OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Margarita, está linda la mar en la Nueva Novela Histórica

 

Seymour Menton

Entre todas las novelas de Sergio Ramírez, e incluso entre todas las novelas nicaragüenses, a mi juicio se destaca Margarita, está linda la mar. Como buen representante de la Nueva Novela Histórica que predominó en toda Hispanoamérica entre 1979 y 1992, se encuentran en esta novela de Sergio cuatro de los seis rasgos que identifico en mi libro de 1993,1

1. Casi todos los personajes son históricos y se desmitifican, en particular los tres protagonistas: Rubén Darío, el dictador Anastasio (Tacho) Somoza García y su asesino, Rigoberto López Pérez.

2. La intertextualidad con Crónica de una muerte anunciada (1981) de García Márquez salta a la vista, sobre todo en las páginas que marcan el paso de las horas con los pasos del asesino y de su víctima el 21 de setiembre de 1956, tanto que una ponencia dedicada exclusivamente a este aspecto de la novela podría titularse “Crónica de dos asesinatos anunciados”. Aunque la muerte de Rubén Darío no se considera oficialmente un asesinato, las punciones al hígado que le dio a Darío el sabio Debayle, médico torpe y futuro suegro de Somoza, le aceleraron la muerte, según Rigoberto. De ese modo se le ofreció a Debayle la posibilidad de cumplir con su afán de extraerle el cerebro al cadáver de Darío, para medirlo y comprobar que pesaba más que el de Víctor Hugo. El otro parecido entre el asesinato de Somoza y el de Santiago Nasser en Crónica de una muerte anunciada es que los dos se deben a la casualidad. Para dar sólo uno de los varios ejemplos, Somoza se niega a ponerse el chaleco blindado y ordena levantar el control de las puertas del club donde se va a celebrar el baile porque le han asegurado que ya cayó preso Cordelio Selva, el revolucionario profesional que volvió a Nicaragua para “organizar un alzamiento” (Margarita, 253). Como una indicación del realismo mágico de la novela, no es el revolucionario profesional quien le dispara, sino el poeta Rigoberto López Pérez.

3. El hecho de que Somoza resulte asesinado en un baile a manos de un poeta obsesionado con averiguar los datos más insignificantes de la vida de Darío y ayudado, según Carlos Fuentes, por “dizzy plotters whose antics resemble the Marx Brothers and who succeed by sheer comic accident” (‘conspiradores ineptos cuyas locuras recuerdan las de los hermanos Marx y que logran su meta por puro accidente cómico’) (Fuentes: 1999, 6); el hecho de que el suegro de Somoza se apellide Debayle [el subrayado es mío]; y el hecho de que muchos personajes se disfracen con apodos como Jorge Negrete, La Caimana, y El Centauro convierte todo el asesinato de Somoza en un baile de máscaras, estableciendo entronques con el de La campaña de Carlos Fuentes, con el de Noticias del imperio de Fernando del Paso y con el de la novela anterior del mismo Sergio, titulada efectivamente Un baile de máscaras (1995). O sea que está presente en Margarita, está linda la mar no sólo la intertextualidad sino también lo carnavalesco. ¿De qué otro modo podría tildarse la pelea física por el cerebro de Darío entre el sabio Debayle y el cuñado del poeta, Andrés Murillo? Éste le arrebata a Debayle el frasco con el cerebro y corre a la calle. Pelean, cae el frasco y se rompe; interviene el mayor Appleton de los Marines para darle permiso a Debayle a poner el cerebro en otro frasco; el frasco desaparece y luego se revela que el adolescente Quirón, devoto de Darío, se lo entregó a su amiga La Caimana, quien, cuarenta años después, todavía lo conserva en el patio de su prostíbulo.

4. La metaficción es el cuarto rasgo de la Nueva Novela Histórica que se encuentra en Margarita, está linda la mar. Desde el primer capítulo se interrumpe de vez en cuando la narración omnisciente, aparentemente en tercera persona, con apartes en primera persona dirigidos a algún personaje o a los lectores en general. Por ejemplo, el capítulo trece empieza con una invitación personal a los lectores: “Vengan conmigo cuanto antes para situarnos junto al Capitán Prío en su atalaya. . .” (Margarita: 267). Después de describir cómo el Capitán Prío observa a la Primera Dama en el momento en que se acerca al oído de Somoza para quejarse de lo apretado que está el corsé, el narrador en primera persona dice: “Pero presumo, Capitán, que no estaría recordándole al marido que quien reposa bajo el peso del león doliente [Darío] fue despojado de su cerebro la misma noche de su muerte, un enojoso asunto de familia” (Margarita, 17).En un diálogo entre Rigoberto, su novia Rosaura y  dos de los conspiradores, el narrador en primera persona interviene para explicar la confusión: “Los desacuerdos de este diálogo no se explican sin un antecedente inmediato: Rigoberto había hecho una estación2 en la casa de Rosaura en el barrio de San Juan, no prevista para mí, y por eso hasta ahora puedo darles cuenta. Ya dije que no era un día fácil” (Margarita: 224).

Dentro de la metaficción, uno de los rasgos más originales de la novela es la intervención intermitente de las tres hadas, llamadas también “las parcas”, “las remendonas” y “las hermanas”. Su papel se refuerza con el nombre del gringo mandado para  hacerse cargo de la seguridad de Somoza: Sartorius Van Wynckle. El apellido es una evocación irónica del personaje Rip Van Winkle, de Washington Irving --un encargado de la seguridad de un presidente no debe dormir por veinte años. El nombre de pila,3 además de evocar la novela de Faulkner, Sartoris, proviene de la palabra “sastre” y hacia el fin de la novela, el autor juega con la frase “atar los cabos sueltos”: “las hermanas que esta noche tienen mucho que zurcir y costuras de sobra que soltar” (358).

Comprobada la presencia de cuatro de los seis rasgos de la Nueva Novela Histórica, tengo que admitir que no están presentes los otros dos: en Margarita, no se subordina la visión de los dos periodos históricos a las ideas filosóficas de Borges y tampoco se distorsiona mucho la historia.

Ya que se ha justificado la aplicación de la etiqueta Nueva Novela Histórica a Margarita, está linda la mar, queda por discutir hasta qué punto se podría considerar una novela histórica a secas. Como Sergio Ramírez nació en 1942 tenía catorce años en 1956, año del asesinato de Somoza, y por lo tanto Margarita, está linda la mar no debería encasillarse como novela histórica sino a medias, o sea sólo las escenas protagonizadas por Rubén Darío entre 1907 y 1916. Además, el Intermezzo tropical, que consta del currículum vítae de Anastasio Somoza García y la carta de despedida de Rigoberto López Pérez dirigida a su mamá, lo mismo que el epílogo titulado “Palabras postreras” crean la impresión de la proximidad del autor a los sucesos relacionados con la dinastía Somoza. No obstante, pese a mi propia definición, se da la impresión de que en conjunto se trata de una novela histórica. ¿Cómo se logra esta impresión?

Más que nada, desde el asesinato de Somoza García, no se mira hacia el futuro, hacia la dictadura de Somoza Debayle y la revolución sandinista. Al contrario, se mira mucho más hacia el pasado entrelanzando el asesinato de Somoza García con los sucesos protagonizados por Rubén Darío entre 1907 y 1916. Las transiciones entre los dos periodos históricos se efectúan sin ninguna brusquedad por el gran interés que muestran “los contertulios de la mesa maldita”  en averiguar ciertos detalles de la vida de Darío. Aún en el capítulo catorce, que comienza a eso de las cinco de la tarde del día del asesinato de Somoza, Rigoberto visita la peluquería “Las Flores de Citeres” para confirmar ciertos datos sobre la toilette del cadáver de Darío.

Además de las frecuentes alusiones a las tres hadas, el motivo recurrente del acercamiento del planeta Marte crea cierto distanciamiento entre los sucesos y los lectores, propio de una novela histórica: Cordelio Selva, disfrazado de pastor protestante, apostrofa en tono bíblico a Somoza: “¡Tiembla en tu trono, tiembla en tu madriguera! ¡Ya se acerca Marte,4 el de la corona de sangre, vengador de los cielos! ¡Tus días, sátrapa, están contados! Amén” (Margarita, 54-55). Ese distanciamiento se refuerza por la focalización inicial en cada capítulo impar a través de los ojos del Capitán Agustín Prío, quien observa la manifestación popular a favor de Somoza y todas las otras actividades en la plaza desde el balcón, el observatorio o la atalaya5 de la renombrada Casa Prío donde se reúnen los conspiradores: “Desde su atalaya, aún sin catalejo, el Capitán Prío podía abarcar una vista completa de la Plaza Jerez y su alrededor en aquella mañana de bullicio” (Margarita, 56).

Otro factor que contribuye a empujar los sucesos de 1956 más hacia el pasado es la eliminación aparente de los límites cronológicos entre Darío y Somoza a partir del primer capítulo. El título “El retorno a la tierra natal” se refiere indudablemente al desembarco de Darío en Corinto en 1907 seguido de su entrada en “la locomotora enflorada” (Margarita, 25),  vagón presidencial del general José Santos Zelaya, el mismo tren que lleva a Somoza con su esposa en 1956 (Margarita: 177) desde Managua a León, donde se encuentra la tumba de Darío. La acogida triunfal de Darío en Corinto se refleja en la manifestación popular en León a favor de la reelección de Somoza. Pese a las recepciones triunfales, los dos hombres se desmitifican desde el primer capítulo. Mientras el obispo Simeón grita varias veces “¡Viva el príncipe de los cisnes!” (Margarita, 25), frente al Hotel Lupone [¿insinuación de lupanar?], “los cerdos buscan desperdicios” (Margarita,25) en el lodo y “los soldados de la guarnición del puerto contiene a la multitud con los fusiles a bayoneta calada” (Margarita, 25-26). Aún antes de desembarcar, se subraya el alcoholismo de Darío: “La resaca del cognac Martell... Agujerea todavía su cráneo” (Margarita, 18) y en el capítulo siete, Eulalia, que ha experimentado en carne propia la impotencia de Darío,6 causada por exceso de ajenjo, ríe con desdén cuando Darío se jacta de sus conquistas parisinas (Margarita, 131-134). También en el capítulo trece  se burla de la fama del gran poeta nacional. Cuando el Capitán Prío afirma que “se le adoraba como a un santo. Nicaragua entera se sabía de memoria sus poesías de tanto leerlas” (Margarita, 280), Rigoberto lo desmiente: “--Casi no las habían leído” (Margarita, 280) y Erwin agrega: “--Lo adoraban los demás borrachos… Un país de analfabetos no se preocupa de la poesía” (Margarita, 280).

En cuanto a la desmitificación de Somoza, su figura es mucho menos imponente que la del dictador contemporáneo Trujillo en La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa. Somoza y sus oficiales parecen tan ineptos como los conspiradores. Para rebajar a Somoza desde el inicio de la novela, el marco del primer capítulo lo constituyen los defectos físicos de Somoza. En la segunda página, se le retrata “ralo de cabello, doble la papada, numerosas las pecas color de tabaco en la nariz y las mejillas, también lo atormentaba un corsé que reprimía sus carnes” (Margarita, 16), corsé que fue regalo de Edgar J. Hoover [sic]. La imagen negativa de Somoza se remata en los últimos renglones del capítulo cuando Rigoberto define científicamente la colestectomía del dictador: “supresión del tracto rectal y formación del ano artificial por el método de Charles Richet” (Margarita, 37). Ese elemento escatológico se refuerza en su currículum vitae con su nombramiento en 1916 como “inspector de excusados”7 por la Rockefeller Foundation Sanitation Mission” (Margarita, 166). En el capítulo quince, para subrayar la imagen, el narrador dice: “el otrora mariscal de letrinas ha salido nuevamente al balcón” (Margarita, 308).

La unidad de la novela también se refuerza con la presencia viva de ciertos personajes en ambos periodos históricos. La Primera Dama del dictador recuerda la llegada triunfal del poeta en 1907, cuando ella era una niña de diez años acompañada de su hermana Margarita, la que figura en el verso del título. En el capítulo quince, apenas tres horas antes del asesinato de Somoza, se retrocede al entierro de Rubén Darío en 1916 con la descripción del cortejo fúnebre.  Inmediatamente después del discurso del sabio Debayle, Anastasio Somoza se le acerca inoportunamente para pedirle la mano de Salvadorita. Debayle se siente tan molesto que hasta lo amenaza con la policía americana. Sin embargo, Debayle cambia de actitud hacia Somoza después que éste convence a su amiga lesbiana La Caimana de que debería contratar a Debayle para hacerle la operación de cambio de sexo. En 1956, La Caimana dirige el prostíbulo y es partidaria de Somoza.

Quien funde aún más los dos periodos en un alarde de estructuración novelística es Quirón, el centauro, el niño prodigio descalzo que enarbola el pabellón de Nicaragua en la recepción de 1907 para Darío. El poeta “le toma la cabeza con ambas manos… Un sordo rumor de caracolas va llenando su cráneo, y tanto lo aturde aquel ruido que rueda desvanecido” (Margarita, 29). Así es que Darío le traspasa a Quirón “el numen de las musas con sólo apretarle la cabeza” (Margarita, 32).  Luego Darío le enseña a leer a Quirón con un libro sobre Pedrarias Dávila, furor domini, “criador de chanchos. Y los criadores de chanchos no entienden de poetas” (Margarita, 69). Tan prodigioso resulta el niño que poco tiempo después declama en francés La légende des siècles de Víctor Hugo. Ya se ha comentado cómo el mismo Quirón se escapó en 1916 con el cerebro de Darío. Pues bien, la novela termina con un episodio parecido, que incluso tiene un toque macondino. Quirón, sacristán de la catedral de León en 1956, observador (equivalente callejero del Capitán Prío) envejecido y mudo por los golpes que le ocasionaron los marines en 1908 por haber denunciado en la prensa la violación de La Caimana, tiene el olfato tan fino que el olor8 de los testículos cortados de Rigoberto, semejante al hilo de sangre del protomacho José Arcadio9 en Cien años de soledad, lo lleva directamente a la oficina de Van Wynckle donde recoge el frasco y se escapa corriendo hacia el prostíbulo sin que Van Wynckle pueda alcanzarlo.

En fin, sea Margarita, está linda la mar una Nueva Novela Histórica 100% o sólo 43%, no cabe duda de que es la novela nicaragüense más sobresaliente de la época postsandinista y una de las novelas hispanoamericanas más sobresalientes de la época posrevolucionaria.

 

Notas del artículo:

1.- Seymour Menton, Latin America’s New Historical Novel, Austin, Texas: University of Texas Press, 1993; La Nueva Novela Histórica de la América Latina, 1979-1992, México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

2.-Una de las estaciones de la cruz que lo llevarán a su muerte.

3.-El nombre de pila aparece pocas veces en la novela, tal vez para subrayar más el apellido.

4.-En un ejemplo falso de lo dialógico, el mismo Cordelio ofrece una interpretación pro-somocista del acercamiento de Marte, pero sólo porque está hablando con el sargento Domitilo Paniagua: “Cada vez que el general Somoza se quiere reelegir, Marte se acerca a la Tierra para ayudarlo, es lo que dije. ¡El poder magnético de Marte es inmenso! ¡Es el planeta de los grandes hombres!” (Margarita, 83).

5.-El uso de la palabra “atalaya” , nombre de la revista repartida por los Testigos de Jehovah, se entronca con el proselitismo activo de varios grupos protestantes en Nicaragua y con el disfraz de pastor de Cordelio Selva. Cuando éste se acerca con su Biblia a una barredora, ella se alarma y dirige la vista hacia la litografía del Papa Pío XII que tiene la advertencia al pie: “AQUI SOMOS CATOLICOS Y NO ADMITIMOS PROPAGANDA PROTESTANTE” (Margarita, 146).

6.-En un ejemplo de lo dialógico bajtiniano, en otra parte de la novela, Eulalia resulta embarazada: “los escalones de madera resuenan con los mismos ecos sordos con que resonaron cuando Eulalia bajaba del aposento de Rubén ya preñada con la semilla de la gloria” (Margarita, 227). Efectivamente, doña Leda Sacasa, apodada La Rosa Niña, se identifica en la novela como la madre de La Mora Zela (novia de Norberto, quien “pretende también a varones” [Margarita, 101]), esposa del Dr. Baltasar Cisne e hija de Rubén Darío y Eulalia.

7.-Con el nacimiento de Quirón en un excusado y con la invención del retrete automático por Sir Harold Pinter, esto se convierte en un pequeño motivo recurrente.

8.-Recuérdese cómo en Cien años de soledad, después del pistoletazo escuchado en la casa del protomacho José Arcadio, “un hilo de sangre salió por debajo de la puerta” (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, 3a edición, Buenos Aires: Sudamericana, setiembre de 1967, 118) y siguió por las calles de Macondo hasta dar con “la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan” (Cien años de soledad,  118). El olor relacionado con los testículos de Rigoberto López también puede haberse inspirado en la muerte de José Arcadio puesto que hasta muchos años después la tumba y el cementerio siguen “oliendo a pólvora” (Cien años de soledad, 119).

9.-Además del paralelismo entre el cerebro de Darío y los testículos de Rigoberto, éstos también se comparan con los de Sandino. En un diálogo entre el orfebre Segismundo y Norberto, el primero afirma que Somoza puede seguir robando porque “Éste es un país de eunucos. Se engorda más fácil cuando no se tiene testículos” (Margarita, 218). Norberto, en cambio, afirma: “¿Y si le digo que los testículos también existen?” (Margarita, 218). De ahí, comentan los “testículos descomunales” (Margarita,218) de Sandino observados por el sabio Debayle mientras le trataba de curar una fiebre palúdica: “Y cuál no sería su asombro al contemplar los huevos de su paciente enormes y sonrosados, como la postura del ave fénix” (Margarita,218). Debayle hasta “quería tomarles la medida, sopesarlos” (Margarita, 219) como había hecho con el cerebro de Darío.  De manera que Rigoberto es la resurrección de Sandino: Norberto le pregunta al orfebre Segismundo: “¿Usted estaría dispuesto a ayudar a que los huevos del ave fénix resurjan de las cenizas?” (Margarita, 219).


Seymour Menton

(Bronx, Nueva York, 1927). Escritor y crítico literario especializado en Literatura Hispanoamericana, ha impartido cátedras en diferentes universidades de Estados Unidos y América Latina, y publicado numerosos artículos y reseñas. Ha publicado libros especializados en literatura hispanoamericana como El cuento hispanoamericano (1964), La novela colombiana: planetas y satélites (1978), La novela histórica latinoamericana (1983), La nueva novela histórica de la América Latina, 1979-1992 (1993), Historia verdadera del realismo mágico (1998), Caminata por la narrativa latinoamericana (2002), Un tercer gringo viejo: relatos y confesiones (2005).

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