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El Dandy no contestó esta vez. Era una de esas ocasiones en que prefería acorralar a su presa bajo el peso de sus propias palabras.
--Un tipo extraño –repitió el Dandy, midiendo la longitud de cada sílaba.
--Sí, y aunque no sé ni me interesa lo que cuadraron ustedes, el recado que te traigo es éste: no pude acercarme a Juanito.
--No, ya no importa, deja eso, Funcki.
“Deja eso” quería decir no me hace falta tu ayuda. Tú no me sirves como correo para el Juani.
--Está bien, mi socio, yo me zafo por completo.
--Antes, entre nosotros eso era estar apendeja’o.
--Lo que quieras, pero mira lo que formaron ustedes, yo me quito, ¿ok?
El Dandy no dijo, ok, mi socio, o “ya está” y le daba una palmada como hacía siempre. Esta vez le dio la espalda y caminó para alejarse un poco. Cuando estuvo algo distante, se volteó y el Funcki no lo dejó hablar.
--Allá tú con ella cuando se entere, y además recuerda que toda la mercancía no es tuya, tuyita, tuya, ¿anjá? Y se bebió un largo trago y se perdió en las sombras que parecían personas.
Entonces no supo de dónde salían. Unas mujeres con brazalete abrieron un trillo entre el enjambre humano para darle paso a las candidatas. Además les daban instrucciones de cómo y cuándo pasar y cómo ejecutar la acción del beso. Era increíble la disciplina que imponían. Minutos después las chicas entraban, le daban el beso y sin mucha ceremonia se retiraban. El padre Gustavo tampoco salía del asombro. Afuera, sin embargo, las cosas tomaban otro cariz. Sin haber pasado aún el medio centenar, las guardianas no soportaban el aluvión de empellones y la trifulca general. Un destacamento quería sobrepasar al otro. Uno de los bloques más compactos y marciales se desparramaba por un costado debido a aquel estira y encoge. Los bloques delanteros se movían con lentitud y perdían poco a poco el encuadre casi napoleónico de sus filas. La algarabía y el desorden eran tales que no se escuchaban las voces de los niños. Se sentía sólo el ulular de gargantas enloquecidas, sin dejar de gritar improperios. Su fin último era alcanzar las puertas del templo.
En el interior, el sacerdote, ayudado por el famélico, alcanzó un fleje metálico para cerrar el portón, acto en el que fue ayudado por el personajillo famélico y medio tullido. Tanto pujaron y forcejearon que Farraluque terminó escupido hacia el exterior; en medio del barullo la puerta pudo cerrarse al fin. En el suelo fue pisoteado por las fieras enardecidas y cada vez que intentaba ponerse en pie, o bien metía la cabeza rapada en una de las faldas o un taconazo lo hacía cubrirse con las manos y ya entonces no podía salir. A duras penas, sucio el cuerpo y despellejados codos y rodillas, pudo arrastrarse hasta los canteros del jardín.
En cambio las mujeres más cercanas a la entrada caían por la presión de los otros cuerpos. Los integrantes de los bloques del parque central alcanzaron la calle y para ello destruyeron plantas, hierbas y florecillas de las jardineras. A estas alturas no aparecían ni los vigilantes contratados ni las valerosas mujeres de los brazaletes. Las ocho o diez alcahuetas que asistían a la matrona y siempre agasajaban al Padre Gustavo rodearon el cuerpo ya sudoroso de Juanito y hasta tuvieron que cerrar los altos ventanales. En uno de los largos bancos del interior, una se había trepado y desde ahí le echaba aire a la matrona. Pero mientras más aire emanaba de la penca, más sudaba y se desvanecía la pobre mujer. Se deshidrataba. Le dieron a oler agua de colonia. Otra asistenta sacó una cajita y de ella extrajo con sus mugrientas uñas una píldora, se la colocó debajo de la lengua y le dio a beber agua.
Enseguida parpadeó. Abría y cerraba las manos, buscando la fuerza perdida. En un minuto estuvo en pie. Las alcahuetas y dos o tres con brazaletes que lograron entrar miraron por una hendija la locura de los contornos. El Padre encendió los dos cirios mayores y las alcahuetas daban palique a su gusto, tal vez ni hablaban de Juanito. En una esquina una jovencita esmirriada prendió un cigarro y otras vinieron a dar chupadas. El salón de la iglesia se llenó de humo y el escándalo y la reventazón de afuera ayudaron a enturbiarlo más.
Al refrescar por la tunda recibida, el famélico Farraluque recobró las fuerzas y se abrió paso entre las gentes, se arrastró, intentó ponerse en pie para luego caer, pero al fin, con los codos ardiendo fue hasta el parquecito, tropezó, se levantó y ya frente a la estatua del General Don Vicente Varona Legón intentó trepar. Los saltitos intentados sólo lograban rozar con las yemas de los dedos los cascos del caballo de piedra. En eso estaba cuando una nalgada le hizo volverse: era el Funcki, le sujetó un pie por detrás y lo ayudó a subir. De un salto Farraluque subió por entre las patas de piedra del caballo, se colgó del machete de Don Vicente y a horcajadas en la montura de mármol, delante del prócer comenzó a gritar. Las venas se le hincharon, los ojos enrojecidos, la boca salpicaba saliva: tenía el aspecto de un diablillo enfierecido. Su voz se apagó con las nuevas campanadas.
Como si hubieran escuchado una explosión, los forcejeos y apretones cedieron y al final nada más se escuchaban unos llantos y el corre-corre por algunas desmayadas. Entonces Farraluque aprovechó el silencio para increpar desde su nueva tribuna a los presentes. Desgranó improperios contra las irresponsables, la emprendió con las indolentes, qué carajo les pasaba, si estaban ruinas fueran a buscar machos a otra parte. Por favor, las conminó, lo que deben hacer es organizarse, no jodan tanto, y cooperen con él para sacarlo de ese estado tan lamentable.
Cuando terminó, intentó bajar con la mayor elegancia posible. Cruzó una pierna por delante, pero el gancho de la montura le desgarró el pantalón desde la portañuela hasta la faja de atrás. La tela traqueó y se escucharon algunas risitas. Como al subir, se agarró del machete y resbaló hasta una de las esquinas pulidas del pedestal. A la altura del pecho se dejó caer, pero el codo chocó contra el filo de la piedra. Volvió a enfurruñarse, mas nadie rió.
Los improperios funcionaron. Las miles de mujeres quedaron tranquilas y Farraluque pudo encaminarse hacia el templo, no sin antes sacudirse el polvo de las nalgas adoloridas. La muchedumbre, como ovejas en rebaño, lo siguió en fila india y ya no hubo que lamentar más disturbios. El enjambre humano se hizo una estrecha hilera, despacio fue a perderse en el vientre de la iglesia.
Todos los besos fueron para él. Lo besaron la hermana, la madre y el grupo más cercano de las alcahuetas. Después pasaron las otras: eran besos tiernos, a punta de labios, y a veces secos o desabridos, tantos como tantas mujeres pasaran.
En el turno de las escolares, además del murmullo, incómodo para el ambiente de solemnidad que imponía el templo, hubo risitas. Al pasar junto al dormido le tocaban los bíceps, distendidos pero consistentes dados sus veinte años. Le introducían papelitos en los bolsillos del pantalón y la camisa. Algunas lo tocaban cerca del cinto y se le pegaban con descaro público para preocupación de ella, quien puso coto a tanta insolencia. Se colocó en persona junto al cuerpo dormido y puso a una de las asistentas en el otro lado. El método comenzó a funcionar. Ahora las chicas lo besaban y seguían, de lo más modosas.
El plan para la ocasión marchaba como lo previeron. En unas vistosas casetas vendían alimentos ligeros y golosinas. La música no cesaba. Dos cuadras después, en una explanada, vendían cerveza a granel, donde había parejas, ruedas de baile, pequeños grupos, mujeres y hombres divertidos, eufóricos y hasta borrachitos tumbados en la hierba fresca.
En la puerta de acceso a donde estaba aquel cuerpo, unas mujeres se turnaban para el conteo. Cuando pasó el primer bloque de quinientos, extrajeron de la caja de al lado una tarjeta amarilla. Al llegar a mil hubo saltos de alegría, abrazos otra vez y hasta alguna lágrima. Tanta era la euforia que la gente se asomaba por los altos ventanales y saltaban al interior mediante sogas o escaleras hasta invadir la sacristía. Ya dentro, se acomodaron como pudieron cerca de las telefonistas o las que repartían la merienda.
En contra del orden establecido por las reprimendas de Farraluque y de la férrea vigilancia del Funcki, incorporado al trabajo organizativo, algunas jovencitas querían repetir y eran sorprendidas in fraganti, por lo que les caía en un santiamén una dura reprimenda. Siempre había dos mujeres en el turno de guardia, éstas conocían y controlaban todo el ajetreo. Sacaban a una intrusa y tenían que hacerlo con otra casi al mismo tiempo o volver los ojos sobre Juan, pues además lo pellizcaban e incluso lo mordían. El dormido llevaba pantalón claro y le sobresalían unas manchitas de sangre. Lo habían pinchado con alfileres. Le clavaron tachuelas en los zapatos y le pusieron un tortor de alambre dulce en un dedo.
Enseguida una fue adonde el Padre Gustavo para informar de lo sucedido, tal vez para detener aquella locura. Sólo lograron que el Padre ordenara cerrar las puertas. En un momento le desclavaron las tachuelas, le retiraron el tortor de alambre dulce y le curaron las heridillas de los alfilerazos. También le sacaron los papeles de los bolsillos. Tuvieron que cambiarlo de ropa y limpiarle la sangre y embarraduras de creyón, pero al instante estuvo listo.
El Dandy se estaba dando unos tragos, tenía los ojos rojizos como una bestia, pero seguía suspicaz y alerta, desconfiaba a cada momento.
Blande su botella en el aire, el líquido se enturbia más, la sacude, la trae contra el pecho, le quita la tapa y se empina otra vez.
--¿Qué pasa, Funcki, acangrejao?
--A mí no me hables, tú eres una mierda.
--Mierda… umjú, mira, tú me le dices a Juanito que se deje de…
--Yo no soy correo de nadie.
--Vaya, guaperías conmigo. ¿Tú sabías que yo entro a ese lugar de pinga y no queda un zoquete de esos con cabeza?
--Yo sé todo lo que tú harías. Lo que quiero saber es qué le hiciste a Juanito.
--Él sabe que ese no era el trato. Toma, date un buche.
--No, quién carajo se va a tomar esa mierda.
El Dandy se pone de pie, frente al Funcki y discuten algo, éste se aparta, un poco asqueado, pero al fin prueba del líquido que hay en la botella. El Dandy le da una palmada, le revuelve el pelo y el otro se aparta nuevamente, pero esta vez se despiden.
Frente a la puerta, Farraluque anunció con voz de pito que sólo faltaban veinticinco. ¡Quince!, gritó una y lo haló por la camisa. El famélico se repuso de la vergüenza y convino frente al público: ¡Quince! Contaron a ojo de tiro por encima de las cabezas, a cuál le tocaría ser la número diez mil. Coincidía con una negrita flaca y esmirriada a la que llamaban Lulú. La madre de Juan se persignó varias veces y seguidamente fue a consolar a la novia, ésta ladeó la cabeza con desespero y fue a sentarse a uno de los largos bancos. Como podían haberse equivocado en el ajetreo producido al contar, las últimas candidatas se persignaron en busca de ser la elegida. Cada una lo hizo en su turno antes de besarlo.
Cuando Juandormido despertó, Lulú era paseada de brazo en brazo por los pasillos abarrotados, varias veces, antes de salir definitivamente a la calle. Allí un mar de gente festejaba por las jornadas de agonía, por los malos ratos que pasara la familia y coreaban: Cú-cu, Cú-cu, cuando cargaban a Lulú, unos porque confundían el nombre y otros porque acentuaban con el nombrete la fealdad de la muchachita. Juanito se repuso y la novia lo besó largo y húmedo. En el interior unas mujeres se arrodillaban frente a la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, junto a la que encendían velas y dejaban el resto de otras promesas.
Esa noche no sólo la dedicaron al amor casi sin pausa, se contaron una y otra vez la historia, desde el prisma de la novia atribulada, o desde la ensoñación del dormido, o desde lo que otros creyeron era una puesta en escena. Al amanecer se quedó dormido, pero por lo agotado que estaba. Durmió a pierna suelta, sin distracción, y despertó horas después para intentar remediar la fiesta interrumpida de la boda.
Una tarde bajó en su bicicleta hasta el laurel del parque, y jugando una partida de tresillo se quedó dormido otra vez. No podían creerlo.
El Dandy amenazó a la hermana, se paró delante de la casa de la novia para escandalizarla, qué mierda se creía el guanajo aquel, a mí, al Dandy hay que pagarle y pagarle en tiempo, no se fueran a creer cosas, yo sí no me ando con mierdas, partía de putas. Y encendió la moto que le habían prestado para que una nube de humo los dejara tosiendo.
Alguien tuvo entonces la suspicacia de mencionar a Lulú; en breve ya la tenía enfrente. Se acercó. Lo besó. Le tomó las manos y el dormido se repuso.
El Funcki ya no iba por casa, como tampoco seguía en lo del Dandy. Desde que se separaron la primera vez no habían vuelto a vender juntos, si acaso tropezaban y hacían por conversar entre las amenazas de uno y la rebeldía del otro.
--Yo tú esa plata la daba por perdida, Dandy.
--Perdida nada. Y le dices al pendejo ese que se deje de cuentos. Ya lo de nosotros acabó. Mi plata, él por un lado y yo por el otro, pero mi plata delante de mí.
--Tú no entiendes, asere. Yo tampoco quiero entrar en esa mierda de Juanito de estarse durmiendo dondequiera, yo también me quito de las dos cosas: de lo tuyo y lo de él.
--Tú ayudaste a poner mala la cosa; si quieres empeorarla, allá tú.
--Asere, esto estaba malo de cuando querías cogerte toda la plata, y ya, chao, que no estoy para nadie hoy.
Entonces alguien le preguntó al Dandy si era el único para la cola de la barbería, y él no, yo no. Y otro tipo volvió a preguntarle, y él no, bestia, yo no me voy a pelar; hasta que arrancó en la bicicleta y se perdió.
Ahora cada vez que se quedaba dormido buscaban a Lulú. Venía, lo despertaba y se iba. Le pasaba lo mismo en la cola de la cerveza que en el juego de dominó. Pero siempre era lo mismo: ella venía, se le encimaba y ya estaba despierto. La novia se enfurecía: que si esa negra tenía melao, si le gustaba tanto, qué tanta cosa. Juan se deshacía en explicaciones. Tú no me entiendes, eso no está en mí, cómo vas a pensar eso, mi china. Y ella si él quería que vivieran juntos los tres, ¿los tres, los tres, mi chinita?, y ella, los tres con tal que dejes la guanajería de andar por ahí, yo creo que tú le tienes miedo al zoquete ese del Dandy. Qué Dandy ni una mierda, el andrajoso ese, qué le pasaba a su amorcito, ese tipo no se comía a nadie y así podían deshacerse de la negrita cabeza de yaki o no veía cómo todo el mundo se estaba riendo de nosotros dos. Ella misma iría a hablar con el Dandy, si era mucho lo que debía, a ella, a su chini linda le parecía que no era dinero, y le repetía tú no me hablas claro, no confías en mí… y después besitos, muchos besitos.
Cuando la gente salió a ver el alboroto, ya la novia de Juanito bajaba los escalones y salía del paso de escalera. El Dandy le decía que se callara, no fuera bruta, muchacha, pero ella le dijo dos o tres cosas más para ofenderlo y se fue. Unos se rieron y chiflaron. Otros tiraron las puertas.
En los primeros días de convivencia a Juanito le era imposible pasar inadvertido por cualquier lado. Que si era un padrote, si podía con las dos, cómo podía. Y le hablaban de la bigamia, de los negocios, si lo tenía todo arreglado desde el principio, qué pasa, asere, le decía el Funcki cuando iba por la casa. Incluso ya salía y aunque no había chocado aún con el Dandy, no se cuidaba tanto. Mientras, la novia se iba acostumbrando un poco.
Un día, al llegar a casa se sorprendió. El edificio era observatorio colectivo. Todos los balcones estaban llenos de gente. Juanito subió por las escaleras, de a tres los peldaños. Al entrar vio a su mujer desplomada en el sofá. Estaba en ese letargo desde hacía una hora. Nadie podía revivirla. Se tumbó en el suelo junto a ella, sin tocarla, sin hablar. No quiso preguntar nada. El Funcki había subido un momento antes y se le acercó con un vaso de agua, prendió un cigarro, después de dos chupadas se lo dio. Así comenzó a relajarse y ver cómo entraban otra vez las alcahuetas y formaban el hormigueo como la primera vez.
A la media hora entraron unas mujeres con termos de café humeante, otras con teléfonos para instalar y Farraluque y el Funcki entraban con una computadora. Farraluque la emprendió, como siempre, contra las que armaban el alboroto, a ver si se ponen pa’ la cosa, decía. Nadie replicaba. Juan fue a sentarse en un sillón. Se escucharon los primeros timbrazos telefónicos. Escuchó asentir ante algunas órdenes. En medio del mareo y la estupefacción vio a Farraluque junto al Funcki, moviéndose de un lado a otro de la casa. Traían el café, repartían agua. Uno vigilaba la puerta de entrada contra los nuevos intrusos, el otro bajaba y subía las escaleras y coordinaba lo por venir.
Cuando el puesto de mando estaba en pie, el ajetreo cesó momentáneamente. Sólo Juanito se levantó y fue hasta la puerta, donde estaba el espectro, la sombra que era el Dandy y nadie lo creía. Sin dejarlo entrar se le interpuso.
--¿Qué pinga tú buscas, asere?
--¿Y esos modales,mi´jo? Tú no hablas así. Dame lo mío y me voy.
--Lo tuyo… --Juanito se ladeó y logró sacar un pedazo de tubo que estaba detrás de la puerta. Las mujeres se asustaron, Farraluque entró a la cocina y el Funcki no intentó meterse.
--Baja eso y no compliques más todo esto—dijo el Dandy.
La matrona los vio desde la puerta del cuarto y se maldijo, que era una desgraciada, tener que pasarle eso a ella, la vida era una mierda, carajo, pero iba a sentarse a la puerta de la calle hasta que Dios la ayudara. Tendría que ayudarla, dijo y el portazo retumbó en el edificio.
(San Germán, Holguín, Cuba, 1971). Escritor, periodista y poeta libre e independiente. Experimentador audiovisual. Estudió Filología y Comunicación Social, sin concluirlas. Ha publicado los poemarios Secretos del Monje Louis (2001), Animal de alcantarilla (2004), Cantos del Mal vivir (2005) y Anverso de la bestia amada (2006). Varios de sus cuentos han sido publicados en revistas cubanas y del exterior. Codirigió la revista alternativa de literatura "Bifronte", que el gobierno cubano se encargó de aplastar, así como de perseguir a sus realizadores hasta expulsarlos de la vida pública en 2006. Desde esa fecha hace periodismo digital, realiza pequeños documentales sobre la cotidianidad cubana e intenta llevar su obra literaria en medio de la tormenta que significa ser un perseguido político. Colaborador habitual del diario digital Cubaencuentro, publica en sus páginas su blog “Animal de alcantarilla” (http://www.cubaencuentro.com/luis-felipe-rojas/blogs/animal-de-alcantarilla)