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-Ahora, venga, suelta todo lo que tienes adentro. ¿Qué pasó? ¿La jeva te pegó los tarros?
-Peor.
-Entonces es algo grande. Dispara que para eso soy tu hermano.
Le dije que también Rey era mi hermano y le disparé en ráfagas toda la historia, desde la noche de la migraña, incluida la pregunta de la doctorcita: ¿Edad? Dije todo lo que hay en estos apuntes, hasta los recuerdos saltimbanquis y la otra ráfaga, la que dejó frío a Antuna Delgado Meriño ojos abiertos a reventar vienen las sombras. El loco tenía los ojos despatarrados como los de Antuna en el talud de la trinchera y más blancos que los de Maja Vestida. Se tragó la Coca Cola sin detenerse a respirar. Soltó un suspiro seguido de un eructo.
-Cojones, asere -regresó a la cafetería y trajo una botella de H.C igual a la que vi en casa de Matamoros-: Ahora sí hay que meterle -dejó caer un chorro-: Pa los que están allá arriba.
El aire dulce de la noche. La noche dulce con su aire.
Tal vez en aquel momento miles de creyentes hicieran oraciones pidiendo por los descarriados, por los que no encuentran el camino, por los enfermos de cuerpo y espíritu, por el perdón de los que roban, porque se detenga la mano del criminal, por lo que están al caer en malas manos, por...
unos metros más abajo alguien roba, alguien fornica, alguien se muere, alguien mata, alguien miente, traiciona, se arrepiente, alguien delata, Alguien...
Lo que significa que hay gente de un lado y otro.
Migue encendió un cigarrillo. Lo sostuvo entre los dedos, tenía las uñas amarillentas.
Yo no quería beber. En el fondo de mi organismo la jaqueca preparaba su avalancha. Lo sabíamos: la migraña y Yo. Se tragó medio vaso mezclado con cola. Encendió otro cigarrillo.
-Asere -dijo con las palabras enredadas en humo-: ¿Sabes porqué me aparté de Rey? Porque es loco. Sigo llevándome bien con él, como siempre, pero tuve que mantenerlo en la raya, cercanamente lejos, de lo contrario me hubiera metido en lo suyo. Ni te imaginas cuántos negocios me ha propuesto, a cada rato se aparece con una jugada nueva, como trabajo con este carro pensó que podía enredarme. Rey ha enloquecido, es más loco que yo.
-Es posible que el más cuerdo de todos nosotros hayas sido tú.
-Mira, hermano, en este país hay que hacer como el ratón: soplar y roer. A esta gente no se le puede cambiar gato por liebre porque al final te pasan la cuenta, hasta te dejan correr, saben dar cordel como el pescador a la presa, pero cuando halan, el tirón te saca del agua y vas a caer directo al jamo.
-Migue. ¿Crees que Jesús pueda ayudarme?
- ¿Jesús Consuegra? Olvídalo. No meterá la mano en la candela. Antes sí, cuando tenía un carguito insignificante. Ahora ha ascendido mucho y es lo suficientemente ladino como para quemarse -hizo una pausa para tragarse medio vaso-: ¿Vas a tomar?
-No. Estoy hecho mierda.
-Eso lo sé.
Miró la botella, la noche, después a mí y de nuevo el vaso.
-Le tiene miedo a la oscuridad -dije.
-Me acuerdo, meaba por la ventana.
Yo en los pantalones, pensé. Una vez me cagué, cuando el dedo me traicionó para señalar el fin de Antuna.
-Estoy jodío, Migue, lo saben todo.
-Espera, espera. No saben todo... lo su-po-nen. Recalcó la última frase con el índice levantado. ¿Me oyes bien? No tienen nada contra ti. ¿Te cogieron en algo?
No contesté. Empujado por mi silencio, recalcó: ¿Te cogieron en algo? En nada, dije. Entonces sólo tienen suposiciones. Los demás hablarán, musité. Generalizas demasiado, es posible que la putica, el bugarrón, la culona, la enfermera, también culona, y hasta la madre de Cristo hablen, pero, fíjate bien, óyeme bien. Hablaba con una seguridad de espanto, dando a las palabras cierta entonación solemne: Puedes estar seguro de que Rey no hablará, morirá solo y con las botas puestas, lo conoces bien y sabes que nunca te traicionaría. Por suerte Yo tenía la vejiga seca porque me hubiera orinado de nuevo. Lo único que te queda por hacer es mantenerte apartado y tranquilo. Ve para la casa y habla con tu gente, que no metan la pata, instrúyelos bien para cuando te vayan a buscar, porque lo harán en cualquier momento. Cuando eso suceda muérete diciendo que no… ¡Ah!, otra cosa, tienes que sacar de donde no hay porque eres propenso a tirar la corriente a tierra, si te ocurre de nuevo, en el manicomio no la pasarás como antes, creo que ahora lo único que le dan a los enfermos es electroshock, si te meten cuatro corrientazos van a acabar contigo.
Recordé a Malkovich y se lo dije. ¿De dónde coño sacaron a ése, es ruso? Lo bauticé yo. Pues vuelve al rusito más loco que a una pulga viviendo en una peluca. Nadie ha podido dominarte nunca, ¿cómo cojones ahora, después de viejo, te vas a apencar? Me entraron deseos de cagar.
-Voy a cagar.
-Dale, ve y caga para que no lo hagas en los pantalones... es lo único que te falta.
Por poco me cago en los pantalones, de verdad, porque el dependiente no quería darme la llave del baño. Sólo para empleados y extranjeros, compadre. ¿Los nacionales no cagamos? Sí, pero se cagan afuera y tengo que limpiar mierda nacional, que es poco más apestosa. Estaba a punto de agarrarlo por el cuello o cagarme allí mismo, frente a él, cuando llegó Miguelito, dejó caer dos monedas en el mostrador y la llave apareció por encanto. Las monedas emparejaron la pestosidad mierdosa.
Cagué como poseso. Saqué el culo fuera de la taza para dejarle al dependiente un regalo nacional.
Agarré la botella de H.C y el resto de la Cola y dije a Migue: Vamos pal carajo de aquí. Tengo que hacer como dice la vieja.
-Pero, tu vieja se partió hace tiempo!
-No te preocupes, son cosas mías.
-¡Uf! -me pareció escuchar.
Miguelito el loco, el loquísimo, detuvo el auto en la esquina de mi casa.
Amanecía.
-Te dejo aquí para no meterme entre los edificios. Por ahí vive una que trabaja en mi empresa y si me ve puede chivatear, a esta hora el carro tiene que estar en el parqueo. Sabes cómo es eso.
-Claro -asentí, pero quedé parado observándolo por la ventanilla con el vidrio a medio subir-: Me cagué.
- ¿Cómo dices? -terminó de bajar el cristal.
-Digo que me cagué afuera de la taza, para joder al tipo que no quería darme la llave.
- ¡Ah!, hiciste bien. Ya tú sabes: quijá y cojones que de los dos te sobra -pisó el acelerador y los neumáticos chillaron. Vi las luces rojas que se alejaban. Pero no subí a mi casa. Desanduve el camino en dirección al Matamoro’s Bar Sex Show.
Las malditas células agazapadas en lo profundo del entendimiento.
(Fomento, Cuba, 1956) Narrador, guionista de radio y cine. Ha publicado Las razones del silencio, (novela, Editorial Oriente 2003, Cuba), El fantasma del camino de San José (relato, Ediciones Luminaria 2004, Cuba. Libro que obtuvo el premio Fundación de la ciudad en el 2002), Los ángeles vuelven a casa (novela, Ediciones Luminaria 2005), La mirada de Rut (novela, Ediciones Luminaria 2006, y ¡Dios salve a Numancia! (cuentos, Ediciones Vitral. Premio de narrativa 2006).