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Ronel González Sánchez (Cacocum, Holguín, 4 de abril de 1971) Licenciado en Historia del Arte. Diplomado en Historia y Cultura Cubanas. Miembro de la UNEAC. Ha publicado, en poesía: Desterrado de asombros (1977); Zona franca (1998); La furiosa eternidad (2000); La inefable belleza (2003) y Consumación de la utopía (2005), entre otros. Algunos de sus libros en ensayos son: La noche octosilábica (2004) y La sucesión sumergida (2006). Ha obtenido los premios nacionales de poesía “Cucalambé”, “Regino Boti”, “José María Heredia”; así como segundo premio “Jaime Gil de Biedma”, en España.
Como nació fertilizado por la décima, todo apuntaba al poeta intuitivo, pero sus inquietudes lo llevaron a estudiar e intentar casi todas las formas métricas.
El signo que gravita en su poesía no se contenta con el descubrimiento de esa “inefable belleza” que todo demiurgo intenta atrapar, va mucho más allá para sumergirse en las búsquedas que obsesionan al ser humano. Su arte poética está hondamente comprometida en esa filosofía de la duda y el misterio de la existencia.
Ronel integra su original voz al discurso poético contemporáneo de la nación, y desanda los caminos que lo fecundan para entregarnos su especial sensibilidad lírica, su particular visión del mundo tamizada a través de de una sólida formación cultural, y sus ambivalentes matices expresivos de melancolía, trasgresión, ironía, paranoia y autoreferencias.
Esas, tal vez sean las razones para escribir como un poseso, aunque en ocasiones se pregunte en algún poema:
“¿Hasta cuando seré un esclavo iluso
de las palabras que apresar no pueden
lo fugaz (…)
“¿Cómo podré evadir la tiranía
de o escrito hasta hoy, del “no debía”?
¿Cómo saldar las cuentas con el blanco
papel, con mi pasado, con las frases
sutiles, de la fiesta de disfraces
del último poema que me arranco?
Ronel, escribes lo que escribes: verso libre, décima, soneto, prosa, ensayo, no puedo desligarte de aquella imagen de niño prodigio de la décima. Por tu corta edad, asistías acompañado por tu madre a un Taller Provincial en Holguín; pero ya eras señalado como una promesa. Afortunadamente, tu creación abarca mucho más que la décima, y con indiscutible talento.
Háblame del lugar donde naciste, de ese ámbito rural y ese ambiente familiar que te permitió absorber de tal forma la estructura y musicalidad de esa composición poética tan naturalmente.
Bueno, como te decía (¿de esta forma iniciaría un postmoderno?). Yo pienso que si no voy a un consenso, conmigo, saldré muy mal. Quizás nada excepcional pueda decirte, Remigio. Me he ganado algún prestigio, pero soy tradicional…
No sé si un día lo olvide, hoy repaso una ceiba enorme que florecía, algodones, la tierra húmeda y un niño solitario que perseguía insectos sedosos entre la abundante guanina, para ofrendarlos a su gato blanco y negro (de Cheshire?). Al frente un algarrobo y una palma, un pozo: pretil de piedras lóbregas, a un costado la guásima para mecer mis tres o cuatro años de extrañeza y diálogo invisible.
Estoy sentado en una laja del patio, me rodean domésticas criaturas. Un puerco (porque en Caguairanal –zona rural distante a ocho kilómetros del poblado de Cacocum- no había cerdos, sino puercos, y a mucha honra) casi me extirpa el índice cuando le muestro unos granos de maíz en la diestra inocente. De mi casa de tablas de palma, yaguas, guano y piso de sacos de yute empatados gracias a la protectora aguja infinita de mi madre, provienen resonancias. Aún no puedo saber de qué se trata, pero es la música, compañía irreemplazable del futuro. Una onda secreta me envuelve y me empuja hasta el radio de pilas soviético. Son las once de la mañana y el programa es “La guantanamera”. Este es el recuerdo más antiguo que tengo de mi encuentro con la décima.
¿Cuáles fueron tus lecturas de infancia? ¿Ya adolescente y joven, a qué autores te acercabas (o preferías)? Posibles influencias. ¿Cuáles decimistas te mostraron el camino o te sirvieron de paradigma?
Jesús Orta Ruiz escribió en una ocasión acerca de tu obra: “Sus imágenes visionarias, que nos revelan una madurez precoz, no salen del cráneo frío sino del corazón caliente”. Expresa tu criterio acerca de esta personalidad.
El río de mi infancia corre hacia el Infinito/entre las ceibas de la Creación, / y en su lento fluir /anuncia la plenitud con ardua resistencia… Una tarde lluviosa mi papá me trajo Robin Hood. En la cubierta había un hombre vestido de verde, si mal no recuerdo, con un arco en la mano. La flecha atravesaba la portada y se extendía más allá. No sé cuántas veces lo leí. A partir de entonces quise ser aquel hombre. Obligué a mi abuelo a que me hiciera un artefacto similar al de mi héroe. Era buenísimo y la flecha tenía un clavo en la punta. Con un suéter viejo cosí la caperuza. En Cacocum tuve bosque de Sherwood, pero debí contentarme con sólo un alegre forajido en la banda. Ahora comprendo que mi vida ha sido lanzar flechas – como las eleáticas- que la mayoría de las veces no dan en el blanco.
Mi Padre nombra con serenidad las criaturas boreales:/ “estos son la Serpiente, el León y el Cordero”. / A pesar del agua que la oculta,/junto a la luz está jaibit… A los ocho años, un día que no hubo clases, aunque debimos permanecer en el aula, escribí tres cosas de un tirón. Los ¿versos? a veces rimaban y a veces no. Alguien le mostró mis escrituras a la maestra y ella hizo que las leyera un viernes, frente a los niños de la escuela. Yo estaba aterrado y pensaba que todos se iban a reír de mí, sin embargo no lo hicieron. Quizás si alguno de aquellos seres diminutos hubiera desgranado un ji ji ji salvador me habría ahorrado tanto sufrimiento.
Lo increado desciende como un pacto, /río abajo del tiempo que el dios Tchetta destruye./ “La corriente es eterna” – escribo en las paredes de Duino o de Bierville- / y contemplo mi rostro sobre la piel del río. / Mi rostro Narciso deforme al amparo del dios… En la biblioteca de mi escuela – que estaba al lado del cementerio municipal- leí Tom Sawyer y los Cuentos de los Hermanos Grimm. Después escudriñé algunos libros de Julio Verne y Emilio Salgari hasta que tropecé con las novelas de mi mamá (Mi tío el empleado, Generales y doctores, La trampa, Juan Criollo, La conjura de la ciénaga, Gallego, Gobernadores del rocío, qué sé yo). Por esa época empecé El recurso del método, pero tuve que abandonarlo. Décima y folclor, de El Indio Naborí, me consumía parte del tiempo. En aquel libro, que en realidad no me gustaba mucho, se explicaba qué cosa era la décima. Mi abuela y mi mamá, sin conocer la estrofa, la habían frecuentado. Ellas, y Naborí, son culpables de mis padecimientos octosilábicos crónicos.
Uno empieza siendo infiel/ a la casa donde vive. /A los cuartos, al aljibe,/ a los barcos de papel./ Uno olvida el carrusel/ que de niño conoció,/ dice que ya terminó/ pero cambia de juguete./ Uno es un torpe grumete/ a veces y a veces no… Tenía doce años cuando escribí mi primera espinela. Después no paré de llenar libretas forradas con nylon de estrofas en las que primero imitaba al Cucalambé, Fornaris, Milanés, Naborí, Adolfo Martí y después a Miguel Hernández, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Eliseo Diego, Alberto Serret… Ya era la década del 80 y, a través de los talleres literarios, en los que comencé a participar en 1984, conocí a muchos escritores holguineros y de otras provincias. Poco a poco supe que unos cuantos jóvenes intentaban renovar la estrofa de Espinel y me acerqué, tímidamente, al coro. Por esa época comencé a leer desaforadamente, a escribir sonetos y cuanta variante métrica se deslizara furtivamente ante mí. No había cumplido los veinte y ya tenía en mi haber once libretas de versos, intentos de cuentos, una obra de teatro, cerca de 300 sonetos, romances, coplas, octavas reales e italianas… Todo eso lo quemé unos me-ses antes de mudarnos para Holguín. Gracias a Dios. Hoy lamento que muchos de mis cuadernos publicados (la mayoría) no hayan corrido la misma suerte.
Naborí es uno de los poetas más grandes que he conocido. Yo sé que algunos jóvenes no piensan igual, pero ninguno ha escrito “Una parte consciente del crepúsculo”. Las décimas a su padre y a su pequeño hijo muerto son terriblemente impresionantes, desgarradoras. Están junto a “La vuelta al bosque” y la “Elegía a doña Martina”. Ese hombre le puso alma a la décima cubana. Sus textos llegaron temprano a mí y después fue su presencia física un sostenido aliento. Lo conocí personalmente en un evento en Pinar del Río. Yo presentaba unas décimas en un encuentro-debate y él me preguntó: ¿Muchacho, tú has leído a Lezama? Pensé que se insultaría o que me iba a regañar si respondía que no, que la obra del gordo de Trocadero no era habitual entre la línea del tren y la carretera de San Pedro de Cacocum y mentí públicamente. El se viró para su compañero de jurado. ¿No te lo dije, Adolfo? Yo respiré aliviado, pero el hecho de tener marcadas influencias del dichoso Lezama, según el jurado, no me permitió aspirar a algo más que una mención.
Por esos días era común encontrarse con Naborí en cualquier certamen al que concurriera la décima. Hoy me atrevo a decir que, aunque el autor de Con tus ojos míos era como mi padre poético, eso fue bueno y malo. De no ser porque el discurso de los jóvenes comenzó a imponerse, Naborí hubiera premiado a todo el que se apareciera con un cocuyo en la mano y un gran tabaco en la boca.
Claro, como te digo una co te digo la o, siempre conservaré sus libros, algunas fotos suyas, una larga entrevista telefónica que le hice para mi programa “Viajera peninsular”, y, después que dejé de escuchar su voz agotada a través de los teléfonos insulares, no me dan deseos de volver a escribir décimas en serio.
Escribes verso libre, décima y soneto fundamentalmente. Cuando tienes una motivación, una idea poética en mente, ¿cómo decides en el género o la forma en que debes plasmarla?
El rebaño desprecia mi oración sobre la faz del Arbia. / ¿Para qué sirve la escritura/ si los jóvenes odian el caramillo que nos conduce/ al Templo?
No sé. Antes me sentaba, la mayoría de las veces sin saber hacia adónde me dirigía, y llegaban los versos, las imágenes. Hoy me atormenta una palabra, una idea, y después viene lo demás. Lo de las formas es patológico porque yo crecí como una especie de esponja acústica, que absorbe y emite sonidos en un tempo determinado. Con el verso libre no me ha ido muy bien, esa es una aventura escrituraria, quizás un reto demasiado grande. Esencialmente soy una mezcla de sonoros paisajes, algo así como un vate del siglo de Oro reencarnado en un guijarro juglaresco.
Entre los creadores de la décima escrita no es raro que se intente la renovación, el uso de variantes estructurales o compositivas, en fin, un deseo de dejar una huella de originalidad en la obra. ¿Has intentado eso en algún momento o piensas que las innovaciones ya están hechas?
En mi etapa de aprendizaje creo que el único metro que no intenté fue el hexámetro griego, porque ni Darío lo logró. Después hice algunos experimentos formales, como separaciones estróficas, combinaciones métricas, rimas poco usadas, pero pronto comprendí que por ahí no andaba la cosa y los deseché. En alguno de mis cuadernos publicados estuvo ese afán transgresor, aunque me quedé un poco desilusionado. Las enseñanzas del Eclesiastés son contundentes: níhil novum sub sole.
Una verdadera renovación de las estrofas clásicas tendría que conjurar la forma para hacer estallar la idea. La solución quizás radica en retomar a la Sustancia difuminada por sucesivas evaporaciones y obligarla a descender al adoquinado atrio de la métrica. Esa tarea bien pudiera ser asumida por un arúspice o un auténtico vidente que, después de tres o cuatro décadas de haber pronunciado su voto de silencio, de permanecer en abstinencia, casi congelado bajo una palmera, entre arpas, violines y violonchelos, de pronto sacuda su estera meditativa y dos o tres versos resplandecientes se precipiten en alud por la montaña.
Hablemos de tus libros. Puedes considerarte un autor prolífico (y dichoso) por la cantidad de libros publicados. ¿Esto ha sido bueno o negativo para ti? Si tuvieras la posibilidad ¿rectificarías algunas cosas, publicarías lo mismo?
¿Y si un día descubro que no existe el Poema, / que en vano fue la búsqueda de ese alado misterio/ distante del Vacío donde tañí el salterio / humilde y quedé a solas con la ilusión suprema / de atrapar lo inasible? ¿Y si después de todo/ no existe la Sustancia prodigiosa que urdía/ en mis noches: la imagen sin tiempo, la baldía/ figuración? ¿Qué hago con mis horas de lodo/ poético, invertidas ingenuamente…?
Para ser coherente conmigo, aunque sé que lo publicado no podía ser de otra forma porque en cada momento escribí de acuerdo con mis posibilidades, si un día tengo fuerzas voy a seleccionar un grupito de cosas para ver si logro tranquilizarme, asunto verdaderamente laberíntico para mí porque nada me complace, y no es una pose. Yo soy un grafómano, alguien que encuentra el verdadero placer en el acto de escribir y no en la publicación. No me importa si castigo o no a los lectores, porque lo mío es desprenderme de lo que me acompaña. Aunque lo que haga en el momento no tenga calidad literaria eso me salva de cosas terribles, porque yo puedo ser muy peligroso para Ronel González.
Ahora me interesa apuntar algo: lo ideal para un poeta, algo así como un Vallejo, un Rilke o un Eliot sería preservar la obra durante años y publicarla solamente cuando no se pueda soportar su permanencia junto al autor, después de haberla comprendido, analizado y corregido cientos de veces. Eso, repito, es lo ideal. Pero sucede que no todo el mundo tiene ni está dispuesto a encerrarse en un castillo ni escribe Cuatro cuartetos.
Algunos autores que escriben poco critican a los que se enfrentan a la página en blanco con mayor frecuencia. Y hay de todo. Poetas que publican mucho y lo hacen mal, otros que lo hacen bien (pensemos en Octavio Paz o en Jorge Luis Borges, por ejemplo), creadores que lo hacen poco y trascienden y seres extremadamente vanidosos que apenas escriben, se pasan la vida hablando pestes de los demás pues consideran que su camino es el mejor, porque han leído que Cavafys no publicó nada, y al final lo hacen pésimamente (mutis). El asunto de la cantidad por supuesto que no define nada pero, por favor, vamos a dejarnos de mirar de reojo a los que escriben mucho (que en Cuba somos unos cuantos) y tratemos de propinarle un buen gancho al hígado (no a los testículos que según tengo entendido es golpe bajo) a la creación poética.
…¿Acaso/ tendré que resignarme y no temblar de absurdo/ miedo, por la indudable sentencia de lo inútil/ que ha sido mi existencia? ¿Será el Azar tan burdo,/tan Azar? ¿De qué modo vivir después del fútil/ descubrimiento? ¿Cómo librarme del fracaso?
Confieso sentir envidia por los escritores que dicen en las entrevistas que se divierten escribiendo. Muy pocas veces yo he conseguido eso porque el ejercicio de la literatura me resulta angustioso. Evidentemente soy un individuo con trastornos severos de personalidad, alguien que le da salida a sus obsesiones a través de la palabra escrita, pero ya no me preocupo demasiado por eso. Cuando escribo sufro y cuando no lo hago enloquezco. Tampoco soporto acumular cosas escritas, tengo que salir de ellas inmediatamente y la vía es entregarlas a una editorial. Si no las publican las rompo y escribo otras, las envío a concursos o las regalo. He escrito tanto que después que comencé a publicar, cuando un libro se ha demorado demasiado conmigo lo he destruido. He quemado siete libros, algunos aprobados en editoriales. Algunas personas cercanas lo saben y me lo han reprochado. Tampoco tengo paciencia para corregir o reescribir. Prefiero destruir y hacer cosas nuevas. Ah, y cuando un libro sale publicado lo acaricio durante unos días, pero no lo leo. Me parezco a los demás escritores en que me deprime descubrir erratas, aunque en mi caso no es asunto de muerte. Guardo el libro y me fajo con la escritura porque yo vivo en función de la creación. Todo lo que hago o descubro de alguna manera se convierte en materia literaria.
Me parece que cuando publicas en 1997 Desterrado de asombros, el libro significa una especie de “cierre de una etapa en la que has intentado encontrar tu propio tono para el discurso poético. Aunque al año siguiente hagas una restringida selección de tus poemas bajo el título de Zona franca y anuncies en la nota introductoria que aquel libro debe ser un resumen y una ruptura.” Háblame de esa etapa, de esos libros.
Desterrado de asombros fue escrito entre los 20 y los 23 años, aproximadamente. Titulado inicialmente “Palingenesia”, por un largo poema final que tuve el cuidado de desaparecer, lo envié a la primera edición de Pinos Nuevos y fue seleccionado, pero esa colección era para autores inéditos y ya yo tenía cinco poemarios publicados. Logré dejar el cuaderno en Letras Cubanas e inauguró la colección Cemí, cosa que me alegró muchísimo, pero que después me decepcionó cuando vi el título en la cubierta que parecía diseñada para un western.
Finalmente el libro se publicó en 1997 y eso me dio tiempo para trabajarlo, mientras escribía otros poemas. Llegó un momento en que lo dejé en 30 cuartillas y la editora me dijo que así no se podía publicar y entonces le añadí sonetos de mi libro inédito Consumación de la utopía (publicado en el 2005 en La Habana).
Desterrado… se demoró tanto en salir, que cuando se presentó en la Feria Internacional del Libro de La Habana ya su joven autor había publicado una docena de títulos y, por supuesto, había perdido el interés por su obra.