

“Cuando cada cosa se vive hasta el fin, no hay muerte, ni arrepentimiento, ni tampoco una primavera falsa; cada momento vivido abre un horizonte más grande y más ancho, del que no hay salida, salvo el vivir.”
Primavera negra. Henry Miller.
Desde la última vez que tuve el atrevimiento de sumergirme en estas aguas digitales, no ha habido mayor novedad en mi rutina que la del fin del verano. El charco del cielo, las marquesinas de los cines y las copas de los árboles, mi pierna derecha escayolada, tu corazón cambiante, el azogue de los espejos, todo, absolutamente todo se empaña de otoño, y aparece como por ensalmo, en letras mayúsculas y áspero trazo, la siguiente frase: “El verano ha muerto”.
Según nos hacemos adultos aprendemos forzosamente a relativizar las cosas, a incorporar en nuestra visión un ancho espacio que sirve para distanciarnos y así en teoría sufrir menos. Pues bien, a pesar de estar jubilado y tener una edad más que provecta, vivo esta situación como una auténtica desgracia, con irritación y desconsuelo, peor que cuando era niño y empezaba la escuela.
No soporto que apaguen la amarilla luz del verano. Ahora mismo me encuentro a oscuras, sin una vela o linterna a mi alcance, desorientado como brújula desnortada. Ni el fulgor que desprenden las páginas de la nueva edición de Anna Karenina (Alianza Editorial) consigue iluminar mis ojos cuajados de niebla; sólo la llamada de mi amigo Mateo logra disiparla un poco:
-Temisto, ¿cómo sigue tu pierna?
-Ahí va… ¿Qué tal estás tú?
-Pues bien, apurando los últimos días de vacaciones y leyendo todo lo que puedo.
-Cuéntame.
-He disfrutado mucho con Soul Man, de José María Mijangos, publicada en Lengua de Trapo. Es una novela fresca, descacharrante, sobre un músico que tuvo éxito en los años 60 y acaba de reponedor en un supermercado. Cuando vuelva a Madrid te la presto. Te va a encantar.
-Muy bien.
-Me han parecido muy divertidos los últimos cuentos de Fernando Iwasaki; el libro está en Páginas de Espuma y se llama España, aparta de mí estos premios.
-Al hablar de cuentos he recordado que Navona editó hace poco Doce cuentos sutiles de Clarín. Son un auténtico prodigio.
-Creo que no he vuelto a Clarín desde que era estudiante. Por cierto, tienes que leer La Casa de la Infancia, una novelita corta de Marie Luise Kaschnitz.
-Esa creo que la tengo. ¿Está en Minúscula, no?
-Sí, sí.
-Pues nada, te haré caso.
-Bueno, dime tú algún título que merezca la pena.
-Dora Bruder, de Patrick Modiano, en Seix-Barral. Me recuerda bastante a otras novelas suyas, El café de la juventud perdida o La calle de las tiendas oscuras, aquí también desaparece alguien, en este caso una niña, y el propio Modiano se obsesiona con ella y empieza a investigar. Su prosa tiene ese estilo tan directo y elegante, aparentemente sencillo, que en ocasiones me recuerda a Hemingway.
-Ah.
-Anota En busca de horizontes de Arthur Schinitzler, un retrato de la Viena de primeros de siglo XX. Y hace unos días terminé un ensayo sobre Clint Eastwood de Carlos Aguilar. Los dos libros se encuentran en Cátedra.
-Yo de Cátedra compré el otro día François Truffaut de Luis García Gil. Lo llevo por la mitad. Es amenísimo… Oye, te tengo que dejar, me reclaman para comer. Te llamo después y me sigues contando. Un fuerte abrazo y ánimo, que sé que el otoño te sienta fatal.
-Lo mismo te digo.
Y la conversación finaliza, acaba, se muere igual que el verano, adiós. Pero nosotros, como escribió Philip Roth en El animal moribundo, seremos inmortales mientras vivamos.
Septiembre, 2009