


¿Sabemos mirar? ¿Desde dónde mira la poesía hoy? ¿Qué cuenta que vio? ¿Qué inaugura un temblor? ¿Quién podrá cerrarlo, cómo?
Mira Daniel Bellón con atención. Y atraviesa lo visible. Y es herido, pero no deja de mirar. Es una de las más firmes apuestas de la valiente y necesaria Editorial Baile del Sol. En Cerval, el miedo nos interroga. Hemos visto, somos o cómplices o delatores de un daño. Hemos de gestionar el miedo, es el reto mayor del siglo XXI y la poesía, que no se impone, se expone, en este libro es “un lenguaje desvelado. O desvelador. Transparencia de un lenguaje que no adorne la matanza”. Y la propuesta es hacerlo desde un lenguaje poético no replicante del lenguaje del poder que nos dicta desde cómo hemos de amar hasta cómo y qué consumir, dejándonos sin capacidad de decidir o de administrar nuestra pasión, nuestras lealtades, nuestra voluntad. Frente a la lógica racional del mercado, una palabra que “reordena el mundo y lo decide playa. Espacio del juego”.
Un texto que nos lleva hacia una noche del sentido y una apertura al horizonte aún por conquistar, desde las ruinas de la ahoridad, desde la hirviente noche expectante. Atrevimiento de releer morosamente este libro es mantener un diálogo interior que genera sensibilidad y conciencia, al menos a un servidor:
“93
Brotamos del amor y nos sacudimos su cáscara nutricia. Para después andar buscando los pedacitos todo el tiempo. Los restos casi invisibles. Para recomponernos. Nuestro amor extremófilo que todo lo soporta. Que resiste las más altas temperaturas. Las más duras presiones. Los fríos antárticos”.
Lo que hermana al lector y al poeta es el espejo nocturno que está atravesado por el misterio y la precisión de un lenguaje o estallido no sujeto, sino liberado, por una fiebre sin temperatura, por una pasión y un estupor en la consciencia de ser en el mundo, ser frágil que visibiliza con palabras lo imprevisible y lo imposible, pero real. Lo real dañado, atropellado. Como cien zurriagazos en la espalda de la conciencia, como cien disparos en su extraño ritmo, en su música de sentido, nos llega con Cerval una poesía volcada en íntima noche, para una con/fusión maravillosa de lo personal y lo social, de lo político y lo votivo. Su estilo, su forma, deviene desde una búsqueda y también desde un estupor que irrumpen en los procesos de escritura de Daniel Bellón con una fuerza y coherencia perturbadoras. La belleza emerge sin disimular las cicatrices de una historia vivida colectivamente en su periplo biográfico, propiciando una poesía en el “hibrys” de un decir que no se somete a la formalidad hegemónica de la lírica dominante en el canon sino que se dispone en una exploración ya característica del poeta de las posibilidades del lenguaje y creación. Daniel Bellón escribe al dictado, entrecortadamente, breves textos que se enlazan por la palabra inicial que es espejo de la que cierra el fragmento anterior, generando un juego no racionalista, sino intuitivo e inconsciente a veces de los procesos mentales. Esta poesía testimonia un proceso de creación en que lo exterior y común es interiorizado previamente y estalla fuera del mundo en ese no-lugar que inaugura la voz poética y es no otra cosa que un volver al mundo por donde el corazón sabe (parafraseando a Eduardo Milán):
“42
Víctima o asesino me dejo ser o soy por habitar un escondrijo entre tus pechos. Refugiados en el calor de tu carne al fuego. Que corra el aire ahí fuera. Que gire el planeta sus giros. Baile sus bailes. Déjame tendido aquí. Encéldame en el espacio que delimita tu aliento”.
Quizá topemos con desaliento, con desazonada mirada sobre los conflictos políticos o éticos que nos desgobiernan. No olvidemos que Daniel Bellón viene pulsando su poesía desde mediados de los ochenta y tanto su experiencia vital, sus lecturas insurgentes (Riechmann, Falcón, Delgado, Maldelstam, Brecht) y sus propios poemarios (Salir corriendo, Tatuajes, Haikus para Tetsuo, Lengua de signos, etc.) atraviesan una transición española que no satisface a los represaliados y olvidados, así como una irrupción en la hegemonía política neoliberal que ha ido restando hasta el presente las posibilidades asamblearias, horizontales y realmente democráticas de un país ganado por las multinacionales, el pensamiento único, la cultura ligth y una anestesiada ciudadanía insensible a los desastres ecológicos, sociales, interculturales.
Estas circunstancias quizás llevan al poeta, solitario corredor de fondo, a no tener que decir poesía crítica, poesía en un mundo en crisis, sino sencilla y directamente poesía. ¿Es poesía pesimista, en derrota? No lo creo, pero sí que es poesía que no admite doma, que no renuncia a mostrar un cansancio en la continua exigencia y autoexigencia. Se puede, siguiendo la obra de Daniel advertir cuán autoexigente es. En su trayectoria el trabajo de la forma lingüística le lleva, con coherencia, a no instalarse o acomodarse en un ritmo de escritura o propuesta sintáctica definitivo, ni a negarle a la sintaxis y sus posibles desvíos o centramientos su eclosión. Es así como pasamos de una poesía en verso blanco a las décimas, del haiku a la poesía en prosa, del versículo a la rima consonante en metro clásico o a la deconstrucción de versos neovanguardistas.
Cerval es un texto liberado que confirma lo que propone Jorge Riechmann en Resistencia de materiales, la poesía es soberana (no el poeta) y en el caso que nos ocupa se constata como ésta se le impone al autor, que casi obedece ciegamente, en una dactilográfica y arrebatada transcripción lo que ella sabe.
Lo cierto es que leer Cerval me llevó a un estado alterado, a una conmoción inextricable que aúna un dolor del ahora, de los otros y a una quemazón personal, a una carga que sólo puede llevar uno. Y no he podido insistir en lo que no agotan una, dos, seis lecturas. Vuelvo al comienzo, a la palabra del autor:
“91
Hay que acercarse y mirar bien de cerca los entornos más extremos: de charcos de ácido /geíseres hirvientes / fosas insondables donde la presión vuelve pulpa de acero / brotan nubecitas de bichitos invisibles e imposibles. Vida resistencia fértil. Anuncio de la derrota final de los asesinos”.
Para este poemario solo resta gratitud y relectura. Yo llevo meses de idas y venidas, casi todas nocturnas, cuando todo calla, cuando la escucha, es atención a lo suficiente. Duele y reconforta, inquieta y revive. Osa. Una osadía que es mirar, que es la gestión del miedo, un paso más allá, quizá, de lo aquí dicho.
¿Cuánto de osados sois?