

Cuando la traductora y crítica literaria francesa Liliane Hasson escribió hace más de 10 años que la prosa de Carlos Victoria tenía "un tono, un estilo, un universo, de los que pronto podrá decirse: Esto es puro Victoria", estaba presagiando lo que al leer El salón del ciego, su último libro, es ya todo un hecho.
El salón del ciego (Ediciones Universal, 2004) son seis cuentos que abren con Una Faja de mar, donde la ruptura de la familia causa una reacción en cadena de sucesivas desgracias. Estamos ante ese mar que une y separa como un puente que se torna a veces en único camino a la vida o la muerte. Dos hermanos que resumen la agonía de un país mutilado. "¿De dónde salieron todo el rencor y toda la bajeza que dividieron a nuestro país, a nuestra gente, y que persisten hasta el día de hoy? Estas son preguntas sin respuestas, ahí te las dejo". La carta de Félix Bernal desde Cuba, a su hermana Felicia en Miami, es una catarsis del dolor, un amasijo de juicios que liberan las culpas y nos redimen como víctimas. "Yo sé que tú has sufrido, pero no eres la dueña de todo el sufrimiento, tú perdiste a papá, pero yo no sólo lo perdí a él, sino también a mi hijo y mi madre. Si el sufrimiento puede medirse por cantidad de muertes te gané". Es un laberinto psíquico de la naturaleza humana bajo extremas situaciones. Una carga de emociones que nos envuelve y nos hace parte de él, se desprende de esa faja de mar que Carlos Victoria va tejiendo con una pureza narrativa carente de artificios inútiles. Logrando convencernos con esmerado estilo directo y a la vez efectivo mensaje que traspasa los límites del consciente.
En Siesta el autor nos lleva por ese lacerante peso de la soledad; ese anhelo constante de reposo después de la vorágine indetenible de una vida vacía y un afán de constante evasión. Las víctimas se unen, seres solitarios que han perdido todo, sin sentir apenas el aliviante roce del amor. La casa vacía donde Iris lo acoge, con una ternura que llega como una fantasmagórica presencia de esa necesidad, puede ser la propia vacuidad del narrador sumido en ese letargo existencial que lo lanzó a ese lecho, o puede ser quizás la propia nación desmembrada como la familia perdida de un pueblo disperso.
En Un llamado en Manila, los contornos de la ciudad adquieren categoría de personajes, las dotes descriptivas de Carlos Victoria nos conducen por el intrincado y complejo mundo de las relaciones humanas, y a la vez la atmósfera de Manila es un trasfondo. "Manila es una Habana deformada por Asia. Vine en busca de imágenes, y aquí están". El azar del afecto que carece de explicación racional, esa inclinación de nuestro ánimo que se vuelca sobre alguien sin motivo definido, esa atracción que no logramos explicarnos sino a través de palabras que entretejen una trama que retrata ese hecho o en el decir del autor: "Como insensatamente uno ama a las personas que nunca llega a conocer de verdad".
Con el relato Hijos nos adentramos en uno de esos resquicios sicológicos de Victoria, que nos coloca como espectadores de la más sensible humanidad posible. Miramos el mundo de quienes viven su vida a través de los otros. Sólo la igualdad del dolor nos transporta al lugar de su entendimiento, sólo la excesiva bondad nos aleja y nos hace diferentes. "Casi todos los hombres tienen un secreto", nos dirá el narrador, y el compartirlo, en este caso, nos hace cómplices con el autor de un final que nos lleva por el camino de la compasión.
Tres citas en el sur contiene un ritmo que evoca la poesía. Tal vez ese despliegue de emociones o la búsqueda de una explicación a la voluntaria muerte lo provoca. Un inventario de sensaciones que nacen con el extraño resentimiento hacia un joven suicida, y atraviesa por el anhelo obsesivo de encontrar una respuesta que justifique ese acto.
Dos escritores que se encuentran y se desencuentran en un ambiguo camino que a veces tiene una naturaleza o razón indescifrable, para concluir entre tantas ideas que no hay salvación posible cuando tenemos nuestro propio sino reconstruido con el andamiaje del tiempo.
El salón del ciego, es uno de esos cuentos en que percibimos cuando un autor llega al límite cognoscible de su estilo. Esa oblicuidad lograda en la historia, esa magistral fabulación en la que el azar pone a un padre y a un hijo en el mismo sitio sin conocerse ambos, juega con ese mismo azar que entrelaza a personajes que en el tiempo tendrán un vínculo futuro o nunca descubierto. La prosa de Victoria en este cuento, no sólo alcanza un directo mensaje a la imaginación, con un ensamblaje narrativo que desemboca en cinematográficas secuencias literarias, sino que hará una bisección social de ese tiempo en que habitan los personajes y conoce muy bien el autor. Los dos polos opuestos de la nación se unifican en el salón del ciego, un padre y un hijo suelen ser la metáfora de esa realidad. Una madre es la víctima que concientiza al lector con esa dualidad que ha pulverizado a la nación, llevando hasta la marginalidad a quienes nunca forman parte de la historia, y más bien parecen padecer siempre su peso.
En El salón del ciego, Carlos Victoria nos trasmite con intensidad los estados anímicos y el conflicto existencial de cada personaje. Esa concentración psicológica en cada uno de ellos, marca su complicidad con el mundo externo, para bien o para mal, y los sitúa en esa pequeña línea divisoria entre víctimas y victimarios. Los conflictos éticos de los personajes no nos llevan a cuestionamientos morales, sino al anhelo de compasión humana y a la vez a su entendimiento. La violencia en los hechos del Mariel, irrumpe con la misma brusquedad de la lluvia, y al igual que ella, golpea a todos en un sentido definitivo.
De haber podido leer estos cuentos, el escritor cubano, Reinaldo Arenas, confirmaría su juicio de años atrás, al afirmar que los cuentos de Carlos Victoria "Son disparos que dan en el blanco... y que Victoria pone el dedo en la llaga, esto es: en la ineludible desolación que es toda vida humana", y es que El salón del ciego, es un espejo de su tiempo, un escenario en que los protagonistas son los perdedores de la historia, seres obsesionados con encontrar su identidad o el sentido a una vida vacía. Espectros que confunden la realidad con los sueños, marginales, solitarios y suicidas que trascienden de juicios políticos a humanos, y que Victoria desnuda en su interior, para esculpir con palabras a ese cuerpo ante nosotros, como un artista que ha descubierto todos los misterios de su oficio.
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(La Habana, 1966). Llegó a los Estados Unidos en 1989. Cursó estudios de periodismo en el Koubek Center de la Universidad de Miami. Sus artículos, poemas, cuentos y críticas literarias han aparecido en diversas revistas y periódicos de los Estados Unidos y España. Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, 1996),Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, 2005) y la recopilación de textos y documentos Palabras por un joven suicida (Editorial Silueta, 2006). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos(Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like. Otro cuento suyo fue incluido en la antología Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004) y en la recopilación de textos Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Universal, Miami, 2001).