

Si al autor de estas líneas le gustase hacer frases escribiría algo así como: “El corazón de los alemanes es una caja fuerte, y cuando consigues abrirla encuentras una póliza de seguros”.
Pero también podría escorarse del lado de la filología y asegurar, con una bastante mayor aproximación a la verdad (o al menos con no tanto sarcasmo como en el caso anterior), que la palabra clave del idioma alemán es la palabra “seguridad”, precediendo en el ranking al así mismo sustantivo “póliza”, esto es: una seguridad asegurada por una compañía de seguros.
Semejante conocimiento no se adquiere de inmediato. Hace falta vivir algún tiempo en el país para darse cuenta de cuál es la clave del alma alemana. Más fácil es descubrir otra característica suya, por lo externo de sus manifestaciones: la queja, el lamento, el andar renegando.
El alemán que no se queja ni se lamenta ni reniega, ha dado un gran paso adelante hacia la pérdida de sus señas de identidad nacionales. El alemán es un jeremías innato, que por lo demás siempre está dispuesto a llevar sus quejas hasta el juzgado. No creo que exista ningún país en el mundo con un mayor coeficiente de procesos judiciales por ciudadano.
Ojo: lo de quejarse no es una nota distintiva exclusiva de los alemanes. Los españoles también son bastante quejillosos, pero a uno le da siempre la impresión de que se lamentan de vicio (y no sólo eso, sino que incluso están en condiciones de sublimar artísticamente su queja: basta oír un recital de cante flamenco). Recuerdo al respecto, de mis primeros años en Alemania, entre 1963 y 1975, que cada segundo domingo llamaba por teléfono a Huelva, a saludar a la familia y saber cómo seguían, y lo que no se me olvidará nunca es que a mi segunda o tercera pregunta –“¿Cómo andan las cosas?”– mi padre siempre respondía, invariablemente: “Cada vez peor”. Con lo cual quedaba demostrado, sin que él se diese cuenta, que no hay límites para lo peor: ni siquiera lo pésimo. Pero volvamos a los alemanes.
Cuando se aborda este tema de la intensa relación de los alemanes con la Justicia, de manera inevitable aparece la leyenda del molinero de Sans Souci.
A fin de que me entiendan, y por si no conocen los hechos, la leyenda es la siguiente: Dícese que cuando Federico II, llamado el Grande, rey de Prusia, construyó su palacio de Postdam, Sans Souci, estaba malhumorado porque en las cercanías del mismo había un molino, el rotar de cuyas astas perturbaba el áureo silencio de su mansión. Y ordenó que fuera demolido. Pero el molinero se opuso, y le arguyó con una de las frases más acendradas del imaginario alemán: «Sire, es gibt noch Richter in Berlin! (¡Majestad, aún hay jueces en Berlín!)». Los cuales jueces, siempre según la leyenda, fallaron en favor del molinero. Y el buen Federico, amigo, discípulo y protector de Voltaire, tuvo que acatar la sentencia. Aunque, después de todo, ¿no fue él quien resolvió la cuestión de la libertad de cultos de la manera más civilizada que se conoce? ¿decretando que cada uno de sus súbditos debía ser feliz “a sa façon”, es decir, como más le pugliese?
La leyenda está tan acendrada que hasta la encontramos en la primera novela del gran Theodor Fontane, en Vor dem Sturm (Antes de la tormenta), cuyo trasfondo histórico es la campaña de Napoleón en Rusia, a la que había precedido la derrota de Prusia por el Corso. En una reunión en casa de la señora Hulen, la anfitriona cuenta el caso del viejo Sängebusch, que al morir pidió ser enterrados en un ataúd verde, como símbolo de que su querida Prusia iba a renacer un día. Y ello provoca el siguiente comentario del personaje Schimmelpenning:
«Equivocarse es humano, pero ese viejo Sängebusch no se equivocó... ataúdes verdes o no, le suplico que no me malentienda, yo soy protestante y desprecio toda superstición. Esos ataúdes verdes son una chiquillada. Pero tenemos que renacer... ¿y por qué? Porque tenemos una Justicia. Ese es el busilis. Justitia fundamentum imperii. Muéstreme en toda la historia antigua o moderna algo parecido a lo del molinero de Sans Souci. (...) El tribunal imperial, señores míos. Y lo de “aún hay jueces en Berlín” es algo que hasta nuestros enemigos nos lo han reconocido. No quiero decir nada en contra de los franceses, pero hay algo que debo decir: carecen de Justicia. Y donde no hay Justicia no hay medida, y donde no hay medida no hay victoria. Y si hubo una victoria, no es duradera y se convierte en una derrota».
Pero en honor a la verdad hay que decir, a pesar de la patriótica parrafada de Schimmelpenning, que lo del molinero de Sans Souci no pasa de ser una leyenda. De hecho, está documentado que al gran Federico le encantaba la vista bucólica del molino desde las ventanas de su palacio. Con lo que a continuación se vuelve a plantear de la manera más seria del mundo si fue primero el huevo o la gallina. ¿Serán los alemanes tan pleitistas porque el molinero de Sans Souci, según la leyenda, le ganó el juicio al rey de Prusia?... ¿o no será quizás que los alemanes inventaron la leyenda de que el molinero de Sans Souci se metió en pleitos con el rey de Prusia porque meterse en pleitos es una componente sui generis del gen teutónico... y querían disponer de un imperativo categórico histórico que lo justificase?
No seré yo quien se ponga a discutir con alemanes acerca de este tema. Serían capaces de llevar al juzgado a mi modesta persona por el simple hecho de poner en duda una de sus leyendas más acendradas y, dicho sea de paso, más edificantes. Así es que, in dubio, pro reo.
Huelva, España, 1939) Escritor y periodista, reside en Alemania desde 1963. Poseedor de una vastísima obra periodística, es autor, además, de los siguientes títulos La generación del 39, (cuentos. Nueva York, 1972), Lorelei-Express, (radioteatro, Hilversum, 1978), GBZ contra E, (radioteatro, Colonia, 1979), Jakob y el otro, (radioteatro sobre un cuento de Juan Carlos Onetti, Colonia, 1981), Kabarett para tiempos de krisis, (espectáculo teatral, Madrid, 1984), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva, 1994), Amos y perros (cuento, Huelva, 1997), Me queda la palabra (conferencias, Huelva, 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid, 2000), La serenata de Altisidora (libreto de ópera, música de David Graham, Camagüey, 2000), Cuaderno de Bitácora (diario de un viaje, Madrid, 2003). Tiene en su haber dos antologías de literatura española contemporánea, realizadas en colaboración con Felipe Boso y ambas publicadas en Alemania, y ha traducido por placer gratuito a grandes poetas de esa lengua: Goethe, Theodor Fontane, Else Lasker-Schüler, Gottfried Benn, Bertolt Brecht, Erich Fried, Hans Magnus Enzensberger, etc. Ha cuidado en Alemania la selección y edición de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela; en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú, y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll ("Don Enrique" , La Paz, 1995).