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Entrar en el universo plástico de Gloria Lorenzo es una experiencia singular y gratificante. No es exagerado afirmar que su cerámica escultórica tiene una calidad casi hipnótica: quienes observan sus obras sienten el irresistible impulso de acercarse a ellas y –transgrediendo las normas de galerías y museos- acariciarlas. Y es que la mirada no es suficiente para admirarlas: son piezas que exigen ser palpadas y sentidas, obras para ver con los ojos y con las manos. A veces son sólidas, tensas, pero nunca amenazantes; en ocasiones, líneas mórbidas y eróticas, elegantes y enigmáticas siempre. En sus pinturas se pone de relieve la elegancia de la composición y la sutileza del uso de los colores –en los que predominan los sienas y los azules intensos, con acentos rojos y amarillos. Son cuadros que tienen el poder de conducirnos a través de espacios visuales semánticos en los que abundan las interrogantes sobre la germinación, el amor y la ardua y dolorosa búsqueda de caminos personales.
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Las pinturas y esculturas de Gloria Lorenzo descansan sobre un delicado equilibrio. Son obras que parecen haber sido concebidas sobre una retadora sucesión de conjunciones: evidencia-incertidumbre. Misteriosamente, el resultado de la exploración de esos antagonismos y contrastes es una sensación de gran armonía interior, de equidad, que hace evocar la paz que se alcanza después de una larga batalla. Quien observe estas creaciones con atención, no podrá sustraerse a la difícil sencillez de sus trazos y volúmenes, al sobrio lirismo con que se exploran formas humanas y vegetales, y al modo como se expresan complejos sentimientos y emociones. “Mis temas preferidos tienen dos vertientes: una visible y otra invisible. La primera representada por las formas de la naturaleza y la segunda por las necesidades que tiene el ser humano de darle cauce a las urgencias de su mundo interior, entre las que está incluida la búsqueda de la realización espiritual”, explica esta reconocida artista que reside en Miami.
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En 1974 Lorenzo fue invitada a un taller de cerámica donde habían trabajado grandes nombres como Lam, Portocarrero y Amelia Peláez. A partir de ese momento, quedó cautivada con esa técnica. “En la cerámica existe la posibilidad de unir forma y color, lo que para mí ha representado una experiencia creadora fascinante”, dice. “Yo me considero una escultora que trabaja su obra básicamente en cerámica, aunque también he incursionado en el bronce, un medio en el que siento que me expreso con comodidad”.
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Sin embargo, durante los últimos años, sin abandonar su trabajo como ceramista y escultora, la artista ha dedicado especial atención a la pintura, especialidad que estudió en la escuela de arte San Alejandro, de La Habana. “En la actualidad siento la necesidad de un medio expresivo que me permita comunicarme con mayor rapidez. Esa es la razón fundamental de que dedique la mayor parte de mi tiempo a la pintura, que me da la posibilidad de manchar lienzos, dar color, hacer texturas, dibujar, y ver la obra terminada rápidamente”.
Para Gloria Lorenzo es difícil decir cuáles son los artistas que más la influyeron en su etapa de formación. Destaca el placer que le proporcionaron “el romanticismo de Chagall, las líneas puras de Brancusi, las fantasías y el misterio de Brueghel en El jardín de las delicias” y no omite a dos pintoras por las que siente gran admiración: Remedios Varo y Frida Kahlo.
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Sobre su método de creación, nos revela: “Por lo general me enfrento al lienzo en blanco con una idea preconcebida; pero de inmediato todo comienza a transformarse en pura emoción, en gestos y pulsaciones imprevistas que le añaden un nuevo rumbo a la obra”. Y añade: “Creo que abordo el arte guiada por la necesidad de establecer fuertes vínculos entre mis aspiraciones personales y el mundo exterior, entre mis sueños y la realidad, lo que también es una manera de buscarle una explicación a nuestros pasos por la tierra”. Una explicación que casi todos, al igual que ella, buscamos a lo largo de nuestras vidas. A veces, en obras de arte como las de Gloria Lorenzo, encontramos, súbitamente, la respuesta.
Publicado inicialmente en Arquitectural Digest.
(Ciego de Avila, Cuba, 1956). Escritor, editor y periodista. Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana. Ha residido en Costa Rica, Colombia y, actualmente, en Estados Unidos. Es autor de la novela para adultos Aprendices de brujo (Alfaguara, 2002, Rayo/HarperCollins, 2005), de los libros de cuentos Strip-tease (1985) y Querido Drácula (1989) y de la obra de teatro El León y la Domadora (1998). Su bibliografía incluye también investigaciones literarias como Literatura infantil de América Latina (1993), Panorama histórico de la literatura infantil en América Latina y el Caribe (1994), Puertas a la lectura (1993) y Escuela y poesía (1997). A lo largo de su carrera ha publicado numerosas obras para niños y jóvenes, entre las que se encuentran El rock de la momia, Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo, La isla viajera, ¡Qué extraños son los terrícolas! y La maravillosa cámara de Lai-Lai. Con la novela Chiquita obtuvo el premio Alfaguara de Novela 2008.