

I
Cuando llegué
me daba la espalda y vigilé su silueta
por si ya no era él.
A un mínimo gesto se volvería
para mirarme,
cuarteada
por no haber cuidado de su entereza
por no haber estado nunca en mi piel
cuando me necesitó.
II
Escucho en la copa de los árboles
su relato atávico
¿Dónde hemos estado?
Cómo hemos podido dejarle a la arena
el paso de lo que nos ha estremecido
tan lejos tú de mí y yo tan lejos
sin cogernos de las manos
que han hecho tanto por todo y todos
menos por nuestro acierto
III
Me hundo en sus ojos
-está la luz de siempre esperándome-,
dados de sí para no velarme nada
y hacerle sitio a mi hambre.
Han cambiado tanto como mis redes
mil veces enredadas y recosidas
donde él no estaba.
Vamos a comer juntos,
vamos a devorarnos los años
en que nos faltó la mirada que se empaña
con el dolor del otro.
En la escasa tierra que nos pertenece
plantamos cuatro árboles hace años
y es la primera vez que uno está enfermo.
El sauce se inclinó demasiado en el verano
y sus hojas exhaustas se llenaron de manchas.
Lo miré muy de cerca, acaricié sus ramas,
perseguí indicios desde la tierra,
espié los excesos del agua sin respuesta,
la poda creí que lo mataba.
Completado el ciclo que a él le obliga
a reverdecer y dar sombra,
cumple con lo que le pedimos
y soy yo quien no puede celebrar su salud.
Como si me hubieran caído encima toneladas de leña
la madera cortada que, aun enferma, caldeará la casa,
no puedo con mi alma.
Lo miro desde la ventana
y no sé de qué hojas empezar a desprenderme,
si hundirme en el agua o resistir la sed,
no es él quien deja estos días el paso del tiempo
manchándome la piel.
En cualquier cuarto frío
de una ciudad larga de pronunciar
a primera hora
una mano borrosa barre el vaho del cristal
pensando que todo está siendo triste:
las noticias cabecean como barcos
en una extensión viscosa
y no se hunden nunca.
Tampoco nadie se calla, nunca,
y quien susurra con intención generosa
se ahoga en la mordaza de no poder hacer nada
por evitar tanto y tanto…
Todo empieza hoy irremediable y triste
en esta parte del mundo donde si uno se sienta
se arriesga a no crecer
perder la vez y el rancho
a no perdurar, ser estéril por exceso
a hilar pena con hebras de máculas y defectos.
Las tragedias del día
que empañan la luz de la mañana
se escurren en gotas por las líneas
de manos incapaces de actuar
y que se sobreponen con una taza caliente
mirando por la ventana
con vistas a la impasibilidad.
Los trenes de mercancías que nos cruzan
carecen de origen ni destino,
se alejan desdibujando líneas
como el asfalto húmedo tras los pasos,
sin biografía.
Ahí la tenéis, buscadla bien,
mujer camuflada en la estepa,
agazapada como las bestias,
sin billete,
sin sala de espera.
Un aguacero nos pide para su fiebre,
para la selva confusa de palabras.
Contra el grito de los marineros
la oración de las rocas pide
o un salmo
para la sed que aprehende.
Los trenes de mercancías se la llevan.
Juntos, desaparecen.
Las madres en luto después de la guerra
tienen un solo sentido:
la caída
y lo conservan incluso en las tardes
más calladas.
(José María Zonta)
Llego a las cansadas verjas de los portales
de un siglo muerto.
Desprevenida,
con la torpeza de una enfermedad incipiente.
Y grávida de mi peso
me detengo ante estos años
de epitafios de plantas
y de piedras,
de aves extinguidas
de niños desheredados,
para asistir a la rabia y al insulto
ante el féretro pequeño y blanco.
Me dejo así abrasar el rostro por el grito:
la caída de la madre.
De regreso,
veo caer mi reflejo hecho añicos
en los cristales de la nieve.
(España, 1962), reside en Valladolid y es profesora en el Departamento de Francés de la Facultad de Filosofía y Letras y en el Máster de Español Lengua Extranjera de la Universidad de Valladolid (España). Ha publicado los poemarios Debe y Haber (El Sornabique, Béjar, 1996), Como se acuesta la noche en una rama, (lf ediciones, Béjar, 1998), Cartas de navegación y olvido, -Ilustraciones de Lía Kaufman- (lf ediciones, Béjar, 1999), Cuadernos de China (lf ediciones, Béjar, 2001), Teselas (lf ediciones, Béjar, 2005).