lectores que no practican o siguen los deportes!— sino por el drama humano que el deporte representa. Y este drama, más que con la victoria o la derrota, tiene que ver con un particular arco que también conoce el escritor; lo mismo que el deporte, la escritura se aprende y se cultiva hacia una particular culminación; luego viene cierta decadencia que tardíamente puede que ofrezca frutos; aunque éstos seguirían siendo los más dificultosos: el boxeador que recibe un puño demás es como el novelista que no cesa en su empeño de cazar la gran ballena blanca, su obra maestra; nadie quiere reconocer que las facultades desmerecen con el tiempo. El deporte y la escritura están abocados a cierta melancolía otoñal.

En mi país, el cronista deportivo por excelencia de los años cuarenta y cincuenta fue Rafael Pont Flores; todo su empeño literario estuvo en narrar situaciones de victoria o derrota —los momentos gloriosos o fatídicos— y describir los efectos de éstos en los protagonistas, es decir, sus peloteros, boxeadores, baloncelistas o atletas. Su pluma intentaba lo mismo  la semblanza idiosincrásica que narraba esos momentos en que el deportista probó su mejor o peor momento. El momento decisivo sería aquél en que el retrato del héroe deportivo cobra su mejor definición y relieve. Según esto, y las prácticas periodísticas de Pont Flores, lo que se acentuaba era el tiempo, la fugacidad de la gloria deportiva, su precariedad esencial.

En el espacio perfecto de la cancha o el diamante, el cuadrilátero o la pista, es fácil equivocarse, pensar que en ese tiempo ritual del deporte nuestra vulnerabilidad en el tiempo real queda abolida. El deporte como ensoñación genera pesadillas, así parece decirnos Sergio Ramírez en este magnífico volumen, Juego perfecto, que reúne sus cuentos sobre tema deportivo de manera excelente y ejemplar.

Desde el primer cuento, “El centerfielder”, con su astuto final sorpresivo, se establece ese motivo recurrente del momento fatídico; nada como el deporte para acariciarle las señas terribles al tiempo; en una jugada se decide un juego o se pierde un campeonato: estamos en la novena entrada, hay dos outs, Luis Castillo deja caer un bombo detrás de la segunda base, entran dos carreras, ¡el juego lo ganan los Yankees! Es un juego de hace unos días que bien pudo encontrar su vaticinio en este cuento de Sergio escrito en 1967, en que ya se establecen las coordenadas de cómo hay algo siniestramente irreversible, y hasta irreductible por el desconsuelo que le sigue, en el error deportivo; parecería que en tantas ocasiones en el deporte no hay segundas oportunidades: “El último inning del juego con Aruba, 0 a 0, dos outs y la bola blanca venía como flotando a mis manos, fui a su encuentro, la esperé, extendí los brazos e íbamos a encontrarnos para siempre cuando pegó en el dorso de mi mano, quise asirla en la caída pero rebotó y de lejos vi al hombre barriéndose en el home y todo estaba perdido, mamá, necesitaba agua tibia en mis heridas porque siempre vos lo supiste, siempre tuve coraje para fildear aunque dejara la vida”.

“Charles Atlas también muere” es un cuento de cómo el fisiculturismo anterior a los esteroides anabólicos —con su ingenua ilusión de perfección física— nos engañaba algo benignamente; el inventor de la tensión dinámica termina sus días convertido en un guiñapo canceroso. Pero aquí el cuento es de una complejidad alucinante, porque también trata de ese americano buena gente que todos los sometidos al imperialismo del Norte hemos conocido, nuestra complicada relación con esos personajes varados en el trópico, y a los que debemos, a veces, una loca lealtad sólo dable al colonizado. La traición a la patria, a Nicaragua, el exceso del pitiyanqui, se insinúa en toda la narración, aparece casi como dato escondido; pero no del todo, más bien es un hecho sugerido y luego constatado fugazmente, porque el sens de la narración está en otra parte. Porque la traición máxima aquí es a la ilusión; ¡el afán de conocer nos lleva al desencanto! Conocer a Charles Atlas en persona es descubrir su fraude; el adiestramiento que le dio el gringo buena gente, el capitán Hatfield, para sobrevivir en el Norte, no incluía superar el desengaño. El cuento es expresionista por desgarrador y grotesco; el epílogo, a partir de esta oración, “Ahora en mi ancianidad, al escribir estas líneas, me cuesta trabajo creer que Charles Atlas no vive…” , pienso que debilita el final, casi explica el desencanto. Ahora bien, ese prodigioso talento natural de Sergio para la narración viene al rescate en las últimas oraciones, que bien concluyen lo que me parece un final que coquetea con el defecto de ser explícito. Veamos estas hermosas oraciones, tan llenas de humor y hasta compasión: “Mi cuerpo ya no es el mismo. Pero gracias a la tensión dinámica, aún podría tener hijos. Si quisiera.” En 1970 Sergio era, todavía, un natural en el aprendizaje de su oficio, de lanzar los finales en curva, colocar en las esquinas con la sugerencia, más que rematar con la recta cual explicación. Estamos ante un cuento casi perfecto.

Pero “Juego perfecto”, de 1984, compuesto catorce años después, sí es un gran cuento, sin defectos visibles. En este cuento, en que Sergio vaticina el juego perfecto en Grandes Ligas del lanzador nicaragüense Dennis Martínez, hay momentos de una sutileza ejemplar para el género de la narración breve: el padre que no se acerca con tal de no salar al hijo, la ilusión de la fama, la indiferencia del público una vez se cumple la derrota de esta ilusión, justo cuando se malogra la perfección del juego sin hits, sin errores y, por lo tanto, sin carreras. En este cuento se cumple una gran lección para el oficio de narrador: no hay momento más elocuente que ese silencio de lo innombrable, es decir, el destino aciago.  Veamos cómo el mero gesto cuenta como significación, cómo ésta no hay que explicarla sino mostrarla mediante el gesto; la epifanía corre hacia éste, y culmina en el silencio, lo innombrable, es decir, la perfección. Todo cuento perfecto tiene esa condición de lo innombrable, del mismo modo que de un juego perfecto no se habla para no salarlo. La parquedad es la elocuencia del cuentista: “El muchacho le lanzó tres veces nada más. Tres strikes de filigrana, el último una curva que quebró perfecta, en la esquina de afuera del plato. El yanki ni siquiera pasó el bate una sola vez, estaba como sorprendido.”

“Tarde de sol", de 1991, cumple esa promesa de perfección que es la escritura de Sergio sobre el deporte. Se narra en primera persona ese momento fatídico y decisivo del tiroteo histórico del lanzador Silverio Pérez a manos del dueño del equipo de Granada, Don Chelú; quien narra es la sabia y compasiva querida de éste. Es un cuento cargado de melancolía; somos testigos del destino de un buen hombre obligado por el honor. A mitad de camino entre lo que él entendió fue justiciera venganza —antes del acto fatídico la irresolución y después la duda—, Chelú, el protagonista, queda sumido en una especie de vergüenza inextinguible. El final sorpresivo, en que el hijo de Silverio Pérez parecería ponerle fin  a aquella vergüenza, nos evoca las narraciones ejemplarizantes de Tolstoy. En este cuento la tristeza es inexplicable y, al mismo tiempo, tiernamente veraz; de nuevo, asistimos a la elocuencia de lo innombrable.

“El Pibe Cabriola”, de 1999, es casi una crónica de aquel momento fatídico en que uno de los reyes del fútbol en el cono sur cae para siempre. Sólo le corresponde el regreso al barrio después de la jugada terrible, ejecutada por él con taconazo, en que le negó la victoria al propio equipo y le regaló el juego al adversario, el catastrófico autogol. Es rechazado por todos, aún los amigos del viejo barrio. La situación sicológica está perfectamente matizada, todo cae del lado de la sugerencia; el momento fatídico se convierte en fatalidad cuando El pibe cabriola es acuchillado en las cercanías del bar donde olvidaba su desgracia. Y entonces nos gustaría pensar que el deporte no debe obligar  a tanto,  que esa ilusión del tiempo y el espacio perfectos que es la cancha no debe mostrarse tan severa. Pero entonces no habría pathos, tampoco tragedia; ¡la equivocación en el deporte equivale a traición y deshonra cuando hay campeonato de por medio!, porque la estupidez es el deporte rey del planeta.

“La partida de caza”, del 2000, también trata el tema del héroe deportivo y el traidor. EL arranque, la inclusión de Sergio y su esposa Tulita en la narración, obliga a cierta melancolía, ese sabor del paso del tiempo. Y este relato tiene la necesidad fatal de la parábola. La obsesión del cazador sólo es comparable con la búsqueda de la perfección en el oficio deportivo o literario, los detalles son todo, y hasta más, cuando se trata de ejecutar en pocos segundos; el momento decisivo reaparece. Aquí ya advertimos esos equilibrios, esa serenidad del narrador maduro, cómo los detalles están en función de una veracidad consumada mediante la más pulcra de las escrituras; y ésta tiene, justo, esa inexorabilidad del relato que debe cumplirse como destino de los personajes; de ahí que hablemos de parábola, ya que todo el tejido de la narración ilumina su propia necesidad de revelación, de epifanía.

“Aparición en la fábrica de ladrillos”, también del 2000, quizás sea mi favorito. La caracterización de Casey Stengel como gringo mágico me parece visionaria y a la vez precisa, como un retrato nimbado por su propio carisma: “Sus ojos celestes me miraban bajo el pelambre de las cejas, y encorvado ya por los años dirigía hacia mí la nariz de gancho y la barbilla afilada, cabeceando como un pájaro nocturno que buscara semillas en la oscuridad.” La fantasía del protagonista obeso, reducido a una silla de ruedas, es lo milagroso, es la fe del pelotero que intenta restaurar su mejor momento. Se trata de un cuento sobre la inocencia y la memoria, sobre cómo cierta simpleza de espíritu sería antídoto contra la evocación incesante de aquellos momentos en que fuimos felices, en que probamos la euforia perfecta de ese espacio  tan ordenado —a diferencia de la vida— que es el diamante beisbolero. El olvido quizás sería preferible, parece insinuarnos el jonronero protagonista del cuento.

Como tantos peloteros que he conocido —Luis Rodríguez Olmo, Víctor Pellot Power, Peruchín Cepeda— la evocación de las glorias pasadas, una vez el cuerpo comienza a aflojarse, es como una seña de fatigosa tristeza. Sólo Víctor Pellot Power, aquella sandunguera primera base de mis Criollos de Caguas y los Atléticos de Kansas City, era capaz de vadear esas tempestades que le llegaban de los tiempos eufóricos, ello mediante un filoso sentido del humor. En Peruchín noté siempre una perplejidad esforzada y en Rodríguez Olmo, que ha vivido tanto, casi el cansancio de recordar sus glorias por tanto tiempo.

En el protagonista de este cuento la decadencia personal —su obesidad monstruosa— coincide con una decadencia social que ha sitiado e imposibilitado, también, a la sociedad nicaragüense. El protagonista es símbolo de toda una época. La humillación  es, sobre todo, el paso del tiempo. Sólo hay una salida, y esta es una especie de santidad en que Casey Stengel es prior y sabio consejero. El merlín de aquellos Yankees de los cuarenta y cincuenta es, como ocurre en la mejor religión, el consuelo necesario, la soledad redimida mediante el verbo caricioso, esta vez irónico y lleno de los dos tipos de gracia, justo como Víctor Pellot.

“La puerta falsa”, de 2007, es de una elegancia ejemplar en lo tocante a los acentos, la prosodia profunda, de la narración: “Por el contrario, el magro manto que cubría a Gavilán era el anonimato.” Hay aquí un equilibrio, una serenidad en el tono, las señas de un innegable clasicismo. La distancia del narrador obliga a la fatalidad discursiva; estamos pendientes, casi literalmente, a un desenlace que sabemos fatal, pero cuya última ejecución aún desconocemos. El hijo de Gavilán, Rosendo, ayuda en esta objetivación que es lo trágico, esa extrañeza que acompaña las vidas verdaderamente infortunadas. Quien no tiene carisma sólo es redimible mediante el oficio: así es este boxeador grisáceo cuyo único exceso es la disciplina, el reverso de Mano de Piedra Durán. Es una narración en que a la astucia de no revelar ese último dato también le corresponde la sabiduría de ir insinuándolo: “Era la primera vez en su vida que Gavilán aparecía en el Staples Center, todo un premio en sí mismo.” Aquí se asoma el dato escondido. Entonces se nos va revelando, justo como el boxeador que reserva su gancho de derecha: “Pero no hay una manera de detectar un potencial derrame subdural y epidural por efecto acumulativo a través de los años, porque un contendiente buscará siempre golpear al otro en la cabeza, y provocarle una contusión.” Y ya la fatalidad del tono acusa lo inexorable: “Ya no regresó al camerino y fue llevado directamente al Centro de Traumatología del California Hospital Medical Center, no lejos de allí.” Entonces recibimos ese gancho de derecha que apenas vimos cruzar hacia nuestra barbilla y que resulta fulminante: “Antes del choque protocolario de guantes, al presentar a los boxeadores, el animador Le Brock había dado a conocer que Evangelista dedicaba la pelea a Amado Gavilán, ‘el caballero del ring’,  su invitado especial de esa noche, quien se hallaba sentado al lado de su hijo.” Los dos últimos párrafos son combinación de golpes en que lo penoso del personaje reclama nuestra compasión, mientras que su idiotez postrera nos obliga a reconocer nuestro salvajismo como espectadores de un deporte cruel.

Los cuentos de Sergio sobre tema deportivo son, como lo quiso nuestro cronista deportivo Rafael Pont Flores, el pretexto para hablar sobre la vida cuando ésta ha conocido la euforia, y aunque gravite irremediablemente hacia la melancolía. El deporte, también la literatura, a veces es ingrávido, como la euforia, y siempre peligroso, nos dice Sergio.

 

A 29 de junio de 2009
En Guaynabo


Edgardo Rodríguez Juliá

(Río Piedras, Puerto Rico, 1946). Ha publicado seis novelas y catorce libros de crónicas y ensayos. Esta obra ha sido suficiente para situarlo entre los más sobresalientes escritores puertorriqueños. En 1974 publica su primera novela, La renuncia del héroe Baltasar. Su segunda novela, La noche oscura del Niño Avilés, apareció en 1984 y en 1991 fue publicada en francés, por Ediciones Belfond de París. Ha publicado los siguientes libros de crónicas y ensayos: Las tribulaciones de Jonás, 1981; El entierro de Cortijo, 1983; Una noche con Iris Chacón, 1986; Campeche, o los diablejos de la melancolía, 1986; Puertorriqueños, 1988; El cruce de la Bahía de Guánica, 1987. En 1986 recibió una Beca Guggenhein de Literatura. Seis años más tarde fue primer finalista del Premio Planeta-Joaquín Mortiz con su novela Cartagena. En 1993 fue primer finalista del Concurso Internacional de Novela “Francisco Herrera Luque” con El camino de Yyaloide, editada por Grijalbo en 1994. En 1995 ganó dicho concurso con la novela Sol de Medianoche, novela también galardonada con el Premio Bolívar Pagán del Instituto de Literatura de Puerto Rico. Sus obras más recientes son Elogio de la fonda, 2000, Caribeños, 2002 y Mapa de una pasión literaria (2003). Su más reciente novela es Mujer con sombrero panamá, de 2004, editada en España por Mondadori y premiada por el Instituto de Literatura Puertorriqueña como la mejor novela del año.

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El cine cubano sale de viaje

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1967 y la infancia peligrosa

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con Jorge Majfud

“Calataid es el ejemplo descarnado del patriotismo…”

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con Javier Sáez de Ibarra

“No sé si tengo un estilo, pero sí una intención”

con Ramón Cote Baraibar

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