

Con el permiso de Carlos Victoria y de los organizadores de esta presentación, es muy poco lo que voy a decir sobre El salón del ciego. Los libros, como casi todas las cosas, hablan mucho mejor por sí mismos que por sus intérpretes. Prefiero aprovechar el privilegio de mi amistad con el autor para compartir con ustedes algo de lo que sé de él, y que él mismo, con una discreción y un miedo escénico patológicos, se ha encargado de mantener al margen de su obra.
La existencia de El salón del ciego y de todos sus libros es ya de por sí un milagro. De haberse dejado guiar por lo que la vida le decía con insistencia que era lo más conveniente para él, Carlos Victoria no habría pasado de ser el autor de dos o tres relatos y de unos cuantos poemas confiscados por el mismo gobierno que hizo la campana de alfabetización en Cuba. Mirando hoy a este hombre nervioso, gentil y asustadizo, de hablar pausado, incapaz de ofender a un insolente, me pregunto de donde habrá sacado fuerzas alguna vez para arriesgarlo todo por no dejar de escribir. Y si en Cuba le costó trabajo ser consecuente con esa vocación, no menos difícil fue para el mantenerla viva aquí, en Miami, donde no creo que hayan quedado atrás los tiempos en que se recomendaba a los escritores cubanos darse un viajecito a Nueva York para echar al correo desde allí los originales de alguna novela remitida a concurso en Madrid, en México o en Buenos Aires.
Pues bien: en Miami ha escrito y publicado Carlos Victoria toda su obra conocida: las novelas La travesía secreta, Puente en la oscuridad y La ruta del mago, y los volúmenes de relatos Las sombras en la playa, El resbaloso y otros cuentos, y el que ahora nos convoca. Contra todo pronóstico y muy a pesar de quienes la acusan de paramo de las artes, Miami es la ciudad genésica de un gran escritor; el lugar desde donde ha podido reconstruir una Cuba que ya solo existe en los cubanos exiliados dentro y fuera de la isla; es decir, en sus personajes.
Creo que Carlos se ha reservado el derecho de no exigirle nada a Miami porque habría hecho lo mismo donde quiera que hubiese ido a parar. Tampoco anda pidiendo que se le de crédito a su literatura como lo haría el inventor de una terapia contra los traumas causados por la revolución, aunque en parte lo sea. Pero solo en parte. En el todo, sus libros limitan el asunto político al papel de telón de fondo, y entonces los personajes, aun los más “insignificantes”, siguen robándose el show. No importa cuán grande ni cuan estruendoso ni cuan cegador sea el paisaje contra el que se proyectan nuestras miserias: gracias a Carlos Victoria seguimos estando ahí, en primer plano.
Creo que por eso sus relatos son acaso el mejor antídoto que ha producido la literatura cubana contra el melodrama. Sus personajes están tan fatigados por la vida -o quién sabe si por la fuerza de gravedad del telón de fondo--, que dan la impresión de que les apremia acabar de vivirla. Las emociones brillan por su ausencia, y uno intuye que han tenido que reservárselas. Aun en pleno atropello es posible adivinar sus historias, darse cuenta de que si alguna vez exteriorizaron esas emociones fue para decepcionarse, para terminar siendo víctimas de su franqueza, razón suficiente para no expresarlas más; para tragárselas en seco y dar la impresión de que pudieron cambiar de naturaleza. Pero lo que de veras les ocurre es que, de alguna manera, están muertos, como ni siquiera podían estarlo los espectros de Juan Rulfo.
Allí donde tantos fueron a buscar el Paraíso y Macondo, Carlos Victoria viene diciendo hace rato que solo hallaran Comala.
(Sagua la Grande, Cuba, 1959) De 1996 hasta el 2006 fue miembro del equipo de redactores de El Nuevo Herald. En los últimos tres años ha trabajado como productor de noticias para la radio y la televisión en Miami. Ganador en 1994 de la beca Guggenheim para hacer una investigación sobre el teatro vernáculo cubano en el exilio. Autor de los libros Tomás Gutiérrez Alea (primera edición: Festival de Cine de Huesca, España, 1994; segunda edición: Editorial Cátedra, Madrid, 1996) y David (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986). Coautor de los volúmenes Le Cinema Cubain (Centre Georges Pompidou, Paris, 1990); Cuba, la isla posible (Centre de Cultura Contemporania de Barcelona, 1995) y Cuba (APA Publications, Singapore, 1995). Sus artículos sobre cine han aparecido en las revistas Cine Cubano, La Gaceta de Cuba, El Caimán Barbudo y Proposiciones (La Habana), Film und Fernsehen (Berlin) y Cinemas D'Amerique Latine (Francia). Vive en Miami.