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Cargábamos esas cosas para vender. A veces lo hacíamos y a veces no. El Funcki y Juanito vendían más. Después de la venta contaban la plata, repartían lo que sobraba y me dejaban el fondo, siempre, sin ninguna excusa. El más resbaloso era el Funcki:
--No me sobró nada, asere.
--No, no te sobró nada.
--Yo no tengo suerte, asere.
--No, no tienes suerte.
--¿Y tú no te molestas porque te debo mucho?
--No, no me molesto.
Yo recogía lo que sobraba, les daba algo y me iba. Qué mierda me iba a molestar si los tenía trabajando para mí. Como esclavos, mierda. Como esclavos, decía el otro. Juanito era el más protestón. El Funcki lo animaba contra mí, que si un día se iban al carajo, si me daban la mala y qué tanta mierda, el tipo no se come a nadie, decía. Cuando te canses de verdad me avisas, le decía a Juanito. Cuando me canse, Funcki, decía, tú me ayudas y lo descojonamos, y le partimos para arriba y lo hacemos mierda. Un día de aquellos me iban a hacer mierda, delante de todos, dijeron muchas veces. Que vean lo que llora y lo puta, lo pendejo que es. Este gallo se cree cosas, decía el Funcki, lo animaba. Es un pendejo, ¿verdad Funcki? Un engreído, volvía a decir el Funcki, y lo animaba, encendiendo el fuego contra mí.
Todos los días del mundo las circunstancias ponen a un hombre en el límite de las posibilidades, pero a mí la vida me tiene todos los minutos al borde de la desesperación. La vida, asere, es una mierda, le dijo al Funcki. Tienes que tomarlo con calma, todo llega, dice él. Sí, lo que pasa es que a ti no te toca lo más malo, a mí el Dandy siempre me da la mala. Soy yo el que tiene que vender hasta lo último de la mercancía, el que se lleva la jeva que él quiere y la que no, aunque yo no quiera. ¿Tú me entiendes, asere?
--Sí, mi socio, a ti se te entiende fácil.
El Dandy cruzó la calle y se deshizo de un pequeño paquete que traía en el bolsillo, lo entregó a la manicura del portal de la tienda, volvió a su carga en la bicicleta y siguió. En la otra cuadra lo abordó Juanito.
--Te dejo, asere, ya no vendo más contigo, ¿ok?
--¿Y a ti qué coño te pasa?
--A mí, nada. Yo no soy mula de nadie. O me das mi plata o se te acaba la onda de vender fácil.
--¿Qué, me vas a regalar?
--No, párate ahí, yo no soy eso que tú piensas.
--No serás mula, pero eres yegua y con la lengua flojita como una gelatina.
Juanito empujó la bicicleta con el pie y el Dandy y todas sus cosas fueron a dar al piso. Los dos jóvenes se enrolaron en golpes mal propinados, se remellaron los codos y se dieron hasta que la gente se metió y acabaron la trifulca.
--Yo te mato, so yegua –dijo el Dandy.
--Yegua es el coño de tu madre, hijoeputa –dijo Juanito a la vez que sangraba por la nariz.
Voy a sentarme a la puerta de la casa, carajo, y no me voy a mover hasta que Dios me ayude. Era la última de las consultas a un palero, santero o adivino de barrio al que iba, y se sabía nombre y lugar de todos los que así pudieran ayudarla. Según sus pasos ganaban la calle, aumentaban las maldiciones. Soy una salación, decía, mira que pasarme esto a mí. Al salir, el portazo resonó en la misma acera.
Que Dios la ayudara significaba que alguien le diera el método para despertar a Juan. Iba para treinta y siete días que su hijo dormía sin que nadie tuviera la más remota idea de cómo sacarlo del sueño.
Cruzó la calle y después de subir las escaleras estaba en el parque, a salvo de la muchedumbre. Terminó de meter el vuelto de la consulta en el monedero, suspiró largo para aliviarse por dentro. En esos trajines de brujería se le fue el poco dinero, lo último después de la boda del hijo. Concluyó con el monedero, lo puso en el bolso y se tumbó en el banco. La vida es de madre, caballeros, dijo, y los que pasaban se quedaban azorados. Estaba descalza, puso los zapatos como almohada. Se dejaba rondar por el olor dulzón de las diez de la mañana. Después de tantos días, no era extraño quedarse dormida ahí, a la luz del sol. Seguro seguía lamentándose entre pestañazos, qué mala suerte la mía, señores…
En eso estaba cuando vio una sombra encimársele. Se repuso un poco y la mujer de las argollas grandes se repartió tres bultos sobre las piernas. Las barajas no se movieron con el viento. La mujer que se lamentaba escogió una carta y escuchó a la del aspecto de gitana. Le dijo algo muy bajito, la otra le agradeció, intentó pagar y al saber la negación agradeció, recogió los zapatos y se fue dando tumbos, con el mismo azoro de un iluminado. Ya iba lejos cuando miró para atrás y no vio a la gitana, pero ahora dudaba si era un sueño o la misma realidad. Para ella desde hacía mucho eran la misma cosa.
Cuando lo contó en la casa no se lo creyeron. Ni la nuera ni el Funcki estaban dispuestos a tanto, después de todos los intentos:
--¿De dónde coño tú vas a sacar diez mil mujeres para que besen a Juanito? –dijo el Funcki.
--Eso no importa, una a una las traeremos hasta aquí –dijo casi desconsolada.
--Sí, como no es a tu marido al que le van a poner la boca como un estropajo… --dijo la novia.
--No es mi marido, mija –dijo la madre.
--No es tu marido, claro –repitió la novia.
Después de la oración del padre Gustavo, la iglesia fue una explosión de alegría. Las dos familias se abrazaron, los besos y los qué bueno, qué alegría, Señor, volaron de boca en boca. Cuando los novios se besaban como marido y mujer, Juanito se desplomó ante los ojos de todos. A los pocos minutos estaba desmotado y frío como si la sangre no le fluyera. La novia lo besaba, lo sostenía con la cabeza sobre sus piernas y de vez en vez le ponía un pañuelo con agua de colonia cerca de la nariz. Ella lloraba, la madre también lo hacía; entre maldiciones iba diciendo: por qué a mí, por qué…
Al llegar a la casa había decidido no contárselo a nadie, pero comprendió que ella sola no podía. Aunque se burlaran y le dijeran loca. Lo pensó varias horas. Alguna chispa encendió cuando decidieron ayudarla después de tantos reparos. Era la fe lo que estaba moviendo, además de algunas mujeres del barrio, al Funcki y a la novia del dormido.
Las primeras en aceptar besarlo fueron las primas y las del patio contiguo. Ambos grupos avisaron en el barrio. En menos de media hora, casi un centenar de mujeres merodeaba la casa, preguntando en qué consistía aquel remedio. Desde que levantó el día la casa se fue hundiendo en un incesante hormigueo, producido por el entra y sale de tantas mujeres.
Sentados con las piernas colgantes desde el muro pasaban el tiempo conversando:
--¿Tú sabes que Juanito dice que te va a matar? –dice el Funcki.
--¿Sí? Juanito es un rana, y no es bueno que tú le sirvas de correo, mi socio –dice el Dandy.
--Yo te aviso porque te aprecio y esas cosas que tú sabes.
--Bueno, tú le dices a Juanito que quiero hablar con él, pero tiene que ser hoy.
--Ok, mi ambia, y no te calientes tanto la cabeza –dijo el Funcki.
El día en que Juanito se quedó dormido, después de sacarlo del hospital lo llevaron a su casa. Fue tanta la curiosidad de las primeras horas, con los vecinos cuchicheando en el portal, que intentaron ingresarlo otra vez, pero ante el peligro de un contagio infeccioso decidieron devolverlo a casa. Después de la misa de domingo el padre Gustavo aprobó la iniciativa y el cuerpo del joven fue expuesto ante el altar del Cristo de madera. Allí podrían besarlo quienes vinieran.
Era bien temprano en la mañana y Juanito vino asustado, que era increíble, asere, decirme a mí que me tengo que llevar a la guaricandilla esa, y yo, no Juani, no le hagas caso, el Dandy está medio sona’o y no hay que hacerle caso, pendejo de mierda, y el Juani yo sé lo que tú me dices y dijiste la otra vez, pero él tiene el control de la plata y lo está tapando todo con eso que estamos vendiendo ahora, no puedo negarme, yo salgo de esta y ya, y yo tú eres un pendejo, yo le parto en la oscuridad y lo desguazo, a mí no me manga el tipo, se habrá creído, carajo.
Así no sirve, mi socio. Tú no me puedes obligar, así no sale, dice Juanito. Yo no sé si sale o no, pero tú me pagas con ésa y estamos en paz ¿ok? Ok, asere, pero esta vez y ya, no sea que te pases, yo la tumbo, le tumbo esas cosas y la dejo, ¿ok? Ok, monstruo, tú eres un bestia, ya sabía: contigo se puede contar. Ok, nos vemos.
La primera en besarlo fue la madre. Le puso los labios sobre los labios y ya. Después vino la novia y las cuñadas de Juanito y las vecinitas de los bajos. En unas horas no se habían presentado tantas mujeres como se esperaba, por lo que a ese ritmo tardarían muchísimo en llegar a la número diez mil, la que lo haría despertar. Después de refunfuñar un poco, la novia se convenció de no entrar en ñoñerías, qué era eso, decía la suegra, así no vamos a llegar ni a cien.
Ahora Juanito tenía para sí, por obra y gracia del ánimo y disposición de su novia, más de quinientas bocas que lo besarían apenas abrieran las puertas de la iglesia. En las primeras horas de la noche estaban localizadas sus antiguas compañeras de la secundaria básica. Y al caer la madrugada pusieron sobre aviso a un politécnico de Agronomía.
El Dandy sintió ganas de quitarse la camisa, se desabotonó hasta abajo, pero el calor no cedía. Se dijo clase mierda, que cuándo carajo iba a llover para este maldito pueblo, si el pendejo de Juanito no llegaba lo mandaría a buscar con el Funcki, tanta mierda. Cuando se dispuso a sentarse en lo alto del muro, vio a Juanito acercársele:
--¿Qué, impaciente? –dijo.
--Fíjate bien –dijo el Dandy—conmigo las cosas andan bien o no, ¿ok?
--Ok, Dandy, ¿qué hacemos? –dijo.
--Toma esto, llévalo donde tú sabes, ¿ok?
Los dos muchachos se intercambiaron un paquete y se dieron unas palmadas como despedida. Después se perdieron en el bullicio de la gente, un mar de sombras que se los tragaba todos los días.
A las doce de la noche, la alarma electrónica del reloj de pared dejó escapar un sonido bobalicón, algo de Mozart o Beethoven pasado por Kenny Gee. La casa estaba transformada en un puesto de mando: dos teléfonos sobre la mesa, con sus correspondientes recepcionistas. Tres mujeres se encargaban de repartir el café, o lo servían humeante desde los termos a los vasos plásticos desechables y lo brindaban con galletas de sal. Por razones desconocidas un sujeto de finos ademanes era quien cuidaba la puerta al entrar. Ahora llamaba mucha gente, incluyendo a los maridos celosos. Estaban alertas y se oponían, tajantes, a la prueba del beso. Había otros más moderados y hasta los había excesivos, dispuestos ellos mismos a dar el beso si hacía falta.
La matrona y la muchacha lo habían preparado todo. Dejaron a las hormigas locas operar a pierna suelta. Se lanzaron puerta a puerta para convencer a los maridos celosos y remisos: por un lado echaron mano al mito de la Bella Durmiente, rehaciéndolo y volviéndolo a contar más de una vez; dos, tres veces si era preciso, pero que entendieran y las dejaran asistir a la fiesta del beso. Las esperarían a las nueve en el parque.
En los primeros días Juanito se acercó a la muchacha, y aunque ella se sorprendió un poco, se dejó seducir en algo desde los inicios. Un muchacho así, le decían las amigas, no importaba que vendiera esas cosas para ganarse la vida, como si todavía fuera un delito, decían. Y ella que era verdad, de todos modos… y Juanito yo te veo pasar y se me aprieta el corazón, tú eres algo grande en mi vida, y el Funcki: asere, ven acá, ¿tú eres poeta o qué cosa?, y él poeta no, me la llevo, le quito eso y ya; y el Funcki, tú estás apendeja’o y quieres cumplir con el Dandy, y él salir de eso, pero no apendeja’o, y discutían, si mañana le pidiera se tirara a un pozo lo haría, si era un berraco, no fuera guanajo… y Juanito párate ahí, asere, UNA PAUSA LARGA LARGA LARGA, asere, la jevita me gusta, y el Funcki, ahora sí te volviste loco, esa fue jevita del Dandy, termina con eso ya, que adónde querían llegar los dos, la pobre muchacha no sabía nada, no fuera tan hijoeputa, y el uno chao, asere, chao, y el otro chao, záfate pronto, no sea que te enredes más con el Dandy, tú lo conoces…
La sala amplia de la casa fue desalojada de sus muebles. En las paredes colocaron dos bandas anchas de papel craft, engomadas por los dos extremos. Había mapas y croquis de los barrios más apartados. En otros papelógrafos se leían nombres de mujer a quienes pedir autorización y consentimiento para que sus hijas vinieran por los labios del dormido. Reclinada en un butacón, en una mano una taza de café y en la otra un puntero, la matrona dirigía aquel operativo.
Cuando dieron las tres de la madrugada concedieron el permiso para retirarse, en pocas horas las necesitaban a todas, repuestas y como nuevas, para empresa humana semejante. De a poco comenzaron a sonar frente a la casa timbres de bicicletas, pitos y chicharras de motores; los autos sonaban de improviso, aparecieron otros maridos que a voz en pecho llamaban a sus mujeres y por el escándalo se hacían notar desde la acera de enfrente. Era un suceso de alcance nacional y la efectividad de su ejecución se comprobaría en pocas horas. El último en retirarse fue el hombrecillo de finos ademanes. Terminó de limarse las uñas, se sopló la basurilla de las cutículas, besó en la frente a cada una de las que quedaban en la casa, se colgó el bolso de cuero en un hombro y lo despidieron: hasta luego, Farraluque.
Nada más quedaron la madre, la novia y una vecina de más o menos quince años. La matrona tenía compresas en los ojos y los pies hundidos en una batea de agua tibia. Era un rastrojo humano, pero se recuperaba poco a poco. La nuera se metió bajo la ducha y la muchachita barrió de inmediato las montañitas de cabos de cigarro, llenó un recogedor de cucuruchos de maní vacíos, chicles masticados, envolturas de bombones criollos y condones usados. Después que la adolescente se marchó, la matrona y la novia de Juan se tumbaron a dormir.
Esa noche ya la calle estaba alborotada, en el parque el Funcki y el Dandy intentaban arreglar en algo la situación. Funcki, asere, ¿qué mierda se cree Juanito? ¿Él no sabe que conmigo no se juega?. No sé, le dice el Funcki, pero yo creo que la cosa va en serio. ¿En serio? Lo que yo sé bien es que cuando lo coja le voy a dar una mano de palos… Mira, Dandy, yo siendo tú, me esperaba a ver, a lo mejor él se trae otra cosa, algo mejor para los tres. ¿Para los tres, replica, qué tres? Tú no te metas en esto. No, asere, dice el Funcki, a mí no me metan en esto, yo lo decía por ella. Está bien, mi socio, dijo el Dandy, si tú puedes, ve y dile, que nadie lo escuche, que dice el Dandy que cómo es la vuelta, y apúrate. Nos vemos por la mañana.
Pero ya es de mañana, las siete en punto y la imagen de la mujer desconsolada ante la impronta de la gitana había desaparecido. Ahora estaba eufórica. Les habían prestado unos walkie-talkies del servicio de guardia del central azucarero. Una ingeniera en comunicaciones les ayudó a introducir unas claves con las cuales era fácil comunicarse. A esa hora la muchedumbre esperaba ansiosa en el entorno del parque, sentados en los bancos, aceras, sobre las camas de los camiones y bajo el inmenso fiscus al que todos llamaban “el laurel”. Allí, un equipo de musicalizadotes servía los más frenéticos ritmos para divertir a la masa expectante; los orientaban y colocaban en bloques de a cien, según fueran llegando, desde el parque hasta la línea férrea. Para ellos la contabilidad debía ser lo más certera posible. De no llegar en dos días a la cifra señalada tendrían que buscar otras mujeres en sitios más apartados.
La concentración era un espectáculo fascinante. Mientras, llegaban las ruidosas escolares sobre camiones y carretas de cargar caña, o se bajaban por racimos de los vagones ferroviarios, una cantidad ahora no definible se asomaba a los alrededores. Había curiosas en batas de andar y rulos, hombrecillos celosos intentando sorprender a sus mujeres en la prueba del beso, y niños, infinidad de niños jugueteando entre sí. Pero de lo más obedientes, de vez en vez repetían consignas y canciones, deglutidas en los centros escolares. Ciertos lemas aludían clamorosamente a Juanito el dormido y otros al valeroso ejército de mujeres, prestas a sacarlo del sueño.
Al faltar no más que un cuarto de hora, una mujer se dirigió a través de su walkie-talkie a los operadores de audio. Acto seguido la música fue cediendo en decibeles a favor de lo que gritaba el famélico Farraluque, pedía atención. Todas las miradas fueron hacia él; por unos ramajes subió al campanario y tocó a rebato. Angelicalmente las cabezas apuntaban hacia el cielo… o hacia los bronces. Miles de rostros extasiados.
Por un pasillo del atrio el Funcki se acercó sin ser visto por Farraluque. Aprovechó que éste se ocupaba en la faena de las campanas y le lanzó una piedra que fue a dar al mismo cogote del raquítico personaje. Farraluque se sobó el golpe y las campanadas cesaron. Bajó ligero por la columna enconchada y la música volvió a escucharse. Frente a la iglesia el padre Gustavo dijo unas bienaventuranzas y tendió una mano a la novia en desgracia. La matrona se ocupó de un detalle protocolar: hizo cortar la cinta para dejar abierta la sesión de besos del día.
Esa mañana, cerca del parque de la iglesia católica, el Dandy buscaba con afán a su amigo el Funcki. Luego de saludarse, Funcki le brindó un trago de una pequeña botella que llevaba en el bolsillo.
--No, asere, tú sabes que cuando trabajo no bebo. Y menos esa mierda.
--¿Sabes una cosa, Dandy? Eres un tipo extraño, pero lo más extraño del mundo.