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La distancia que separa a Rusia de Occidente no se mide verdaderamente sino hasta ahora. En las condiciones más favorables, es decir, en ausencia de convulsiones internas y de catástrofes exteriores, la URSS necesitaría varios lustros para asimilar completamente el acervo económico y educativo que ha sido, para los primogénitos del capitalismo, el fruto de siglos. La aplicación de métodos socialistas a tareas presocialistas es el fondo del actual trabajo económico y cultural de la URSS.
Es cierto que la URSS sobrepasa, actualmente, por sus fuerzas productivas, a los países más avanzados del tiempo de Marx. Pero, en primer lugar, en la competencia histórica de dos regímenes, no se trata tanto de niveles absolutos como de niveles relativos: la economía soviética se opone al capitalismo de Hitler, de Baldwin y de Roosevelt, no al de Bismarck, Palmerston y Abraham Lincoln. En segundo lugar, la amplitud misma de las necesidades del hombre se modifica radicalmente con el crecimiento de la técnica mundial: los contemporáneos de Marx no conocían el automóvil, la radio ni el avión. Una sociedad socialista sería inconcebible en nuestros tiempos sin el libre uso de todos esos bienes.
“El estadio inferior del comunismo”, para emplear el término de Marx, comienza en el nivel más avanzado al que ha llegado el capitalismo, y el programa real de los próximos períodos quinquenales de las repúblicas soviéticas consiste en “alcanzar a Europa y América”. Para la creación de una red de gasolineras y de autopistas en la URSS, se necesita mucho más tiempo y dinero que para importar de América fábricas de automóviles listas, y aun que para apropiarse su técnica. ¿Cuántos años se necesitarán para dar a todo ciudadano la posibilidad de usar un automóvil en todas direcciones y sin encontrar dificultades para obtener gasolina? En la sociedad bárbara, el peatón y el caballero formaban dos clases. El automóvil no diferencia menos a la sociedad que el caballo de silla. Mientras que el modesto Ford continúe siendo el privilegio de una minoría, todas las relaciones y todos los hábitos propios de la sociedad burguesa siguen en pie. Con ellos subsiste el Estado, guardián de la desigualdad.
Partiendo únicamente de la teoría marxista de la dictadura del proletariado, Lenin no pudo, ni en su obra capital sobre el problema (El Estado y la revolución) ni en el programa del partido, obtener sobre el carácter del Estado todas las deducciones impuestas por la condición atrasada y el aislamiento del país. Al explicar las supervivencias de burocracia por la inexperiencia administrativa de las masas y las dificultades nacidas de la guerra, el programa del partido prescribe medidas puramente políticas para vencer las “deformaciones burocráticas” (elegibilidad y revocabilidad en cualquier momento de todos los mandatarios, supresión de los privilegios materiales, control activo de las masas). Se pensaba que, con estos medios, el funcionario cesaría de ser un jefe para transformarse en un simple agente técnico, por otra parte provisional, mientras que el Estado poco a poco abandonaba la escena sin ruido.
Esta subestimación manifiesta de las dificultades se explica porque el programa se fundaba enteramente y sin reservas sobre una perspectiva internacional. “La Revolución de Octubre ha realizado en Rusia la dictadura del proletariado... La era de la revolución proletaria, comunista, universal, se ha abierto”. Estas son las primeras líneas del programa. Los autores de este documento no se asignaban como único fin “la edificación del socialismo en un solo país” –semejante idea no se le ocurría a nadie, y a Stalin menos que a nadie–, y no se preguntaban qué carácter revestiría el Estado soviético si tuviera que realizar solo, durante veinte años, las tareas económicas y culturales desde hacía largo tiempo realizadas por el capitalismo avanzado.
Sin embargo, la crisis revolucionaria de posguerra no produjo la victoria del socialismo en Europa: la socialdemocracia salvó a la burguesía. El período que para Lenin y sus compañeros de armas debía ser una corta “tregua” se convirtió en toda una época de la historia. La contradictoria estructura social de la URSS y el carácter ultra burocrático del Estado soviético son las consecuencias directas de esta singular “dificultad” histórica imprevista, que al mismo tiempo arrastró a los países capitalistas al fascismo o a la reacción prefascista.
Si la tentativa primitiva –crear un Estado libre de burocracia– tropezó, en primer lugar, con la inexperiencia de las masas en materia de autoadministración, con la falta de trabajadores cualificados adictos al socialismo, etc., no tardaron en dejarse sentir otras dificultades posteriores. La reducción del Estado a funciones “de censo y de control”, mientras que las funciones coercitivas debían debilitarse sin cesar, como lo exigía el programa, suponía cierto bienestar. Esta condición necesaria faltaba. El socorro de Occidente no llegaba. El poder de los soviets democráticos resultaba molesto y aun intolerable cuando se trataba de servir a los grupos privilegiados más indispensables para la defensa, para la industria, para la técnica, para la ciencia. Una poderosa casta de especialistas del reparto se formó y se fortificó gracias a la maniobra nada socialista de quitarles a diez personas para darle a una.
¿Cómo y por qué los inmensos progresos económicos de los últimos tiempos, en lugar de suavizar la desigualdad, la han agravado, aumentando más todavía la burocracia, que de una “deformación” se ha transformado en un sistema de gobierno? Antes de responder a esta pregunta, escuchemos lo que los jefes más autorizados de la burocracia soviética dicen de su propio régimen.
“La victoria completa del socialismo” y “la consolidación de la dictadura”
La victoria completa del socialismo ha sido anunciada varias veces en la URSS, y bajo una forma particularmente categórica después de la “liquidación de los kulaks como clase”. El 30 de enero de 1931,Pravda, al comentar un discurso de Stalin, escribía: “El segundo plan quinquenal liquidará los últimos vestigiosde los elementos capitalistas en nuestra economía” (subrayado nuestro). Desde este punto de vista, el Estado debería desaparecer sin remedio en el mismo lapso, pues ya nada hay que hacer en donde los “últimos vestigios del capitalismo” han sido liquidados. “El poder de los soviets –declara al respecto el programa del Partido Bolchevique– reconoce francamente el ineludible carácter de clase de todo Estado, en tanto que no haya desaparecido enteramente la división de la sociedad en clases, y con ella, toda autoridad gubernamental”. Pero tan pronto como algunos imprudentes teóricos moscovitas trataron de deducir de la liquidación de los “últimos vestigios del capitalismo” –admitida por ellos como una realidad– el fin del Estado, la burocracia declaró sus teorías “contrarrevolucionarias”.
¿El error teórico de la burocracia consiste entonces en la proposición principal o en la deducción? En ambas partes. La oposición objetiva a las primeras declaraciones sobre la “victoria total” no puede limitarse a considerar las simples formas jurídico-sociales de las relaciones aun contradictorias y poco maduras de la agricultura, haciendo abstracción del criterio principal: el nivel alcanzado por el rendimiento del trabajo. Las formas jurídicas mismas tienen un contenido social que varía profundamente según el grado de desarrollo de la técnica: "El derecho no puede jamás elevarse sobre el régimen económico y el desarrollo cultural de la sociedad condicionada por este régimen” (Marx). Las formas soviéticas de la propiedad, fundadas sobre las adquisiciones más recientes de la técnica americana y extendidas a todas las ramas de la economía, producirían el primer período del socialismo. Las formas soviéticas, ante el bajo rendimiento del trabajo, no significan más que un régimen transitorio cuyos destinos aún no han sido pesados definitivamente por la historia.
“¿No es monstruoso? –escribíamos en marzo de 1932– El país no sale de la penuria de mercancías, el avituallamiento se interrumpe a cada instante, los niños carecen de leche, y los oráculos oficiales proclaman que «el país ha entrado en el período socialista». ¿Es posible comprometer más torpemente al socialismo?” Karl Radek, entonces uno de los publicistas en boga de los medios dirigentes soviéticos, replicaba a esta objeción en un número especial del Berliner Tageblatt dedicado a la URSS (mayo de 1932), en los términos siguientes, dignos de ser conservados por la posteridad: “La leche es el producto de la vaca, no del socialismo, y se necesita realmente confundir el socialismo con la imagen del país en que corren ríos de leche para no comprender que un país puede elevarse a un grado superior de desarrollo sin que, momentáneamente, la situación material de las masas populares mejore sensiblemente”. Estas líneas fueron escritas en un momento en que el país era azotado por un hambre terrible.
El socialismo es el régimen de la producción planificada para la mejor satisfacción de las necesidades del hombre, sin lo cual no merece ese nombre. Si las vacas se declaran propiedad colectiva, pero si hay demasiado pocas o si su producto es insuficiente, comienzan los conflictos por la falta de leche: entre la ciudad y el campo, entre los koljoses y los cultivadores independientes, entre las diversas capas del proletariado, entre la burocracia y el conjunto de trabajadores. Y justamente a causa de la socialización de las vacas, los campesinos las sacrificaron en masa. Los conflictos sociales engendrados por la indigencia pueden, a su vez, hacer que se regrese a “todo el antiguo caos”. Tal fue el sentido de nuestra respuesta.
En su resolución del 20 de agosto de 1935, el VII Congreso de la Internacional Comunista certifica solemnemente que “la victoria definitiva e irrevocable del socialismo y la consolidación, en todos los aspectos, del Estado de la dictadura del proletariado” son en la URSS el resultado de los éxitos de la industria nacionalizada, de la eliminación de los elementos capitalistas y de la liquidación de los kulaks como clase. A pesar de su apariencia categórica, la afirmación de la IC es profundamente contradictoria: si el socialismo ha vencido “definitiva e irrevocablemente”, no como principio, sino como organización social viva, la nueva “consolidación de la dictadura” es un absurdo evidente. Inversamente, si la consolidación de la dictadura responde a las necesidades reales del régimen, es porque aún estamos lejos de la victoria del socialismo. Todo político capaz de pensar de un modo realista, para no hablar de los marxistas, debe comprender que la necesidad misma de “consolidar” la dictadura, es decir, la imposición gubernamental, no prueba el triunfo de una armonía social sin clases, sino el crecimiento de nuevos antagonismos sociales. ¿Cuál es su base? La penuria de los medios de existencia, resultado del bajo rendimiento del trabajo.
Lenin caracterizó un día al socialismo con estas palabras: “el poder de los soviets más la electrificación”. Esta definición epigramática, cuya estrechez respondía a fines de propaganda, suponía, en todo caso, como punto de partida mínimo, el nivel capitalista –cuando menos– de electrificación. Pero todavía en la actualidad, la URSS dispone por habitante de tres veces menos energía eléctrica que los países capitalistas avanzados. Tomando en cuenta que mientras tanto los soviets han cedido el lugar a un aparato independiente de las masas, no queda a la Internacional Comunista más que proclamar que el socialismo es el poder de la burocracia más una tercera parte de la electrificación capitalista. Esta definición será de una exactitud fotográfica, pero el socialismo tiene poco sitio en ella.
En su discurso a los stajanovistas, en noviembre de 1935, Stalin, de acuerdo con el fin empírico de esta conferencia, declaró bruscamente: “¿Por qué el socialismo puede, debe vencer y vencerá al sistema capitalista? Porque puede y debe dar... un rendimiento más elevado del trabajo”. Refutando incidentalmente la resolución de la IC adoptada tres meses antes, así como sus propias declaraciones reiteradas sobre este asunto, Stalin habla esta vez de la “victoria” futura: el socialismo vencerá al sistema capitalista cuando lo sobrepase en el rendimiento del trabajo. Vemos que no solamente los tiempos del verbo cambian con las circunstancias; los criterios sociales evolucionan también. Seguramente, para el ciudadano soviético no es fácil seguir la “línea general”.
En fin, el 1° de marzo de 1936, en su conversación con Roy Howard, Stalin da una nueva definición del régimen soviético: “La organización social que hemos creado, llámese soviética o socialista, no está completamente terminada, pero en el fondo es una organización socialista de la sociedad”. Esta definición, intencionalmente difusa, encierra casi tantas contradicciones como palabras. La organización social es calificada de “soviética socialista”. Pero los soviets representan una forma de Estado y el socialismo es un régimen social. Estos términos, lejos de ser idénticos, desde el punto de vista que nos ocupa, son opuestos: los soviets deben desaparecer a medida que la organización social se haga socialista, así como los andamios se retiran cuando la construcción está terminada. Stalin introduce una corrección: “el socialismo no está completamente terminado”. ¿Qué quiere decir este “no completamente”? ¿Falta el 5% o el 75%? No lo dice, así como se abstiene de decirnos lo que hay que entender por el “fondo” de la organización socialista de la sociedad: ¿las formas de la propiedad o la técnica? La oscuridad misma de esta definición significa un retroceso en relación con las fórmulas infinitamente más categóricas de 1931 y 1935. Un paso más en este camino y habría que reconocer que la raíz de toda organización social está en las fuerzas productivas, y que esta raíz soviética es justamente demasiado débil aún para la planta socialista y para la felicidad humana que es su coronación.