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Gustavo Faverón Patriau es peruano. Es profesor de literatura del Bowdoin College, Maine y editor de Dissidences: Hispanic Journal of Theory and criticism.
Ha sido editor de la antología Toda la sangre: cuentos peruanos de la violencia política (2006) y Bolaño Salvaje un trabajo en conjunto con el escritor boliviano – y columnista de Otrolunes – Edmundo Paz Soldán.
Y si bien esta es su reseña biográfica, digamos que un somero perfil, lo cierto es que Gustavo Faverón también es dueño de Puente Aéreo, un blog que le hincha las sienes cada tanto a muchos de sus compatriotas y colegas por obra y gracia de sus agudas observaciones sobre cine, periodismo, literatura y otros temas no tan artísticos, como el racismo o la censura.
Entonces le pedimos a Gustavo que cruzara el puente un ratito para conversar con Otrolunes. Y aquí está. Bienvenido.
Hablemos de la literatura peruana actual. Quiero saber cómo ves el panorama general de lo que se está escribiendo actualmente en el Perú. Si hay cosas interesantes o no tanto.
Siempre hay cosas interesantes. De muchos tipos diferentes, además. Una fuerte tradición de narrativa realista ligada con lo urbano (Cueto, Ampuero, Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso, desde perspectivas estilísticas y sociales muy diversas), y otra que se le acerca y se le aleja variablemente y que tiene su raíz en el antiguo indigenismo, lo que aquí llaman narrativa andina (Oscar Colchado, Edgardo Rivera Martínez, Luis Nieto Degregori, también con perspectivas distintas).
Pero hay otras corrientes: Lo fantástico (Prochazka, Iwasaki, Donayre, Güich, etc.), la literatura más cercana al best-seller (Roncagliolo, Bayly). Y, por supuesto, los patriarcas (de nuevo Reynoso, Gutiérrez, además de Bryce y Vargas Llosa).
En los últimos años murieron algunos de nuestros narradores más interesantes, como Laura Riesco o Enrique Congrains. Y, por supuesto, esto que te he dicho es sólo acerca de la narrativa peruana (en la que me faltaría mencionar a algunos de los autores más interesantes de las últimas décadas, como Peter Elmore, Jorge Eduardo Benavides, Daniel Alarcón, Luis Hernán Castañeda, Iván Thays, Jeremías Gamboa, etc.) La narrativa peruana tiene esas coordenadas. La poesía tiene una vida parcialmente independiente. En ella siguen siendo cruciales nombres de trayectoria larga como Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Enrique Verástegui, Mario Montalbetti, Carlos Germán Belli, Carmen Ollé, Roger Santiváñez. Pero hay una generación más joven con trabajos interesantes: Diego Otero, José Carlos Yrigoyen, por ejemplo. También en ese caso han muerto recientemente personajes culminantes, como Alejandro Romualdo, Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, Javier Sologuren o José Watanabe. Una cosa en que ambos territorios parecen encontrarse es el tema de la relación entre el escritor y la historia, el escritor ante la violencia política, por ejemplo, pero ni siquiera ese rasgo parece servir para definir proximidades entre poesía y narrativa. Hay poetas jóvenes que no se ocupan de esos asuntos (Otero, por poner un ejemplo) y poetas de los recién desaparecidos que se acercaron aquello de manera sabia y aguda, como Romualdo.
Escribiste en tu blog, casi en los primeros posts lo siguiente: “También es la cultura que lleva a editores y librerías a intercalar en sus catálogos y en sus estantes las obras de Barnes, Roth o Vargas Llosa con las páginas escritas por algún empleado de Beckham, o a borrar engañosamente la distancia notoria entre Eco y Dan Brown, entre Rushdie y Coelho, entre Morrison y Allende”. ¿Por qué, si muchos lo dicen, si algunos críticos lo sostienen con argumentos brillantes, por qué, repito, el consumidor se acerca con tanta sed a autores como los que mencionas y que no se destacan precisamente por la calidad y brillantez de su prosa? ¿Te atreverías a formular alguna idea para este triunfo del best seller, sobre todo en Latinoamérica?
Bueno. Hay que hacer una primera distinción: "best-seller" lo uso como categoría estética, no por atención al éxito de ventas. Así, hay "best-sellers" que venden relativamente poco y otros libros de distinto carácter que venden mucho.
Otra diferencia: a Dan Brown se le puede leer con placer, siempre y cuando al lector no le interese en lo más mínimo el trabajo estilístico y formal; será un placer derivado de la intriga, de la trama, del suspenso o del juego contrafáctico e histórico, el recurso a referencias míticas, legendarias, alusiones históricas y, por supuesto, un placer que también tiene mucho que ver con la mentalidad paranoide del mundo contemporáneo, el mismo placer de las teorías de la conspiración que da lugar al éxito de relatos como el de los X Files o Lost, en la televisión.
A Santiago Roncagliolo o a Jaime Bayly se les puede leer también con placer, pero será un placer distinto: lo que ellos hacen es recurrir a muchos de los mecanismos formales del best-seller (la persistente superficialidad, la rapidez estilística, la sencillez del lenguaje, la evasión de búsquedas ideológicas, la renuncia a la problematización del mundo, etc.).
Pero aún así tienen una aspiración estética que rebasa el puro argumento y la sola trama: algo quieren decir, algo quieren comunicar, no sólo es un afán de entretenimiento y un apilamiento de trucos derivados de la serie B, aunque a veces se aproximen.
Por otro lado: en el mundo hispano, lamentablemente, las editoriales y las librerías proponen una confusión profunda de ambos campos: uno encuentra a Brown con Dumas y a Coelho con Bellatin, mientras que uno no encuentra en Francia a Houllebecq confundido con Stephen King o en Estados Unidos a Melville junto a Brown. No sé, tristemente siempre es una decisión consciente de editores y libreros, pero supongo que mucho de estrategia de mercado hay, combinada no pocas veces con un desconocimiento real del material que manejan.
En tu opinión de crítico ¿Cuáles deben ser las cualidades de una obra narrativa para que sea impresionante?
¿Impresionante?
Sí, para que deje marca en ti, para que sea capaz de superar el tiempo, de ser vigente, de no quedarse en lo superficial.
Primero, una obra narrativa no tiene que ser impresionante. Sospecho que muchas obras notables no dejan una huella en mí. Así como quizá nunca me enamore de la mujer ideal, es probable que jamás llegue a comprender o disfrutar vivamente de cierta novela extraordinaria. A mí, en lo personal, me suelen impresionar las narraciones complejas, que son agudas y reflexivas (lo que no quiere decir necesariamente densas o de un intelectualismo evidente), y encuentro que las narraciones imperfectas, las involuntariamente imperfectas, me atraen cada vez más: esos libros que son campos de batalla, donde uno nota que no sólo el autor quiere descubrirnos una verdad, una idea, o sensibilizarnos frente a un hecho, sino que él mismo, o ella misma está corriendo el camino junto al lector, caminando en pasillos oscuros, descubriendo al avanzar. Las novelas contradictorias, las novelas difíciles, las que colocan al lector en una encrucijada moral. Levi, Auster, Mulisch, Sebald, Piglia, Bolaño, Kafka, Melville, Vargas Llosa, Rulfo, Kis, Shalamov, Borowski.
Hay una cierta forma en que un libro te puede hacer sentir realmente mal y que a la larga te lleva a sentirte profundamente mejor. Eso sólo ocurre cuando el libro te precipita a un vacío real, moral, a una zona gris, donde se te hace inevitable preguntarte quién eres y cómo eres en el fondo. Bolaño tiene eso; no sé si sus lectores más entusiastas siempre lo perciben. Ese, por cierto, es el mismo camino de la poesía de Platt, de Pizarnik, de Rimbaud: los descalabros del mal, a walk on the dark side.
El año que viene se publica tu primera novela El Anticuario. Cuéntanos un poco cómo fue el proceso (tengo entendido que de años) de escritura de esta novela y los autores que de alguna manera te interesó explorar en ese camino.
No fueron años de escritura. Escribí durante cinco meses a partir de agosto del 2005, en Maine, y luego durante dos meses en el 2008, en Stanford, California. En algún momento pensé que la larga pausa intermedia iba a alejarme de la historia y a hacer que la novela colapsara, pero no fue así. Lo que sí duró años fue el proceso personal de maduración y de enfrentamiento con la historia que dio origen a la novela. Es una historia que presencié de muy cerca y que no supe digerir por al menos diez años, historia que atañe a terceros y que, por tanto, no pienso comentar. Como digo, además, esa historia real es sólo el detonante de la novela, y de ella casi no quedan huellas inmediatas en el texto.
Lo que me interesaba era escribir una novela que dijera algo sobre la violencia social sin necesariamente recrearla, sin poner sobre la mesa a sus actores principales, sus motivaciones políticas o sus coyunturas. Quería hacer una novela que fuera en cierta forma una alegoría delirante de la violencia pero reducirla a un espacio microcósmico y a un cruce de historias personales. Por último, quería que el libro se moviera en espacios góticos, con una pulsión de horror contenido y para eso debía procesar y modificar algunos de los géneros que más aprecio: el policial, el thriller, el cuento de horror, el melodrama, la novela psicológica.
¿Qué autores leí durante el proceso? A los que enumeré antes. Hay una parodia de Auster en las primeras páginas, referencias de Borges y Vargas Llosa e incluso Arguedas aquí y allá, alguna imaginería del cine de terror y, creo yo, una marca mayor es el expresionismo alemán, tanto el del cine como el de la pintura y el grabado: Grosz, Beckmann, o el francés Odilon Redon.
Llama mucho la atención de todo lo que he leído en tu blog la cantidad de polémicas y referencias que haces al racismo en el Perú.
Sí
Los lectores de Otrolunes, la revista para la que te entrevisto, no conocen del todo este tema interno del Perú y quiero hacerte varias preguntas al respecto: ¿Quiénes son las víctimas del racismo en el Perú y quiénes los atacantes?
El racismo no es siempre un asunto de víctimas y atacantes. El racismo del que más se habla en una suerte de discurso suprematista, donde se presenta a una raza como superior a otra u otras, o se parte negativamente, asegurando sólo la inferioridad de cierto grupo.
Hay una cosa más fundamental que es lo que yo llamo la lógica racista: cuando la gente tiende a comprender el mundo dentro de una estructura de pensamiento que califica de facto a cada individuo como el producto de una cierta raza, y asocia sus formas de pensar y actuar con esa pertenencia.
En una sociedad en que la lógica racista predomina, la estereotipia racial corre en todas direcciones.
En el Perú, por supuesto, hay una franja poblacional, dentro de la población blanca o mestiza blanca (pero no toda ella), casi siempre costeña y sobre todo limeña, que ve al resto de la población como desdeñable, secundaria, portadora de una idiosincrasia retardataria, pasatista, acaso primitiva.
Pero esa es sólo una manifestación de un fenómeno mayor: la lógica racista también se ejerce en la mayoría de los otros sectores de la población. Hay un racismo puntual de cholos contra negros y viceversa, en los lugares donde ambos grupos conviven numerosamente, y un racismo mezclado con muchos otros factores sociales (educación, nivel socio-económico, profesión) dentro de la población mayoritaria, que es mestiza, chola o indígena. "Cholo" suele ser el término crucial: dentro del universo de lo "cholo" puede estar ese objeto del estereotipo de lo retardatario, pero también el elemento vivificador de la transculturación o la hibridación: el mestizaje cultural, el surgimiento de una nueva clase media de origen popular y espíritu empresarial, etc.
Si debo profundizar en el tema, diré que mi interés personal en el racismo es sólo parte de un interés mayor: tengo la seguridad de que el pensamiento por estereotipos es la forma más común de marginalización y el modus operandi de todos los prejuicios, y que todo ello constituye la tara más aguda de casi cualquier sociedad contemporánea, en cualquier parte del mundo.
Este fenómeno, esta lógica racista de la que me hablas se manifiesta en el periodismo: en las opiniones de ciertos columnistas, en las notas de ciertos diarios... Además del periodismo, ¿esto también se refleja en la literatura, por ejemplo?
El tema racial, en general, es una de las columnas principales de la narrativa peruana. Es inevitable. Está en el Inca Garcilaso y en Felipe Guamán Poma, muchos siglos atrás, y está en Ricardo Palma, y está en Enrique López Albújar, en Clorinda Matto de Turner, en Ciro Alegría, en César Vallejo, en José María Arguedas, en Alfredo Bryce, en Mario Vargas Llosa, en Miguel Gutiérrez.
En algunos de esos autores, como López Albújar, extraordinario cuentista, cuentista mayor en la América Latina de principios del siglo pasado, el tema racial se convierte en racismo. Como ocurrió también en otro peruano que en esa época llegó a ser postulado al Premio Nobel por la Academia Francesa de las Letras: Ventura García Calderón.
En la narrativa peruana contemporánea yo no encuentro esa veta cruda de racismo que consciente y voluntariamente, casi programáticamente, quiere proponer al indio como inferior. Pero haber saltado esa primera fase feroz del racismo no quiere decir que hayamos curado la enfermedad.
Entonces, lo que sí sobrevive en algunos autores, poco menos que como producto de la inercia, es la herencia de la visión burguesa: narraciones en las que el cholo, el indio, es ajeno, lejano y en cierta medida amenazante (la segunda novela de Roncagliolo tenía, según opiné en su momento, ese rasgo). O narraciones en las que, por ejemplo, se construye la fantasía de una Lima que parece una manzana de Beverly Hills: las novelas limeñas de Bayly, por ejemplo, escudadas en la ironía, disfrazadas con un barniz muy leve de ironía, reproducen la misma estructura racista que aqueja a muchos en la clase alta limeña.
De hecho, el tema del racismo es muy complejo. Una vez un profesor español, a quien quiero mucho, me comentó el caso de unos migrantes ilegales peruanos que, en España, se habían convertido en asaltantes de carreteras. Obviamente, y con razón, estaba indignado. Le hice notar, por molestar más que por otra cosa, que la última vez que en el Perú habíamos permitido el ingreso indocumentado de una banda de españoles, esa banda había terminado conquistando el imperio inca y sometiendo a los indígenas a trescientos años de servidumbre.
Obviamente, era una broma. Pero no es una broma lo siguiente: la comunidad extranjera más grande en las cárceles peruanas es la española. Los delincuentes españoles suelen ser capturados en las fronteras y los aeropuertos, sacando drogas. Eso viene durando dos décadas, Y no ha generado ningún tipo de reacción en la población en contra de los españoles en general. Es una criminalidad numerosa y sobre todo, una criminalidad que involucra millones de dólares, pero la reacción se da contra los criminales, no contra su nacionalidad.
Me pregunto si los peruanos serían igualmente permisivos con narcotraficantes bolivianos, o si los españoles aguantarían tan tranquilamente una invasión mayor de traficantes peruanos en sus aeropuertos.
Y, por supuesto, me pregunto si eso no tiene que ver con la raza y el origen de cada cual.
Es decir: en Chile no le aguantan nada a los peruanos... y los argentinos, paraguayos y bolivianos, cometen tanto o más crímenes que los peruanos. Sí, es un asunto complejo definitivamente…
Es lo mismo que sucede en Estados Unidos con el famoso "racial profiling". Las estadísticas policiales dicen que de todos los conductores detenidos por la policía en las calles, la mayoría de los que están cometiendo algo ilegal (armas, drogas, alcohol, etc.) son negros. El problema es que la policía detiene en las calles mayoritariamente a los negros, que son sospechosos de antemano, con lo cual la estadística termina autogenerándose, o generando unos resultados artificiales.
¿Cuál es el compromiso del escritor para ti?
No creo que deba comprenderse la idea de compromiso en el sentido estrictamente político que tuvo con Sartre. Además, si así fuera, habría que comprar todo el paquete: Sartre no proponía un simple compromiso con la escritura de temas políticos relevantes; proponía un compromiso con la transformación social y el cambio, la revolución, en el sentido idiosincrásico de su particular izquierdismo activista. Supongo que es obvio que un escritor puede tener un compromiso social desde otras trincheras, con otras perspectivas y expectativas.