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“Instrucciones para desobedecer al padre” es real y a veces triste, brutal en ocasiones, pero, sobre todo: apasionada. Pueden verse historias inconclusas, e incluso algo confusas, Daniel es un hombre emprendedor, pero poco resolutivo. No es la vida la que le ha venido mal, él ha hecho mala la vida. La tercera posibilidad, el tercer camino…eso es lo que nunca encontró, porque en realidad nunca cambió. Ingenuo Daniel hasta el final, y, aunque no lo parezca, no es nada independiente, tal vez sí en las decisiones, pero no en las acciones: en ninguna está solo. En sus escapadas primeras, tal vez en esas si estuviera solo, en el resto de la historia no, nunca estuvo solo en sus recuerdos. Ingenuo con el servicio militar, con la travesía en balsa, con el asesinato de La maja, con las intenciones de Rey, con Dona, con Malkovich… hasta piensa que su situación cambiará, como cambia la dirección del péndulo de Faucault. Daniel no cambiará, no puede, las fuerzas de la historia lo superan.
El autor
Instrucciones para desobedecer al padre (fragmentos)
Lápida será mi ausencia sobre este pueblo que tendrá que seguir respirando bajo ella sin haber muerto por no haber podido nacer. Cuando esto suceda, puesto que no soy eterno, yo mismo te mandaré comunicar la noticia.
Augusto Roa Bastos
“Yo el supremo”.
Contaré la historia de un desastre, mi hundimiento y el de otros, y la premonición de los que aún están por hundirse. Avanzaré hacia mi destino sacudido por una extraña corazonada, conmoción que pudiera comenzar en el instante en que la doctora haga la acostumbrada pregunta anodina:
- ¿Edad?
Saqué la mirada al exterior. Ni la lluvia, ni la insistencia de la doctora: ¿edad?, pudieron evitar que la certeza golpeara mis testículos, arrugados por el dolor. La vida comenzaba a golpear -¿por qué no lo comprendí antes?- y en los últimos tiempos mi enteca verguita guardaba para sí restos de orine que se encargaba de soltar en el calzoncillo para dejar máculas amarillentas que, en más de una ocasión, fueron la causa de discusiones con mi mujer. No había reparado que una avalancha de años me caía encima, hasta que la doctora preguntó, ¿edad? Yo parecía diluido por la lluvia del exterior, los manotazos del viento y la vaharada de calor que desprendía la descomposición de los goterones al estrellarse contra la calle y los tejados, que parecían crujir con el peso que les dejaba caer Dios. Nunca antes había sentido tanta soledad espiritual. Una sacudida de abandono lanzó mi maltrecha anatomía contra la banqueta.
-Cincuenta -la cifra subió por mi garganta como un vómito cartilaginoso.
- ¿Cincuenta? No parece.
Clavé los ojos a la doctorcita con deseos de mandarla al carajo y levanté la manga de mi camisa. La enfermera, que tenía un culo descomunal, aprisionó el brazo con la cinta de goma, volteó la palma de mi mano hacia arriba, con un movimiento dulce, verdaderamente tierno y pegó varios golpes en el doblez del interior del codo. Sentí la aguja perforando la piel y miré a la enfermera con cara de monja, que parecía introducir una dosis de fe en mi organismo. Yo había vuelto la cara y encontré los ojos de la doctorcita recorriéndome, especie de Tomografía Axial Personalizada. Las punzadas en mi cabeza no dejaban espacio para conversaciones, sin embargo, me atreví a preguntar.
- ¿Qué edad tienes tú?
Miró hacia la pregunta con cara de Teresa de Calcula antes de responder:
-Cualquier edad es mala para sufrir.
Vi la espalda que se alejaba para dejarme solo en la enfermería de Urgencias, con el brazo atravesado por una aguja empeñada en engañar al terrible dolor clavado detrás de los globos de los ojos, en la nuca y en mi existencia misma.
Antuán se había detenido detrás para que pudiera recostarme en él porque la banqueta sin espaldar resultaba bastante incómoda. Antuán nunca me abandona, siempre está junto a mí como ángel de la guarda. Acarició mi pelo. ¡OH, Dios!, fue una caricia compasiva, casi de lástima, me hizo recordar la pregunta de la doctora: ¿edad?, y aquel tango: se está poniendo blanca toda mi cabellera, la nieve de los años me está cayendo ya. La verdad es que sentía deseos de suicidarme, pero, como el líquido mágico que la enfermera filtraba en mi organismo comenzaba a provocar un sopor delicioso, decidí que lo mejor era esperar porque para suicidarse siempre hay tiempo.
-Espera media hora. Tienes alta la tensión arterial-. Me tuteaba desde el inicio, no creo que por aquello de la relación médico-paciente sino porque entre nosotros se tendía un hilo invisible. No quedaba otra salida, por el momento, que someterme a sus designios profesionales.
Fuimos a sentarnos en uno de los bancos del recibidor. Antuán junto a mí, aferrándome por el brazo como si se hubiera propuesto no dejarme escapar de la vida. Sentí un letargo que parecía sueño, pero era algo más: me hundía sin remedio en una laguna de cansancio mientras caminaba por el pasillo de paredes recubiertas con cuadros blancos y negros. Parecía que flotaba entre el mal y la pureza. A mi izquierda, la ventana abierta me regaló una vista inusitada del exterior: las nubes comenzaban a palidecer gastadas por la lluvia; y al fondo, el cielo, borroneado por las mismas nubes, se veía límpido, casi alegre a pesar de la oscuridad. Hubiera creído que la madrugada se alegraba. Yo estaba allí, con mis cincuenta años, arrastrando los pies y con la cabeza destrozada por la maldita migraña. Menos mal que mañana es sábado y no tengo que trabajar, dijo Antuán.
-Hoy -corregí.
-Es verdad, ya amanece.
Los sábados son días alegres que pasamos todos juntos, a veces como lagartos al sol de la desidia existencial, pero juntos. Son diferentes porque, además de la comunión familiar, rompo con la rutina de las clases, el claustro de profesores y el sin fin de reuniones de la semana para sumergirme en el absoluto disfrute de la compañía de mis seres queridos. Esta planificación, este deseo, puede malograrse con la aparición de la maldita jaqueca.
Antuán me aguantó por la cintura, en un dulce intento por sostener mi anatomía, que amenazaba con desmoronarse. Regresamos a la oficina de la doctorcita. Ella me observó por encima del estetoscopio y del paciente que atendía en ese momento. Sin dejar de asistir al pobre que, por cierto, se veía muy mal, levantó la mirada. Pensé que volvería a preguntar la edad para burlarse del viejo migrañoso, pero no, se limitó a mirar con sus ojos melosos y entornó los párpados y los puso tan putísimos que casi hacen saltar la cremallera de mi pantalón.
- ¿Te sientes mejor?
-Sí, claro, estoy de puta madre -me burlé.
- ¿Quieres marcharte?
Nunca había escuchado una pregunta tan imbécil, capaz de inutilizarme al punto de ni siquiera poder analizar la frase.
-No sólo quiero sino que me voy ahora mismo.
-Si te vas no vuelvas porque si vuelves quedas.
No sé dónde aprendió la frasecita. Lo cierto es que en otro tiempo fue muy usada contra quienes se iban del país. Pero yo no tenía ánimo para elucubraciones generacionales porque a la mía le ha tocado vivir al borde del descalabro, desconcierto, desvivir (cacofonías y todo) arrastrada por la inercia y la repetición; nos ha tocado una patria sobrada de mártires, héroes, victorias y derrotas (¿acaso África fue una victoria?) que han sembrado una leyenda para apologistas y detractores, repleta de traidores confesos y aún por traicionar.
Afuera la llovizna era insignificante. Salimos. Yo iba casi a rastras, colgado del hombro de Antuán. No había por todo aquello un transporte que pudiéramos utilizar para llegar a casa, ni siquiera uno de lo recurridos carretones tirados por caballos. En los charcos dispersos se reflejaban los hilos del alumbrado público y las luces de neón, innecesarias ya. Caminamos buscando la protección de los aleros, empeñados, a su vez, en dejar caer sobre nosotros el agua acumulada en los tejados. La madrugada parecía nuestra. Las calles semejaban un desierto de humedad. La presión de la mano de Antuán en mi brazo transmitía vitalidad. Yo no podía con el desespero por llegar a casa y echarme en la cama para sumergir mi vida en unas horas de sueño que, en mágica combinación con el medicamento en el torrente sanguíneo, serían suficientes para devolver la tranquilidad a mi organismo. Caminábamos como sufriendo el mismo dolor. Sin previo aviso la lluvia cerró la madrugada. Sin dejar de ser uno nos apresuramos para alcanzar la protección del portal que hacia una ele en la esquina. Antuán cubrió mi cabeza como pudo. Éramos sólo nosotros, la ciudad y las izadas banderas amarillas de una epidemia de lluvia.
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De pronto, como si lo que diría fuera el centro del mundo, me detuvo por el brazo:
- ¿Sabes la última? Fidel renunció.
-Algunos comentan que las palabras del compañero Fidel, como él mismo se hace llamar, son inventadas en un laboratorio para la desinformación.
-Dicen que murió. ¿Será cierto?... Nunca lo sabremos -se respondió sin dejar de sostenerme por el codo-: quizá sepamos de su muerte, mejor dicho, se enterarán otras generaciones cuando la mención del nombre no les diga nada.
- ¿Crees que lo momifiquen?
-Es posible que usen técnicas egipcias mejoradas con el tiempo y el conocimiento de los mejores egiptólogos. Tal vez la noticia se conozca cuando el cadáver sea de piedra.
-Pero cuando la ausencia se haga sentir la gente va a preguntar, querrán saber la verdad.
- ¿Quién lo hará? A nadie se le ocurrirá abrir la boquita para disentir.
-No jodas, Rey, tenemos una Constitución...
-Que garantiza ciertos derechos -interrumpió-, también, leyes paralelas que la subvierten. Este es el país de la subversión. Existen libertades, es cierto, en la interpretación de la letra, pero, al margen, están los decretos y resoluciones que se encargan de garantizar, por ley, que todo lo que expreses sea políticamente correcto. ¿Sabes el cuento del grupo opositor que fue a inscribirse en el Registro de Asociaciones? -No sabía nada, dije, porque en los últimos tiempos abastecer la mesa arrasaba mis neuronas-: Pues te digo que fueron a registrarse y mostraron su plataforma y programa político que eran nada más y nada menos que “La historia me absolverá”...
- ¿Nos absorberá?
-A nosotros nos absorbe hasta que nos absuelva... si es que lo hace.
Parecía un cuento más, de miles, pero Rey, como si percibiera mi escepticismo, sentenció: Mañana podemos pasar por la casa donde tienen la sede este mes, porque se mueven constantemente para evadir a los chivatos y la policía política.
- ¿Crees que la cosa cambie?
-La generación de los guerrilleros está dividida en raulistas y fidelistas. Los otros significan poco y se limitarán a seguir el curso de los acontecimientos, ninguno nadará contracorriente a riesgo de perder las prebendas que disfruta, el eco de los defenestrados retumba entre las paredes del poder, nadie apostará a ciegas, puedes estar seguro. Cuando Raúl se haga del mando barrerá a los seguidores del hermano para hacer creer al mundo que ha llegado un Gorbachov caribeño, pero será como el exorcismo de los santeros: te limpian, aseguran que los males se van en los yerbajos o el huevo que han pasado por cada recoveco del cuerpo, pero, al final, todo es externo, la psiquis sentirá cierto acomodo, y nada cambiará.
Paralizados en medio de la noche, de la caminata y la incertidumbre a la que me conducía, hablamos de ellos y nosotros, sin olvidar el obligado manto conspiratorio, la presencia omnisciente del miedo; hablamos del futuro posible y el pasado perdido, de nuestras vidas sesgadas por la utopía sin posibilidad de enmendar rumbos; hablamos sin que pudiera discernir el por qué de la conversación intrascendente, traída por los pelos, sólo se me ocurre pensar que bajo ésa lápida transcurrirá ésta historia.
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Deambular, vagar sin rumbo, la oscuridad eterna, absorbente, reposada, como si en el transcurrir de su existencia no se percatara de la sombra que arrastra a un hombre por las calles sinuosas, de mi sombra serpenteando por la oscuridad en un intento pueril por desandar el último trecho de mi vida, desde la fatídica madrugada de la aparición de Maja Vestida, tal vez un poco atrás, desde la primera escapada. Sombras chinescas por todas partes: Antuna con los ojos desmesurados por la incomprensión; las olas golpeando la vida para imponer la muerte. La sacudida. Los tablones milagrosamente salvadores. Olas olas olas olas olas olas. Con seguridad un chivato contaba cada uno de mis pasos y si aparecía un grafiti disidente en la mañana, lo que no era difícil de suponer, describiría cada línea de mi anatomía, los pasos trémulos: Pasó por aquí haciéndose el enfermo, muy oscuro él y la noche, estoy convencido de que es culpable, hasta una lata de pintura llevaba. Malkovich perdería el control: ¡Carajo, te dedicas a robar, contrabandista, enemigo de la sociedad, cazador de putas púber, lacra, traidor y, para colmo, pones un cartel atacando a los que te dan comida, eres como los gatos: cierras los ojos para no ver la mano que te alimenta!!
Sentí una humedad extraña, cálida, que se acumuló hasta romper el dique del calzoncillo y lanzarse piernas abajo. Torrente indetenible. Todo era confusión, suposiciones, migraña en ascenso y orine. Infantilmente meado, senilmente meado, espantosamente... Caminé hacia el centro en busca de luz -no me importaba que vieran la meada- para evitar lo que antes supuse. En la cafetería de la Terminal de ómnibus deambulaban borrachos, más de un demente, ladronzuelos nocturnos y de poca monta, homosexuales portuañeleros, voyeurs escaladores en horario de receso. Parecía el marasmo de la ciudad. Oiga, tiene el pantalón mojado, dijo una voz que no quise conocer y seguí hasta la barra. Pedí dos cigarrillos de los que venden por menudeo. La primera bocanada por poco seca el pantalón anegado. Tosí. Tocaron mi hombro. Reconocí al lunático del parque, al que le vomité los pies. ¿Me deja encender? Sostenía una colilla en la que se destacaba el filtro. Pude pensar: a este le gusta fumar bueno, pero no lo hice. ¿Qué cosa es eso, te measte?, señaló el pantalón.
-Agua, es agua del manantial de mi vida.
-Estás borracho, los borrachos son una mierda, los borrachos son el pellejo de la sociedad.
Salí al exterior y me lancé a cruzar la avenida. Llevaba los pulmones desbaratados por el alquitrán del cigarrillo que, sin dudas, había sido elaborado en alguna fábrica clandestina. Meado y con los pulmones molidos. Sentí un chirrido de neumáticos, frenazo descomunal que catapulteó al exterior de la cafetería a los alegres noctámbulos. Las luces del vehículo se recostaban a mi anatomía. Olor a metal y el calor de las lámparas de neón me golpeaban. El chofer abrió la portezuela y se abalanzó sobre mí: Ven acá, compadre, ¿usté es come mierda o qué?... ¡EH!, ¿qué coño te pasa? Era Miguelito, el loco. Colocó una mano en mi hombro para luego abrazarme: ¿Qué tienes, tú? Yo no sabía qué contestar, sólo se me ocurrió: He descojonado mi vida, Migue.
-Dale, monta -palmeó mi espalda.
El aire acondicionado del moderno auto enfrió la meazón.
-Voy a llevarte a tu casa...
- ¡No! -atajé-. Para la casa no, déjame por ahí, en cualquier parte.
El vehículo se movió con rapidez. Las luces y el rugido del motor cortaron la ciudad y la noche. Salimos a la Autopista Nacional. Comencé a temblar a causa de la meada y el aire acondicionado.
- ¿Quieres que baje el aire?
- ¿Para dónde vamos?
-A un lugar tranquilo, para conversar como en los viejos tiempos.
¡Uf!, los viejos tiempos.
Nos detuvimos en un flamante paradero para turistas, desbordado de luz y olores compensatorios. Fuimos a sentarnos a una de las mesas del exterior, bajo la noche y la tranquilidad de la distancia. Corría un aire agradable. Miguelito fue a la cafetería. Regresó con dos Coca Colas.
- ¿Y eso? -se me ocurrió preguntar. Indagación tonta porque era evidente la respuesta:
-Para refrescar. En las condiciones que te veo me parece que no debes tragar nada que contenga alcohol. Estás hecho mierda -dijo y abrió las latas en gesto de lastimosa cortesía.
Yo estaba hecho mierda. Miguelito el loco, el loquísimo, no estaba hecho mierda.