


Este sólido poemario del sueco Kjell Espmark nos llega de mano de la traducción de Francisco J. Uriz, uno de nuestros mayores y más activos expertos en poesía nórdica (sigue siendo una absoluta referencia su monumental, precisamente, Poesía nórdica).
En el pequeño prólogo que abre Vía Láctea, Espmark nos señala que quiere atender las epifanías individuales, a esos momentos “donde toda la experiencia y todos los valores se condensan en un repentino conocimiento”. Las explica como “a veces entusíasticamente luminosas, a menudo amargamente apagadas pero siempre con un brillo de clarividencia humana”. De ahí su imagen de la Vía Láctea, compuesta por ellas, que es el objeto de la obra. De ahí, igualmente, que emplee términos y adjetivos relacionados con la luz para mencionar esos momentos.
También hace referencia a la Antología griega, que es el punto de inspiración. Al igual que en aquélla, los poemas ponen voz a los difuntos (recordemos que recogía inscripciones funerarias donde hablaban los muertos). Así, cada poema trata de una persona y también encierra una historia particular. Los personajes hablan incluso como vasijas, huesos, papiros; piezas de museo. De esta manera alude a la pervivencia de la memoria. Pero hablan como personas, y nos obligan a empatizar con ellos, con su óptica que observan la vida desde su condición.
En ese sentido, el poeta da gran importancia a la perspectiva para relativizar el mundo: “Se dice que la muerte te borra. / Pero fue el mundo el que desapareció / dejándome solo”. Él lo pone en práctica, no sólo lo enuncia. Quizá el mejor ejemplo de ello lo hallemos en el poema donde una estatua de la Virgen desciende de su pedestal y besa a un juglar. Frente a la estupefacción del hombre, “ante lo que vio como un milagro”, ella afirma, pues se sitúa en la voz del yo poético: “pero quien experimentó el milagro, / el milagro del ser humano, fui yo”.
Suele prestar atención a instantes concretos, que son los que dan sentido a los poemas, a los que se dirige su desarrollo. Son instantes de revelación, no sólo de plenitud (“El Reino está aquí a nuestro alrededor / (...) sujeto firmamente este instante / con manos de viento y obstinación”). Una vida sin ellos quedaría vacía. Es más, incluso podría reducirse a ellos: “De mi vida sólo recuerdo un instante (...) / un resplandor rodea ese instante”.
Cada poema es una historia. La mayoría de los poemas comienzan como si de un relato se tratasen, ubicándolos y situándonos en su contexto. Veamos algunos ejemplos: “Mientras los soldados de Tilly arrasaban las calles”, “Era el mes de la peste en Atenas”, “Yo, un sencillo comerciante egipcio”, “Antes de abandonar Cartago en nuestras naves”, “Cuando se produjo el derrumbe” o “El día que nos vimos obligados a dejar Granada”.
Como se puede observar en estas citas, sitúa como escenario tiempos históricos (Egipto, Mesopotamia, Roma, Grecia, Arabia...). El desplazamiento logra transmitir la idea de esos momentos epifánicos han ocurrido en todo tiempo y lugar, que todo ser humano, sin importar condición, puede encontrarlos.
En el recuerdo y en las historias de esos personajes muertos se hace también patente con fuerza una denuncia del terror, de la barbarie de los imperios, de las guerras; de la imposición. No en vano, afirma que “la historia son puños”. Normalmente lo hace desde la óptica de las víctimas, pero también lo hace desde los agresores y torturadores. Se trata de un elemento constante, casi tanto como las epifanías, que demuestra la universalidad de la agresividad y la crueldad humana, por encima de fronteras y épocas. Entonces cobra fuerza la pervivencia de la humanidad a través del amor y del cariño.
Por otra parte, me gustaría aludir a una hermosísima concepción del lenguaje que expresa el escritor:
“¿No conocía pues nada más fuerte que la muerte? / Le contesté: Sólo la palabra, hijo mío. / Entonces se quedó conmigo, a cinco pasos de distancia. / Quería hacerse cargo de mi memoria, / palabra por palabra, año tras año, / para vencer un día a la muerte.”
Igualmente, nos ofrece algunas imágenes de gran lirismo: “el rocío mantenía sujetas las estrellas”, “incluso restregamos el cielo con sal hasta dejarlo blanco / para no dejar siquiera una pizca de firmamento” o “los árboles del bosque entrelazaron su crecimiento / para impedirme los pasos”.
En resumen, Vía Láctea se presenta como un poemario de gran homogeneidad, con una serie de temas y tratamientos constantes muy claros. Espmark ofrece un planteamiento ambicioso, universal y lo suficientemente abierto, amplio y sugerente como para no agotarse en lecturas particulares de cada poema.