


La forma en que cada poeta holguinero aborda el discurso es sui géneris. Elemento este medular en la obra de cada escritor. La autenticidad de la poesía holguinera es eso: madurez alcanzada en el oficio. Para cada poeta holguinero encontrar la voz es el resultado de traspasar las fronteras impuestas por el diálogo contemporáneo.
Reseñar un libro después de haber logrado una lectura emotiva, de esas que inquietan y te animan a escribir (porque la poesía que no inquieta o revuelve los ánimos nada aporta y como la palabra hablada perece), de las que uno agradece porque te toca dentro. Escribir justo estas cosas es siempre una tarea difícil y más si se trata de alguien con quien comparto una entrañable amistad; de esas que siempre serán más grandes que toda literatura como bien apuntaría el poeta José Alberto Velásquez. He leído El único hombre y sólo me queda agradecer al autor el rato y la posibilidad de rememorar recuerdos ocultos El cuaderno que en el 2004 obtuviera el cotizado premio Manuel Navarro Luna que convoca anualmente la UNEAC, el Centro Provincial del Libro y la Literatura (CPLL) de Granma, y el Centro de Promoción Literaria Manuel Navarro Luna, tiene un padre: el escritor holguinero Rafael Vilches Proenza. El único hombre es un cuaderno de esos que surgen del contacto cotidiano del hombre con su realidad, de casuales y especiales coincidencias de la vida, de la constancia y de los gustos e intereses de cada hombre común.
Los textos que lo conforman pueden ser unas veces sensibles y otras ásperos pero al final todos cumplen un engorroso superobjetivo: propiciar al lector poético un momento de paz y regodeo espiritual con aliento nutricio. Ese ha sido, entre otras justificaciones o pretextos, --si son los términos correctos que debemos utilizar, si no perdonarme la relación-el miedo--, su móvil para establecerse y lograr un lugar dentro de la poesía y la narrativa contemporáneas, oficios al que le ha dedicado parte importante de su vida y de su tiempo. Existe un elemento dentro de su lírica que siempre ha llamado mi atención como lector y suscitado sobremanera un alto en cada lectura realizada a su obra literaria, fundamentalmente a su poesía.
El poeta ha construido sus versos con dureza. Lo metálico no ha sido excusa para ceder. Los ha moldeado. Les ha dado la forma del metal que se subsume ante la fuerza del orfebre. El poeta como el orfebre fragua el metal ardiente para dar forma a una nueva imagen. Tiene madera y olfato para el arte, y tacto.
Aunque el libro no es de los superiores del autor si ocupa un lugar decisivo dentro de su ya reconocida obra literaria pues “[…] El único hombre constituye un libro de oficio que denota madures poética en versos cuya principal divisa es la limpieza y la fuerza confesional sostenida a la hora de abordar los temas dentro del cuaderno. Es importante destacar como el autor logra un conjunto de alto valor estético en el contenido y en el nivel de factura de cada verso.”
Realizar un alto, para abordar la obra del autor y los elementos simbólicos que matizan este cuaderno resulta, ante todo, nudo gordiano por varias razones. La más importante de todas es que el libro es simbólico dentro de una sociedad prejuiciada por los cuatros costados donde coexisten, arraigados a la soledad del sujeto, el miedo a la libertad absoluta como cuerpo de derechos del sujeto: de pensar, sentir, hablar, amar, etc.… de un lado y del otro, la profunda crisis de la existencia y los recursos psicológicos conque el individuo afronta su propia realidad, un diálogo afable para algunos –y a veces catártico para otros—.
Dentro de todos los poemas que construyen la estructura del cuaderno sobresale El único hombre, especie de meditación exasperada por la ausencia que deja toda partida. Distancia que deja un viaje sin retorno del padre en los momentos más sagrados del crecer. Crecer a solas, en la oscuridad, tras el llanto continuo y la nostalgia, sin poder siquiera abrigar nuevas esperanzas.
Y, ¿habré perdonado? Por un segundo habré acumulado mis siglos de nostalgia y la felicidad del padre será eterna:
… el día que cuentes mis años
irás almacenando dolor a dolor
las heridas los tropiezos
la muerte…
Todo el libro es una exaltación. Y el poeta muere tantas veces como le sea posible o permitido en la ciudad inhabitada, desprovistas de detalles, sin embargo, se ha impuesto su propio destino, sólo tiene voz para gruñir de miedo y garras para rasgar la soledad a la que ha sido sometido, no le faltan los ojos, los ha colocado allí donde los detalles se vuelven feroces y febriles y él termina engullendo a pedazos la vida y un día cualquiera, una noche cualquiera dará fin a su destino, dará “muerte a sus muertes” y morirá por fin en su letargo tantas veces como le sea concedido el honor de la partida…
El poeta no teme a perder lo que ha conquistado, lo que le ha costado tanto sudor y esfuerzo construir y lanzarse a la aventura: “[…] / Esta es la casa que dejo / donde ha de crecer mi ausencia…”, sin embargo piensa en la añoranza por la casa, la pérdida definitiva de la autoridad y los vacíos que quedarán tras su partida:
… mi nombre en alguna pared irá cayendo
sin mi consentimiento
sin la tierna esperanza de recuperar
lo que queda
toda partida implica muertes…
y muere el poeta en el frío invierno de la casa.
El único hombre es eso, un cuaderno que sostiene la realidad en sus palabras. Refleja de forma testimonial la profunda soledad en que el autor ha vivido tras la partida de su padre. Un cuaderno a través del cual el poeta nos transfiere la certeza de su “inocencia y su grandeza”. No son mera ficción sus poemas, por el contrario, poseen la gracia del parto, la gracia de resistir aún cuando el texto pudo haber tenido sus términos fatales.
El único hombre es un nuevo hijo concebido en noches de profunda nostalgia. A fin de cuentas esos son los libros, nuevos hijos, capítulos cerrados de nuestras vidas, pero son especiales: se gestan, se es responsable por su crecimiento realizado con el más sencillo cuidado, se alimentan hasta que por fin ven la luz.
El autor reflexiona y lo hace tozudamente sobre las cosas más sagradas de la vida que les pertenecen, son parte indisoluble de él. No se trata de un libro cualquiera, es una especie de cuaderno de bitácora donde el poeta ha enunciado lo (in)trascendente de cada día, cada instante suyo en la tierra y en esta ciudad donde se peca de ser poeta, por conversar animadamente con la realidad, con el recuerdo nacido entre sus calles, con cada pedazo de historia e histeria, la historia gestada per se, iniciada tras el contacto (suyo) con los ritmos de la nueva ciudad.
El único hombre no es de esos libros que serán condenados a permanecer enhiestos en estantes de viejas y nuevas librerías, sin ser reparado por la mirada curiosa de algún lector ansioso de degustar buena poesía. Al contrario, este es un volumen donde a la realidad le crecen alas y la imaginación pierde sentido ante las vicisitudes del laboreo diario. Es una representación exacta de momentos, pequeños momentos trascendentales en la vida del hombre común. Un libro en el que el lector se verá reflejado, identificado de la forma más sencilla, con fidelidad y mesura.
Decimista, investigador y profesor de Filosofía. Trabaja en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Holguín. Aspirante a Doctor en Ciencias Filosóficas. Doctorante en Pensamiento Latinoamericano. Se ha desarrollado como promotor y presentador literario. Miembro del Taller Literario “Lalita Curbelo” del Centro Cultural de igual nombre y de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Tiene inéditos El único entre todas las criaturas (Décima), Cuaderno del niño y el poeta (Poesía para niños) y Otras tinieblas de la incertidumbre (Poesía). Ha publicado sus textos en revistas de Cuba y México. Ha sido incluido en Antología de la décima tanática cubana. Tomo II (FAH, México, 2007) y en la multimedia Antología Viva de poetas holguineros e invitados (Holguín, 2008). Lleva adelante un proyecto de investigación sobre cultura e historia regionales.