OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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Ronel González: “Confesiones de un grafómano”

 

por Remigio Ricardo Pavón

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Sin embargo, ese poemario me trajo mucha alegría por las frases cariñosas que me dijeron algunos amigos y porque realmente después de su escritura y publicación yo comprendí que no era el mismo.

Hoy no me avergüenza confesar que hasta ese momento yo era un suicida en potencia (quizás lo sigo siendo, pero de otro modo) y que en mi poesía de esos años subyacen aquellos secretos impulsos. Me apasionaban los poetas suicidas y, aunque más de una vez estuve a punto de saltar al vacío porque las circunstancias que yo vivía y mi permanente cuestionamiento existencial me movían a ello, mi obsesión escritural me alejó, creo que definitivamente, de esa luctuosa atracción.

En ese libro hay poemas intensos, quizás porque entonces yo estaba en el límite y todo lo que vivía lo hacía con mucho ímpetu, como si constantemente me fuera a dormir con los pequeños. Incluso me parece que jamás volví a rozar esa intensidad. Mi obra se hizo más densa, a veces rayana en el hermetismo (me refiero a mi poesía en verso libre). A medida que me aproximaba a la madurez, al menos biológica, mis preocupaciones eran otras. Ahora me interesaba buscar a toda costa esa zona misteriosa que a veces devela la poesía. Al final no sé si fue que evolucioné –y decir esto me sobrecoge- o que me quedaban muy pocas cosas por escribir. De hecho, al año siguiente, me dio por hacer una selección poética, que tampoco me complació, donde quise sanear mis agresiones literarias, pero la reducida tirada, el amontonamiento de los textos, la imposibilidad de revisar las pruebas y, sobre todo, mi decepción, también me hizo desechar Zona franca,  un librito que muy pocas personas conocieron, pese a las buenas intenciones de la Asociación Hermanos Saiz.

 

En el año 2000 sale por Ediciones Unión un libro de décimas: La furiosa eternidad. Coméntame sobre él.

Ese fue otro de mis intentos profilácticos. Desde los 80 yo era conocido –gracias a los talleres literarios- entre los decimistas cubanos, por haber participado en diversos eventos y concursos y por publicar unas cuantas espinelas. Había obtenido cuatro Premios de la Ciudad de Holguín en décima, un Premio Nacional de los Talleres Literarios y el Premio Cucalambé, sin embargo ninguna editorial nacional había publicado un cuaderno de décimas mío. Fue en Las Tunas donde Alex Pausides, entonces editor de Unión, me pidió un libro y le entregué La furiosa eternidad, selección de lo que había escrito hasta 1995. El Indio Naborí me escribió una nota para la contracubierta y Virgilio López Lemus hizo el prólogo.

Aunque hoy creo que faltan algunas décimas en ese volumen y que sobran otras, La furiosa… recoge los textos de una primera etapa, digamos pública, de mi creación y, aunque el prologuista no quiso ver la angustia de esos textos, son poemas en su mayoría autodestructivos. Un poeta que comienza diciendo que la vida es un cine cerrado ¡y de qué manera! y concluye con una desesperada letanía, alusión a su propia muerte, que deja implícitos sus más hondos conflictos personales con sus seres queridos, con el lugar donde vive, con la isla; que le canta a la melancolía, a la tristeza, a la traición, que constantemente se está desgarrando…no puede ser un individuo pleno, un ente sinflictivo. No obstante, Naborí si percibió la tormenta y lo dijo. Otras personas también lo sintieron.

La furiosa eternidad incluye, en menor medida, mi desamparo y mi intensidad de entonces. Quizás no esté a la altura de Desterrado de asombros, pero es que se trata de una estrofa muy particular.

Aunque no lo haya logrado del todo, con ese libro publicado por la editorial de la UNEAC quise dejar por sentado una actitud: mi enfrentamiento permanente a la pacatería que tienen muchos poetas con la décima. Vamos a ver si toda la poesía que hoy se escribe en verso libre (que la mayoría de las veces emplea la métrica aunque sus autores lo ignoran),  que se autodefine como posmoderna, experimental, etc. le dirá algo a los lectores del futuro. Al menos yo tengo la esperanza de que una buena parte de la creación cubana en décimas de esta época sea recordada.

 

A fines del 2005 sale publicado un libro de sonetos, Consumación de la utopía dedicado a la memoria de Raúl Hernández Novás, uno de los buenos cultivadores del soneto en los últimos años en Cuba, y cuenta con un exergo de otro poeta también fallecido en similares circunstancias, Ángel Escobar.

Me atrevería a afirmar que Consumación de la utopía es tu libro más sólido y profundo, poéticamente hablando. El dominio de una estructura poética tan clásica como el soneto, la diversidad de motivos, conjeturas, búsquedas y manejo tan eficaz del lenguaje junto a preguntas y respuestas que el ser humano no cesa de considerar, lo hacen una obra singular en tu trayectoria literaria. Háblame de él.

Yo terminé de escribir Consumación de la utopía en 1998 y lo entregué a Unión en el 2000, pero la publicación en ese año de La furiosa eternidad impidió que el sonetario se conociera antes, porque son –según me dijeron- características de esa editorial.

El libro tuvo una edición inicial en los Estados Unidos (1999) gracias al Frente de Afirmación Hispanista de México y fue prologado por el poeta cubanoamericano Francisco Henríquez. La cubierta y una parte de la impresión de los sonetos quedaron bastante bien, a pesar de las palabras mayúsculas que interrumpen la lectura y el desorden de los poemas para agruparlos de acuerdo con ciertos intereses “cósmicos” de la editorial.

Después se publicó en el 2005 en La Habana, con prólogo de la Doctora María Dolores Ortiz y, con la excepción de una nota que apareció en Internet, parece que este libro pasará inadvertido.

De la forma en que nació Consumación… puede sugerir una nueva antología de mi obra poética y de cierto modo lo es, porque en él reúno gran parte de los sonetos que escribí, pero fue un poemario que se armó solo, a la par de otros. Incluye cinco o seis textos que no me disgustan, otros que pudieran haberse mejorado, pero ya dije que no me agrada mucho la idea de reescribir. Mi gran utopía era lograr decir cosas a través del soneto, que es la forma clásica por excelencia, y creo que están ahí, en parte.

No sé si este es mi mejor libro, tal vez sí. Pienso que los “Sonetos del clarividente” no son malos, aunque ahora me disgusta tanta confesión y autoconmiseración, en la sección “Poética” hay algo, me parece, y los sonetos amatorios no son terribles, pero eso hay que dejarlo para después.

 

Dos libros de literatura infantil has publicado: Un país increíble y El arca de no sé. Hace poco te escuché decir que no te considerabas un escritor para niños y jóvenes. Explícame eso.

No soy un escritor para niños y jóvenes porque no tengo claro quién es el destinatario de esos libros. No creo en la existencia de un género conocido como literatura para niños o literatura infantil. Entre mis lecturas favoritas hay obras escritas por Mark Twain, Exupéry, Michael Ende, Astrid Lindgren, etc., que otros escritores no se atreven a mencionar cuando los periodistas les piden que seleccionen sus diez o veinte libros predilectos.

Cuando escribí El Arca de No Sé muchas cosas las hice pensando en los adultos y en mí, por supuesto. A pesar de eso a algunos niños les han funcionado y tengo experiencias y anécdotas preciosas, pero todos esos textos son un complemento de lo otro, con distinto lenguaje tal vez. Algunos de esos poemas son importantes dentro de mi obra y ayudan a armar mi biografía, porque, aunque está de más decirlo, quien quiera conocer a Ronel González que lo busque también en esos desiguales pero honestos libritos.

 

Junto a tu extensa obra poética, también llevas una obra investigativa, ensa-yística. Coméntame acerca de este aspecto de tu quehacer.

Mi interés por la investigación literaria viene desde mi adolescencia. Siempre quise ahondar en la historia de las estrofas que escribo y, por esa razón, me dediqué a hacer una especie de poética de eso. Es difícil penetrar, desde la provincia, en temas trascendentes para la cultura nacional y muchas veces no me ha quedado más remedio que escribir historias poéticas de mi terruño, pero he intentado rebasar, con mis limitaciones, esas fronteras.

Participé en una investigación acerca de la poesía en Holguín, desde sus orígenes hasta 1930, después hice una primera historia de la décima  escrita en el territorio y posteriormente intenté develar la creación en décimas de los poetas origenistas.  Esos trabajos, premiados en concursos, me han permitido conocer y conocerme mejor, comprender fenómenos, repensar la creación poética.

Escribir acerca de las décimas de Lezama, por ejemplo, fue una experiencia única. Hoy creo que la obra del autor de Paradiso no sólo es excepcional, sino que sus singulares décimas –aunque muchos decimistas no opinen igual- son altamente significativas dentro de la historia de esta estrofa,  por las transgresiones formales y conceptuales, la originalidad de su autor y porque considero estas décimas como un aporte a la cultura iberoamericana. Lezama hizo, sencillamente, algo distinto y eso lo vuelve una fortaleza, un paradigma.

Lo del Diccionario de autores de la décima cubana ha sido una jubilosa tortura que no se ha concretado en letra impresa, pero que existe en una multimedia que hice en el 2005 y que estará engavetada mientras las instituciones culturales holguineras no hagan nada por promoverla, a pesar de ser un resultado investigativo de la Casa de Iberoamérica y de haber sido prologada por Naborí.

También he preparado algunas antologías poéticas, algunas cronologías, alguna bibliografía y he escrito acerca de algunos poetas cubanos. Pero no pretendo dedicarme completamente a eso. También la investigación tiene sus riesgos. No quisiera convertirme en un académico ni en un alto (o bajo) parlante de salones y corredores universitarios.

 

Volvamos a la poesía. ¿Cómo valoras el panorama de la actual poesía cubana?

Tengo muchas razones para confiar en la calidad de la poesía cubana y apostar por ella. Cuba es un ámbito pródigo para el arte. Jamás ninguna limitación ha impedido su desarrollo. Buenos poetas hay en todas partes y muestra de ello es la publicación de excelentes cuadernos hasta en las provincias, y digo hasta porque la mayoría de las editoriales nacionales está en La Habana.

Algunos críticos valoran la creación poética sólo por la aparición de grandes textos y, desde ese punto de vista, hace rato que no se pudiera hablar de poesía en la Isla. Otros pretextan una defensa de la renovación (que no siempre es legítima ni aporta novedad) para invalidar o disminuir la obra de autores que sí dicen cosas y que no usan la literatura para escalar posiciones o granjearse viajes al extranjero.

En la capital hay grupos que como están cerca de las instituciones nacionales tienen más oportunidades. Para ellos nadie escribe nada de valor y como año tras año son jurados de los concursos se autopremian y autoproclaman postmodernos, vanguardistas, desmitificadores, y cuando en las provincias surge alguien lo minimizan, lo excluyen o sencillamente lo ignoran. Eso es una miseria literaria y humana que puede empañar el conocimiento y crecimiento de la poesía, pero que a la larga termina autodevorándose.

A pesar de todo, la poesía continúa escribiéndose y publicándose, aunque en el mundo ya no sea valorada como antes y haya sido desplazada por la novela.

 

¿Qué esperas de la poesía?

Que siga siendo una entrañable invención de la humanidad, que no deje de reflejar las circunstancias en que vive el hombre, de incluir el placer y la angustia en el acto creacional, que no sea utilizada con fines extraliterarios, que se renueve siempre, que no permita que la borren de la cotidianidad, que se convierta en versos libres, rimados o en amorfas estructuras vibrantes, que siempre sea necesaria, que nazca y perdure entre los poetas y los lectores de hoy y del futuro, que nos permita seguir leyéndola y escuchándola a través de los iluminados y los que alguna vez han recibido el secreto impulso cósmico.

 

Aunque eso de las definiciones es un poco brumoso ¿Te atreverías a definir a la poesía en el contexto actual?

Cuando yo vivía en Caguairanal, para ir a Holguín o Cacocum debía cruzar un río por un peligroso e improvisado puente hecho con troncos de árboles que de vez en vez el río se llevaba. Para mí al otro lado del puente estaba la libertad, el universo. En una ocasión el río creció y mi madre intentó cruzarlo por el sitio donde debía estar el tronco, y cayó al agua.  Perdió el sentido y la corriente la arrastró unos cuantos metros. Esos instantes debieron ser terribles. Ella no sabía nadar, así que se aferró a unas pencas de yuraguano, cuando la crecida la empujó hacia un recodo, y logró salir.

Ahora lo más lógico es que yo compare a la poesía con ese río de mi infancia, pero como ya Heráclito y Borges lo hicieron magistralmente, escribiré que para mí la poesía es como uno de esos troncos de árboles que, cuando falta, no puedes acceder al Misterio, y cuando está es tan peligroso que, si das un paso en falso (o en verdadero), te tragan las arremolinadas aguas de la literatura.

Por eso en cuestiones de ríos crecidos y de árboles, yo de cualquier manera siempre intentaré hacer como mi madre.

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