

(PARA GEORGIA)
Dichoso tú, que alegre en tu cabaña,
Mozo y viejo espiraste la aura pura...
Francisco de Quevedo
Para Ania Pupo Vega.
Voy a permanecer ante la mesa
mientras duren la nieve y el olvido
en mi cabaña oscura como el ruido
de los panes que el sueño despereza.
Seré el Pequeño si al final regresa
con su burla de faldas lo perdido
y esparciré las plumas que ha reunido
en almohadas silentes la tristeza.
Voy a esperar, sentado en mi montaña
de oro imposible, la figura extraña
que en una foto adivinó el mendigo.
Dispondré candelabros como un tonto
y en vano pediré que vuelva pronto
la primavera de mi voz, contigo.
II
(AL PEQUEÑO)
Pequeño: la aventura se termina
en el comienzo. No me toques. Vete.
El sueño que has perdido te somete
a la tribulación. Ya es tarde. Fina
como la nieve estoy en la colina
dejándome llevar por el grumete
que no eres tú ni la pobreza. Vete,
por favor. No soporto la neblina
de esta tarde ridícula que azota
mi mejilla sin luz como una gota
oscura. El hombre es una sombra huraña,
un aprendiz, un clown, un intruso
que se arriesga a mentir. Adiós, iluso
bufón, quédate solo en tu cabaña.
III
(DÉJAME SOLO)
Déjame solo. Mi tambor desnudo
y esta voz que hace añicos la demencia
me acompañan, me libran de la ausencia
en que me deja tu infeliz saludo.
No he de morir soñándote, menudo
escalofrío ronco de insolencia
ni podrá conmoverme la inocencia
falsa que portas como un vil escudo.
Prefiero la razón que un vitricida
expone ante los santos como un precio
que ha de pagar a Dios por la guarida
temporal que es su cuerpo ínfimo y necio
a esperar, como un mago, la salida
ante el público henchido de desprecio.
IV
(PARA OTRO CASTORP)
¿Por qué te vas, callado, en la nevisca,
joven de melancólicos pulmones
que en mi regazo tu mirada pones
como una huella más de la ventisca?
¿A quién vas a engañar con esos dones
que en ti derramó Dios como arenisca
genésica si el miedo te confisca
hasta las celestiales emociones?
¿Quién eres, caballero de la mancha
húmeda, conteniendo la avalancha
de tus deseos que mi cuerpo ignora
sobre la oscuridad inextricable?
¿Cómo vas a poder con la inefable
tristeza que en silencio te devora?
V
(NO TE ABANDONO)
No te abandono. Soy un peregrino
y como tal regreso. En otra parte
que desconoces volveré a encontrarte
mostrándome el origen del camino.
No te abandono. Sólo te conmino
a una espera de siglos. Sin culparte
de ser causa y efecto del destino
ni de las sombras que disipa el Arte.
No te abandono. Te acompaña el mundo
y esos torpes gigantes que confundo
con el aspa soberbia del molino
o viceversa. Espérame, Utopía.
Yo siempre volveré de la agonía
a restaurar las piedras del camino.
VI
(A RASKÓLNIKOV)
Todos los días vienes del poniente.
Regresas y examinas la macabra
senda irreconocible: tu palabra
madura pero hostil e inconsecuente
con el que fuiste ayer. Todos los días
vuelves al cuchitril en vano, dejas
de hacer algo por ti de inventar quejas
contra el amanecer y los espías
que ves en todas partes. Cada hora
se vuelve contra ti - que en la demora
del pensar reproduces lo magnánimo
del miedo- cada tarde es un secuestro,
una trampa de Dios, mudo y siniestro
como la duración de tu desánimo.
VII
(COMO LADY GODIVA)
Yo te recordaré por el abrazo
de la mentira y por el desaliento
no por el desamparo que lamento
ni por la incertidumbre del fracaso.
Recordar es inútil. Lo prudente
es el olvido que, a merced de todo,
existe, aunque lo niegue de algún modo
un inmortal poema de Occidente.
Pero yo voy a recordarte, amigo.
A pesar del abrazo y de la duda
inmemorial. Yo volveré a tu puerta
como el gozque sediento de tu abrigo.
Siempre regresaré, libre y desnuda,
a galopar por tu ciudad desierta.
VIII
(DE ULISES A PENÉLOPE)
He venido a decir qué tiempo dura
la sucesión impávida del tiempo
porque bien sé que el tiempo es sólo tiempo
y su añoranza largo tiempo dura.
He venido a decir que el tiempo es pura
invención de tus sueños a destiempo
para no resultar un contratiempo
de la memoria eternamente oscura.
Entro en el tiempo como en el azogue
de un espejo flamante que asegura
mi pertenencia a su vulgar recinto.
Y le doy vida al tiempo en la escritura
antes que el tiempo de una vez me ahogue
en su desmesurado laberinto.
IX
(COLMA)
No tengo ni una cabaña que me defienda
contra la lluvia, y estoy abandonada entre
estos peñascos azotados por
la tormenta.
Goethe: Werther
Tú me dejaste sola en la montaña
a merced de la lluvia y del torrente
y cambiaste la historia de repente
impidiéndome entrar en tu cabaña.
Me dijiste que sólo el tiempo engaña
a los cobardes y en tu voz ardiente
creí, sin sospechar de la inocente
desolación que siempre te acompaña.
Quise olvidarme entonces de tu puerta
y caminé bajo la lluvia incierta
hasta que el día agonizó en mi pelo.
Pero no pude contener mis pasos
y regresé para encontrarte en brazos
de la lujuria que borró mi anhelo.
X
(PARA OFELIA)
Acuérdate de mí cuando se eleve
en el silencio tu infeliz plegaria
y déjame escuchar la temeraria
caída inexorable de la nieve.
Acuérdate de mí si a veces llueve
sobre tu soledad imaginaria
que reduce mi nombre a la precaria
marioneta que un raro viento mueve.
Acuérdate de mí que soy la duda
inmemorial y la Verdad desnuda
que no comprende tu mortal pureza.
Cierra los ojos y no pienses. Lejos
yo te estaré esperando en los espejos
como una sombra inútil que regresa.
este azoro que a la sombra de mis versos medita.
Baragaño
Yo, el simpático hijo del lechero,
he escrito una página más
y otro fervor se integra a la marea confusa.
Estoy en el principio, porque nunca he dejado de estar,
y aprisiono unos versos descosidos, unos surcos arrancados de cuajo
a los amaneceres que, todavía, alientan.
Yo, el medroso y simpático hijo del lechero,
aprendí que un poema es una lenta disgregación,
algo que se acumula y ya no puedo rebasar,
pero endilgarle al futuro unos remedos hilarantes,
con el miserable título «poema al padre en los límites»,
es poco menos que una herejía innominada,
una edulcorante rotación de argumentos que se deslavazan
antes de incorporarse a la inmundicia.
Mi padre tiene ojos de res,
una agonía con dos ruedas y una familia rústica,
silba una canción amorfa
y franquea lo insignificante de la gran sabana
mientras se vuelve tegumento desposeído de la ciénaga.
Yo, su apática derivación,
con solemnidad hurgo en la avenida fragmentada
por la intemperancia de los transeúntes,
y a que el lechero no retorne el temor disimulo
con una opacidad decimonónica
de quien pergeña églogas
mientras se inflama la manigua.
En el rotundo instante en que el poema advierte
que la estirpe del patetismo claudicó,
y no regresarán los himnos ni las marchas fúnebres a los bizarros
archipiélagos,
otra vez la luz, aberrante intromisión del mediodía,
cercena el sombrero raído del personaje,
levanta los escorzos dormidos de la piel
e inaugura una semántica
de sepultados tópicos en el imaginario.
Uno por uno, los tediosos zaguanes de la venta el lechero recorre,
organiza la extremaunción de sus vasijas,
disipa compromisos
y sonríe a los desconfiados moradores.
“Hoy no seremos accesibles”
-reza,
ante un portón clandestino y errátil.
Con el cedazo cósmico
una discreta relación su primogénito establece;
él, tozudo protagonista de una novela gótica,
no atiende al arrogante tramado admonitorio
que juzga sus andanzas,
encarnado en la naturaleza de sus íntimos.
Helicoidales son los días en los diagramas del lechero
que persiste en un ámbito de obstinación invulnerable,
como si el desamparo cíclico
hubiera hundido sus pezuñas
en la extrañeza del hogar
y, por extensión, en sus costumbres.
Con su disfraz de clown
para entrampar al celador
que apesadumbra,
proveedor anónimo de una penuria cíclica, él,
no entiende de pactos con la intemperie de la aldea
ni evalúa el escozor del menudeo
por las resquebrajaduras de su rostro.
Yo, luctuoso y simpático calibrador de sus periplos,
elogio los enigmas de su constancia fértil,
semejante a un vocablo
en la inestable arquitectura de la obra,
escojo níveas ánforas
y señalo el tumulto
de papeles abotargados donde él es carne indócil.
Por vez enésima intento justificar mi indiferencia
hacia la vaharada de los líquidos,
pero ningún argumento invalida el decoro
de una duda raigal,
como si la ceremonia asaz contemplativa
a preservarme fuera
de la serena y voluptuosa amnistía del verano.
(Holguín, Cuba, 1971). Poeta, escritor para niños e investi-gador. Para los niños ha publicado: Un país increíble (Poesía, 1992), El Arca de no sé (Poesía, 2001), La enigmática historia de Doceleguas (cuento, 2009) y En compañía de adultos (Poesía, 2009). Ha publicado, además, Reflexiones de un equilibrista (1990), Algunas instrucciones para salir del sueño (1991), Todos los signos del hombre (1992), Días del hombre (1992), Dictado del corazón (1993), Rehén del polvo (1994), Sagrados testimonios (1995), El mundo tiene la razón (coautor, 1996), Desterrado de asombros (1997), Zona franca (1998), Ya no basta la vida (1998), Consumación de la utopía (1999, 2005), La furiosa eternidad (2000), Selva interior, estudio crítico de la poesía en Holguín (1862-1930) (Coautor, 2002), Antología de la décima cósmica de Holguín (2003), La resaca de todo lo sufrido (Coautor, 2003), La inefable belleza (2003), La noche octosilábica; historia de la décima escrita en Holguín (1862-2003) (2004), El más perfecto modo (2004), La sucesión sumergida. Estudio de la creación en décimas de José Lezama Lima (2006); Atormentado de sentido; para una hermenéutica de la metadécima (2007) y Alegoría y transfiguración; la décima en Orígenes (2007).