

Página 2
Cuando dijo «mamá», se me ocurrió pensar que era muy joven. Sin embargo, su frente estaba cruzada por arrugas que yo no había notado hasta ese instante. Como un niño viejo.
-Creo que es lo mejor -dije.
Comenzó a dibujar con su dedo mojado unos círculos en el polvo del piso.
-¿Por qué tú eres sereno? -preguntó de pronto.
Me eché a reír.
-Porque tengo que trabajar en algo, de lo contrario voy preso por la ley contra la vagancia. Ser sereno es más suave que trabajar en el campo, que es lo otro que podría hacer. Desde que me botaron de la escuela me han cerrado la puerta en todas partes. Y ser sereno no es tan malo, si se viene a ver.
-Yo quisiera ser algo, pero todavía no sé lo que es. Mi padre era carpintero.
La lluvia repiqueteaba sobre el techo de zinc. Los truenos retumbaban a lo lejos y los relámpagos, que hendían las nubes con súbito fulgor, alumbraban retazos de potrero, poniendo al descubierto la llanura ensopada. Daniel se puso de pie y dándome la espalda se recostó en el marco de la puerta.
-Un hombre así, que se va de esa forma, un hombre así no quiere a nadie, ¿no es verdad?
Guardé silencio. Al poco rato dijo, sin volverse hacia mí:
-Siempre trabajó duro, hacía mil cosas, era un buscavidas. Pero algo le pasaba, hacía planes y todo salía mal. En parte porque a veces no terminaba lo que empezaba, no se podía estar quieto, yendo de aquí para allá, dejando a la gente con la palabra en la boca, apurado, diciendo que vendría después, que a lo mejor mañana, o la semana que viene. Caminando de un lado para otro. Ni siquiera tenía tiempo para hablar con mi madre, ni mucho menos conmigo, me preguntaba cualquier cosa y después ni oía lo que yo le decía, martillando un pedazo de tabla, o buscando un clavo, o yendo a casa de fulano o mengano, o diciendo que ahora sí, que en el taller de carpintería le iban a subir el sueldo, o que le habían prometido un lechón, o que iba a vender arroz en bolsa negra, o que iba a hacer un barco, o un bate para mí, o los muebles para el cuarto y la sala, y a veces era verdad, pero casi siempre todo era mentira. La verdad, la única verdad, era que él no se podía estar tranquilo, porque no había manera que se apegara a nada, porque en el fondo no le importaba nada, ni siquiera yo. Cuando mi madre se fue se estuvo quieto un par de días, se sentaba en un balance en el portal y me pedía que le trajera agua. Eso fue hace dos años. Pero después volvió a la misma cosa, a caminar, a andar de aquí para allá. Un hombre así es mejor que esté muerto, ¿no es verdad?
Se sentó en el taburete y mirándome fijamente a los ojos me preguntó:
-¿Tú no crees que es mejor que esté muerto?
Yo bajé la mirada.
-No sé. ¿Cuándo te vas?
-Mañana. Me voy en tren. A mí me gusta el tren -y levantándose con brusquedad, me extendió la mano y me dijo-. Ya escampó. Tengo que irme.
La lluvia había formado charcos gigantescos en torno a la garita. Las ranas croaban en la oscuridad. Su bicicleta se alejó chirriando, chapoteando en el agua. Nunca más volví a verlo.
Meses después me arrestaron y me acusaron de estar contra el gobierno. En las celdas los presos vivían como animales. Me acuerdo que en uno de los calabozos había un muchacho con unas facciones muy parecidas a las de Daniel, pero su voz era gangosa, turbia, y sus cejas demasiado tupidas. Se dejaba crecer las uñas de los manos. No me gustaba conversar con él.
Luego vinieron el exilio y los años veloces en Estados Unidos. Cuando cruzaba el campo de noche en automóvil recordaba mis tiempos de sereno. La inmensidad era la misma.
Hace dos años fui de visita a Cuba, a ver a mi familia y mis amigos. En un carro alquilado anduve por todo Camagüey, perplejo. Por las noches, en el cuarto del hotel, no me podía dormir. Tenía un peso brutal sobre el pecho.
Una mañana decidí llegar hasta aquel almacén en las afueras donde yo había pasado muchas noches en vela. Junto al camino la gente se apilaba, esperando un transporte; en cada tramo se arremolinaban decenas de personas, con niños a cuesta, jabas, sacos y cajas de cartón. El terraplén era un gran fanguizal; lomas de barro se desmoronaban debajo de las ruedas.
De la garita sólo quedaba un poste y un par de tablas roídas y negruzcas; el almacén ya no tenía ventanas, ni puertas, sólo huecos; la hierba crecía adentro, en las grietas del piso. Me bajé del carro y di una vuelta por los alrededores.
El flamboyán estaba florecido. Rojas, anaranjadas, o moteadas de blanco, las flores en racimos relucían en la copa como un techo brillante. Vainas de cuero, colgantes, como estuches, o frutas disecadas, oscurecían en parte el esplendor. Las hojas diminutas, de un verdor intenso, se aglomeraban alrededor de tallos para formar otras hojas más grandes, alargadas, suntuosas. Algunas amarillas parecían madurar. Las ramas se doblaban, se erguían y se expandían, armando un entramado, esparciendo el follaje. El tronco principal tenía hendiduras de donde brotaban, como una miel rojiza, chorretadas de savia endurecida. Y abajo, a ras del suelo, en el fresco y la sombra, se alzaba abrupta la enorme raíz, en la que una mañana un caminante apoyó la cabeza para descansar.