

Como esquema perfecto del fenómeno intelectual, la filosofía muestra la dialéctica del pensamiento mismo; y en ese sentido, tan recurrentes como a la filosofía serán a la literatura las crisis de lo sofista, debido al énfasis retórico. Todas esas crisis provienen, en definitiva, de una de las últimas verdades del doctor Perogrullo; como el mito de que la Razón tiene un valor objetivo y supracultural, absoluto y no relativo. Asumir que la crítica literaria tiene una función dada, sería asentar que existe un parámetro también dado para la literatura; lo que ya conduce directamente al dogmatismo y ese sentido de autoridad revelada, aún si se apoya en el más vasto nivel de información. En última instancia, la inteligencia consistiría en la capacidad de relacionar elementos, obteniendo otro nuevo; como un principio incluso mecánico, que invalida hasta los presupuestos socráticos, de base pitagórica; y que se limitaban a la perplejidad de no poder explicarse en ese momento fenómenos como la intuición, de carácter absolutamente subjetivo.
En realidad, más bien parece que la crítica, como el arte mismo, tiene una base profundamente subjetiva; y que igual que la Razón, depende de la capacidad del crítico para justificar sus compulsiones. También en definitiva, el objeto crítico puede reducirse al sí o no de que una obra guste o disguste; y el hecho de que un crítico posea argumentos aparentemente más creíbles, no lo acercaría a la verdad concreta de las cosas. Esa perplejidad inicial se superaría con la prudencia de admitir que una obra se aprueba o desaprueba por determinadas cosas; sin pretender que eso sea un juicio definitivo y terminante sobre la obra, que en otro momento puede mostrarnos otras aristas.
Lo mismo con el problema de la autoridad basada en el nivel de conocimiento como índice de objetividad; pues el mismo juicio de que alguien tiene o no tiene lagunas en su conocimiento, no pasa de ser otro exceso de pretendida objetividad; es afirmar que el pensamiento tiene un carácter lineal y no aleatorio, que es por demás con el que enriquece el paisaje en perspectivas. En últimas, el ejercicio crítico deviene en posicionamiento estético y personal; mejor o peor argumentado por el crítico, según sus propios recursos para ello, y que suelen acudir a la retórica y el sofisma.
Quizás todo sea más efectivamente racional si se acepta que el ejercicio intelectual, como todo otro, es profundamente libre; que de la capacidad del crítico para un razonamiento inteligente depende su mayor o menor valor intelectual, y que todo eso no lo hace más objetivo. Es decir, renegando de toda función más allá del acto mismo, postular la responsabilidad del lector; a cuyo juicio definitivo, como consumidor, corresponde esa aplicación de utilidad, independiente del placer del crítico en su propio ejercicio. Es decir, quizás tan sólo como referencia carente de toda responsabilidad; así debería tomarse el trabajo crítico, que arte al fin tiene mucho de eso gratuito que garantiza la autenticidad, y fuera de lo cual las cosas se hacen espurias.
(Ciudad de la Habana, 1963) Escritor, poeta y traductor. De 1993 a 1995 publica poemas en diversas revistas culturales de Cuba, Chile y Puerto Rico. Dirige el proyecto editorial Ediciones Itinerantes Paradiso, en el que ha publicado diversos poemarios y ensayos. En 2004 tradujo El Diamante de la Hierba de Xavier Forneret, y Textos de los Complementos a Gaspar de la Noche, de Aloysius Bertrand; es autor del libro de ensayos La Torre de Marfil, sobre el romanticismo francés.