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En apariencia podríamos creer que las imágenes estaban ya establecidas por el misterio platónico; es decir, antes de que el poeta encuentre las imágenes, para después “calcarlas, pintarlas, tal y como hace el artista plástico”. Pero ésta es la otra perspectiva, válida, que no es sólo a la que me quiero referir ahora. Porque no creo que el sentido del platonismo clásico es el único que nos permite crear. La imitación platónica —la cual no rechazo y que valoro muchísimo— a veces me ha hecho reflexionar que todo lo deja preestablecido; pienso, como que no otorga del todo el dinamismo y la vitalidad que merece el hecho del re-crear humano; o sea, no se reconocería lo suficiente el esfuerzo creativo del ser humano. Por tanto, quiero significar que la participación del poeta puede ser, por otra parte, de corte sustancialmente original. Porque de alguna manera Platón nos pone de segunda mano, de simple vehículo de anda y trae.
Es cierto que ello sucede y es creación artística y, según sea el talento, el esfuerzo platónico es altamente valorado, como cuando hurgamos en el discurso lógico de la narrativa. Aquí la “imitación” sí puede ser bien importante porque habría que hablar entonces del carácter dialógico de los textos (Mijail Bajtín, revolución cultural rusa de los años 20), y de la intertextualité (Julia Kristeva, 1967) y este tejido textual que hace que todos los textos narrativos sean un único texto de imitate vitae, una única historia que sí puede proceder de la clave de la imitación, porque sería esa posibilidad reproductiva que da el reflejo de la imagen ante un espejo, pero que se repite y se repite en nuevas formaciones, como la situación de reflejarnos en un laberinto de espejos, uno frente al otro, de manera tangencial, diagonal, en círculos concéntricos, los espejos situados por encima y por debajo en unos de los infinitos contextos del contexto Imago. Este conjunto de espejos frontales, en todas las posiciones, formaría una nueva clase de contexto (narrativo o poético) de la imago, que es la energía ambarina —repito— que surge en un momento creativo en Imago… Pero que no necesariamente tendría que ser o corresponderse con el contexto total del reino Imago.
Claro que en poesía también sucede la intertextualidady hay tanta o más imitación que en la narrativa y en cualquier tipo de arte. Pero insisto en que este tipo de creación para los géneros es de una manera calculadoramente intelectual en comparación con la que puede ser auténticamente originaria; la primera: reconocida, como ya he dicho, y a la cual no renuncio nunca, por supuesto, pero que se mantiene dentro de la historia humana, y que más bien puede relacionarse con la planeación consciente de la historia literaria.
Lo que quiero significar es que a diferencia de la creación intertextual, creo que existe otra que puedo denominar como “creación originaria”, porque ésta es la que tiene que ver con las esencias de la energía imago. Las imágenes, según el creador, se encuentran en el éxtasis, es una especie de mística de lo imaginario, llegamos a adorar la Imagen de las imágenes, que se dan frescas, nuevas, auténticas, y las superponemos, unas con otras, con la obsesión de encontrar un nuevo camino. Es por eso que todo lo onírico de los sueños es tan impactante y penetrante; el surrealismo, en el que hay superposición constante de imágenes y símbolos, es la fuente y ha sido uno de los más grandes descubrimientos del psicoanálisis y del ser humano imaginante. En el surrealismo, en su fantástica y maravillosa locura, no hay imitación ni calco, sino germinación. Entonces el poeta (cualquier artista que sea) en su propia locura se hace una partecita de Dios. Muere y resucita a la vez, y dispone y se transforma en lo inimaginable, en la dulce locura de andar su mundo.
Es por tanto, como tú dices, que “el poeta ‘descubre’ los entes intangibles en un mundo todo suyo, irrepetible: el mundo de la soledad poética”.
El retorno de Imago
Pues simplemente un pestañar, un ruido, un hecho físico exterior nos desploma, nos retorna, nos deja caer y descendemos abruptamente… Despertamos a la vigilia y ya no estamos más en la realidad de Imago. Esto si hubo un rompimiento brusco con el éxtasis místico.
Pero también la salida a nuestra realidad objetiva puede ser lenta. El asunto puede interesar entonces a la repetición de los ciclos, al “mito del eterno retorno”, como diría Mircea Eliade, y estamos cayendo hacia lo físico sin saber por qué. Es como la pérdida de la libertad que disfrutamos en Imago. Allí sufrimos y nos reconstruimos. Pero aun el sufrimiento es placer porque andamos y desandamos nuestra identidad primera. En la última instancia, el Gran Tiempo de Omega se esfuma y volvemos a la condena de Sísifo.
Los hilos de Ariadna que nos llevaron a Imago nos regresan, y no hay que temer eso de que los hilos se rompan y nos quedemos allá, no, siempre que seamos, claro, “poetas circunstanciales”; al contrario, para este tipo de creador, el temor se da al comienzo del viaje, que el hilo se rompa y caigamos vertiginosamente, sin llegar a sentir la fuerza de la imago. El temor es al desasimiento de esa región imaginaria, al hecho de no cumplir el viaje.
Si quedáramos allí, es porque seríamos “poeta-durmientes” y no tendríamos que luchar contra el destino de la eternidad, “como estatua entre las imágenes”, quizás entonces así se cumple el camino fácil de algún alma y todo se convierta en el ámbito primigenio, o en el infierno último de la negación al amor.
Porque el viaje se da —pensemos bien— a todo riesgo…
“Y sentir al poeta es una buena razón para la filosofía”, hermoso final que viene de ti para recomenzar, pues esto último es no sólo el reconocimiento de que la filosofía es algo más de lo que se nos ha querido hacer ver, sino que definitivamente es un puente entre la ciencia y el espíritu, y que por tanto, puede ser metafísica y especulación poética. La filosofía, como tú expresas, es parte esencial también del viaje de la poesía, de la creación narrativa, de las artes plásticas, de todas las formas estéticas.
De aquí que la filosofía también exista en su particular modalidad de poesía filosófica (o quien dice poesía-filosofía) y no al revés.
El orden de la esencialidad empieza por la poesía (por lo poético); lo filosófico más bien es una manera de hacer el viaje, y, posiblemente, en su mejor modalidad: la metafísica. Lo genial es cuando la poesía, creación (metáfora-imagen, ritmo de versos, trama, discursos denotativo-connotativo, curva, color, etc.) se funde con la inquietud ontológica, gnoseológica, teológica y metafísica, como concibió en su momento Aristóteles; ese hecho, siempre importante, de que la filosofía viene a ser el interés por un algo más, que es la búsqueda del Misterio.
Pienso que de repente la filosofía se hace metafísica: poesía-filosofía en un solo cuerpo, en una fusión de historia-imago-espíritu.
Y entre tantas cosas que me ha provocado tu trabajo, está mi afecto, y me despido de ti con un abrazo así de grande. Siempre,
Manuel
Notas del artículo:
1.-Teilhard y Lezama: teología poética (Un punto de vista sobre la asimilación de Teilhard de Chardin en el pensamiento intelectual cubano), de Rosa Marina González-Quevedo, Ediciones Vivarium del Departamento de Medios de Comunicación Social del Arzobispado de La Habana, La Habana, 1996. En este ensayo he expuesto algunas definiciones que permiten un acercamiento al concepto de metáfora como “ojo de la aguja” o punto de tránsito, de la dimensión histórica a la dimensión imago.
(Matanzas, Cuba). Ensayista y narradora. Licenciada en filosofía por la Universidad de La Habana (1984) con la tesis La filosofía de Baruch Spinoza y las ciencias del siglo XVII, y licenciada en Lengua y Literatura Románica y Latinoamericana por la Università degli Studi “L’Orientale”, de Nápoles (2009), con la tesis Il “Libre dels tres Reys d’Orient” nella tradizione agiografica spagnola di carattere giullaresco. Profesora de historia de la filosofía en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana desde 1984 hasta 1993. Fue miembro del Centro Arquidiocesano de Estudios del Arzobispado de La Habana y del consejo de redacción de la revista Vivarium, órgano del mismo. Ha sido profesora de español en el Instituto Cervantes de Nápoles, así como en diferentes institutos superiores estatales italianos. Entre sus publicaciones están: Antología del positivismo en México (Universidad de La Habana, 1992); Teilhard y Lezama: teología poética (Ediciones Vivarium, La Habana, 1996); San Manuel Bueno, mártir: leyendo con Unamuno (IF Press, Roma, 2008), así como los cuentos “Ojos incrédulos” (Revista Vivarium, n. XIII, dic. 1995) y “Desdoblamiento” (Revista Vivarium, n. XXII, junio 2000). Desde septiembre de 1997 reside en Nápoles, Italia.
(Las Tunas, Cuba). Escritor y periodista. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Miembro del consejo de redacción de la revista Vivarium, del Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana. Ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992, y el premio de cuento en el año 2004 del Concurso Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York, por su relato El otro sueño de Sísifo.Trabajó como editor en la revista Contacto, Burbank, California, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y editor propiamente en el periódico La Opinión, de Los Ángeles. Reside en California, Estados Unidos.