OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

Logotipo de la revista OtroLunes
Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
otrolunes.com >> Sumario >> OtroLunes conversa

“Ser escritor era algo muy poco común en mi barrio”

Entrevista a Emerio Medina. Ganador del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2009

 

por Rafael Vilches Proenza

Página 1

Lo conocí en Nicaro en el 2004.  Él mismo vino y se presentó: Yo soy Emerio Medina. Tenía aspecto de obrero y eso era, un obrero. Días antes yo había estado de jurado en el concurso León de León en Mayarí con el escritor Edilberto Rodríguez  Tamayo (Taíno), y el premio en cuento lo había ganado un cuaderno titulado Tres cuentos (“Segunda cama abajo”, “Mujer vestida de uniforme” y “Muslo y contramuslo”) que era de Emerio. Él no había podido asistir a la premiación porque trabajaba en las minas de níquel en Pinares. Partí para Nicaro, invitado por la fábrica como jurado del concurso Lengua de pájaro, junto con Ana Margarita y  Susana Hidalgo. Antes de la premiación se me acercó un obrero y me dijo extendiéndome la mano: Yo soy Emerio Medina. Para sorpresa mía, cuando anunciamos el premio (“La fuga”) el cuento también era de Emerio. El hombre estaba conectado ya con la literatura, al año siguiente ganó el León de León con La mala suerte, el Lengua de pájaro con “La frazada” y el Encuentro Debate de talleres literarios de MayaríconEl nombre”. La amistad vino después, casi siempre es así.

 

Luego te apareciste en la casa de Mariela Varona con un macuto de cuentos, sin conocerla, jamás la habías visto, luego escribiste el cuento Serpens cubensis non parit equinum, que narraba el encuentro de un escritor de municipios con Rubén Rodríguez (los dos narradores que estaban como toros únicos halando la literatura holguinera) Claro que en Mayarí nadie creía en tu literatura con la excepción de Susana Hidalgo.

Aquí Mariela te bautizó con el sobre nombre de El Mulo porque tal parecía que te pasabas las veinticuatro horas del día escribiendo, ahora eres un escritor multipremiado, todos tus libros publicados te han dado esa alegría.  ¿Cómo supiste que ibas a ser escritor?  ¿O quisiste ser otra cosa en tu vida?

Bueno, Vilches, yo creo que nadie sabe que va a ser escritor. Alguien puede desearlo desde una edad muy temprana porque la palabra suena bien incluso para un niño. Es una palabra bonita, y debe ser, por tanto, una profesión bonita también. Pero dudo que un niño de cinco o seis años tenga una idea clara de esas cosas. En la infancia uno sueña con ser policía, o chofer de guaguas, o administrador de la bodega del barrio. Claro, uno ve que esas son personas respetables y uno quiere imitarlos. Es algo natural. Quizá en la adolescencia temprana ya se ha visto que hay otras profesiones interesantes y uno empieza a creer que va a ser médico o ingeniero o licenciado. En mi caso particular, mi horizonte era muy limitado. Yo soy del campo, como sabes. Mi familia es campesina, siempre lo fue, mi abuelo era un campesino increíble, un fabulador nato, pero yo no era de los nietos más cercanos, yo era demasiado vago, un haragán, como se dice en estas tierras de acá. No me gustaba trabajar en el campo, ni levantarme temprano, ni recoger maíz, ni andar detrás de las vacas. Además, mi padre era un campesino raro, un campesino sin tierra, una mezcla de campesino y obrero de los que te puedes encontrar en esos barrios de la periferia, siempre trabajó en la fábrica de níquel de Nicaro, por las tardes llegaba, tomaba café, encendía un cigarro, se cambiaba de ropa y se iba a trabajar la tierra, siempre la tierra ajena, nunca tuvimos una finca ni nada de eso, sólo una vez, cuando él pudo comprar un pedazo de tierra, media caballería o algo así, la pagó con dinero prestado. Nos fue bien durante esos años, figúrate, una tierra pródiga que se cultivaba bien. Pero eso duró poco, cinco o siete años, no recuerdo bien. Había sido una compra ilegal y la tierra fue intervenida. No pudimos hacer nada. Quizá eso me alejó completamente del surco. De modo que no puedo decir si quería ser campesino y tener muchas vacas. No sé, fue un tiempo muy triste, de verdad triste, mi padre seguía llegando del trabajo por las tardes, se fumaba un cigarro y se quedaba mirando la tierra que fue suya. Pero mejor no te sigo hablando de eso porque podría llenar diez cuartillas. Por otra parte, yo soy un guajiro extraño: nunca he montado a caballo. Así que tienes aquí un guajiro que nunca ha montado a caballo y que no sabía que iba a ser escritor. En realidad nunca quise ser nada. Sólo cuando estaba en el Pre (universitario) me parecía que tal vez llegaría a ser traductor de inglés. Eso me gustaba. De verdad me gustaba. La carrera me llegó pero no pude irme para La Habana por una razón muy simple: mi padre se había muerto. Figúrate, éramos seis hermanos. No había dinero para nada, ni para un pantalón decente, y yo sabía que iba a hacer tremendo ridículo en La Habana sin un par de zapatos que valiera la pena. Por eso pedí una ingeniería para la Unión Soviética, era la única solución. Como ves, hay algo de melodrama en toda esta historia, pero no es mi culpa. Las cosas pasaron exactamente así. De pronto el guajiro que nunca había montado a caballo se iba a estudiar ingeniería mecánica en las estepas de Uzbekistán. La vida es así. Y eso de ser escritor olvídalo. Jamás se me ocurrió.

 

 ¿Alguna vez querer ser escritor te trajo problemas?

No. Cuando yo decidí ser escritor no tuve que pedirle permiso a nadie. Ya era viejo, entiendes. Tenía 36  años y un buen trabajo. El problema comenzó cuando ya era escritor. Recibí cualquier cantidad de rechazos. Mucha incomprensión. Mucha gente metiéndose en mis cosas. Muchas puertas cerradas y muchas miradas torvas, como si fuera el portador de un mal incurable y la gente viera en mí la encarnación de cualquier demonio. Hubo mucha gente que se rió de mí. Figúrate, te miran como a un loco y se ríen, no con una carcajada sonora, sino con esa sonrisa maliciosa, de verdad maliciosa, tanto que a veces me desalentaba y quería mandar los cuentos a la mierda. Pero seguí. A pesar de todo, seguí. A pesar de las indirectas y las directas, de las frases hirientes y la sonrisa maliciosa, de las negativas y de los rechazos y de todo. Hubo mucha mala intención en todo eso, o quizá no fue mala intención, sino que ser escritor era algo muy poco común en mi barrio y la gente pensaba que los escritores sólo podían vivir en La Habana, o que los cuentos se hacían en una fábrica y eso estaba bien, no debía uno meterse en esas cosas, era como profanar algo que ya estaba hecho. Quizá mi imagen influyó en todo eso: yo nunca fui un hombre de lapiceros en el bolsillo ni de andar hablando bonito ni de pretender nada que no fuera una vida muy simple, una vida holgazana, quizá, una vida de ir a beber un poco en la esquina con la gente más común, con los borrachitos del barrio, esa fue la vida que llevé durante un tiempo. Además, yo siempre dejaba cualquier trabajo, por cómodo y elegante que fuera, lo dejaba. Trabajaba un año como ingeniero en una industria y después me iba. Hice de todo en estos años. Fui jefe de departamento en una termoeléctrica, repartidor de mandados a domicilio, jefe de una gran brigada de montaje industrial en un Contingente de la construcción en La Habana, vendedor de croquetas y turrones, profesor  de inglés, profesor de cultura política, hachero, sí, yo fui hachero, tumbé pinos como un demonio en la meseta de Pinares, fui jefe de producción en una empresa minera, técnico de transporte en otra empresa, etc. Todo ese cambio hacía que la gente me mirara con rabia. Cuando les decía que ese trabajo tan bueno no me interesaba se ponían las manos en la cabeza. Claro, también hubo gente que me apoyó. Alguien me prestaba su computadora diez minutos. Alguien me imprimía el texto. Alguien me regalaba diez hojas. Y, por supuesto, alguien me prestaba veinte pesos: pedía veinte pesos prestados para ir a Holguín, eso lo hice muchísimas veces. Pero, otra vez, todo esto tiene un ligero tinte melodramático y no quiero dar esa imagen tan infantil. Ya todo eso pasó, creo, o quizá no ha pasado, quizá yo vuelva a andar por esos rumbos, quizá me haga falta todavía, no sé, no lo puedo asegurar.

 

¿Eres un escritor realista o fantástico o ambas cosas a la vez?

Esa es una pregunta que yo no puedo responder. Yo no soy un especialista en literatura. Para mí no hay ninguna diferencia entre una cosa y la otra. Pero ahora que lo preguntas, creo que soy ambas cosas. Te pongo un ejemplo: una vez estaba en Guatemala, entre aquellas casas de madera podrida, en aquellas calles llenas de huecos, oliendo la mierda de los perros y la basura que se acumulaba bajo el piso (son casas de piso alto, de madera, las mismas que salen en la novela Los fantasmas de hierro) y de pronto veo una rastra que venía cargada de refrigeradores chinos, nuevecitos, para cambiar todos esos aparatos soviéticos, tú sabes cómo es, y entonces me quedé pensando que la realidad puede sorprender mucho más que la fantasía. Sólo faltaba un cartel: Cambio refrigeradores nuevos por viejos. Te aseguro que mi literatura sale de ahí, de esas cosas aparentemente normales, sólo tengo que entrecerrar los ojos para ver un matiz diferente en las personas y en las cosas, algo aprovechable, y entonces surge un cuento fantástico de la situación más común. Por eso te digo que no sabría cómo llamarme. Para mí la fantasía está en cualquier cosa. La realidad también está ahí, pero me importa menos, la uso de soporte. Claro, hay historias que permiten mantener un nivel de realidad aceptable. En ese caso soy muy fiel a eso que tú llamas realidad. Sí. Realidad. Pero, te pregunto: ¿de qué te sirve a ti esa realidad? ¿Y de qué me sirve a mí? Sólo escribo un cuento realista cuando la situación es verdaderamente interesante, lo que pasa es que veo demasiadas cosas al mismo tiempo y muchas veces una misma situación me muestra más de una arista, así que la trabajo en dos direcciones, en tres, en cuatro, y uno de los cuentos sale muy real y el otro muy fantástico. Claro, yo tengo un punto de vista muy severo sobre los temas fantásticos. No me gusta la fantasía importada. Una de las cosas malas que he visto en la narrativa cubana es que los cuentos fantásticos son importados. Resultan tan ajenos a nuestra idiosincrasia, a nuestra geografía, a nuestra historia, que suenan a falso. No me gusta leer un cuento o una novela donde el autor está diciendo mentiras. Toda la narrativa es una gran mentira, dirás tú, y yo te digo que eso es exactamente así, pero a las mentiras hay que echarles sus cosas, sus ingredientes, para que no suenen a falso. No sé si respondí tu pregunta. Ya te digo, para mí no hay ninguna diferencia entre lo real y lo fantástico. Todo depende del soporte, del material, del ojo con que se mire. Cortázar, por ejemplo, es un maestro de la literatura fantástica. Y él hacía exactamente eso: usaba soportes, y sobre esos soportes aparentemente reales construía una historia creíble. Fíjate, no inventaba una historia, sino que la entreveía bajo múltiples disfraces y guiños de la realidad. Tú me dirás que La noche bocarriba es un excelente cuento fantástico, y tienes toda la razón, pero fíjate que ahí nada es verdaderamente una fantasía: se trata de dos realidades absolutas mezcladas por una mano maestra para lograr ese efecto del absurdo. Yo creo que el escritor de cuentos fantásticos debe entrecerrar los ojos para no ver toda la verdad. Debe dejar algo en las sombras, algo oscuro y difuso, de modo que la historia se construya sobre un cimiento real pero tenga, al mismo tiempo, los visos y las fulguraciones que el ojo común no puede ver. Y lo mismo haría el escritor de cuentos realistas, sólo que pondría atención a otro tipo de guiños, a otras disolvencias que están ahí mismo, sobre ese mismo soporte, y que se decantarían en el proceso del pensamiento, en la selección de uno u otro plano, o nivel, o como quieras llamarlos. Yo lo hago exactamente así, utilizo indistintamente las dos formas de mirar el mundo, por eso no sabría encasillarme en eso que tú llamas escritor fantástico o escritor realista. Te repito: para mí es lo mismo todo eso. Si recuerdas el cuento Las luces verás que los dos planos de la realidad se mezclan, el del escenario y el del público. Ese es un cuento realista, pero a la vez es un cuento fantástico. Eso de encasillarme en uno u otro término te lo dejo a ti, que eres mi amigo y sabes lo que haces. Pero te pongo otro ejemplo: ya leíste el manuscrito de Los fantasmas de hierro. Como ves, se trata de una historia que puede enmarcarse perfectamente dentro del realismo sucio, algo perfectamente bukowskiano, con personajes tan marginales como en el mejor cuento de Santiesteban (Ángel), con situaciones tan radicales y tan absolutamente reales que a Susana Hidalgo le dio asco el primer capítulo, y, ya ves, se trata de una novela fantástica. Te repito, la frontera entre una cosa y la otra es un espacio indefinido.

 

¿Cuándo y por qué comenzaste a hacer tus primeras lecturas, y cuáles fueron esos libros o autores?

Te hago un cuento: una vez estaba en la Editorial Oriente, hace cuatro o cinco meses, por algún asunto de la edición de El puente y el templo, y todos los trabajadores estaban reunidos en un salón que tienen allí. Aida Bahr me pidió amablemente que me sentara a esperar en su oficina. Te puedes imaginar eso, la oficina de Aida Bahr es un gran almacén de libros. Había sobre la mesa cinco o seis ejemplares recién fabricados de un libro (ahora no recuerdo el título ni el autor), algo muy bien hecho, con toda esa magia que le pone la Oriente a sus ediciones, y yo automáticamente alargué la mano y cogí uno y empecé a olerlo y a manosearlo y a pasar los dedos sobre la cubierta y todas esas cosas que uno hace con los libros antes de leerlos. Claro que Aida entró en ese momento y me regañó, me dijo que no se podía estar manoseando allí. Te cuento esto para que entiendas mi posición respecto a la literatura, me refiero a esos primeros años, a los seis o a los siete, cuando todavía no podía leer de corrido un párrafo demasiado denso, entonces me conformaba con manosear cualquier libro, con olerlo, con pasar los dedos sobre la cubierta y sobre las páginas y mirar las ilustraciones, y eso fue lo que me pasó con La Ilíada, digamos que una relación táctil, algo mágico, sentir el peso del papel y dejar que los ojos se perdieran en el texto, y luego esas ilustraciones, pocas en realidad, pero suficientes, no sé por qué ese libro estaba en  mi casa, no sé quién lo trajo, pero te aseguro que después lo leí más de cien veces, ese ejemplar estuvo en mi casa durante toda mi infancia, después se perdió, no sé a dónde fue a parar, ojalá haya caído en las manos de cualquier otro niño, ojalá a alguien más le haya pasado lo que me pasó a mí cuando por fin pude leer esa oración inicial Canta, oh, Diosa, la cólera del Pelida Aquiles, fue como un mazazo en la cabeza, y desde entonces lo es, yo creo que ha sido mi lectura principal. Después hubo otras lecturas y otros libros, siempre libros de aventuras, fabulaciones, todo lo que cualquiera lee a los siete, ocho, diez años. Hubo un libro importante, un libro que se llamaba Historia del mundo antiguo, y era el texto de Historia de quinto grado, un libro genial, con esas ilustraciones bien hechas, creo que la edición era española. Por ahí estuvo también La edad de oro, toda esa magia que Martí le puso a la literatura, esa versión martiana de La Ilíada es sencillamente genial, muy bien dirigida a los muchachos, y hubo otro libro, Oros viejos, definitivamente un libro necesario. Mis hermanos eran mayores y leían algo, leían Oros viejos y las novelas de aventuras de Salgari y Dumas, entonces yo aprovechaba y leía también, mi madre me mandaba a bañarme y yo decía Ya voy, pero no iba, me quedaba leyendo en el cuarto, diez minutos más, media hora más, hasta que mi madre agarraba una chancleta y ya entonces había que ir a bañarse y todo eso. Recuerdo que un  día mi hermano mayor trajo a la casa un volumen de cuentos latinoamericanos, creo que se llamaba Veinte cuentos, ese fue el primer contacto con ese mundo del cuento moderno, y en la secundaria leí a Poe, por supuesto, y a Washington Irving, en la Vocacional había una gran biblioteca, muchos libros y muy variados, tenía todo el tiempo del mundo, practicaba lucha libre y leía, leía tanto que no era posible aburrirse, pero el entorno era bueno, éramos muchachos apartados en el silencio de una biblioteca grande, leíamos para conversar después de todo eso, por ahí entró Verne, entró Wells, yo creo que tuve mucha, muchísima suerte de tener los amigos que tuve, gente del campo, gente que leía y hablaba de eso, gente de ciudad también, recuerdo a Luis Hernández, de Jiguaní, te figuras, un guajiro de Jiguaní que leía más que yo, y recuerdo a William Názur, y a Elizabeth López, y a Eloy Núñez, y a Mercedes Grave de Peralta, y a Cecilia Valdés, sí, Cecilia Valdés, como en la novela de Villaverde, eran muchachos increíbles, lectores increíbles, uno tenía que leer para estar al día, para que no te sorprendieran con una pregunta. Pero yo tenía la mala costumbre de manosear los libros, como te dije, y eso era una herramienta. De modo que esa fue una época buena, esos años de la secundaria en la Vocacional de Holguín. Después hice el Pre en Mayarí y ya no fue lo mismo, los muchachos del Pre leían menos, uno no se motivaba, dejé de leer.

 

¿Qué acontecimientos, personas o lecturas te marcaron en tu afán por ser escritor?

Tengo que aclararte algo: yo nunca tuve un afán por ser escritor. Cundo yo decidí escribir ya estaba marcado, pero no de esa forma que tú lo dices. Ya era viejo, te repito. El problema era abrirse camino, y eso es algo diferente. Y el hecho de abrirse camino te pone en contacto con mucha gente, con mucha narrativa diversa. Pero yo tenía mis dudas. No sabía exactamente qué escribir. Estaba perdido en el llano, como decimos los orientales del campo. Y entonces, allá por el 2003 ó 2004, me cayó en las manos un ejemplar de Los hijos que nadie quiso, de Santiesteban, y ya entonces, leyendo aquellos cuentos tan osados, supe que yo quería escribir cuentos. Fue como un aviso: Oye, guajiro, se puede escribir a sí, y se puede escribir de estos temas, y se puede hacer lo que a uno le dé la gana sin miedo a que la gente se ponga a hablar lo que la gente habla cuando descubre que uno escribe estas cosas. No conozco a Santiesteban (Ángel), jamás lo he visto, pero puedes decirle que yo dije eso. Después conocí a Mariela Varona. Ya ella era una escritora reconocida. Me atreví a ir a su casa y pasamos un buen rato hablando. Me recibió como se recibe a un amigo viejo. Ese día fumamos como locos y tomamos un café frío mientras ella leía algunos cuentos míos. Su opinión fue importante, me confirmó que estaba en el buen camino. Y después conocí a Rubén Rodríguez, el Gran Rubén, el-que-dondequiera-gana. Esos dos autores definitivamente marcaron mi mundo escritural. Dicho así, ellos me señalaron un camino. Acontecimientos hubo muchos, y muy variados, pero la publicación de Plano secundario en 2005 fue algo crucial. Fue una confirmación. Me pasó lo mismo cuando gané el premio de la ciudad de Holguín en 2006 con Rendez-vous nocturno, y el Regino Boti, en ese mismo año, con Las formas de la sangre. La feria del libro de 2006 en Santiago fue un momento importante. Yo fui invitado porque Plano secundario mereció el Premio a la mejor ópera prima. Imagínate, era la primera vez que estaba en una Feria del Libro. Llegué allá por la tarde sin saber de qué se trataba todo. Teresa Melo me dijo en qué consistía el Premio: Te vas a pasar aquí los siete días de la Feria, vas a conocer a los escritores cubanos de vanguardia. Y realmente fue así. Conocí a Nancy Morejón, a César López, a Pablo Armando Fernández, a Roberto Manzano, a Carlos Esquivel, a Ernesto Pérez Chang, a los poetas Carlos Augusto Alfonso, Arístides Vega Chapú y Reinaldo García Blanco. Todo fue muy bueno. Genial. Conocí a otros escritores que estaban comenzando, y conocí, por supuesto, a Aida Bahr y Teresa Melo, que me parecieron encantadoras. Como ves, ese fue un momento importante. Me dio aliento. Después de eso he participado en algunos eventos, otras ferias. Todo deja su huella en uno. Una lectura, por ejemplo, me dio una herramienta fundamental: El año de la muerte de Ricardo Reis. Me enseñó a mirar la oración desde otro ángulo, a jugar con el sonido de las palabras, cierta métrica que hay ahí, y todo eso uno lo agradece. El último libro que leí fue El hombre que parecía no querer nada, una recopilación de textos de Javier Marías, y eso también me dejó algo porque me puso en contacto con un espectro narrativo diferente a las cosas que uno comúnmente se encuentra. Pero también leí hace unos meses una novela de Geovanys Manso, La isla inmersa, y me sirvió para posar los ojos en aspectos de la vida en Cuba que yo no había tenido en cuenta anteriormente. Todo sirve, Vilches. Todo regresa. Cualquier lectura te deja siempre una huella, y cualquier escritor que conozcas te revelará algo nuevo. Así me pasó con la obra de Juan Rulfo, cosa curiosa, yo no pude leer a Rulfo en la adolescencia porque esa forma de escribir y esos temas no me interesaban, no me gustaban, los cuentos me parecían cansones y aburridos, y resulta que lo leí ya cuando tenía treintipico, y entonces pasó algo, una aventura mágica, un descubrimiento que me marcó, seguro me marcó, hoy es mi autor favorito, vuelvo sobre cualquier línea que haya escrito Rulfo, tengo a Luvina grabada en la memoria, cierro los ojos y me imagino el cerro y la neblina densa y un hombre de edad mediana, de pie sobre el terreno duro, mirando a las cimas del monte con los ojos secos, gastados, con esas arrugas que el sol hace aparecer temprano en los rostros curtidos, y entonces creo que ese hombre soy yo, que ese cuento en particular fue escrito para mí, tú me perdonas, no puedo evitar esas palabras melodramáticas, como ves, el melodrama me persigue, pero hablando de Rulfo, quizá sea mi influencia mayor, tú eres narrador también y entiendes bien lo que te digo, uno no puede desprenderse de algo que ha sido hecho a la medida para uno, la vida es así, la literatura es así. Por supuesto, ha habido otras influencias. Sería largo de contar.

 

¿Cuándo y dónde escribiste tu primer cuento?

El primer cuento lo escribí en el año 2003. Quiero decir, el primer cuento que yo decidí conservar. Había hecho otras cosas en el 2002, pero no servían para nada. En el verano del 2003 escribí La propuesta, que fue mi primer cuento y se mantiene inédito. Yo trabajaba en ese tiempo como profesor de inglés en un politécnico que está cerca de mi casa. Esa fue una época buena, de mucha escritura y muchos tropiezos y muchas miradas torvas. La propuesta tiene un poco ese aliento del hombre aplastado por el mundo que busca una salida y puede asirse a su voz más interior. Yo creo que el cuento te va a gustar. Ya lo leerás.

Anterior 1 | 2 | 3 | 4 | Siguiente
Google Custom Search
Tamaño de letra:

Imagen de portada:

Carlos Victoria

Foto: Pedro Portal

Sumario

Este Lunes

En Argentina, la crisis de 2001 no ha refrenado la creatividad

Eloïse Cohen-De Timary

Gloria Lorenzo: la magia de las pulsaciones imprevistas

Antonio Orlando RodrÍguez

El visionario Phillip K. Dick

Blanca Anderson

Crítica de la Razón Crítica

Ignacio T. Granados Herrera

Malara: la reconquista de un reino

Pedro A. Assef

Redescubriendo a Teresa Wills Montt

Laura García

De la luz y sus contrastes. El aura de la soledad

Rosa Marina González Y Manuel Gayol Mecías

La ley de Herodes: ¿retórica del poder o dialéctica cinematográfica?

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

Carlos Victoria

Otros miran

Ariel Arias

OtroLunes conversa

con Gustavo Faverón

“Prefiero las novelas que colocan al lector en una encrucijada moral”

con Mari Pau Domínguez

“La novela histórica ha sido un grandísimo descubrimiento”

con Dora Varona

“Soy tremendamente cubana”

con Ronell González

“Confesiones de un grafómano”

con Emerio Medina

“Ser escritor era algo muy poco común en mi barrio”

con Luis García Jambrina

“El libro digital es el futuro que no aguarda a la vuelta de la esquina”

Punto de mira

Contar es un placer. Antología del cuento latinoamericano

Una antología singular

Prólogo

Botón de muestra

César Verduguez

Marco García Falcón

Carlos Oriel Wynter

Cuarto de visita

con el escritor chicano Rolando Hinojosa-Smith

Biografía

Capturados vivos. Entrevista

El mundo enterrado en el sur de Texas. Entrevista

Por esas cosas que pasan (fragmentos)

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa

El martillo y la hoz

Emerio Medina

Relato

Historia de Juandormido

Luis Felipe Rojas Rosabal

Relato

Instrucciones para desobedecer al padre

Osvaldo Antonio Ramírez

Fragmento de Novela

Aún hay jueces en Berlín

Ricardo Bada

Waltz with Bashir

Laura García

La marmita, de Poesía

Marmita de octubre

Alberto García-Teresa

Final

Antonio Méndez Rubio

Poemas

Rafael Vilches

Poemas

Belén Artuñedo

Poemas

Ronell González

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Carlos Montenegro. Un escritor hijo del presidio

Junot Díaz y las rebeldías cotidianas

Eliseo Alberto y la espiral devoradora de la palabra

Rosa Montero y las leyendas esenciales

Recycle

La futura esclavitud

José Martí

El socialismo y el Estado

León Trotsky

De lunes a lunes

El venezolano Rafael Cadenas obtiene el premio FIL de Literatura 2009

Inicia editorial Iduna homenaje por el centenario del natalicio de José Lezama Lima (1910-2010)

Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2008 a la cubana Yamilet García Zamora

Iduna en la Feria Internacional del Libro Miami, 2009

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Última rumba en La Habana

Fernando Velázquez Medina

España, aparta de mí estos premios

Fernando Iwasaki

El único hombre

Rafael Vilches Proenza

La inutilidad de un beso

Javier Puebla

¿Qué les digo?

Varios Autores

Bajo un millón de sombras

Andrea Busfield

Deseo de ser punk

Belén Gopegui

A cargo de Alberto García-Teresa

No duerme el animal

Ada Salas

Animales animales

Xoán Abeleira

Cerval

Daniel Bellón

La aldea de sal

Lêdo Ivo

Vía Láctea

Kjell Epsmark

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

Skype MeT!
OtroLunes. Revista Digital. Tlf: +34 644 469 467. info@otrolunes.com
  • Icono de XHTML 1.1 Válido
  • Icono de CSS 2.1 Válido
  • Icono de conformidad con el Nivel Doble-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI
  • Conforme WCAG 1.0 Nivel AA - Revisado con HERA.
  • TAW. Nivel doble A. WCAG 1.0 WAI

Web optimazada para resoluciones de 800 x 600 píxeles o superiores y para los navegadores: Firefox 2, Internet Explorer 6 y 7, Opera 9 y Netscape 8.1 para PC y Firefox para Mac.