

En La loca de la casa (2003), nadie se llame a engaño, lo que sucede es una rebelión de su autora, Rosa Montero, contra ella misma. Y por ello ese libro, ¿ensayo?, ¿novela?, ¿autobiografía?, ¿farsa biografiada?, es el que mejor muestra el universo alrededor del cual parece girar todo el espíritu creativo de esta narradora española.
No quiero referirme a sus libros para niños, que también han dejado una huella muy personal en las letras españolas de las últimas décadas, porque prefiero hablar de algo que, novela tras novela, esta autora parece querer lanzarnos a la cara: su búsqueda ontológica literaria es una búsqueda de las esencias de su propia vida. Y es que Rosa Montero es una actriz que cambia en cada una de sus novelas, y la primera pregunta que nos hacemos cuando nos hemos dedicado a leer esas obras es esta: ¿hasta dónde cada personaje femenino está encarnando esas búsquedas de la verdad que hace, como ser humano, la escritora Rosa Montero? Sólo de ese modo, entendiendo cada libro suyo como un desdoblamiento de algún aspecto de su riquísima personalidad, lograremos alcanzar a entender las múltiples resonancias que emanan de las historia que ha novelado.
La prostituta africana y la científica de Instrucciones para salvar al mundo (2008); la plebeya Leola de Historia del rey transparente (2005); la editora Sofía Zarzamala de El corazón del tártaro (2001); la Lucía de La hija del caníbal (1998); la niña huérfana de Bella y oscura (1993); la elegida para Sacerdotisa, Agua Fría, de esa novela de anticipación futurista que es Temblor (1990); la Paula de Amado amo (1988); la bolerista Bella y la friegaescaleras Vanessa de Te trataré como a una reina (1983); la Lucía de La función Delta (1979) o la periodista Ana de Crónica del desamor (1979) parecen ser fragmentos descolocados de una misma pieza, de un espíritu mayor que se desgrana a sí misma en cada obra, buscando entender, con la develación de cada asunto por separado, qué sitio tiene como ser humano, primero, y también como mujer, en ese mundo “ancho y ajeno” en el que habita la escritora y periodista Rosa Montero.
Incluso en Amado amo, donde el protagonismo es cedido a un hombre (César), Rosa Montero hurga en un aspecto que parece ser esencial en toda su obra: ¿hasta dónde la sensibilidad femenina es un don o un castigo?, parece preguntarse. Y lo que más llama mi atención es que lo hace sin las usuales poses feministas, divisorias en su mayoría, rebeldes y desacralizadoras es cierto, pero casi siempre discriminatorias de “lo contrario” que se lanza contra el mundo de la mujer. Rosa Montero parte a esa búsqueda desde una rada natural en la geografía de la especie humana: la mujer es parte esencial de la especie y su sensibilidad es una diferencia que juega a su favor, jamás en su contra. Y al partir desde ese puerto logra acceder a caminos que no han sido trillados: caminos donde la locura de la modernidad y de las vidas que se cruzan en esa modernidad abrumante, la inutilidad de las máscaras cuando se quiere aparentar lo que no se es, las múltiples vidas que cada uno de nosotros puede llevar sabiéndolo o no, los secretos que persiguen a cada persona durante toda su vida, las pérdidas de las cosas y las luces que nos iluminan la existencia, el esplendor y la negrura de la vida, la brumosa posibilidad de que los sueños se cumplan, los prejuicios que aplastan, la soledad de un mundo aparentemente compartido con todos, las frustraciones del amor y el desamor, son peldaños que en cada libro va dejando para que subamos con ella a la cima de esa muralla que, piedra a piedra, develación a develación, letra a letra, ha construido para ella y, también, para nosotros.
Me atrevería a decir que pocas narrativas en la literatura español actual son tan consecuentes con eso que los teóricos han llamado “la búsqueda ontológica del escritor”. Rosa Montero, creciendo en pericia con cada novela (desde la casi típica borrasca de amor entre la periodista Ana con el escritor Juan, en Crónica del desamor, hasta esa hermosa aventura épica que vive Leola en Historia del rey transparente, para sólo mencionar dos posibles extremos de esa Rosa de los vientos que es su novelística), parece querer recordarnos que, aunque muchos lo duden, el acto de escribir es, sobre todo, un acto cívico para enriquecernos como “seres pensantes”. Y eso es de agradecer en un momento en que la literatura se ha convertido en un espacio más de ese inmenso (y creciente) vacío espiritual que nos rodea.