OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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La ley de Herodes: ¿retórica del poder o dialéctica cinematográfica?

 

Alfredo Antonio Fernández

El año 1999 resultó paradójico para la cinematografía y la política en México.

Fue el año del estreno del filme La ley de Herodes (1999): una sátira de tintes de humor muy oscuro producida por Bandidos Films y dirigida por el cineasta Luis Estrada.

Y también fue el último año del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder  después de setenta años (1929-1999) consecutivos como partido de gobierno.

¿Qué relación hay entre una y otra cosa?

En apariencia ninguna sino fuera porque el cine en México ha dependido muchas veces de la inserción del poder sexenal de las familias políticas en la producción y distribución de películas.

Y a la vista los ejemplos de Luis Echeverría (1970-1976) como presidente y su hermano Rodolfo como gestor del cine.

Y el de José López Portillo (1976-1982) como presidente y su hermana Margarita igualmente responsabilizada con el cine.

Y también los ejemplos recientemente documentados por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el ciclo “Censura cinematográfica en México” (11-20 enero 2008) en el que se exhibieron películas previamente “satanizadas” por la censura.

México, la revolución congelada (1970) del argentino Mauricio Gleyzer que estuvo treinta y seis años sin ser exhibida y Rojo amanecer (1989) de Jorge Fons sobre la masacre de los estudiantes en 1968.

Y las más antiguas como La mancha de sangre (1937) de Adolfo Best-Mangard, La sombra del caudillo (1960) de Julio Bracho y El brazo fuerte (1958) de Giovanni Corporal.

Pero el hecho es que en 1999, cuando se suponía a punto de ser enterrada la dependencia entre cine y política, renació la censura fílmica.

Y esta vez la víctima del ocaso del PRI como partido de gobierno fue un filme de singular título: La ley de Herodes que alude metonímicamente (la parte por el todo) al conocido refrán: te chingas, o te jodes…

¿Quién fue el “el chingado” y el “jodido”?

Todo parece indicar que “el chingado” fue un funcionario del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE) que después de aprobar La ley… como proyecto fílmico dio marcha atrás.

Y burdamente emitió un tardío veto que transformó en “jodido” el intento de presentar la película en el Festival de Acapulco.

Aunque luego, paradójicamente, la censura hizo del filme un éxito taquillero sin precedentes en el 2000: primer año de gobierno del Partido Acción Nacional (PAN) relevo del PRI en el control político de la nación.

Y no sólo en México tuvo repercusión La ley…

En el extranjero cosechó una rápida sucesión de triunfos en festivales internacionales de cine como los de Sundance, Ajijic y Valladolid y nominaciones para los de Cartagena (Colombia) y PFS y MTV (Estados Unidos).

La ley… se ubica cronológicamente en 1949 durante el sexenio presidencial de Miguel Alemán.

Y espacialmente en la localidad de San Pedro de los Saguaros: una población de la ficción cinematográfica como de la ficción literaria lo es Comala en Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Con la diferencia de que en Comala los espíritus de los muertos hablan de sus penas en vida.

Y en San Pedro de los Saguaros (cien habitantes casi todos ellos indígenas que no hablan español) la gente apenas habla y se comporta como fantasmas que dan pena.

A la capital de provincia llega la noticia de que el corrupto presidente municipal de San Pedro de los Saguaros ha sido decapitado a machetazos por los indígenas en justa venganza por su avaricia del patrimonio ajeno.

Ya antes había ocurrido algo similar con otros dos presidentes municipales: uno quemado vivo y el otro ahorcado para un total de tres en los cinco primeros años del período sexenal de gobierno.

Y se le plantea entonces al licenciado López (Pedro Armendáriz Jr. en el filme), secretario de gobierno en la provincia, la disyuntiva de que el cargo quede vacío o enviar como sustituto a Juan Vargas: “un pobre diablo” que por inocuo e inofensivo no debe ser tan corrupto como su antecesor y cuyo rol interpreta impecablemente el actor Damián Alcázar.

El licenciado López es un típico representante de la más rancia casta de políticos aferrados al poder.

Ante Vargas reiterará el slogan de la fusión simbólica de patria y nación en el partido de gobierno: “el reto para nuestro partido, por el bien del país es estar en el poder por siempre y para siempre”.

Y con esas palabras martillando en los oídos, pero sin experiencia de cómo hacer las cosas, Vargas llega al pueblo en ruinas de San Pedro de los Saguaros en un desvencijado auto acompañado de su mujer Gloria.

Con la ilusión de que tiene un destino que cumplir: llevar a San Pedro “la modernidad” y “la justicia social” que los viejos loros del PRI repiten como consignas de gobierno.

El pueblo es una pequeña colección de chozas de adobe del color de la tierra de los caminos y del polvo que envuelve a San Juan y de las momias que lo habitan.

Y de condición tan paupérrima que cuando Juan Vargas abre la caja de caudales del municipio se da cuenta que hace ya mucho tiempo ha sido vaciada.

Y no hay solución posible a mano porque ni de la provincia ni de la capital ha llegado un centavo del nuevo presupuesto.

Es por eso que Juan Vargas, en un momento de la historia, se sale del guión de honesto funcionario adalid de la justicia social.

Y ante la falta letal de dinero, de acuerdo con el gringo Smith que se hace pasar por ingeniero, promete electrificar al pueblo y cobra impuestos como medio de financiamiento por los servicios que presta.

Técnicamente, La ley… tiene como una de sus principales virtudes la pericia fotográfica del director que mantiene en dos horas de proyección el predominio de tonos ocres.

Todo en el filme luce y huele a viejo como queriendo significar con el color elegido: aquí yacen sepultados para siempre el cambio y la modernidad.

El empleo en la banda sonora de mambos de Pérez Prado en versión instrumental y de populares canciones de moda del pasado (“La barca de oro” & “La cama de piedra”) refuerza el mensaje de que nada ha cambiado ni cambiará.

Y también contribuye al efecto mezcal de “tiempo circular” que da vueltas sobre sí para morderse la cola las frases salidas del refranero del caciquismo político mexicano.

Y por qué no, también latinoamericano:

“El que no tranza no avanza”: lema de la corrupción de funcionarios públicos.

“Este país no tiene solución”: advertencia salomónica para los que intenten cambiar el “status quo social”.

“¡Están jodidos porque quieren!”: la culpa no es del gobierno ni de los patrones sino de los trabajadores.

En el nivel de jerarquías sociales y políticas establecidas (intereses creados) San Pedro de los Saguaros repite el esquema de poder de otros pueblos mexicanos.

Unas veces en contradicción, y otras en contubernio, se alinearán con el priísta Juan Vargas el doctor Morales del opositor Partido Acción Nacional (PAN), Doña Lupe propietaria del prostíbulo, el cura que cobra por aceptar la confesión de pecados y un gringo a quien Juan apadrina y le paga con mala moneda quedándose con su mujer en un lance que no parece gratuito sino referencia oblicua del director Luis Estrada a los tratados comerciales internacionales (NAFTA) firmados en el marco de la cooperación económica Norte-Sur.

La sensación de desamparo económico en el que se ve envuelto Juan Vargas tras llegar a San Pedro alcanza un clímax cuando decide ir a la capital de provincia en busca de ayuda financiera.

Es entonces que recibirá de su padrino político en el PRI, el astuto licenciado López, no el apoyo en dinero que desea  sino una pistola y la Constitución como formas viables de gobierno.

O lo que es igual: a Dios rogando y con el mazo dando…

Y junto con las armas homicida y legal también recibe el mejor consejo de su carrera política: aplica la ley de Herodes: chinga a otros cabrones antes que te jodan.

Juan Vargas pronto aprende la lección, y la lleva a la  práctica.

Pone cadenas y grilletes alrededor del cuerpo de su mujer porque esta le ha sido infiel con el gringo Smith (actor Alex Cox).

Complacido acepta sobornos y el envío de prostitutas para servicios personales de parte de Doña Lupe (Isela Vega en el filme), la dueña del burdel a la que más tarde asesina.

Interpreta y cambia la Constitución a su manera incluyendo una enmienda por la que puede extender su mandato político por el tiempo que quiera.

Casi nada: ¡veinte años en cuatro períodos sexenales consecutivos que equivalen a ciento veinte años de gobierno!

Y no conforme con auto erigirse supremo caudillo local se atreve a colocar una foto suya sobreimpuesta al rostro del presidente Miguel Alemán.

Y también asesina en supremo acto de rebeldía a su mentor político el licenciado López y a su guardaespalda cuando estos se ven obligados a visitar San Pedro de los Saguaros ante las muchas denuncias que llegan a las oficinas del partido de gobierno sobre la creciente corrupción y demagogia de Vargas.

Ya nadie puede parar a Juan Vargas.

Sale corriendo con la pistola en la mano.

Y dispara al aire y grita a todo el que lo quiera oír que es el único y verdadero dueño del pueblo.

Final trágico: una airada turba de indígenas con antorchas en las manos que parece dispuesta a quemar o a decapitar acorrala a Juan Vargas cerca del poste donde inicialmente convino con el gringo Smith dotar de electricidad al pueblo.

Final feliz: Juan Vargas de traje y corbata exhorta vehementemente a los diputados federales en el Congreso de la nación sobre la necesidad que tiene la revolución de defenderse y luchar contra todos sus enemigos.

Final verdadero: un nuevo presidente municipal llega al pueblo en ruinas de San Pedro de los Saguaros en un desvencijado auto acompañado de su esposa con el deseo de encauzar a sus pobladores por los caminos de la modernidad y la justicia social.

Final de finales: el mito del eterno retorno es una idea sobre el tiempo que maneja Friedrich Nietzsche en su libro Así habló Zaratustra.

Postula una historia no de curso lineal sino cíclico y repetitivo en el que los hechos, una vez cumplidos, vuelven a ocurrir en otras circunstancias pero básicamente siguen siendo los mismos hechos.

Setenta años de monopolio político del PRI como partido de gobierno quedaron rotos por el momento en el 2000 con el triunfo de su opositor el Partido Acción Nacional (PAN).

En el filme La ley de Herodes el político panista doctor Morales denuncia las arbitrariedades de Juan Vargas en San Pedro de los Saguaros.

Y da lugar a una serie de asesinatos y a la ejecución ritual de Vargas por parte de las turbas y a la llegada de un nuevo presidente municipal…

Y con toda la lógica nietzcheana del “eterno retorno” podemos pensar si otro posible decapitamiento político no estará “ad portas” con la llegada del nuevo presidente municipal en relevo de Juan Vargas.

Como a su vez ocurrió con el que Vargas relevó que a su vez acudió a San Pedro en relevo de otro que a su vez…

Como en la teoría de Nietzche la historia en el filme se repite.

¿Por cuántas veces más?

Es una respuesta que sólo puede poner en claro la eternidad.


Alfredo Antonio Fernández

(La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, 1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razón de Ser de Novela, 1989),Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001). Reside en los Estados Unidos.

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