OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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De la luz y sus contrastes. El aura de la soledad

 

Rosa Marina González-Quevedo y Manuel Gayol Mecías

Página 1

No es del todo usual introducir un escrito filosófico pidiendo disculpa a los lectores; sin embargo, en esta oportunidad el lector deberá excusar mi falta de rigor formal por violar, en cierto modo, algunas de las “reglas” que supuestamente caracterizan el discurso filosófico. Y es que en la presente exposición me he propuesto, entre otras cosas, romper el tabú de esa retórica, la cual (a veces vacía) encontramos en no pocos ensayos de filosofía, tan fuertemente enraizada que en ocasiones llegamos a pensar que el lenguaje filosófico (determinado por categorías y problemáticas específicas) sea una montaña de ladrillos, cada uno colocado en un punto fijo. Por supuesto, mover uno de estos ladrillos para insertar otro cuerpo traería como consecuencia el derrumbe de toda la montaña. Es así que a veces cometemos el error (por temor a errar) de dejar fuera del debate filosófico ciertos argumentos, creyéndolos tal vez adecuados a otras ramas del saber; la poesía, por ejemplo.

Y bien, ya que de metáfora y de poesía nos ocuparemos en estas páginas, hemos decidido mezclar, indistintamente, esa cierta licencia poética de la que a veces nos valemos para escribir literatura con el análisis de corte metafísico. De esta forma, en algunos momentos del presente discurso escribirá el alma del poeta (aquello que ha sentido en su viaje al mundo de las imágenes); en otros, tornaremos al análisis filosófico de las cuestiones propuestas como hilo teórico.

A mi entender, ciertos argumentos (esos que quedan ubicados entre el saber filosófico y otras aristas del saber) pueden ser objeto de lenguajes diversos sin que ello nos conduzca a variar la esencia del contenido teórico. No obstante, en determinadas ocasiones ha sido difícil comprender por parte de la propia filosofía su gran licencia especulativa; es decir, sus posibilidades de abrirse en plena libertad sin la predisposición de una categorización que funcione como modelo de pensamiento.

El “amor a la sabiduría” es casi un juramento, ese que hacemos aquellos que un buen día decidimos encausar nuestras vidas en el escabroso (y casi siempre mal pagado) sendero del filosofar. Sin embargo, juramos fidelidad a un amor que a veces no comprendemos del todo. Y aún sin comprender muy bien la naturaleza de ese amor nos entregamos a los estereotipos de las clasificaciones: epistemología, politología, ética, metafísica; en fin, todo aquello que pueda definirse como “filosofía” en una muy bien estructurada clasificación de esta “materia”; clasificación no menos positiva que aquella propuesta por Comte para las ciencias. Y de nuevo nos alejamos de la especulación como “licencia poética del filosofar”, asumiendo esa actitud evasiva que trae como consecuencia la predisposición al expresarnos, el establecimiento de un lenguaje estereotipado, el cual no deba ir más allá del rigor conceptual (de esas categorías filosóficas) que generaciones de filósofos, representantes de unas o de otras escuelas y corrientes de pensamiento, han ya anticipado como léxico permanente.

Por supuesto, no siempre comprendemos del todo la necesidad del pensamiento especulativo. Hoy que ante nuestros impasibles ojos se rompe el equilibrio de la paz y que prácticamente estamos a un paso de crear el nuevo monstruo de Frankenstein (dada la posibilidad de clonar el ser humano), ¿viene al caso un retorno al viejo modo de especular de los padres de la filosofía? ¿Será que debamos volver a la Sustancia por haber perdido las coordenadas del equilibrio elemental? Porque la filosofía no debe ser un divagar separado del contexto histórico en el que vivimos, eso es justo. No obstante, justo es también reflexionar en torno al intangible, esa fuerza que nos hace trascender del reino animal y nos inmortaliza: nuestros poderes de crear y de creer, ambos en unidad sustancial conformando el alma.

Hablaremos, pues, del alma. De un alma particular: el alma del poeta. Y para referirnos al alma del poeta lo haremos utilizando el lenguaje poético, siguiendo el curso fluido de la metáfora, tratando de entenderla y de explicarla desde su interior (rol que ha realizado ya tantas veces la filosofía) atravesando una vez más el corredor eidético; pero en esta oportunidad, un corredor horizontal, no escatológico: el paso de la Historia al mundo de las imágenes y viceversa. En este caso, recordando la función de la metáfora como figura semántica (la de establecer una identidad entre dos términos y emplear uno con el significado del otro, basándose en una comparación no manifiesta de aquellas realidades —mundos sustanciales— que dichos términos representan) sin dejar a un lado y sobre todo enfatizando en la función metafísica de la misma. De ahí que el presente artículo deba, casi por obligación, tomar el camino de un nuevo lenguaje, mitad filosófico, mitad poético.

Acompañemos pues el alma del poeta en su viaje al mundo de las estatuas de sal (o de hielo). Hay una puerta abierta para el tránsito: lametáfora. Pero atravesemos este túnel con cuidado, tratando de no perder el camino del retorno. Si acaso podemos retornar. O si retornar vale la pena.

 

Quedarse solo. Transparencia. Danza de imágenes

Más allá del estrecho espacio de la conversión soliloquial en blanco y negro un día amanece el hallazgo de Orfeo en el continuo retornar de la música. Traspasando el umbral de Perséfone; acalambrados piernas y brazos ve la luz. Se agolpan en la vacuidad del silencio las imágenes, otrora distantes, en el nicho de piedra donde todo se genera.

No es el alma del cuerpo ésta que transita. Es el alma de la luz y de la noche, el alma en blanco y negro. No es, ni siquiera, el pensamiento que viene a agitar el manzano de la transparencia, allá, en las raíces del tiempo. Es un continuo precipitar de aquello que duerme en territorio helado acotado por el perro tricefálico. Y un continuo vomitar de ecos ejecuta la voz primera. De ecos, un continuo ir y venir, atravesando el corredor...

Orfeo penetra el crepúsculo de la helada estepa, pero Eurídice no le aguarda. Otras estatuas de sal, o de hielo, o de transparencia ocupan el lugar de la amada. Tañe la lira, suena la marcha triunfal en el antiguo salón de los espejos. Y la resonancia de arpegios, casi mágicos, pero así reales, es la nueva generación pandivina. Al final del corredor Eurídice duerme. Está sola, como también solo está el guerrero de la lira. Y aún en sueños arde en el deseo de cruzar el umbral, otra vez. Como si fuera fácil o posible. Y sueña. Y el poeta siente que alguien dice: ¿A qué has venido?

 

El viaje del poeta visto por el filósofo

El poeta es un ser solitario que aguarda la resurrección de un momento a otro. Ara la corteza del papiro con el filo de sus uñas y después se lanza a la hoguera, para morir como un mártir. No sabe qué espera realmente, pero sabe que algo espera. Y por eso está solo, pues los hombres de la tierra lo han abandonado. Esperar sin saber qué. Mas, a pesar de todo, el poeta aguarda y posa para la eternidad. Vacuo. Transparente. Ha dejado atrás la dura labor de entretejer ideas para viajar hacia la muerte, una muerte particular: la muerte literaria. Porque sabe que ninguno vitoreará con consignas proclamando su nombre en el ágora. La tribuna es la ciudad de los hombres en la tierra. La plaza del poeta está en el reino helado de Perséfone. Y él, nuestro héroe, se alejará así, lentamente... Dejará a sus espaldas la muchedumbre y solo, como siempre, restará en medio de la transparencia. Rodeado de imágenes que danzan; imágenes de sal, o de hielo, pues la definición sustancial de la materia no existe en este reino. La luz destella en su piel, ciega su mirada. Y las imágenes danzan, cosquillean el mentón del poeta, que aún es tangible. Él prosigue, atravesando ahora el salón de los espejos, donde descubre a Alicia (que corre tras el conejo), a Narciso, o a la reina-hechicera que pregunta: Dime espejo mágico, ¿quién es en el mundo la más bella entre las bellas?... Y descubre a tantos otros de sus fábulas. Percibe entonces que no existen pasado, presente y posibilidad. Sabe que está solo, aunque no del todo. Ahora las imágenes que danzan y los seres que se miran al espejo lo saludan. Y él, pincel en mano, escribe la historia. Dibuja lo intangible, lo copia, lo inmortaliza.

¿Dónde ha quedado el alma del poeta? ¿De qué parte de la realidad sustancial? ¿Ha quedado del lado de la Historia o del otro lado, en el mundo imago?

El pintor de imágenes ha atrapado la danza de la transparencia en la punta de su pincel. Ha pintado colores indecibles: blanco y negro, luz y sombra. Pero pocos minutos le quedan para retornar. Por eso no puede dibujar todas las imágenes (que son infinitas). El tiempo es breve, aún en el reino de Perséfone. Y de nuevo atraviesa el salón de los espejos; otra vez cruza la antesala de estatuas de sal (o de hielo) y de imágenes que danzan. Y ve la puerta abierta, la misma que le permitió entrar en la otra dimensión. Sin embargo, no regresa solo. Ahora lo acompañan vívidas imágenes, todas ellas también resucitadas; entes que regresan al mundo de la Historia. O que en vez de regresar, nacen.

Años más tarde, algunos entendidos en asuntos de lauros y academias opinan: Ese que está ahí es un hombre de talento. No son más que neófitos. Quizá muchos de estos homínidos de ideas no sepan siquiera que exista el tránsito. Sus mentes han quedado en el rincón de la razón, colmadas de teoremas y algoritmos. Y son del todo incapaces de adivinar que allí, donde yace un hombre con la pluma en mano, existe en realidad la sombra de quien pudo viajar al mundo del silencio y regresar sin ser descubierto.

El tránsito anterior es la descripción metafórica del viaje que realiza el poeta, cruzando imaginariamente el camino de la Historia al mundo de las imágenes. Este viaje puede ser representado mediante dos conos opuestos, donde el punto de bifurcación es la metáfora (la cual hemos definido como"el ojo de la aguja" en el ensayo Teilhard y Lezama: teología poética1). Por supuesto, atravesar “el ojo de la aguja”pasando de la Historia a esa especial dimensión que es la imaginación requiere, ante todo, de un estado especial del alma.

Realmente las imágenes (simbolizadas en las estatuas de sal o de hielo) en el mundo de Perséfone pueden ser aprehendidas diversamente; por ejemplo, en el sueño. El transcurso de la vigilia al sueño ha sido considerado por muchos filósofos como una inmersión en otro espacio, dimensionalmente diferente al espacio-temporalidad histórica. Descubrir las coordenadas físicas de esta nueva dimensionalidad, ordenar los hilos que forman la urdimbre y la trama de una malla sutil, esa que se extiende entre la vigilia y el sueño, ha sido objeto del psicoanálisis y de la parapsicología.

Por otra parte, la fe religiosa puede ser otro punto de partida en el análisis de eso que entendemos como viaje entre mundo histórico e imaginación. Acercarnos mediante la fe a la imagen divina, aún sabiendo que la certeza de encontrarla no nos atañe como seres históricos, nos puede también servir de ejemplo para ilustrar la existencia de un tránsito, si no del todo cierto, tampoco del todo irreal. Sin embargo, ni el tránsito de la vigilia al sueño (donde descubrimos las imágenes en el subconsciente), ni el tránsito de la certeza a la fe (camino que nos conduce a descubrir la imagen del Señor dentro de nosotros mismos); ninguno de estos viajes se caracteriza por algo que sí condiciona el viaje del alma del poeta: la sensación metafórica del imaginario.

El viaje del alma del poeta bien pudiera ser definido como un doble proceso, de desprendimiento emocional y de inmersión en otra sustancialidad: el mundo imago, no siendo éste diverso del mundo espacio-temporal histórico. Ambas sustancialidades son opuestas a través de un vértice común; son dos conos invertidos, y son, por tanto, idénticos.

Por otra parte (y ya que estamos apelando al derecho filosófico de especular), la percepción del mundo imago por parte del poeta presupone de una renuncia previa a la actualidad histórica, para luego reincorporarse a dicha actualidad, como “si nada hubiera sucedido”. No obstante, sabemos que algo ha cambiado, pues el poeta ha traído al mundo de la actualidad histórica esas imágenes ocultas, inaprehensibles por el ojo que ve y el oído que escucha. El poeta, sin moverse físicamente, ha viajado a través de la metáfora; ha creado una nueva historia: la imaginada.

En resumen, este viaje de la Historia al mundo imago a través de la metáfora supone los siguientes momentos:

la renuncia previa a la dimensión espacio-temporal histórica;

traspasar el umbral del silencio y la soledad: quedarse solo;

encontrar las imágenes (petrificadas o congeladas) en el mundo imago, reconocerlas;

calcar las imágenes, "pintarlas", tal y como hace el artista plástico;

regresar con las imágenes dibujadas o calcadas, pues las entidades intangibles no pueden venir al mundo histórico sin perder su esencialidad. Por ello, deben venir como "copias". Es ésta la imitación material del intangible. La metáfora es el recurso para dicha imitación en la obra del poeta.

Debemos aclarar que estamos colocando, eventualmente, en igual categoría al poeta y al escritor de fábulas, considerando que ambos (en mayor o en menor medida) "copian" o materializan las imágenes. En la poesía (aún en aquella coloquial) el rejuego metafórico se integra a la estructura medular de la composición poética. En la fábula (que a pesar de ser una composición literaria de género narrativo viene escrita casi siempre en verso) se crean personajes no humanos que simbolizan actitudes humanas (la ética o la enseñanza moral como finalidad). Ahora bien, tanto en la poesía (en verso o en prosa) como en la fábula, el escritor realiza una fabulación, un juego de imágenes. Y la metáfora, colocada semánticamente al centro de la poesía, puede devenir hábitat o medio de supervivencia de los personajes en la fábula, en tanto un león no podrá jamás soñar, ni un pájaro dibujar ciclos en el aire.

En todo caso, el poeta “descubre” los entes intangibles en un mundo todo suyo, irrepetible: el mundo de la soledad poética. Y para “descubrir” las imágenes siempre habrá de morir un poco, morir sin ser descubierto: es ésta  la muerte literaria del poeta, el cual muere al quedarse solo y olvidado en el instante del transcurso metafórico. Puede ser que un día conquiste la gloria, esa que llaman “fama de los grandes”. O puede que quede impreso en esa categoría de “grande sin fama”. Puede también que su nombre aparezca en antologías (casi siempre póstumas). Pero las estatuas de sal (o de hielo) perdurarán en la verdadera eternidad: su obra. Y es ésta, indiscutiblemente, la mejor manera de morir.

 

Un camino a mitad de mi hombro: el retorno a la Historia

Soliloquio. Hablamos cuando nadie nos escucha y nos responde el tiempo. Y no somos sólo la palabra que expulsamos, esa suma de valores abyectos, incoloros. Porque aquí, en la tierra, los valores sirven a bien poco. Son como el viento. Y hablar con el viento es terrible.

Cuentan los primates que la Historia inició con la eterna caída, cuando el fruto prohibido abrió en dos partes la cabeza de un simio. Y cuentan  también que fue el fruto prohibido, en su eterna caída, lo que hizo desplazarse el agua en la bañera de Arquímedes. De esta forma, la conmoción del mono y el grito de “¡Eureka!” han quedado en la Historia. Es, al menos, lo que cuentan los primates y repito yo, el poeta, para quien la cronología es sólo un juego de palabras. Pero cruzar el espejo, entrar en lo intangible penetrando el ojo de la aguja... ¡Oh!, allí (¿aquí?) del otro lado estamos. ¿Quiénes somos? Tengo yo la clave. Puedo decirlo. ¡Dejadlo al poeta!

 

La soledad del poeta según el filósofo

Es el desasimiento la divisa de toda proyección espiritual. Y para el poeta, el desasimiento es el acto de penetración en el mundo de las imágenes a través de la metáfora.

Hay hilos que median entre la vida y la muerte, asimismo hay hilos que median entre la Historia y el mundo de las imágenes. El desasimiento de la Historia requiere atravesar un umbral, asiéndonos a hilos finos, transparentes. Y en el viaje de la Historia al reino de Perséfone el poeta teme. Teme ante la posibilidad de que los hilos se rompan. Teme ante la posibilidad de perder el camino del retorno y quedar allí, como estatua entre las imágenes; como Gorgona, petrificado en la eternidad. Es éste (su temor) el delirio del poeta. Entonces decide empuñar el arma del lenguaje y crear su obra. Dar vida a su viaje, corporeizarlo en un enjambre de metáforas y sueños. De ahí que su viaje no pueda ser violento, pues basta un movimiento brusco, basta un golpe para quebrar en mil pedazos el espejo. Y “traspasar el espejo” es realizar un viaje espiritual, pues es el alma quien viaja y se aleja del cuerpo, aún en vida de éste. Una muerte particular, un abandono único en su género: la muerte literaria. Puede que ésta sea un híbrido, mezcla del alma con corpúsculos elementales.

Tal vez todo esto se entienda como un acto de nihilismo o un estado de alucinación y no como el discurso de un filósofo, el cual, desde su ventana, os invita a contemplar al poeta. En cualquier caso, desde este rincón del universo siempre podremos ver todo lo que se nos ocurra. Y sentir al poeta es una buena razón para la filosofía. Bien pudiera ser el punto inicial. Eso aún está por verse.

 

 

Epístola virtual a Rosa Marina González-Quevedo
Un viaje espontáneo a “De la luz y sus contrastes. El aura de la soledad”

 

Manuel Gayol Mecías

 

Mi muy cercana Rosa Marina, sé que mis palabras van a sorprenderte, puesto que ellas no dan lugar a una carta común, sino que intentan convertirse en un amasijo de ideas reconstructivas, inspiradas por tu trabajo, desde mi proyección del hecho estético, y que también llevan el afecto que siempre te he reiterado en todo momento. Más bien, esto es un intercambio de ideas, para discernir, para inspirar.

Hoy, felizmente para mí, puedo unir el placer del cariño con lo intelectual. Es decir, quiero expresarte no sólo mi sentir y admiración de amigo, sino además mi sincera interpretación sobre tu artículo crítico.

Realmente tu trabajo me ha interesado, puesto que nos acercamos en criterios; entre muchas cosas, es eso de creer en la coexistencia de un lenguaje lógico con un lenguaje metafísico, como dos formas válidas de pensar el mundo. Y entre estos dos discursos de pensamiento encuentro la posibilidad de hallar un proceso discursivo que puede oscilar entre lo lógico-metafísico y lo metafísico-lógico, así como, por otra parte, tratar de incursionar en una narrativa mezcla de lo popular y lo clásico.

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