

En uno de los grandes libros de George Steiner, el que dedicó a la traducción (Después de Babel se titula), encuentro esta reflexión que paradójicamente le da la vuelta del calcetín a la proverbial expresión italiana "traduttore, traditore" dejándola sin embargo vigente, pero de un modo insólito. Dice Steiner: «La necesidad síquica de particularidad es tan intensa que, desde los orígenes de la historia hasta hace muy poco, ha prevalecido sobre las ventajas materiales espectaculares de la comprensión mutua y de la unidad lingüística. En este sentido, el mito de Babel es un ejemplo de inversión simbólica: la humanidad no fue destruida cuando se dispersó entre las lenguas; por el contrario, fue esa dispersión la que salvaguardó su vitalidad y su fuerza creadora. Por eso mismo, todo acto de traducción, en especial cuando lo corona el éxito, comporta una dosis de traición. Los sueños largamente acariciados, los módulos que definen la vida, han sido obligados a pasar al otro lado de la frontera».
Unas ochenta páginas más adelante, Steiner precisa, y relativiza, al menos lingüísticamente: «La existencia en el marco de la Historia, la aspiración a una identidad reconocible separada (estilo), se basan en las relaciones con otras estructuras articuladas. La traducción es la más gráfica de tales relaciones. Cuando queda por debajo del original, la traducción digna de ese nombre subraya las virtudes intrínsecas del original. Cuando sobrepasa al original, la verdadera traducción permite deducir que el texto-fuente encierra un potencial de reservas esenciales, de las que no es consciente ni él mismo». Y pone el ejemplo egregio de Paul Celan trasladando la Salomé, de Apollinaire, como yo pondría el de una novela menor –Las minas del rey Salomón, de Rider Haggard– convertida en mayor, en portugués, gracias a su traductor Eça de Queiroz.
Y otro más: Una tierra de pólvora y de miel, del editor alemán Hermann Schulz, vertida al español nicaragüense por Sergio Ramírez.
No es raro el caso, en el ámbito del idioma español, de grandes escritores metidos a traducir. ¿Pero son muchos quienes saben que Rubén Darío tradujo a Maxim Gorki (supongo que del francés)? En cualquier caso, en esta disciplina, poseemos una nómina tan extensa como admirable. Una nómina que incluye, valgan varios ejemplos, a Pedro Salinas poniendo en buen romance el primer volumen de la proustiana búsqueda del tiempo perdido; a Dámaso Alonso con su traducción del Retrato de un artista adolescente de Joyce; a José Angel Valente con la de El extranjero de Camus. Y a Julio Ramón Ribeyro se deben unas modélicas traducciones de Maupassant, mientras que Octavio Paz y Ernesto Cardenal vertieron a nuestro idioma poetas tan intransitivos como Mallarmé y Catulo, y en fin, no estaría de más recordar que Robinson Crusoe así como las Memorias de Adriano de Margarite Yourcenar y los cuentos completos de Edgar Allan Poe, fueron transportados a nuestro idioma por Julio Cortázar. [Y dizque él fue también el trujamán que en época de trabajos mercenarios puso en prosa paladina Little Women de Louise M. Alcott].
Pero en todos estos casos, y aun siendo excelentes traducciones todas las obras citadas, la cota queda por debajo de lo alcanzado por Sergio Ramírez en Una tierra de pólvora y de miel, y existe para ello una explicación en apariencia tan sencilla como no necesariamente concluyente. Y es que ese libro trata de Nicaragua, es el relato de un viaje que hizo a aquél país, el suyo, el de Sergio, en 1972, el editor alemán de Ernesto Cardenal. Es un registro veraz de impresiones recogidas de primera mano en la costa mískita, en Managua, en León, en el Cocibolca (que la cartografía cipaya denomina Lago de Nicaragua, el único del mundo donde viven tiburones de agua dulce), en el archipiélago de Solentiname, navegando por el río San Juan...
Hojeando el libro, escojo al azar algunos fragmentos para que “resuene” claramente cómo es que el alemán de Hermann Schulz no se trasvasó a un español normado, académico, aséptico, sino a una lengua que tiene savia, aroma y melodías nicas:
En una parada del bus que lo lleva al embarcadero donde tomará el barco para Bluefields, ve «al predicador norteamericano de los Testigos de Jehová y a su joven esposa de cabellos negros, parados a la orilla de la calle. El hombre es grandote y chele, ayankado, las manos pecosas. Me ha dicho en el bus que volvía a Bluefields después de unas vacaciones en Managua, lo cual sólo a un bibliero se le puede ocurrir: ¡ir de vacaciones a Managua!»
Y en Bluefields «el mono lleva un angosto collar de cuero y está amarrado con un mecate».
Cuando se encuentra en Managua con Cardenal, lo describe diciendo: «En la mano trae un elegante cartapacio de cuero, que a decir verdad no le calza. Viste blue-jeans, una sencilla cotona blanca de campesino y una boina, como la de las fotos del Che».
En el hotel de Corinto: «Salimos al corredor que da a un patio cundido de flores y arbustos. El hombre abre una de las muchas puertas enfiladas frente al jardín. En la habitación hay una silla y una tijera zancona. Sobre la tijera, una sábana doblada».
Y los muchachos a los que encuentra cuando va a viajar en tren a Granada «me meten plática».
Luego, a la orilla del Cocibolca «la costa es sucia; metidos en el agua unos hombres lavan pichingas de leche».
Y navegando por el San Juan «el práctico maniobra de aquí allá con el bote por el río para evitar los múltiples bancos de arena y los palos sueltos en la corriente: de repente, la propela coge un camalote y el motor se para».
La operación de trasvase parece como que hubiese sucedido en sentido inverso, pero eso sólo se nota cuando lees el libro en el original y buscas cómo están “traducidas” palabras tales comochele, ayankado, bibliero, mecate, calzar, cotona, cundir, tijera, zancona, meter plática, pichinga, propela, camalote. Recién entonces, en presencia del presunto original, comprendes que fue una traducción prematura del original nicaragüense que un día iba a escribir Sergio Ramírez.
(Huelva, España, 1939) Escritor y periodista, reside en Alemania desde 1963. Poseedor de una vastísima obra periodística, es autor, además, de los siguientes títulos La generación del 39, (cuentos. Nueva York, 1972), Lorelei-Express, (radioteatro, Hilversum, 1978), GBZ contra E, (radioteatro, Colonia, 1979), Jakob y el otro, (radioteatro sobre un cuento de Juan Carlos Onetti, Colonia, 1981), Kabarett para tiempos de krisis, (espectáculo teatral, Madrid, 1984), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva, 1994), Amos y perros (cuento, Huelva, 1997), Me queda la palabra (conferencias, Huelva, 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid, 2000), La serenata de Altisidora (libreto de ópera, música de David Graham, Camagüey, 2000), Cuaderno de Bitácora (diario de un viaje, Madrid, 2003). Tiene en su haber dos antologías de literatura española contemporánea, realizadas en colaboración con Felipe Boso y ambas publicadas en Alemania, y ha traducido por placer gratuito a grandes poetas de esa lengua: Goethe, Theodor Fontane, Else Lasker-Schüler, Gottfried Benn, Bertolt Brecht, Erich Fried, Hans Magnus Enzensberger, etc. Ha cuidado en Alemania la selección y edición de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela; en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú, y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll ("Don Enrique" , La Paz, 1995).