

La del 29 de marzo de 2008 fue una mañana despejada en Miami. Todavía más en el segundo piso de la librería Universal, ubicada en la 32 Avenida y la Calle Ocho del Southwest. Estaban a la venta algunas de las pertenencias del escritor Carlos Victoria, recientemente fallecido. Específicamente, cientos de volúmenes de su colección de libros, discos y películas.
La escasa concurrencia seguramente obedeció a dos razones antagónicas: las reticencias de algunos de los allegados a Victoria, quienes consideraban agraviante la subasta, y la indiferencia que a menudo provoca en el gran público la alta literatura. Nietzsche, Canetti, Cioran, Houellebecq, Paz, Ortega y Gasset, estaban a la venta allí. De manera que allí nada pintaba la clientela habitual de Sears, Bayside o cualquiera de los populosos malls que proliferan en el sur de la Florida.
Sobre dos filas de banquetas, a ambos lados de la habitación principal, pilas de libros en francés, inglés y castellano. La mayoría al muy apetecible precio de uno o dos dólares. Al fondo, apilados sobre una mesa y a sus flancos, clásicos del cine negro, libros de arte y, en general, volúmenes firmados por sus autores, dedicados a Victoria. A la venta, con un precio de salida de cinco dólares, ejemplares dedicados por José Kozer, Jesús Díaz, Néstor Díaz de Villegas, Luis Manuel García, Juan Abreu, Antón Arrufat, Lorenzo García Vega, Manuel Díaz Martínez, Antonio Benítez Rojo y un largo etcétera.
El largo etcétera, por cierto, incluía El vuelo del gato, dedicado por el actual ministro de Cultura, Abel Prieto. "Para Carlos Victoria, este libro que tiene tanto que ver con nosotros y con la generación del cincuenta, con mi amistad de siempre y un gran abrazo", rezaba la dedicatoria de Prieto. Alguien compró el ejemplar a su precio de salida.
La venta de la colección de Carlos Victoria -probablemente sea más apropiado decir "de una parte de su colección"- provocó malestar entre algunos intelectuales del exilio, quienes consideraron que el evento estuvo fuera de lugar. En cualquier caso, fue presentada al público como una gestión de su viuda, la hondureña Mayra Sagastume, que debía enfrentar el pago de ciertas deudas.
"Considero que al anunciarse la venta de la colección no hubo malas intenciones, sino desconocimiento -entiende el escritor y editor Rodolfo Martínez Sotomayor, quien fuera amigo de Victoria-, porque hay que aclarar que no se trata de deudas que Carlos dejó a su viuda, sino de deudas contraídas por su esposa como consecuencia de su viudez. Él nunca contraía deudas. De hecho, ayudaba a sus familiares en Cuba, especialmente a los más necesitados. Carlos dejó pagada hasta su cremación".
Junto a una carta de despedida con copia al inglés, Victoria, ya muy enfermo, dejó a las autoridades el recibo con el número de serie de su cremación. En la referida carta, el autor de La travesía secreta pone las cosas en su sitio: "Mi esposa, Mayra Sagastume, es la dueña de lo poco que tengo. Ella se encargará de compartirlo con mi amigo y hermano Pablo Hernández".
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(La Habana, 1966). Escritor y editor cubano. Entre los años 1998 y 2000 se desempeñó como periodista independiente en Cuba, siendo cofundador y vicepresidente del aún activo Grupo de Trabajo Decoro. Tras recibir el premio de ensayo anual de la fundación alemana Friedrich Naumann en la primavera de 2000, viajó a Europa, donde residió en España e Inglaterra hasta radicarse en Miami, Estados Unidos, en el verano de 2004. Fue corresponsal en Londres de la revista madrileña Arte y Naturaleza, y en España, editor del diario digital Encuentro en la Red y la revista Perfiles del Siglo XXI. En Miami, ha sido editor en español de las revistas Islas y Herencia Cultural Cubana. Literatura y artículos suyos aparecen regularmente en publicaciones de Estados Unidos, Latinoamérica y Europa. Ha publicado los libros Erótica (cuento, La Habana, 1996) y Escuela de vida (biografía, Miami, 2006), y la plaquette de poesía Éxodo (La Habana, 1995).