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Imelda, ai adormilarse, durante el viaje, sintió un estremecimiento espasmódico, horriblemente intenso y desagradable. Se despabiló y pensó que el ómnibus se había metido de pronto en un bache o en un vacío de la carretera. Estuvo á punto de gritar. Miró hacia adelante, al camino iluminado por los faroles y sintió la sensación de un gusto amargo, como si un líquido de ácidos y jugos fermentados le rascara la boca del estómago. Procuró tranquilizarse tratando de conciliar el sueño. Pero le fue difícil lograrlo, sentía los barquinazos, el traqueteo del motor y veía imágenes sin ningún sentido, sin relación alguna. Una araña dejaba una hilera inconmensurable de huevos. Un camión, cuyo ruido concatenaba con el que tenía en sus oídos, caminaba en un paraje de extrema oscuridad. Los huevos reventaban estallando en excrementos. El camión caminaba para atrás; arrollaba gallinas, patos, perros. Del medio de estos surgió un pájaro, emprendió vuelo, alto muy alto, y de pronto, el pájaro tuvo un resplandor y cayó. El impacto en el suelo hizo que Imelda sintiera un estremecimiento en el cuerpo que pareció dar volumen a un presagio. Aún luchó con todo el poder de su mente contra lo que un ignoto sentido le anunciaba, en forma de angustia inexplicable, en una sensación como si su carne se deshiciera lentamente, como si sus días por vivir se hubieran agolpado de pronto en su sangre convirtiéndose en minúsculos seres apurados para devorarle los nervios. Una especie de oscuridad se hizo de piedra en su garganta. Imelda continuó haciendo esfuerzos para crear en todo su ser la convicción de que Adalberto estaba en algún lugar, preso quizás, oculto tal vez luego de una fuga, pero con el corazón palpitando para alegría de los suyos y de ella principalmente. Deseó para Adalberto una morada en la aurora, para que apareciera algún día con el sol. Pero, a pesar suyo, sentía que ya no era nada más que un habitante de sus pensamientos.
Ya no pudo aguantar más, y delante de un funcionario del Ministerio, soltó su llanto: usted también debe tener hijos, hágalo por ellos, dígame dónde está mi hijo, por favor, se lo imploro.
Fueron muchos viajes los que Imelda realizó, cualquier economía se resiente. Me queda el último paso, pensó, pagar. Ya no tengo dinero, pero tengo la libreta de ahorros de Adalberto. Como madre de Adalberto podía retirar los fondos luego de una breve gestión. Zenón le había llamado la atención por sus continuos viajes. Parece que lo del chico es solo un pretexto para viajar otra vez, le dijo, el chico ya debe estar muerto. No, no, no lo está, gritó Imelda exasperada. Y no pudo contenerse. Claro, como tú, artrítico reumatoide, te mueves tanto para conseguir la libertad de mi hijo, no hay necesidad de que yo viaje. Te es más fácil que esté muerto.
Bien, doña Imelda, de acuerdo con nuestro convenio, debo informarle lo siguiente: he investigado el caso de su hijo, no existen muchos datos ni documentos. Los agentes de hace tres años, muchos han sido dados de baja, otros han sido destinados a ciudades del interior. En primer término quiero mostrarle el expediente que logré sacar, al amanecer debo dejarlo en su sitio. Mire, alguien escribió con rojo, con letras grandes OJO. Aquí están unos papelitos interesantes: en este alguien denuncia a su hijo como miembro activo del ELN, personaje, dice, que ocupa un puesto clave en el alto comando y que actúa mimetizado como un inocuo estudiante que no interviene abiertamente en las asambleas, sino por debajo. Imelda abrió los ojos: déjeme ver. Observó el tipo de máquina, menuda, cursiva, con acentos grandes y con errores de espacio entre letra y letra. Era el mismo tipo de máquina de una carta que le había enviado la ex enamorada de Adalberto, pidiéndole prestados ciertos libros y llamándolo mi AVE adorado.
Esta otra nota Imelda la reconoció. Era la misma que Zenón introdujo en la masa cruda de un queque.
Adalberto, hijo mío:
No sé si (tarjado) has hecho verdaderamente actividad política. Si son falaces las sospechas, ten paciencia. Tu madre se ha movilizado para lograr tu libertad y en poco tiempo te verás te verás (repetido) con nosotros. Algunas amistades y mi calidad de Benemérito de la Patria, harán que estés fuera muy pronto. Pero de ser verdad tu concomitancia, pórtate como un hombre digno que eres por la educación que te dimos. Pienso que tomaste un (tarjado) ideal justo, y en este caso, prefiero que te muerdas la lengua hasta cortártela antes que delates a tus compañeros o camaradas. Estaré, estoy orgulloso de ti. Te abraza,
tu padre
Por lo que pude averiguar, su hijo fue embarcado en un avión y arrojado posiblemente desde el aire al medio de una selva o del Titicaca. No sé quién habrá dado la orden.
El hombre cierra la puerta con el seguro. Imelda se sienta en una silla y abre la cartera. Saca varios fajos de billetes de cien. En el fondo, entre sus efectos personales, aún queda la libreta de ahorros.
-Usted es todavía joven, doña Imelda. Tuvo a su hijo a los dieciocho años, seguramente.
-¿No le basta el dinero que le voy a dar? Puedo aumentarle.
-Contrato es contrato. Yo cumplí.
Desde ese momento Imelda no habla. El hombre había esperado que se calmara su llanto. Lloró largamente. Se queda quieta. Quieta, El hombre se le acerca. Imelda cierra los ojos y se concentra en otro momento, en otro espacio.
Escuchaste ruidos de puertas que se abren. Un ligero temblor sacude tus fibras. Ha de ser entre las tres y las cinco de la madrugada. Se abre la puerta de tu calabozo y una voz te ordena: alístese rápido. En realidad estás listo, pues no tienes maleta, ni un bulto, ni frazada, y dormías sin quitarte la ropa ni los calzados, encogido, doblado para enmarcarte en la mitad de una payasa rotosa que se deshacía en paja y polvo, cubriéndote apenas con otra mitad. Te levantas y estás listo. Te quitas algunas pajas. Salga, te ordena la voz. Te alisas el cabello con la mano y piensas en muchas cosas: un traslado o un nuevo interrogatorio con los tormentos acostumbrados de todas las madrugadas o quizás con alguna experiencia más dolorosa para lograr una confesión. Estás preparado. ¿Qué más puedes hablar si no sabes nada de las cosas que te preguntan? Estás seguro de que existe un malentendido, sin embargo ellos creen que te contradices, o que no quieres hablar lo que sabes y hablas otras cosas para despistarlos. Eso creen. Y no sabes si tú estás loco o ellos son los locos. Locos. Salen a la calle y te hacen abordar una vagoneta. Entonces desechas el interrogatorio y el traslado se hace evidente.
-¿Quiere que apague la luz? ¿No dice nada?
Pero un viaje en vagoneta a estas horas puede tener otros sesgos como el de que en un paraje alejado y solitario pueden aplicarte la "ley de la fuga". Por el rumbo que toma la vagoneta te das cuenta de que el punto de llegada es el aeropuerto. En efecto, llegan y te ordenan subir a un avión. Puede tratarse entonces de un confinamiento o de un destierro. Estás confundido. Levantan vuelo. No sabes cuánto tiempo de vuelo ha transcurrido, pero en las actitudes, en la palabra de los que te custodian hay alusiones fáciles de captar su verdadero contenido y te das cuenta de tu espantoso destino. En este instante uno de los hombres, el hombre, te dice.
-Desvístase.
Y me desvisto lentamente, como autómata. Luego alguien dice: listo, este es el mejor lugar. Y no sé por qué un miedo terrible me invade y tiemblo. Yo que siempre me creí fuerte. Abren la portezuela y me dicen: ¡Salte! ¡Tírese, mierda! El viento silba, sopapea con fuerza, ensordece. Veo oscuridad, a lo lejos una débil luz del alba. En mi desesperación lucho, me aferró a cualquier cosa, me sujeto de la pierna de un hombre, del hombre. Transpiro frío. Me golpean hasta lograr que mis brazos se suelten... Son más fuertes, me dominan. Me domina, contrato es contrato, repite, yo cumplí. Grito al borde de la locura, me empujan con fuerza. Me empujan. El amanecer es mi tumba.
Notas al cuento
1.- En Suramérica, cazadora, chaqueta corta y ajustada a la cadera.
2.- En Bolivia y Perú, vehículos.
(La Paz, Bolivia, 1941) Narrador, ensayista y profesor boliviano. Obtuvo premio en el concurso nacional de cuento del Comité de Etnografía y Folklor de Oruro; en el concurso nacional de cuento del semanario Aquí de La Paz; en el certamen nacional de Literatura de la Alcaldía Municipal de Cochabamba, en 1992. Sus cuentos figuran en varias antologías y han sido traducidos a diferentes idiomas. Ha publicado: Un gato encerrado en la noche (cuentos, 1993); Las babas de la cárcel (novela, 1994); Las serpentinas del diablo (cuentos, 2001), Fábulas (2002); Rehusa si te ofrecen morir en USA (cuentos, 2004); Por nada en tus ojos (Los niños en los cuentos de Carlos Verduguéz Gómez (2005). Ha compilado la Antología de cuentos de espanto de Bolivia (2004) y la Antología de antologías (Los mejores cuentos de Bolivia) (2004). El relato que publicamos ha sido tomado de Un gato encerrado en la noche.