

La relación de los escritores cubanos con el régimen castrista ha estado siempre marcada por la intolerancia totalitaria, desatada desde los mismos orígenes del hecho revolucionario, y se caracteriza por una sucesiva política represiva contra toda actitud contestataria como quedó patente en los casos de José Mario en los 60, Heberto Padilla y Reinaldo Arenas en los 70, María Elena Cruz Varela y Manuel Díaz Martínez en los 80, Tania Díaz Castro en los 90 y Raúl Rivero, entre otros, en la actualidad. Sin olvidar el fusilamiento en 1972, tras un intento de secuestro aéreo, del joven narrador Nelson Rodríguez Leiva autor del libro de cuentos El Regalo (La Habana: ediciones R, 1964) publicado, gracias al auspicio de Virgilio Piñera y a quien, años más tarde, su amigo y compañero de generación Reinaldo Arenas, le dedicaría un sentido poema y su libro Arturo,la estrella más brillante con un estremecedor: "A Nelson, en el aire".
Por lo tanto, una constante del castrismo es que ha sido, durante estas cinco décadas, un ejercicio del poder excluyente, con una política cultural repleta de censores, de masivas persecuciones y de grilletes ideológicos, donde la pluralidad y la diversidad han sido aniquiladas por el pensamiento único totalitario. Y es en ese contexto histórico donde se ubican los inicios literarios de un joven escritor como Carlos Victoria (Camagüey, 1950) que irrumpe en las letras cubanas en 1965 al ganar el premio de cuentos de la revista El Caimán Barbudo. Sin embargo, años más tarde, en los duros 70, Victoria sería expulsado por "diversionismo ideológico" de la Universidad de La Habana, donde estudiaba Lengua y Literatura Inglesa, y arrestado por la Seguridad del Estado cubano, que le confisca todos sus manuscritos, sumándose al insilio y a la marginación que sufrían otros escritores disidentes.
Proscrito y convertido en un paria en su propia patria, logra salir de Cuba por el masivo éxodo de El Mariel (1980), residiendo desde entonces en Miami. Y es precisamente en su destierro que Carlos Victoria pudo, al fin, dedicarse a su quehacer literario con entera libertad y, sobre todo, publicar su obra. En estos 24 años de exilio –que si se comparan con los 30 años vividos en la Isla da un saldo más que positivo–, ha publicado siete libros de narrativa: cuatro de cuentos Las sombras en la playa (1992), El resbaloso y otros cuentos (1997), El salón del ciego (2004) y Cuentos, 1992-2004 que reúne toda su cuentística (2004), y tres novelas: Puente en la oscuridad (Premio Letras de Oro, 1993), La travesía secreta (1994) y La ruta del mago (1997).
Por otro lado, buena parte de su obra narrativa ha sido editada en Francia, donde obtuvo el Premio al Mejor Libro Extranjero en 2001 por su novela La travesía secreta.
Colaborador asiduo de las revistas literarias del exilio cubano (desde Mariel y Término en los años ochenta, hasta Apuntes Posmodernos, Ujule o Encuentro de la Cultura Cubana), también ha sido galardonado con la Beca Cintas de Nueva York y, desde hace años, trabaja como redactor del periódico El Nuevo Herald de Miami.
No obstante, la trayectoria vital del autor de Puente en la oscuridad, marcada por la intolerancia en Cuba pero también por la inadaptación e incomprensión en el destierro, se ha forjado en una travesía no tan secreta que va desde su Camagüey natal a sus años universitarios o de marginado total en La Habana y, finalmente, a la profesionalidad de su persistente vocación literaria en Miami. De joven narrador premiado por el oficialismo cultural cubano, Victoria pasó a ser acosado y perseguido, sin poder publicar jamás en su país, hasta engrosar con su exilio la nómina de escritores y artistas de la generación del Mariel que tanto ha dignificado el nombre de Cuba.
Esta esmerada edición del libro Cuentos (1992-2004) de Carlos Victoria, formó parte del merecido homenaje que se le rindió a su autor en Cádiz, durante el III Encuentro Internacional Con Cuba en la distancia, del l8 al 12 de noviembre (2004). Pero dicho acto no sólo significó un reconocimiento a su brillante obra literaria, que lo consagra como uno de los narradores más importantes de las letras cubanas contemporáneas, sino que también representó un estímulo para todos los jóvenes escritores cubanos –que aún hoy en la Isla sufren la represión y el ostracismo por la tozudez de un régimen caduco– para que mantengan la esperanza que, en un futuro cercano y posible, podrán escribir y publicar libremente en una Cuba plural y democrática como aspira la inmensa mayoría del pueblo cubano.
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(Güines, Cuba, 1948). Salió de Cuba en 1960 y residió en Puerto Rico hasta 1967, cuando se trasladó a España. Fue uno de los fundadores de las revistas Testimonio (1968), La Burbuja (1984) y Encuentro de la Cultura Cubana (1996), y Redactor Jefe del periódico La Prensa del Caribe (1997-1998), editado por el Centro de Estudios del Caribe en Madrid. Actualmente reside en Madrid, donde dirige la editorial BETANIA desde 1987. En poesía ha publicado: Despedida del asombro (1974), Las aguas (1979), Ditirambos amorosos (1981),Los muertos están cada día más indóciles (1986 y 1987), Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003), Data de Scadenza (Trieste, 2003, antología poética) , traducción de Gaetano Longo, y la antología poética Fecha de Caducidad (Madrid, 2004). Es autor de las siguientes antologías: Nueve poetas cubanos (1984), Poesía cubana contemporánea (1986), Poetas cubanos en España (1988), Poetas cubanos en Nueva York (1988), la antología bilingüe Poetas cubanas en Nueva York / Cuban Women Poets in New York (1991), y es coautor, con Bladimir Zamora Céspedes, de Poesía cubana: la Isla entera (1995), y Al pie de la memoria (2003), antología de poetas cubanos muertos en el exilio entre 1959 y 2002 (2003). Además, ha publicado Conversación con Gastón Baquero (1987 y 1994), Entrevistas a Gastón Baquero, de varios autores (1998) y Gastón Baquero: la invención de lo cotidiano (2001). Su obra poética ha sido incluida en numerosas antologías. Reside en Madrid.