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El avión que me llevaba a París hizo escala en Nueva York. En esas doce horas recorrí desganadamente el aeropuerto, hojeé unos libros en una pequeña librería, fui dos veces al baño, comí en una cafetería de nombre europeo y al final me senté a escuchar música en mi walkman en la sala de espera (El walkman: una puerta al autismo pero también un decorado portátil para transformar emociones). Como a la media noche nos llamaron por los altoparlantes. Me acoplé en la fila de registro y luego en la de embarque sin prestar mucha atención a lo que pasaba a mi alrededor, como si todo eso fuera un borroso paréntesis a lo único que realmente me importaba: llegar a París.
Por suerte me dieron otra vez el asiento de la ventanilla. El de al lado estaba vacío. En el extremo se había acomodado un ancianito de boina escocesa y aspecto italiano que apenas me vio levantó la cabeza con aire somnoliento. Mientras daban las indicaciones para el despegue, coloqué en el walkman La hija de la lágrima.
Estábamos en pleno ascenso cuando, de pronto, y ante el asombro de las aeromozas, se apareció una chica que alborotadamente se disponía a ocupar el asiento vacío. No le tomé importancia, pero al poco rato sentí que alguien me miraba. Volteé y vi que la chica, sonriente, me decía algo.
-¿Qué escuchas? -oí que me preguntaba en francés no bien bajé el volumen del walkman.
-Charly García -contesté algo desconcertado.
Hizo una mueca de extrañeza y repitió el nombre inquisitivamente, abriendo con curiosidad sus enormes ojos castaños bordeados de largas pestañas. Tenía una voz rarísima, vagamente ronca, y pronunciaba las palabras con una crepitación de hojas quebradas.
-Es argentino -traté de ubicarla-. Un loco maravilloso. Se puso un vestido de mujer para grabar algunas canciones de este disco.
Me pidió que por favor la dejara escuchar. Le pasé los audífonos. Mientras se los ponía pude observarla mejor e ir acostumbrándome a su presencia.
Llevaba una chompa granate de lana, jeans azules y zapatos negros de charol. Tenía la nariz ligeramente larga y el brillante pelo negro lacio, con un corte típico de los sesentas: a la altura del cuello y con las suaves puntas curvas rozándole las mejillas. Era menuda de contextura, pero algo me decía que no era una adolescente y que, sin embargo, procuraba aparentar menos edad.
-Me gusta mucho -sonrió al terminar la canción-. ¿Tú también eres argentino?
-No, soy peruano.
-¡Le Pérou!, ¡Ce n'est pas le Pérou! -exclamó con esa conocida frase con que algunos franceses aún asocian el Perú con la idea de prosperidad-. ¿Has ido antes a París?
No quería extenderme en los avatares de mi pequeña hazaña personal, pero era una buena oportunidad para practicar mi francés. Le conté algo. Lo suficiente como para calmar su interés.
-No hay nada en el mundo como París ni como los parisinos -sonrió, revelándome con sutil coquetería su ciudad de procedencia-. ¿Dónde te vas a hospedar?
-No sé; en un hotel barato, supongo.
-Mi abuela tiene una hostería en las afueras; el lugar está lleno de ancianas, pero es cómodo y más barato que un hotel. ¿Por qué no te hospedas allí?
-Puede ser -le agradecí.
Después de eso se quedó un instante pensativa, como si hubiera hecho algo mal.
-Soy una desconsiderada -se autorrecriminó y luego me ofreció su pequeña mano de largos y delicados dedos-. Me llamo Claudine.
Cogí su mano diciéndole que yo también era un distraído y le di mi nombre.
A lo largo de las nueve horas que duró el vuelo me entretuve conversando con Claudine. Me habló con gran locuacidad de sí misma. Era, quién iba a imaginarlo, profesora de manualidades. Vivía sola y dictaba clases en una escuela primaria, aunque pasaba muchas horas ayudando en la hostería de su abuela, quien la había criado desde que sus padres fallecieron en un accidente aéreo. Había viajado unos días a Nueva York a tramitar una beca en un college.
-¿Y cómo has hecho para que dejen viajar sola a una menor de edad? -bromeé.
-Aunque no lo parezca, tengo veinticinco años -dijo haciendo un gesto serio de persona mayor.
Cuando por fin llegamos al aeropuerto Charles de Gaulle, Claudine tomó mis papeles y me ayudó a pasar por los largos y complicados trámites de desembargo. Yo la miraba hacer agradecido, con la emoción que no me cabía en el cuerpo por la alegría de estar pisando París.
-Ya está -suspiró después de casi dos horas-. Ahora solo falta que decidas dónde hospedarte.
La decisión era más que obvia: se me ofrecía un hospedaje barato y una compañía agradable. De manera que tomamos un taxi a la salida del aeropuerto. Era un día medianamente claro, con nubes plomizas en el cielo y una leve llovizna que acariciaba la cara con sus finas maneotas de agua.
En el camino a la hostería de su abuela, Claudine no paraba de hablar y me iba señalando las calles y los edificios mientras mis ojos maravillados reconocían en un éxtasis-silencioso,
-Apenas dejes tus cosas, salimos a recorrer París -me prometía Claudine, visiblemente emocionada con mi propia emoción.
La hostería quedaba en un sector apacible de la ciudad. Era un viejo caserón verdirrosa, de grises ventanas afantasmadas y acabados de otro tiempo, que ocupaba casi toda una esquina. Las escalinatas de mármol, el portón con aldabas y el vestíbulo de oscuras maderas contraplacadas eran verdaderas delicias de museo. Cuando llegamos a la sala nos topamos con un espectáculo enternecedor: seis o siete ancianas primorosamente arropadas con chompas y gorritos de lana miraban la televisión o leían el periódico. Algunas nos saludaron con gesto familiar. "Todas son mis tías abuelas", me explicó Claudine divertida. "Son adorables, ¿no?". "Además", agregó con picardía, "varias están solteras". Le pedí que me indicara dónde estaba el baño. Cuando volví, la vi conversando con una señora mayor de ojos brumosos y aspecto grueso, aunque muy bien conservada y de menos edad que las inquilinas. Alcancé a oír que le recriminaba a Claudine que hubiera traído a un desconocido. Al verme se quedaron calladas, aunque eso no le impidió a la señora echarme una larga mirada de evaluación que me hizo sentir incómodo. "Este es el chico peruano del que te hablaba, abuela", me presentó Claudine. Levanté la mano y palpé una fláccida carnosidad, como una osatura blandengue recubierta de piel transparente y pecosa. La abuela esbozó una sonrisa diplomática. "No hay habitaciones disponibles por ahora", se excusó. "Lo único que puedo ofrecerle es la buhardilla". Yo no tenía ningún inconveniente, siempre había soñado con una buhardilla parisina, pero solicité que me la mostrara, por si acaso. Claudine y yo subimos las escaleras de tablones crujientes siguiendo a la abuela, quien de paso me iba informando de algunas normas internas de la hostería. "No te vayas a asustar", me susurraba al oído Claudine colgándose de mi brazo. "Parece seria pero en unos días la vas a adorar, ya vas a ver". La buhardilla era un acogedor cuartito techero adonde se llegaba también por una escalera en espiral independiente a la casa. Tenía una cama de plaza y media, un armario pequeño y un escritorio de madera con su silla. El amplio ventanal contaba, además, con una vista panorámica de la ciudad. "¡Es perfecto!", exclamé encantado. La abuela, a quien desde ese momento empecé a llamar madame Leonor, como lo hacían todos en la hostería, me entregó la llave, me deseó con una frase hecha una agradable estadía, y me dijo que arreglaríamos lo del pago a la mañana siguiente, cuando ya me hubiese instalado.
Al atardecer, después de desempacar mis maletas y darme un baño rápido, Claudine fue a buscarme a mi cuartito para salir a recorrer la ciudad. Tenía el cabello amarrado en una cola de caballo y vestía zapatillas deportivas, pantalón de buzo blanco y un polo verde ceñido al cuerpo que resaltaba sus pechos breves pero estupendamente formados. Yo estaba un poco cansado, pero me mordía de ganas de dar mi primera vuelta por París.
Bajamos y Claudine me hizo entrar a una despensa polvosa donde, entre otros cachivaches, había alineadas unas viejas bicicletas de aros grandes. "Escoge una", dijo Claudine. "No creo que sea una buena idea", me opuse asustado. "Hace siglos que no manejo". "Total, ¿en qué quedamos?" me preguntó con mirada retadora. "¿No decías que no querías ser un turista de agencia?". Desarmado, empujé una bicicleta hasta la entrada de la casa. Un sol tenue doraba las calles, y el cielo sin nubes era de un azul intenso. Ese no era el clima que yo había ambicionado durante tanto tiempo, pero me sentía bien así. Claudine se montó en una bicicleta roja con canasta delantera y echó a andar sin avisarme. Yo me trepé a la mía como pude, tocando a cada rato la pista con los pies, temeroso de perder el equilibrio. Claudine desapareció de mi vista, pero a los pocos segundos surgió por detrás, arengándome entre risas a seguirla. Demoré un poco en coger el ritmo adecuado, hasta que empecé a soltarme. Casi me deslizaba por el enredijo de calles empinadas, aceptando el viento fresco contra la cara, dejándome llevar por el flujo blando de los pedales. De pronto estuve tan seguro que decidí ponerme los audífonos del walkman en plena marcha: sonaba En la ruta del tentempié. Entonces fue el éxtasis y la pendiente, el aire fragoso que traspasaba el cuerpo humedecido, el sol en lo alto, la maravillosa música de Charly, las arboledas que se extendían en setos bajos, la preciosa, impagable gestualidad sin voz de una Claudine que me indicaba emocionadísima un esplendor dorado sobre una caída de agua o sobre las hondonadas en tinieblas de los torreones medievales que se alzaban en la espesura del bosque silencioso.
Avanzamos hasta el fondo de un sendero cubierto de hojas secas, al lado de un estanque sin flores. Claudine se bajó y corrió hasta unos árboles enormes rebosantes de luz. Luego se detuvo y empezó a girar con los brazos extendidos.
-¿Sientes? -me preguntó cerrando los ojos.
-¿Qué cosa?
-¿No sientes algo distinto en el aire?
-¿Algo como qué?
-Como una energía.
-No entiendo de qué me hablas, Claudine.
Dejó de girar y se sentó sobre la alfombra de hojas rígidas, en posición de flor de loto. Me contó con un tono medio misterioso la historia del castillo cuyo imafronte gris tapaban las copas altísimas de los árboles: una pareja de jóvenes reyes felices, una revuelta en palacio, la doble puñalada traicionera, la conmovida inscripción de las tumbas contiguas en el fondo subterráneo. Su extraña voz, ronca y resonante, le imprimía a lo que decía un aura encantada de cuento de hadas.
-Por aquí paseaban los reyes -suspiró cortando el aire sin viento con las manos, como si tocara formas invisibles-. ¿No sientes su presencia?
-Estás loca. Aquí no hay nadie más.
-Puedo estar loca. Pero te aseguro que no estamos solos.
La seguridad casi mística con que hablaba me hizo reír. Claudine rió también.
-¡Ríete, ríete nomás que ahí están a tu lado!
Regresamos a la hostería con las primeras sombras. Claudine se fue luego a su departamento, no sin antes proponerme un día de excursión por la Périphérique. Esa noche llovió y yo dormí al compás del agua que corría tremante por el cristal de mi ventana. Tres golpecitos contra la puerta me despertaron a la mañana siguiente. Era Claudine que me invitaba, con una gran sonrisa a desayunar. Desayunamos café y croissants con queso en una mesa larga> en compañía de las ancianitas que se enfrascaron en una divertida discusión sobre las propiedades medicinales del vino.
Mi conversación pendiente con madame Leonor sobre el pago del alquiler fue breve y de una cortesía casi comercial, Además, el precio fijado resultó mucho más barato de lo que me imaginaba. No bien firmé una especie de contrato, Claudine y yo nos fuimos a tomar el tren con rumbo al sur. Nos bajamos en el pueblo de Chantilly y conseguimos colarnos con un grupo de turistas a la visita guiada por el castillo de Luis Enrique de Borbón. Era una inmensa construcción de muros grises, tejados de pizarra azul y una hermosa capilla gótica. Desde los ventanales se divisaba un antiguo bosque de hayas y robles polvorientos. Claudine, por lo visto, tenía una fascinación inusitada por los castillos medievales, aunque los comentarios de la guía la aburrían sin remedio.
-Esta tipa nos trata como a niñitos de colegio -se quejó.
-La pobre hace lo que puede.
-Mejor quedémonos por acá.
Claudine me jaló del brazo hacia un estrecho corredor que desembocaba en un portón de madera. Entramos a un cuartito en penumbras. Las paredes de piedra almenada tenían la consistencia de un foso. Claudine empujó el portón y cerró la llave de metal chirriante. Casi no la veía.
Iba a decirle que lo que estaba haciendo era una locura, pero me tapó los labios con la mano.
-Cállate -musitó con la respiración agitada-. No vayas a romper la magia.
Entonces me arrinconó a una pared. Sentí su boca húmeda, sus pechos de duros pezones apretándose a mi cuerpo. Repasé suave, ansiosamente su delicada grupa alzada.
El breve pero tenso cuerpo de Claudine respondía a mis caricias con una intensidad quemante, una furia de ondina desatada.
Palpé su precioso cuerpo esa tarde, pero no fue sino hasta esa noche, en mi buhardilla, cuando terminamos de recorrer la Périphérique, que pude verla desnuda y hacerla mía.
Claudine se había quitado la ropa con una gracia distraída y estaba parada frente a mí. Su pálida piel, la punta rosada de sus senos, el vello sedoso y negro, todo resplandecía en la penumbra tamizada por los visillos vagamente corridos. Yo la contemplaba con ternura, echado sobre la cama,
-Es raro -dijo, acomodándose un mechón de cabello que le caía sobre la cara.
-¿Qué es raro? -pregunté para darle gusto, ya acostumbrado a sus diálogos oblicuos.
-Es como si nos hubiéramos conocido antes; en otra vida, quizás.
-No sé a qué te refieres exactamente, Claudine, pero estoy seguro de que París no hubiera sido lo mismo sin ti.
Se quedó un instante en silencio y me miró a los ojos para ver si era sincero.
-Totalmente de acuerdo -sonrió orgullosa antes de acostarse a mi lado.
Esas singulares salidas y conversaciones con Claudine me dieron la idea de escribir un cuento: la historia de una muchacha aficionada a los inventos que construye un aparato para capturar seres invisibles. Ese sería el primero de una serie de relatos ambientados en París y contados por diversos narradores, aunque en el fondo se tratarían de álter egos oreelaboraciones simbólicas de aquella voz que abriría y finalizaría la serie. El proyecto del libro me rondaba la cabeza algunos meses atrás. Pero no había por qué apresurarse: la realidad de París se prometía plena de situaciones estimulantes y yo debía tomarme un tiempo prudencial para poder aquilatar las nuevas experiencias.
3 Estuve toda la mañana del sábado revisando periódicos y revistas que recogí de la mesa de la sala, después del desayuno. Claudine no pasaría por la hostería sino hasta la noche: tenía que preparar un material para sus clases. Encontré un aviso de Le Nouvel Observateur en el que solicitaban un corrector de textos que, además del francés, dominara el castellano. Yo cumplía con ciertos requisitos: conocía el oficio y había ganado alguna vez el concurso de ortografía en francés. Pero me imaginé que se presentarían numerosos postulantes muchísimo más calificados, y sobre todo, de nacionalidad francesa. De todas formas, como para dar una vuelta por el centro, me presenté por la tarde con mis papeles. Increíblemente, solo había dos postulantes más: una profesora de primaria cesante y un administrador de empresas sin empleo que, 20 años atrás, había trabajado en un periódico. De manera que el entrevistador, el jefe de la sección de corrección, monsieur Lenast, nos hizo pasar a los tres a su oficina. Era un viejo alto y elegante, muy cortés, de porte y bigotes quijotescos, con una vocecita atiplada que se entrecortaba por los continuos carraspeos, aunque con una estupenda sintaxis oral. Rodeado de todos esos estantes repletos de libros, parecía un antiguo maestro universitario, imagen que yo admiraba pero a la que secretamente temía algún día encarnar. Nos explicó que el diario planeaba lanzar una serie de fascículos sobre escritores latinoamericanos de este siglo, y que por esta razón se necesitaba el manejo de ambos idiomas. Luego revisó nuestros currículos y nos hizo un par de preguntas generales; mi condición de extranjero no parecía llamarle la atención. "Aquí lo que importa es la calidad de su trabajo", concluyó entregándonos a cada uno un lapicero rojo y un par de páginas de prueba. "Tienen veinte minutos para corregir esto". El examen no me pareció tan complicado, pero mi manía perfeccionista y mi afán por quedar bien me provocaron un fuerte dolor de cabeza. Como de costumbre, se nos dijo que se llamaría al que fuese elegido. Para distraerme un poco decidí dar un paseo por los muelles del Sena y tomarme un café en el Flore antes de ver a Claudine.
Al regresar a la hostería, oí una música como de violín bajando desde mi altillo. Metí la llave a la cerradura y entorné la puerta con cuidado. Claudine estaba sentada en la silla, cerrados los ojos, las piernas abiertas, tocando concentradísima un chelo. Era una presencia iridiscente cuyos destellos se transparentaban en la penumbra azul. No pude reconocer qué melodía era, pero fluía en el aire con la serena cadencia del agua suelta. Claudine abrió los ojos sorprendida y le hice una seña! con la mano como para que continuara. Yo me senté en un rincón, maravillado de escucharla y de verla así, replegada y extática, nimbada por ese virtuosismo prodigioso que producían sus manos. Cuando terminó de tocar me paré y me acerqué a besarla, peso ella me volvió la cara, guardó el chelo en el estuche y se fue sin despedirse,; sin decirme una sola palabra, arrastrando su instrumento como si fuera un pesado fardo.