

La vida de Teresa Wilms Montt ha cautivado a los lectores chilenos tanto como su obra. Si bien su nombre no está prendido en la memoria colectiva como el de Pablo Neruda o Gabriela Mistral, el interés por esta escritora chilena ha crecido en los últimos tiempos gracias, en gran parte, a la reciente película basada en su vida, una realización de la directora chilena, Tatiana Gaviola, también marginada mucho tiempo, como la protagonista de su film.
Teresa Wilms Montt nació en 1893 en Viña del Mar en el seno de una familia acomodada. Fue educada con esmero por institutrices, y muy joven, a la edad de diecisiete años y en contra de la voluntad de su familia, contrajo matrimonio con Gustavo Balmaceda Valdés, con quien tuvo a sus dos hijas Elisa y Silvia Luz. Sin embargo, la relación de Teresa y Gustavo se deterioró debido que él no soportaba los intereses literarios de ella, ni que participara en las actividades culturales y tertulias de la época, sumado esto al hecho de que el innegable talento de Teresa la convertía en una mujer sobresaliente en cualquier circunstancia y lugar.
Durante la crisis matrimonial, Gustavo se refugió en el alcohol y Teresa tuvo una relación con el primo de su marido, Vicente Balmaceda Zañartu, conocido también como “El Vicho”. Esta fue la gota que rebalsó la copa, y en 1915 Gustavo Balmaceda convocó a un tribunal familiar en el que acusó a Teresa de adúltera y libertina, y consiguió que fuese enclaustrada en el convento de la Preciosa Sangre. De esta forma la alejaba no sólo de la vida artística y literaria que deseaba emprender Teresa y de su amante Vicente, sino también de sus hijas.
En 1916 Teresa huyó a Buenos Aires, escapándose del convento con la ayuda de nada menos que Vicente Huidobro. Existen además rumores de que fueron amantes. Una vez en la capital argentina, Teresa pudo escribir libremente: publicó en la revista Nosotros y también, con mucho éxito en los círculos culturales de la gran ciudad, su primer libro: Inquietudes sentimentales. Ya en esta obra Teresa comienza a experimentar con visos de erotismo en sus versos, aludiendo siempre a la tan añorada libertad de la que ella se vio privada: «Detesto las prendas de vestir olvidadas sobre la cama; hay entre ellas y los muertos mucha analogía. Vi una vez, en un asilo, a una loca muerta; y era lo mismo que ver un trapo violáceo tirado dentro del ataúd».
La vida de Teresa nunca dejó de ser novelesca. Una vez en Buenos Aires cautivó al joven doctor y poeta Horacio Mejías, más conocido como Anuarí, quien inspiraría un libro homónimo de la poeta chilena. Anuarí amó como ninguno a Teresa, se atrevió a reconocerla como escritora en una sociedad que se negaba a darle credenciales, pero no soportó vivir con la certeza de que ella nunca sería suya y se suicidó, finalizando así trágicamente la relación.
Además de Buenos Aires, Teresa viajó a Nueva York, en donde intentó sin éxito ser enfermera voluntaria durante la Primera Guerra Mundial, y a Barcelona. Su vida intensa la llevó de peregrinaje también por Granada, Sevilla y Madrid, en donde conoció a otros connotados escritores de la época, entre ellos Ramón del Valle-Inclán, quien prologó sus tres libros publicados en España: En la inquietud del mármol, donde abordó con apasionamiento la muerte, Los tres cantos, donde exploró el erotismo y una suerte de mística poética y Anuarí.
Estos dos últimos, junto con Páginas de mi diario, Con las manos juntas y Del Diario de Sylvia, se reunirían póstumamente, en 1921, en el volumen Lo que no se ha dicho...
De su prosa poética destaca ese diario de Sylvia, subtitulado “Apuntes para una novela”.
En esta obra, Teresa pone mucho de sí misma en Sylvia, la protagonista, especialmente la necesidad de comunión con la naturaleza y la necesidad constante de escapar de los hombres (la humanidad). Se distancia y observa que los demás están perdidos en una suerte de caos, mientras ella se entrega a la reflexión. El tono de la obra no está exento de misticismo desde su mismo comienzo:
«En el altar de mi Templo hay tres retratos, muchas flores marchitas, unos zapatitos de niño y un libro cerrado.
En el altar de mi Templo hay una campana ronca que va señalando a mis pasos la eternidad; y un cofre de madera obscura donde encontró su lecho mi corazón.
En el altar de mi Templo hay tres nombres grabados, que son un suave milagro, que aflojan mis dedos apretados por la ira de un gesto de dádiva, que destierran de mi labio la maldición y hacen que una serena indulgencia consuele a 1os hombres en su miserable lucha por la vida.
En la cúspide de mi Templo están unidos en estrecho abrazo el Perdón y la Muerte».
En 1920, Teresa tuvo la oportunidad de reencontrarse en París con sus hijas, a quienes no veía desde que huyó de Chile. La partida de ellas, sin embargo, la sumió en una profunda depresión y enfermó gravemente. Murió a la edad de 28 años, debido a una sobredosis de Veronal, y dejando en las últimas páginas de su diario esta frase: «Morir, después de haber sentido todo y no ser nada...»
(Colombia, 1985). Periodista de oficio, fundadora del blog ArcoLibris y el sitio digital Club de Artes y Letras. En su trabajo periodístico ha entrevistado a decenas de los más importante escritores latinoamericanos de la actualidad. Actualmente vive entre Buenos Aires y Santiago de Chile. Es corresponsal de Otrolunes para América Latina.