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No traté de seguirla: al imprevisible concierto podía suceder la imprevisible Claudine. Pero lo que sí me extrañó fue que, a las diez de la noche, cuando yo estaba a punto de dormir, una de las ancianitas tocara la puerta de mi cuarto para darme un recado telefónico de Claudine: se disculpaba por no haber podido asistir a la cita de esa noche.
Al otro día Claudine me despertó tempranísimo. Tenía un nuevo plan de excursiones. Le recordé los hechos de la noche anterior y le pregunté si podía explicarme su conducta.
-¡Ah, sí! -dijo con total naturalidad-. Esa no soy yo.
-¿Quién es entonces? ¿Tu doble?
-No. Yo diría que era más bien mi fantasma. Toda esta casa está llena de fantasmas, ¿no lo sabías?
-O sea que estando viva puedes tener un fantasma.
-Es que no es como todos piensan -pestañeó levemente-: los fantasmas pueden tomar la forma que quieran. Quizá sea un duende disfrazado de mí:
-Eso quiere decir que tú no tocas el chelo.
-Ni el chelo, ni nada -se excusó con pena-. Puedo sentir la música^ bailarla, pero soy incapaz de tocar dos notas seguidas.
Sonreí divertido. El candor, la fresca imaginación de Claudine me enternecían. Parecía ser la solitaria protagonista de un cuento de hadas. Una versión personal de Alicia en el país de las maravillas. Decidí seguirle lá corriente.
-¿Y ahora con quién voy a salir? ¿Con la verdadera o con el fantasma? -pregunté, falsamente confundido.
-Con la verdadera, por supuesto. Y ni se te vaya a ocurrir coquetear con la fantasma.
Fuimos al bosque de Compiégne. Nos internamos en un caminito de sombras ramificadas y manchas de flores azules. Recorrimos el pueblo ruinoso y almorzamos en una tasca tradicional, atendidos por unas simpáticas y robustas campesinas que servían la comida en unos añosos mesones dé madera. Por la tarde visitamos el castillo de Pierrefonns, una fortaleza castrense en cuyo torreón principal había permanecido en cautiverio una princesa albina por tener amoríos con un músico plebeyo. Claudine insistió en que nos separásemos de los demás visitantes y subiéramos a la torre. Yo había visto el cielo ennegrecido y temía que al desatarse una lluvia torrencial se suspendiera la visita y nos quedásemos encerrados, pero Claudine me llevó casi a rastras. Hicimos el amor sobre una cama de pajas parduscas, oyendo el fragor del viento gris que danzaba entre las copas de los árboles. Una rama de más de medio metro pasó silbando por la ventana de estuco con un aspecto desesperado y terroso. Pero solo cuando volvimos a juntarnos con el grupo de turistas, empezó a llover. Bajo los pliegues de esa agua rugiente y humeante, disfruté de cómo la cabellera negra y las espesas pestañas de Claudine iban adquiriendo un tenue fulgor sedoso mientras corríamos por una cuesta empinada y luego por un sendero de grava súbitamente enlodados. Llovió con tanto ruido e intensidad que el furor del agua nos acompañó hasta que llegamos a la hostería, ya muy entrada la noche.
La mañana del lunes fue árida y aburrida sin Claudine. Pero a la hora del almuerzo recibí una llamada de Le Nouvel Observateur: aunque me costara creerlo, me habían escogido para el puesto. Demoré lo menos posible en presentarme a la oficina del jefe de correctores. Monsieur Lenast me recibió con inexpresiva seriedad, pero me alcanzó unas palabras de bienvenida. Trabajaríamos tres personas, según me hizo saber: él, un tal Pierre y yo. El horario sería de madrugada, pues las oficinas estaban ocupadas todo el día en la edición del diario. "Mañana mismo empiezas", me advirtió. Después de llevarme con el contador para registrar mi ingreso, me mostró las instalaciones del periódico; solo al final del recorrido vi mi oficina, un cuartito tenebroso que había servido no hacía mucho de despensa. "Aquí tienes lo básico", carraspeó monsieur Lenast señalándome un par de escritorios apolillados sobre los que descansaban diccionarios y enciclopedias. "Si necesitas otros libros, no dudes en subir a pedírmelos, muchacho".
Me quedé el resto de la tarde dando vueltas por las calles del centro, feliz y ansioso de ver a Claudine para contarle la buena noticia. Cuando regresé a la hostería me alegró volver a escuchar la música del chelo. Me quité los zapatos y entré de puntillas al altillo. Claudine planeaba por la neblina azul de lejanos cielos concéntricos, con los ojos cerrados y el lacio cabello suelto contra la cara. Me paré a su lado y posé con suavidad mi mano izquierda sobre su pequeño rostro. Esta vez Claudine continuó tocando sin inmutarse y yo sentí su aliento tibio en la palma de mi mano, las órbitas de sus ojos girando serenamente bajo las yemas de mis dedos trémulos. Descendí con lentitud hasta tocar sus labios húmedos. "Yo no te conozco", musitó. "Yo tampoco te conozco", respondí siguiendo su juego. Luego coloqué mis dedos en el pliegue cálido de la comisura de su boca y ella empezó a abrir levemente los labios, a besar mis yemas, a morder con delicadeza la recortada superficie de mis uñas.
Yo me volví, bajé mi rostro hasta su altura y reemplacé mis dedos por mi boca. Claudine percibió el cambio, se crispó, entreabrió los ojos, pero al instante los volvió a cerrar y correspondió a mi beso. Fue un beso breve pero intenso, de sensaciones mutuamente inéditas, como si por primera vez hubiera besado a Claudine, o como si esta fuera otra Claudine, menos impulsiva aunque más entregada. En el momento en que nuestros labios se separaron, Claudine dejó de tocar y abrió sus grandes ojos para mirarme desde un punto ciego donde habitan la confusión y la ternura. "Creo que me estoy enamorando de ti", atiné a decirle. Entonces volví a besarla, acaricié su delgada nuca, hundí mis dedos entre sus cabellos revueltos y la llevé cargada hasta la cama.
Al despertarme varias horas después, Claudine ya se había ido. Un fulgor centelleante de sol se metía por la ventana e iluminaba el descorrido acolchado azul que había cobijado su cuerpo. Bajé a tomar desayuno con las ancianitas. Madame Leonor presidía la mesa y, como siempre, como en cada una de las oportunidades en que habríamos de cruzarnos las miradas, me atendió secamente para después ignorarme. De regreso a mi cuarto, encontré de nuevo a Claudine recostada sobre la cama recién tendida. Se había cambiado de ropa, pero se veía preocupada.
-Lo siento -se disculpó al verme-. Anoche no pude venir porque me quedé hasta muy tarde arreglando unos papeles para la embajada.
-Ni me di cuenta -sonreí con buen humor-. La pasé de maravillas con el cuerpo de tu fantasma o de tu doble o lo que fuera.
Creo que no le gustó mí comentario, porque frunció el seño y permaneció en silencio, pensativa. En todo caso, la imprevisible Claudine me proponía jugar y luego, sin ninguna transición, se arrepentía. Cambié de tema. Le conté lo de mi trabajo en el periódico.
Claudine brincó de alegría y saltó a mi cuello para felicitarme.
-¡Por qué no me lo contaste antes! -exclamó besándome en la boca-¡Es una noticia maravillosa! ¡Tenemos que celebrarlo!
Fuimos después del almuerzo a tomar unos vinos a la Closerie des Lilas, un bar del boulevard Montparnasse, famoso porque ahí Hemingway escribió Fiesta. Yo tomé unas cuantas copas, pero Claudine se entusiasmó tanto y acabó tan borracha, riéndose y tropezándose con cualquier cosa, que tuve que llevarla en un taxi hasta su departamento (vivía en un pisito de la rué du Bac, al final de un pasaje semioculto por fragantes abetos en flor). Al acostarla en su cama volvió a felicitarme y me comentó con voz chispeante y sonrisa adormilada que tenía muy buenas referencias de monsieur Lenast, pues era un amigo conocido de su familia.
Estuve en la oficina del periódico media hora antes de lo indicado. Al poco rato llegó mi compañero. Fierre era un gordito de gruesos anteojos, con una locuacidad desenfrenada y una risa y unos movimientos nerviosos que le daban un aire caricatural y divertido. No debía de tener más de veinte años. Estudiaba Literatura en La Sorbona y trabajaba desde hacía poco en el diario. Apenas le informé que era peruano, empezó a hablarme de los escritores latinoamericanos que conocía. Era un amante impenitente del barroco, castellano, afición que se notaba por la multitud de libros que me citaba y, sobre todo, por la demorada excitación con que insertaba algunos arcaísmos españoles en su difícil francés. Hubiera seguido hablando sin parar si no se presentara en ese momento nuestro jefe a entregarnos el trabajo para ese día. Una vez que nos dio las pruebas de imprenta, monsieur Lenast me invitó a salir de la oficina para decirme algo en el corredor. "Pierre es un muchacho muy responsable y muy culto", me explicó como si me contara un secreto. "Pero a veces recarga la sintaxis y los adjetivos, así que tú vas a hacer una segunda corrección sobre lo que él ya ha corregido". Las cuartillas que me tocaron formaban el capítulo correspondiente a Vargas Llosa. Yo había dirigido en Lima un taller sobre mi compatriota y admiraba su obra, pero Pierre, movido quizá por una pasión desmedida, no solo había cargado las tintas sino que había agregado oraciones laudatorias de su propia cosecha. Por ejemplo, donde decía "notable construcción narrativa" había puesto "arquitecto de palacetes principescos en el informe adobe de la palabra". En eliminar algunos epítetos y aligerar el fraseo de Pierre se me fueron las seis horas.
Llegué a la hostería rendido. Desde la ventana del comedor vi a las viejitas jugando con bullicioso entusiasmo una partida de bridge. No había dormido más de unas cuatro horas cuando sentí entrar a Claudine. Cerró la puerta y se quedó parada en el vano, mirándome con un halo de dulce extrañeza. La invité a acostarse conmigo. Tuve que insistir varias veces para que se acercara a la cama. Era otra vez la Claudine tímida y silenciosa, esa Claudine que no tomaba la iniciativa sino que me obligaba a seducirla y atraerla. Besé sus delgados dedos evasivos, el vello mullido de su brazo. Así fui venciendo su momentánea timidez, hasta que se dejó envolver en mi brazo.
Confieso que en el transcurso de ese primer mes en París no me fue difícil irme adaptando a esos insólitos cambios de actitud. Todo estaba en saberlos reconocer en su debido momento. Si Claudine subía a mi altillo locuaz y extrovertida, aceptaba gustoso sus invitaciones a recorrer los extramuros de la ciudad, disfrutaba su obsesión por los bosques y los castillos medievales, atendía con unción sus historias de fantasmas y los caprichos de su exacerbado erotismo infantil. Si en cambio venía callada e intimidada, me ahorraba también yo las palabras y las salidas, la seducía con la pura gestualidad y el leve lenguaje de las miradas, mientras ella me prodigaba su ternura silenciosa y sus estremecidas interpretaciones de chelo. Esa era una Claudine tal vez doblemente enloquecida, aunque sin duda enteramente mía.
Entretanto, cada vez me asentaba más en mi trabajo en el diario. Pierre me hacía sufrir con sus añadidos y su barroquismo intelectual, pero me divertía el apasionamiento febril con que corregía y me gustaba conversar con él sobre literatura. Tenía una actitud casi teatral: hablaba (monologaba, más bien) gesticulando, moviendo las manos, riéndose estruendosamente, y se ponía a dar brincos en los momentos de mayor excitación. Aparte de cierto parecido físico, había algo en él que me recordaba al adolescente entusiasta y desenfrenado que había sido yo. Además, tales eran su conversación y la voracidad de sus lecturas, que sin darse cuenta me contagiaba su emoción y me ensanchaba el horizonte de libros y autores por leer. Con frecuencia continuábamos nuestras charlas en las mesitas de mármol del Deux Magots, fumando y tomando café, y solo regresábamos a nuestros respectivos cuartitos cuando los nubarrones desaparecían y las vetas violetas y moradas del cielo viraban a un blanco luminoso. A veces, si terminábamos temprano, nos íbamos con monsieur Lenast a un sótano de la rué Lanion a escuchar a una cantante argelina que imitaba maravillosamente el estilo y la voz de Juliette Greco1. Allí, en medio del humo y las luces mortecinas, monsieur Lenast nos contaba numerosas anécdotas. Había conocido a Hemingway y a Miller2, a Sartre y a Camus3, y recordaba con la exquisita oralidad de su voz temblorosa las reuniones conspiratorias, los gestos de grandeza, las disputas intrascendentes o innobles. Allí también, después del espectáculo, lo escuchábamos recitar deslumbrados algunos poemas de Verlaine y Novalis4 y, flor de flores, pasajes completos de En busca del tiempo perdido, obra monumental que siempre me había atemorizado pero que, a partir de entonces, empecé a leer con delectación y fervor casi religiosos. Al parecer, monsieur Lenast era otro enamorado de la literatura y en su juventud (como me enteré tiempo después) había llegado a publicar un fino libro de poesía erótica; sin embargo, los muchos años en el oficio lo habían convertido en un editor a tiempo completo, incapaz de trascender, por timidez o por desidia, aquel auspicioso paso inicial.
Un día, me aparecí por la hostería como al mediodía, pues luego de la cave nos habíamos ido a husmear por las viejas librerías del viejo Barrio Latino. En el instante en que abordaba la escalera en espiral, pude ver por la ventana del comedor la negra cabellera de Claudine, su breve torso cubierto por una blusa color malva. Preferí subir al altillo desde dentro de la casa. Recorrí el vestíbulo por si acaso, pero no la encontré. Seguramente me había parecido verla. Sin embargo, cuando trepé la escalera interior, me la crucé en el descansillo. Ahora estaba vestida con un overol blanco, y llevaba el cabello amarrado bajo una gorra de pompón rojo. O yo estaba demasiado cansado o en esa casa había dos Claudine.
-Te acabo de ver abajo -le dije sin disimular mi sorpresa-. No creo que te hayas cambiado de ropa en un segundo.
Me miró a los ojos. Dudó un instante antes de responder.
-Ah, la de abajo; esa no soy yo. Debe ser Claudette.
-Claro -dije irritado-. Ahora resulta que yo también puedo ver a tu fantasma y que encima tiene un nombre parecido al tuyo.
Me volvió a mirar a los ojos.
-No puedo creer que no te hayas dado cuanta. Esa es Claudette, mi hermana gemela. Aunque, claro, es tan callada que parece mi fantasma. En realidad parece mi fantasma.
Y traté de ver las cosas serenamente,
-Estás diciendo que tienes una hermana gemela y que yo estoy con las dos.
-Está clarísimo, ¿no? -sonrió con desenfado-. Eres todo un donjuán.
La tranquilidad con que lo decía me desesperaba. Pero yo tenía que averiguar otras cosas.
-Quiere decir que las dos lo saben. Que están jugando conmigo.
-Nadie juega con nadie. Yo te conocí primero. Después apareció ella. Yo sé que tú me quieres a mí; lo que haga ella no me importa. Te digo que es como mi fantasma, una sombra.
-¿Y qué piensa ella?
-Mira, es muy difícil de explicar. En el fondo somos como una misma persona: a veces sentimos igual, pensamos igual. Yo voy a hablar con ella, no te preocupes. Para la fiesta va a estar todo arreglado.
-¿Qué fiesta?
-Qué tonta. Me olvidé de avisarte. Hoy es cumpleaños de una de las abuelitas. Se lo vamos a celebrar a la medianoche; va a ser una reunión familiar. Claudette y yo ofrecemos un numerito, una tontería que hacemos desde chiquitas para recordarles sus buenos tiempos. Trata de salirte un poco antes del trabajo.
No le aseguré nada. Le dije que estaba muy cansado, que necesitaba estar solo. Subí al altillo a descansar. Intenté dormir, pero a las tres horas de brumosa duermevela desistí. Me fui entonces a caminar por el Barrio Latino. Se me ocurrió tomar una botella de vino en el bar Danton. Las horas que siguieron fueron de incertidumbre y confusión. Me encontré de pronto caminando por los muelles del Sena, sin saber qué hacer. Iba mirando las barcas bamboleantes, las salpicaduras del sol esparcidas sobre el agua trémula y torrentosa. Caminé hasta un puente muy alto7 idéntico a uno que había soñado de niño, y en cuyo tenue resplandor me descubrí pálido y apesadumbrado. No sé muy bien cómo llegué a subir al metro ni cuántas horas estuve sentado dentro de un vagón medio vacío, tratando de poner en orden mis pensamientos, pero cuando tomé conciencia de mi estado ya había anochecido, y el metro se estaba llenando de numerosas personas que regresaban a su casa de trabajar.
Me bajé en la estación del centro. Caminé hasta el diario y me lavé la cara en el baño. Estuve revisando el trabajo del día anterior, hasta que apareció Pierre. Verlo, recibir su efusivo saludo, oír sus comentarios apasionados e hilarantes sobre la última novela que estaba leyendo, me devolvieron la tranquilidad. Pierre hablaba, bufaba, se reía, se quejaba sobre la única cosa que parecía existir para él en el mundo: la literatura. Le recordé que monsieur Lenast llegaría en cualquier momento, pero él me despreocupó diciéndome que se había tomado el día libre y que podíamos salir más temprano. "Te noto un poco tenso", dijo. "Creo que te estás tomando las cosas muy a pecho". Le respondí que probablemente. "París es mucho más que esto y tu hostería", sonrió con los ojos exaltados. "Es casi casi como el buen libro que a mí me gustaría leer y a ti escribir". Nos reímos. A las tres de la mañana ya habíamos terminado el trabajo, de manera que decidimos dejar el diario. Pierre propuso tomarnos un café, pero yo preferí irme a mi cuartito.
Cuando llegué a la hostería, el cielo estaba todavía oscurecido. Escuché voces y una canción romántica de Edith Piaf que venían desde la primera planta. Me acerqué a mirar por el vidrio polvoso de la ventana. Envueltas en la luz vacilante de los lamparines de la sala, las viejitas contemplaban desde los sillones un cuerpo ondulante en la oscuridad. Agucé la vista y me di cuenta de que en realidad eran dos cuerpos desnudos restregándose sobre la alfombra. Madame Leonor estaba de pie, a un costado. En la penumbra violeta se distinguían sus ojos secos y nublados, el gesto plácido o abogatado de sus labios entreabiertos. Las viejitas no se movían de su asiento, pero hacían comentarios en voz baja.
No hay palabras para definir lo que sentí cuando reparé en que ese ondular de piel clara, esas frágiles piernas plegándose unas a otras, esas bocas fundidas en las tinieblas eran de Claudine y Claudette. Mi aliento helado blanqueó el cristal de la ventana. No tuve tiempo para recuperarme porque en la fría neblina de mi turbación vi que uno de los espectadores era monsieur Lenast Retrocedí unos pasos. No sé cómo pero entonces perdí el foco de la visión y mi mente cambió esa imagen por la de un esplendoroso e inacabado palacio árabe. Lúcido, súbitamente sereno, recordé esa antigua costumbre de los árabes de mantener sus casas a medio construir por temor a que una vez terminadas entrase la muerte.
Saqué la llave del bolsillo de mi pantalón y la arrojé sobre la ventana húmeda del jardín. Esa casa ya no tenía nada que ofrecerme: era un sueño acabado. O, mejor, un desvanecido simulacro de sueño, una repetición espectral de mi vida en Lima, donde había hecho de todo menos escribir. En la puerta de la despensa estaban estacionadas dos bicicletas. Afortunadamente no tenían candado. Escogí la de color azul. El viento rumoreaba entré los árboles cercanos, y el cielo estaba lleno de nubes blancas y destellos grandiosos. Me sentía como liberado. Monté en la bicicleta, me puse mi walkman y me fui en busca de otras calles, de otro pedazo de cielo azul, de la hermosa vida. Al fin y al cabo, pensé mientras me alejaba, estaba en una ciudad muy grande y si no encontraba el París que yo buscaba, aún podía inventármelo.
Notas al cuento
1.- Juliette Greco (1927). Representante indiscutida e indiscutible de la gran canción francesa.
2.- Arthur Miller (1905-2005). Dramaturgo norteamericano.
3.- Albert Camus (1913-1960). Novelista, ensayista y dramaturgo francés.
4.- Paul Verlaine (1844-1896). Poeta alemán. Representante del simbolismo. Novalis, seudónimo de Friedrich Leopold van Hardenberg (1772-1801). Poeta alemán
(Lima, 1970) Narrador y profesor peruano. Hizo estudios de Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, centro en el que más tarde ejerció la docencia. En 1991 obtuvo primer premio en los Juegos Florales de dicha Universidad; similar galardón recibió en 1995 en el primer Concurso de Cuento Jurídico de la revista Themis; y ese propio año alcanzó el Gran Premio Adobe de Cuento. En el 2000 mereció el tercer premio en el concurso Copé. Ha publicado: París personal (cuentos, 2002). El relato seleccionado procede de este volumen.