

Hace unos años, cuando aún residía en La Habana, un amigo recién llegado desde los Estados Unidos me hizo llegar un ejemplar autografiado para mí de los cuentos del dominicano Junot Díaz. Mi amigo sabía que yo admiraba ya a ese escritor a partir de unos cuentos sueñtos que había leído, en inglés, en algunas revistas norteamericanas y, al encontrarse en un evento literario, le pidió que me dedicara aquel libro. Los Boys, leí en la portada y la primera impresión fue esa: la del bilingüismo.
Quedé impactado con la lectura de aquellos cuentos. Pero la traducción al español me resultaba sospechosa, porque siempre he tenido grandes decepciones con textos escritos en inglés, que he conocido en español y que, más tarde, he disfrutado más en su escritura original. Tal vez por eso, años después, en un viaje a España, no dudé en comprar Drown, una antología en inglés con los cuentos, casi todos, de Junot Díaz.
La sorpresa fue mayor: ¿cómo se podía escribir en anglo-español para lectores de lengua inglesa? Lo más cercano que yo tenía a la literatura marcada por lo que luego se conoció como “spanglish” era la lectura que había hecho del libro Tunomas Honey, del chicano Jim Sagel, publicado por la Casa de las Américas. Y sabía por otros amigos que una poderosa literatura, de raíz latinoamericana, pero marcada por el spanglish se escribía en los Estados Unidos. Pero aquello era distinto. ¿Y dónde estaba la distinción? Creí entender que en el impacto que para mí significaba que pudiera escribirse desde el bilingüismo, lo cual no sólo significa escribir mediante un idioma mixturizado a partir de dos raíces idiomáticas (el español y el inglés, en estos casos) sino escribir desde una cosmogonía específica surgida en la cultura bilingüe. Pero ojo: no en esa cultura bilingüe que la academia ha intentado delimitar, bastante esquemáticamente, por cierto; sino en esa otra, cambiante, eternamente enriqueciéndose, con absorciones de la cotidianidad de su existencia en los barrios bajos donde late la vida real, en su más cruenta (y real, valga la redundancia) escala de confluencias bilingüistas.
Todo ello lo pude confirmar cuando, en una de sus entrevistas, leí que Junot Díaz dijo: “No eres de verdad un novelista hasta que llegas al agujero más profundo de tu jodida vida, y desde ahí escribes”. O luego, cuando en otras entrevistas repitiera algo que nace de su esencia de dominicano nacionalizado norteamericano: “mis sueños son siempre bilingües”.
Y esa conjunción de bilingüismo y lucha existencial ha sido, creo, la más visible marca de estilo que diferencia la narrativa de Junot Díaz.
No se trata solamente de pensar en un ámbito donde dos culturas se entremezclan profundamente, como si fueran (o llegando a ser) una sola cultura, sino también de expresar con ese modo distinto de pensar toda la rebeldía cotidiana contra el destino que es la vida de un exiliado (algo que Junot conoce bien desde que a los seis años llegó a los Estados Unidos). Se trata de atrapar, desde la pertenencia sentimental a ese mundo marginal bilingüista, todo el dramatismo de las vidas tronchadas por la pobreza, la depauperación social, el descubrimiento de la falsedad del buscado “american dream”, en un entorno donde la droga, el pandillerismo, la prostitución, la desesperanza social, las diferencias (que pretenden negarse) entre negros, blancos, morenos y latinos, son matices más de una violencia que, en la mayoría de los casos, se muestra como una caricatura de lo que en realidad es.
No hay caricatura en la narrativa de Junot Díaz. No existe en sus cuentos un solo personaje que no parezca vivo. Como tampoco en su más reciente novela, La maravillosa vida breve de Oscar Wao, ni el personaje protagonista, ni Lola León, ni Beli Cabral, ni Abelard Cabral, a pesar de poseer vidas que parecen hechas para una novela, resultan falsos. Una novela mayor, sin dudas, que lees entre marejadas de dolor y humor, de tragedia y comedia, de esperanza y desesperación. Novela grande, que coloca a Junot Díaz en el sitio que hace mucho tiempo merecía: no se podrá escribir ninguna historia sobre el desarrollo actual de la literatura latinoamericana, ni en lengua española, ni en lengua inglesa, que no ponga en un destacado lugar a este gran narrador.