OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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Hay un grito en tu silencio

 

César Verduguez Gómez

Página 1

Zenón dijo: "ya me lo esperaba, este país en un jabón", recordó Imelda. Eso lo dijo cuando nos llegó la noticia. Quién lo hubiese creído. Nadie, pero nadie, se hubiera imaginado semejante cosa de Adalberto. Un muchacho apacible, estudioso, nada mujeriego, apenas tuvo una enamorada a la que dejó no sé por qué razones. Pamela dijo que por otra chica. No sé, pero nadie pensaba así de él. Yo misma, no creo hasta ahora.

Ya todo estaba listo. Imelda no podía precisar si era la primera, la tercera o la quinta vez. Revisó sus anotaciones, su lista para viajes. La maleta pequeña, el neceser, las cartas, el dinero, el pasaje, la cartera, el queque. Zenón estaba callado. Imelda prefería ahora que hablara aunque le hiciera doler la cabeza con sus temas raros, su silencio era más doloroso. "Febeí" miraba con tristeza, clavando su mirada en el silencio. Imelda estuvo a punto de llorar, pero se contuvo. Podía contener sus lágrimas delante de Zenón, de su hija y de cualquier persona, pero no delante de su hermana. Yo soy la columna de esta casa, soy el hombre, soy la mujer, soy todo, se decía. Yo tengo que hacerlo todo, yo tengo que cocinar, y tengo que trabajar, yo tengo que velar por la casa, yo tengo que reclamar, porque Zenón no puede. Si no estuviera enfermo sería otra cosa. Como en sus tiempos. Me ha dejado toda la carga. Y ahora tengo que ser la más fuerte de la casa. Antes me hubiera tocado llorar, pero ahora no. Una actúa de acuerdo con el puesto que ocupa, y si yo no me comporto a la altura de mi posición, esta casa se va a pique. El cepillo, el monedero. Imelda había llorado en casa de Mildred. Bien, le dijo ella, tú tienes que ser la que debe moverse en esto, tu marido, con lo enfermo que está, no puede hacer nada. Nada, repitió Imelda, suspirando con infinita resignación. Es verdad, prosiguió después al recordar esa charla, y por eso el pobre debe estar sufriendo mucho más; él, que siempre protestaba por las injusticias y le gustaba reclamar y defender a la gente que se veía afectada por alguna arbitrariedad, por algún abuso. La edad mata, y mucho más su mal. Ahora parece que con su propio silencio se estuviera carcomiendo el alma y sus entrañas. De nada vale que yo sea benemérito y jubilado, había dicho, y después de haber servido a la patria casi toda mi vida. De nada, repitió con amarga convicción. Fue idea suya la de meter un papelito escrito en la masa cruda. Imelda dudaba si fue el primer, segundo o cuarto queque que horneó. Todo transcurre para la nada, dijo Zenón. Tanto esfuerzo, tanto tiempo de sacrificio, ¿para qué? El Estado no reconoce ni recompensa servicios en la verdadera magnitud de nuestra entrega. Siempre ha sido así. Siempre. ¿De qué me quejo? Y se hundió nuevamente en el silencio. Pasta dental, jabón, toalla y la ropa de Adalberto, un pantalón, una camisa, un juego de ropa interior, una chompa1. Mildred le había dicho: necesitas ahora más que nunca de toda tu fuerza. Imelda lloraba. Cuando estaba con Mildred lloraba como una niña. Lloraba en cualquier parte, donde nadie la viese. Solo Mildred había visto sus lágrimas.

"Febeí" miraba la puerta. No sé si espera el rato que ha de entrar Adalberto o el rato que he de salir yo, pensó Imelda. El animal parecía sentir también la atmósfera grumosa y gris de la casa. Pamela es la única que ha podido asimilar la ausencia de Adalberto, es que todavía es una chiquilla, se dijo Imelda; aquí están sus dulces. Pamela había comprado una bolsa de dulces para que Imelda le entregara, en su nombre, a su hermano. Tienes que ir donde el subsecretario del Ministerio del Interior, le dijo Mildred a Imelda, y también anda donde Jorge Ramírez, es amigo mío, le dices que eres mi hermana, él es muy bueno, trabaja en el Ministerio de Defensa, te puede ayudar, anda allí, aquí y allá, a tal y cual parte, búscale a fulano y mengano, tienes que decir que tu esposo es benemérito, que tu hijo ha sido siempre el mejor alumno de la escuela y del colegio, que tiene premios y diplomas. Lleva por si acaso sus diplomas. Háblale también a Juan Valderrama, es nuestro pariente por parte de su madre. Su padre es primo de nuestro abuelo. En estos casos hay que recurrir a todo el mundo, y ese está en buena posición y con muchas influencias. Le dices así y asá, como s¡ yo no supiera qué debo decir, pensaba Imelda. ¿O tal vez en estas circunstancias una se embrutece sin darse cuenta? La verdad es que desde aquel día que supe la noticia, vivo atontada. Me avisaron y sentí como un golpe en el pecho. Imelda hizo un esfuerzo para reponerse y de inmediato preparó comida, café, alistó una frazada, compró cigarrillos. Se presentó en las oficinas de la Sección Política. No le permitieron verse con Adalberto, estaba en calidad de preso incomunicado. Por favor, pidió, ¿podrían al menos pasarle estas cosas? Sí, le respondieron, no hay inconveniente.

Solamente es comida, café y cigarros, dijo Imelda. Revisamos por rutina, señora, le respondieron, no se permite pasar notas, cartas, periódicos ni radios.

Zenón, en la casa, estaba entre furioso y apenado: lo de siempre, lo de siempre. Siempre fue igual. Ni siquiera es una repetición. La humildad no se mueve, sigue igual que antes a pesar de los adelantos científicos y técnicos, a pesar de la existencia de más universidades y escuelas, a pesar de haber más pensadores. Sigue estancada. Su manera de ser, de obrar, de pensar, todo lo mismo de antes, de miles de años antes: ambición, poder, odio, amor. La humildad es un punto pegado en el infinito. No va a ninguna parte. Está ahí y eso es todo.

Imelda, al día siguiente cocinó temprano y junto con Pamela se fue a la Sección Política llevando otro portaviandas. Señora, le dijeron, su hijo ha sido llevado a la capital. Preguntó Imelda, la misma pregunta que hizo el día anterior, cuáles eran los motivos, qué razones había para su detención, y ahora, cuáles para su traslado a la capital. No sabemos nada, le contestaron. Son órdenes superiores. Pero, ¿cómo es posible?, expresó Imelda. Ya le hemos dicho, señora. No sabemos nada. Son órdenes emanadas de las autoridades superiores. Nosotros no hacemos nada más que cumplir. Las órdenes son del Ministerio, allí tiene que averiguar. Había piedras tapando sus bocas. ¿Qué siempre ha hecho Adalberto?, se preguntó Imelda. Jamás le había notado ninguna actividad extraña a su vida estudiantil, ni tampoco le escuchó conversación alguna, ni siquiera una alusión, sobre política. Recordó su infancia.

De su pasado tenía un álbum voluminoso de fotografías desde que tenía un mes en el mundo. Y para su futuro abrió una libreta de ahorros, para resguardar su porvenir, para asegurar su existencia venidera, se decía.

Zenón, al enterarse de la nueva mala, el traslado de Adalberto, comentó: no conocemos las leyes del gobierno, son leyes que no pertenecen a los gobernados. No estamos facultados para conocerlas. Pamela tarareaba, como de costumbre, muy bajo. Imelda terminó su arreglo. Estaba todo listo: la ropa, la maleta, el queque. Desde entonces Pamela fue la cocinera oficial de la casa. Ella y Mildred estuvieron para despedir a Imelda en la terminal de flotas de transporte. Viajó de noche.

Después de comprar frutas y empanadas, Imelda se dirigió muy temprano al Ministerio del Interior, donde ingresó presentando su carnet de identidad. Expuesto el motivo de su presencia, los funcionarios buscaron unas listas y le dijeron: no, señora, no hay nadie de ese nombre en nuestras dependencias. Si lo trajeron del interior es posible que lo hayan llevado directamente a las celdas de la Sección Política y recién nos enviarán el parte y los antecedentes. Sí, sí, claro, puede ir allá.

En la Sección Política, nadie pudo o no quiso darle razones sobre el paradero de Adalberto. No lo conocemos y aquí no hay ningún universitario. ¿Del interior? Le han debido informar mal o debe haber una equivocación, pero aquí no está. O quizás lo remitieron al Panóptico, ¿averiguó allí? A veces por falta de campo o por razones especiales se los manda allí. Recordó a Mildred: seguramente tendrás muchos problemas, chocarás con mil dificultades. El camino no te será nada fácil. No te desanimes. Yo sé que tienes carácter, pero hay circunstancias que doblegan a los espíritus más templados. No decaigas. Recuerda que aún tienes una hija y un esposo que dependen de ti.

Llegó al Panóptico, esperanzada. Pero, para su pesar, tampoco se encontraba ahí. No, señora, no está aquí. No insista. No sabemos. Si estuviera aquí no tendríamos por qué negarle una entrevista, pero no está. Tiene que averiguar en el Ministerio. ¿No saben allá? No es culpa nuestra. Imelda sintió una terrible desazón. La carne de su carne le dolía mucho más que cualquier otro dolor físico y moral. ¿Dónde está Adalberto?, se preguntaba. Alguien tenía que saber, alguien debía conocer su paradero, su cárcel. No es posible, se decía en la calle, con lágrimas incontenibles, que una persona desaparezca así como así en una nación civilizada, en pleno siglo XX. Zenón había dicho: si Adalberto se ha metido en algún movimiento político, yo no sé por qué se ha metido. ¿Por qué no habló conmigo sobre estas cosas? Todo movimiento revolucionario es inútil. ¿De qué sirve? De nada. Antes de llegar a la mitad del camino se desvirtúa, se desvía, se estanca, se pierde. Y cuando uno se da cuenta estamos como al principio, no se ha hecho nada, no se avanzó ni un centímetro. Sacrificio inútil de unos cuantos o de muchos miles que luego quedan en el olvido.

Otra vez en el Ministerio, Imelda se preguntaba ¿cuántas veces? sin poderse responderá sí misma. ¿En cuántas oportunidades subió esas gradas? ¿Diez, veinte, treinta? Llegó a saber que en los sótanos de aquel edificio existían calabozos y pensaba si en ese momento no estaría su hijo unos metros debajo de ella celosamente vigilado. Solicitó audiencia, nuevamente. Esperó. ¿Cuántos cientos de horas tuvo que esperar, sentada en una silla o un sillón para entrevistarse con el subsecretario o con la más alta autoridad? Mucha gente esperando, pujando por hablar con el ministro, y cuando parecía que por fin le tocaría el turno, era la hora de cerrar las oficinas o algún personaje jerárquico entraba sin anunciarse, sin espera, para quedarse una eternidad. Otras veces, el ministro salía llamado por el presidente o con alguna misión que decía de gran importancia, o simplemente no acudía a su despacho en todo el día. No faltó quien, rememoró Imelda, la mujer de un fabril preso, me aconsejara: por si acaso ¿porqué no viaja a Viacha y a Achocalla?. Allí también hay presos políticos. También dicen que hay un lugar político llamado Chonchocoro que está en pleno altiplano.

Del paquete de frutas, empanadas, queques y la bolsa de dulces, solo quedó esta última. Me embarqué en un colectivo rumbo a Viacha, a una hora de viaje. Y lo mismo: no estaba Adalberto. Me dijeron que Chonchocoro estaba a siete u ocho kilómetros de camino a pie. Por mala suerte, las movilidades2 pasaban por ahí solo día por medio y justamente, como yo no sabía, estaba en el día que no tocaba; Entonces me fui caminando por el altiplano toda esa distancia. Mi cansancio hubiese desaparecido sí me decían que. Adalberto estaba ahí, pero nada. Con la mayor pena tuve que desandar toda esa distancia. Llegué casi muerta a la ciudad. Al día siguiente viajé a Achocalla, dos horas en colectivo, también en vano.

Imelda no pudo entrevistarse con el ministro, pero sí con el subsecretario, quien le dijo fríamente: es seguro que debe haber alguna confusión. Su hijo debe estar aún en su tierra natal. Como usted misma lo ha comprobado, señora, su hijo no está aquí. Su nombre no figura en ninguna de nuestras listas. Regrese a su ciudad, allí no más debe estar.

En el retorno, la angustia se convirtió en sangre que circulaba por sus venas, convirtiéndose en carne su dolor. Pamela lloró, aunque luego canturreara una canción. Mildred derramó lágrimas en silencio. Zenón dijo: vivimos en círculos.

Existe una íntima concatenación en los sucesos de un tiempo atrás con los de ahora, es como si un punto de la historia se hubiese detenido infinitamente, ese punto es una identidad, y es, o está, cada vez, ayer, hoy y mañana. Lo que quiere decir que un acontecimiento, en cada vuelta del círculo histórico, vuelve a acontecer el mismo acontecimiento.

Los funcionarios de la Sección Política local le dijeron a Imelda y Mildred: ¿no está en La Paz? ¡Qué raro! Pero, lo que es aquí, no está. Si quieren les hacemos ver las celdas. No está, Esa misma noche del día de su apresamiento, los detectives comisionados del Ministerio se lo llevaron. Eran órdenes del Supremo Gobierno. Nos dijeron que lo llevaban a La Paz. Quizás lo hayan dejado en depósito en Cochabamba u Oruro. Por ahí debe estar entonces.

Mañana viajaré a Cochabamba, le dijo Imelda a Zenón, de ahí pasaré a Oruro. Y se acostó tratando de quitarse el cansancio que la aplastaba. Esa noche Imelda soñó. Sonó que sufría hambre, que sentía un dolor en sus carnes debido a ciertas tormentas que la azotaban en cada amanecer, que había muchos inviernos acumulados en sus huesos y que sus células se confundían con el cemento y el hierro, transminándolas. Sentía lluvias heladas remojando su cuerpo desnudo, truenos y relámpagos estallando en su piel. Sus noches estaban cuajadas de miedo y espanto y rogaba que llegara el alba que jamás llegaba. Palpaba en la oscuridad e! polvo al que, muchas veces, se creyó convertida. Un río de vientos de fuego y de hielo recorrió su ser despertándola. No durmió el resto de la noche, repitiéndose a sí misma que ese sueño no era nada más que el producto de su estado anímico y de su imaginación pesimista. Hacía esfuerzos para pensar que Adalberto estaba bien en algún lugar, que lo estaban tratando con las consideraciones debidas a todo ser humano, con el respeto necesario al semejante que, para mayor razón, eran hermanos por el suelo, por la Patria que los vio nacer, hermano por la sangre de la raza, hermanos por Adán y Eva, y finalmente, hermanos por el amor de Dios, pero la oscuridad de la habitación le hizo dudar. Prendió la luz del velador.

Mildred le dijo: haz otro queque para llevarle a Adalberto, es una manera de no perder la confianza, el optimismo. El optimismo le ayuda a tu espíritu y a tu organismo, además ayuda para que las cosas salgan bien.

Otra vez la ceremonia de las horas previas al viaje. El queque, la maleta, la ropa. Zenón, en su sillón, silencioso. Pamela controlando el horno. "Febeí" echado, mirando ese cuarto gris; en el espacio descendiendo esa masa de silencio, gelatinoso. Imelda, nerviosa, presentía la existencia de un grito, dentro de la habitación, dentro el silencio mismo que le agujereaba los tímpanos, un grito que... "Febeí" movió la cabeza para mirar la puerta. Zenón rompió ese agobiante silencio y dijo: una revolución es como una flecha puesta en movimiento, lanzada al aire, todos creen que llegará a algún sitio, pero no, falso. Está inmóvil. Puesto que si dividimos el tiempo y en cada instante la flecha ocupa un punto del espacio, la ocupación de ese punto determina que la flecha, en ese instante, esté sin movimiento. Por tanto, la revolución está ahí, estancada, sin ir a ninguna parte.

Imelda viajó a Cochabamba y de ahí a Oruro. En ninguna de esas ciudades le dieron noticia de Adalberto. De Oruro pasó a La Paz. Buscó a las personas que Mildred le había aconsejado para pedirles ayuda. En ello tardó tres días, porque no fue fácil encontrarlos debido a traslados domiciliarios, o salidas imprevistas, ausentamiento de la ciudad, pero de nada sirvió el encontrarlos: a los que estamos trabajando en el gobierno, no se nos permite, se nos está prohibido asumir defensa o interceder por cualquier preso político, le dijo uno. Lo siento, yo quisiera ayudarte, pero tengo una imprenta grande y sería comprometerme si yo fuera tan siquiera a visitarlo a tu hijo, le dijo otro. Sin embargo, de algún otro modo trataré de ayudarlo. ¿Necesitas tal vez dinero?

Imelda decidió recorrer nuevamente los diferentes centros carcelarios. Por la ventanilla de la Sección Política, el agente le preguntó ¿cómo se llama su hijo? Adalberto Vega. A ver, a ver, sí, está aquí, dijo el agente en tanto miraba una hoja de papel. Imelda sintió que la sangre se le agolpaba en la cara. Una alegría avasalladora la inundó de modo torrencial. Desbordándose por todos los poros de su piel. ¿Pue-puedo verlo? Claro que sí, solamente tres minutos; ¿tiene orden de visita? ¿Orden de...? no, no tengo; dónde se saca eso? En el Ministerio. Imelda tomó un taxi. Apúrese por favor. El tráfico, el embotellamiento de movilidades, el auto no podía correr. Bocinazos. Eran las doce. Cuando llegó, las oficinas estaban cerradas. El lunes, señora, le dijeron. Sintió otra vez esa terrible desazón. Tomó nuevamente un taxi y regresó al edificio de la Sección Política. ¿No es posible verlo de algún otro modo? Vio que otra gente entraba con esa orden para ver a sus parientes presos. Sáquenlo a Wilfredo Sánchez, de parte de su madre, gritó un agente. No, señora, no se puede. Pero al menos, ¿podrían pasarle algunas cositas que traje para él? Sí, claro. Le pasamos. Imelda dijo: vuelvo enseguida, y fue a comprar sardinas, galletas, dos paquetes de diez cajetillas de cigarros, frutas al jugo, empanadas, leche enlatada, mantequilla, queso, pan, aceitunas, carnes frías, mermeladas, manzanas, plátanos, naranjas, trocantes, chorizos en lata. Todo esto y con los dulces de Pamela, el queque casi duro y la ropa de Adalberto, le fueron entregados al agente de la ventanilla. Imelda respiró más tranquila. Quedaba esperar la tarde restante y el día siguiente, domingo.

¿Para quién?, le preguntaron a Imelda que se había hecho presente en el Ministerio el lunes a primera hora para pedir una orden de visita. Para Adalberto Vega. ¿En dónde se encuentra? En la Sección Política. Veamos, puesto "C", Vega va, va, va, ve, aquí no hay ningún Vega. No es posible, exclamó alarmada Imelda. Recurrió al más alto funcionario, cuarto o quinto en jerarquía del Ministerio. Yo misma dejé el sábado alimentos para mi hijo. ¿A quién le dejó, señora? A un agente. ¿Cómo se llama? No sé cómo se llama, me atendió en la ventanilla, él me recibió incluso la ropa de... ¿Cómo se llama, dijo? No sé, ya se lo dije. Identifíquelo, señora, y nos avisa, porque en las listas no está el nombre de su hijo. No existe ningún parte de alta ni de baja a ese nombre. Ha debido sufrir una alucinación, un engaño mental, o tal vez ha sido un error o equivocación de la Sección Política.

Imelda corrió desesperada a la Sección Política. No, señora, no hay ningún Adalberto Vega, universitario. ¿Y dónde está el agente que me atendió el sábado? ¿Qué agente? Uno moreno, flaco, de treinta o treinta y cinco años. ¿Cómo se llama? No sé, no sé, pero él me dijo que mi hijo estaba aquí y me recibió las bolsas con ropa y alimentos. Señora, a tres agentes que el sábado estaban aquí les tocó el turno para ser destinados al interior. Han de volver en doce días. Vuelva usted, lo reconoce al agente y le encara. Pero si él me dijo que... No, señora, no está aquí.

Zenón dijo: todo el mundo dice que el futuro será hermoso, en el futuro viviremos mejor. El hombre será otro hombre, será distinto, será mejor, pero nadie se da cuenta de que jamás alcanzaremos al futuro. No bien avanzamos diez o cien años, el futuro avanza también diez y cien años, y así jamás lo alcanzaremos. El futuro estará eternamente lejos. En conclusión, el hombre será siempre el mismo.

Otro viaje. El hacer un queque era como un rito de esperanza.

En las oficinas del Ministerio, Imelda podía espectar como en un teatro dramático cuadros de dolorosa impresión: mujeres que lloraban incontenibles, implorantes, hincándose algunas ante un funcionario cojo. Levántese, señora. No me venga a llorar aquí. Por qué no lo controló usted a su hijo: ahora hágase, pues, otro hijo. ¿Su esposo? Mejor se busca otro mejor. Levántese, señora, si no quiere que la encerremos a usted también. Ustedes también conspiran contra el gobierno, con sus llantos quieren dar una mala imagen de su gestión: Imelda aguantaba su ira y se hacía la promesa de no doblegar su carácter ni rebajarse hasta esos extremos de hacerse maltratar de ese modo. Cuando le tocó finalmente hablar con el subsecretario, este le dijo: la verdad es que no se sabe nada del universitario Adalberto Vega Estrada. Como no figura parte de alta ni de baja en ningún libro de los organismos de nuestra dependencia, es evidente que se le ha debido dejar en libertad a pocas horas de su detención una vez establecida su no participación en actos contrarios al Gobierno. Creemos de buena fe que su hijo se ha debido fugar con alguna muchacha y deben estar conviviendo ocultos. Ya aparecerá. No se preocupe tanto, más bien vaya a prepararle algo cuando regrese, por ejemplo, una cunita. Aunque es usted todavía joven, ya podría ser abuela. Así es la juventud de hoy.

Imelda se enteró de que Wilfredo Sánchez había salido en libertad, recordó el nombre. Él tiene que haberle conocido a Adalberto. Sánchez. Lo buscó. Sánchez le dijo así: sí, señora, lo conocí a Adalberto Veguita, un simpático muchacho, muy bueno. Estuve con él unos quince días o más. Una noche, a las doce lo sacaron. No sé a dónde lo llevarían. Nos trasladan de un lugar a otro. No sé dónde pueda estar ahora. ¿La comida? Muy regular. No, no tenía frazada ni ropa que cambiarse. Llegó sin nada, nosotros tuvimos que prestarle. ¿Usted le envió alimentos y ropa? ¿Conservas, cigarros? No, señora, durante el tiempo que estuve con él no recibió nada, absolutamente. ¡Ah, sí, ahora recuerdo! Recibió una bolsa de dulces.

El queque, la maleta, Pamela canturreaba. Zenón dijo: La historia es toda una, no varía. Desde los supuestos albores de la humanidad existe la ambición del poder, la traición, el crimen. El Caín y la sangre de su hermano viven eternamente. Solo han cambiado de ropas. Ocurre un crimen y la gente cree que es algo nuevo, o algo que se repite, y no se da cuenta de que es el mismo crimen del año anterior, de una década, de un siglo, de una era anterior. Piensa que es una repetición, pero la verdad es que es el mismo crimen de antes, ¿Por qué creen que existen paralelos asombrosos? Porque el suceso es uno mismo dentro del transcurrir circular del tiempo.

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Carlos Victoria

Foto: Pedro Portal

Sumario

Este Lunes

En Argentina, la crisis de 2001 no ha refrenado la creatividad

Eloïse Cohen-De Timary

Gloria Lorenzo: la magia de las pulsaciones imprevistas

Antonio Orlando RodrÍguez

El visionario Phillip K. Dick

Blanca Anderson

Crítica de la Razón Crítica

Ignacio T. Granados Herrera

Malara: la reconquista de un reino

Pedro A. Assef

Redescubriendo a Teresa Wills Montt

Laura García

De la luz y sus contrastes. El aura de la soledad

Rosa Marina González Y Manuel Gayol Mecías

La ley de Herodes: ¿retórica del poder o dialéctica cinematográfica?

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

Carlos Victoria

Otros miran

Ariel Arias

OtroLunes conversa

con Gustavo Faverón

“Prefiero las novelas que colocan al lector en una encrucijada moral”

con Mari Pau Domínguez

“La novela histórica ha sido un grandísimo descubrimiento”

con Dora Varona

“Soy tremendamente cubana”

con Ronell González

“Confesiones de un grafómano”

con Emerio Medina

“Ser escritor era algo muy poco común en mi barrio”

con Luis García Jambrina

“El libro digital es el futuro que no aguarda a la vuelta de la esquina”

Punto de mira

Contar es un placer. Antología del cuento latinoamericano

Una antología singular

Prólogo

Botón de muestra

César Verduguez

Marco García Falcón

Carlos Oriel Wynter

Cuarto de visita

con el escritor chicano Rolando Hinojosa-Smith

Biografía

Capturados vivos. Entrevista

El mundo enterrado en el sur de Texas. Entrevista

Por esas cosas que pasan (fragmentos)

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa

El martillo y la hoz

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Historia de Juandormido

Luis Felipe Rojas Rosabal

Relato

Instrucciones para desobedecer al padre

Osvaldo Antonio Ramírez

Fragmento de Novela

Aún hay jueces en Berlín

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Waltz with Bashir

Laura García

La marmita, de Poesía

Marmita de octubre

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Final

Antonio Méndez Rubio

Poemas

Rafael Vilches

Poemas

Belén Artuñedo

Poemas

Ronell González

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Carlos Montenegro. Un escritor hijo del presidio

Junot Díaz y las rebeldías cotidianas

Eliseo Alberto y la espiral devoradora de la palabra

Rosa Montero y las leyendas esenciales

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La futura esclavitud

José Martí

El socialismo y el Estado

León Trotsky

De lunes a lunes

El venezolano Rafael Cadenas obtiene el premio FIL de Literatura 2009

Inicia editorial Iduna homenaje por el centenario del natalicio de José Lezama Lima (1910-2010)

Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2008 a la cubana Yamilet García Zamora

Iduna en la Feria Internacional del Libro Miami, 2009

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España, aparta de mí estos premios

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El único hombre

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La inutilidad de un beso

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Bajo un millón de sombras

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Deseo de ser punk

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