

Imaginen esto: Estamos a finales del siglo XX. En los Estados Unidos, un presidente ha tomado mezquinamente el poder. Elimina la oposición, colocando a su gente en los puestos de las agencias gubernamentales. Los ciudadanos, víctimas de la propaganda oficial, viven en terror de los enemigos imaginarios creados por la nación. Para sobrevivir en este mundo, hay que ser parte de ellos, los ganadores. El país está tomado por una ideología maléfica que nadie denuncia y muy pocos resisten. ¿Estados Unidos bajo George W. Bush? No, la novela de ciencia ficción Radio Free Albemuth del escritor Philip K. Dick. Imaginen que el velo de Maya es absoluto. La realidad no es lo que parece. Todos estamos dormidos creyendo que estamos despiertos, participando en la creación del mundo que nos destruye. ¿La película The Matrix? No, la novela Valis de Philip K. Dick. Imaginen un mundo donde no existimos a menos que no tengamos un carnet de identidad oficial, un mundo donde el drogadicto perseguido es también el policía que lo persigue, víctima de las drogas que lo han dividido en dos, o un mundo de tal violencia y destrucción que una máquina puede ser más humana que nosotros. Éste es el mundo alucinadamente real de uno de los escritores más intrigantes de la literatura del siglo XX.
Philip K. Dick (1928-1982) empieza a escribir a principios de los años 50, publicando en las revistas “pulp” de ciencia ficción que proliferan en los quioscos de periódicos y revistas. (El género será absorbido por las editoriales populares de los “paperback” durante los 50 y 60). Escritor prolífico, publica más de 200 cuentos y más de 40 novelas, y todavía hay textos de él sin publicar, por ejemplo las 8,000 páginas de un texto titulado “Exégesis”, que estuvo escribiendo hasta el día de su muerte. No todo lo que publica es ciencia ficción tampoco: por muchos años, desea ser reconocido como un escritor “mainstream” (en el mundo literario, la ciencia ficción era/es un “subgénero”) pero la mayoría de lo que le publican es su ciencia ficción, o lo que puede considerarse ciencia ficción. Es ahí donde su genialidad reluce pero, aunque es leído por los lectores de este género y reconocido de vez en cuando por la crítica oficial, no es sino hasta después de su muerte que empieza a ser valorado. Aún hoy, en los Estados Unidos, no se le ha dado el lugar que merece.
Dick habita el umbral de los adelantados: con los pies firmemente plantados en su país y su época (los 50 y la contracultura de los 60), llama la atención a lo que nacerá de ellos y por eso muchas de sus obras fueron recibidas con perplejidad, aún por los amantes del género. Irreverente y desorganizado, a veces su prosa es torpe, y es cierto que no todo lo que escribe es “de calidad”. Pero esa misma irreverencia lo hace ignorar las normas estéticas y literarias y otorgarle al género unas dimensiones únicas. Por un lado, por más de 30 años, vive (precariamente) de lo que escribe, a veces un cuento por semana, dos novelas por mes (esto también explica las diferencias en calidad); por otro lado, no es sino hasta después de su muerte que empieza a ser realmente entendido. ¿Es de extrañar que haya once películas en los últimos años basadas en sus cuentos o novelas, siete de ellas desde el 2000, y otra próxima a salir, dicen que en el 2010, basada en Radio Free Albemuth? Y éstas son las que le reconocen directamente. Hay muchas otras películas, desde Eternal Sunshine of the Spotless Mind hasta Truman Show y Vanilla Sky, que recuerdan los universos escritos de Dick. No importa si leyeron a Dick o no, lo interesante es que esas realidades de “ciencia ficción” fueron exploradas febrilmente por él durante tres décadas.
Su primer reconocimiento oficial fue en el 1962, cuando su novela The Man in the High Castle se ganó el Hugo Award (máximo premio de ciencia ficción). Con esta novela, Dick había pensado que se cruzaría al mundo de la literatura “seria”, pero la crítica oficial, que la trató como un “thriller” político, no le prestó mucha atención. Fueron los lectores de ciencia ficción quienes le reconocieron su genialidad. Aquí, Dick narra un mundo donde Alemania y Japón han ganado la guerra y se han dividido a los EE.UU. La trama se escribe con ayuda del I Ching y hay una novela dentro de la novela, la narración de un mundo alterno que denuncia la demencia de los que están en el poder. Como señala su biográfo Lawrence Sutin, después de este premio, Dick parece reconciliarse con su título de escritor de ciencia ficción y continúa su producción impresionante: escribe once novelas en el 1963-64. Dice Dick: “Quiero escribir sobre las personas que amo, poniéndolas en un mundo de ficción creado por mi propia mente, no en el mundo que tenemos porque el mundo que tenemos no cumple con mis expectativas. Bueno, debería revisar mis expectativas, estoy fuera de compás. Debería ceder ante la realidad. Nunca he cedido ante la realidad. De eso se trata la ciencia ficción… Si quieren sucumbir a la realidad lean los best-sellers del establecimiento literario…”
Aquellos que lo aprecian como escritor (no sólo lectores de ciencia ficción) lo han comparado con Calvino y Borges. Versión estadounidense, por supuesto. Producto de los años 50, cabalgando el mundo de los 60, específicamente el de California. Su vida, escrita en su obra (porque no podemos separarar su vida de su obra y esta es una de las características más fascinantes de Dick) fue agitada, controvertida, polémica, fragmentaria, con momentos de tal locura que ingresó en instituciones. Consumía drogas (speed, anfetaminas, barbitúricos) en cantidades exorbitantes; paranoico, agorafóbico, a ratos suicida; obsesivo-compulsivo; escribía a diario (en la misma vieja máquina manual) mundos alucinantes, siempre tratando de responder a dos preguntas básicas: ¿Qué es lo real? ¿Qué es lo humano? Esta reflexión lo llevó a una postura política trascendental, no localizada en protestas determinadas (aunque estuvo en contra de la guerra de Vietnam, odiaba a Nixon, y pensó, en diferentes momentos de su vida, que la CIA, la FBI, la KGB y los Nazi lo andaban persiguiendo), y son estas preguntas las que lo llevan al ámbito de lo esotérico/religioso/trascendental, a la escritura de mundos de ideas, y a dirigirse a cierto tipo de lector con el cual se identifica y para quien escribe. Lean esta cita de Dick: “Soy un filósofo de ficciones, no un novelista; mi habilidad de escribir cuentos y novelas es el medio (que uso) para formular mis percepciones. El núcleo de mi escritura no es el arte, es la verdad. Lo que digo es la verdad, y no puedo hacer nada para aliviarla, ni por explicación ni por acto. Sin embargo, esto parece ayudar a cierto tipo de persona sensible y angustiada... Creo entender el ingrediente común en aquellos que se benefician de mi escritura: no pueden ni quieren negar sus propias intuiciones sobre la naturaleza irreal e irracional del mundo… y para ellos, mi obra es un largo y metódico razonamiento sobre esta inexplicable realidad; es una integración, presentación, análisis y respuesta e historia personal.”
Definitivamente, es una historia personal. En febrero y marzo del año 1974, Dick tuvo una experiencia (se referirá a ella como 2-3-74) que describió como “una invasión de mi mente por una mente trascendentalmente racional”. Durante esos dos meses padece una serie de visiones y alucinaciones oculares y auditivas que lo llevan a afirmar, entre otras cosas, que ha conocido a su ser alterno, quien vive en la época temprana cristiana (siglo I) y que él explica como una experiencia de “memoria genética”. El contacto con esta mente trascendental le muestra, de una vez por todas, la falsedad del mundo. Describe en detalle el rayo de luz rosado que le transmite información directamente a su cerebro. (Uno de los mensajes que recibió fue que su pequeño hijo había nacido con un defecto congénito que lo mataría si no lo operaban. Dick insistió con los médicos que le hicieran los exámenes y, efectivamente, descubrieron la condición y le salvaron la vida).
Las preocupaciones epistemológicas que motivan la obra de Dick cobran un nuevo propósito: el resto de su vida escribirá novelas que se basan en esta experiencia, buscando explicarla, entenderla, repetirla y hasta cuestionarla. Aparece como personaje en sus novelas, a veces dividido en dos: uno es el Dick escritor racional, el otro (también Dick) es el demente visionario. El grupo considerado de entre sus mejores novelas se relacionan a esta experiencia: Divine Invasion, VALIS, Radio Free Albemuth, The Transmigration of Timothy Archer. Cabe señalar que Radio y VALIS, publicadas póstumamente, fueron escritas en el 1976 y en el 1978, respectivamente. Empieza a escribir las miles de páginas que constituyen su “Exégesis”, todavía inédito, aunque aparecen fragmentos en VALIS. Siempre había sido un lector voraz (de literatura, ciencias, filosofía, religión). Sus libros, de gran inter-textualidad, escriben ideas gnósticas, judías, cristianas, cabalistas, zoroastras. Ahora, todo se liga a su propósito de explicar/entender esta serie de experiencias. Su escritura constituye una búsqueda y/o cuestionamiento de lo divino (Dios) mientras se pasea por la cultura pop norteamericana, siempre irreverente, demencial, perturbador. Le siguen otras visiones y continúa escribiendo compulsivamente. Escribe en un diario, poco antes de su muerte: “Busco las señales de un ser invisible y de gran tamaño, cuya silueta es tenue pero, para mí, real…..Lo vi una vez; y lo veré otra vez. Si sigo buscando.”
Philip K. Dick muere a los 53 años, antes de que se estrenara la primera película que se hará de uno de sus libros, Blade Runner (1982), basada en Do Androids Dream of Electric Sheep? Es un libro sobre la empatía, uno de los muchos textos donde explora lo que es ser un humano. Dick vive y muere convencido de la falsedad esencial del mundo y de la red de conspiraciones que lo han creado. Su gran acierto es crear literatura de ciencia ficción sobre personas ordinarias sumergidas en un mundo ordinariamente irreal. Si Dick cree en las conspiraciones, es en lo que podríamos llamar la conspiración de lo ordinario; es decir, tomamos lo que se nos presenta como realidad y nosotros mismos la perpetuamos. Si la realidad cambia, cambiamos con ella. Creemos en lo que dicen nuestras pantallas y nuestros cuestionamientos también se encuentran en las pantallas. La fama de la obra de Dick aumenta cada día porque su relevancia aumenta cada día. No fue un escritor profético; más bien fue un visionario. Mirando a su alrededor, definió su mundo y vio el futuro, nuestro ahora. De ahí que nos encontremos re-visitando su obra. Termino con una cita de Dick: “En mi escritura yo pregunto ¿qué es real? Porque estamos continuamente bombardeados por seudo-realidades manufacturadas por personas muy sofisticadas usando mecanismos electrónicos muy sofisticados. No desconfío de sus motivos: desconfío de su poder. Tienen mucho poder. Y es un poder extraordinario: el de crear universos completos, universos de la mente. Sé de lo que hablo. Yo hago lo mismo…creo universos….novela tras novela. Les voy a revelar un secreto: me gusta construir universos que se desmoronan… ver como los personajes sobrellevan este problema. Le tengo un secreto amor al caos. Debería haber más. No crean – y hablo muy en serio – no asuman que el orden y la estabilidad son siempre buenos, en una sociedad o en el universo. Lo viejo, lo fosilizado siempre debe ceder a la vida nueva y al nacimiento de cosas nuevas.”
Nació en Puerto Rico y vive en Nueva Orleáns, Estados Unidos, donde es profesora de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Loyola New Orleans. Además de un libro de crítica sobre Julio Cortázar, ha publicado los siguientes libros de ficción: la novela La edad del arrepentimiento (Ediciones Nuevo Espacio, New Jersey 2003); los poemarios Cartas de suicidas y otros poemas (Mexico 1990), Ecos arañados (Torremozas, Madrid 1996) y Poemas de amor y de alquimia (ENE, New Jersey 2002) y las colecciones de cuentos Cuando los heraldos piden tregua (Pliegos, Madrid 1996) y La última noche (Torremozas, Madrid 2005). Otra colección de relatos, Entre la magia y el conjuro, va a publicarse este año en Costa Rica.