

Los muertos suelen tener muchos amigos; los muertos ilustres aún más. Es el caso de Carlos Victoria, también el de Reinaldo Arenas y Guillermo Rosales; asociados en la vida, hermanados en la muerte, en el suicidio. Marginados en vida, adorados tras la visa al más allá. Gente que habla, o escribe, de Victoria, Arenas y Rosales, y también de Juan Francisco Pulido, otro muerto, otro suicida (¡Dios mío que cantidad de muertos, de suicidas en el pequeño país de las letras exiliadas!), para hablar, escribir de sí mismos, de su obra. Yo no fui tan amigo de Carlos, muchísimo menos de Arenas y de Rosales, aunque sí lo fui, y mucho, de Pulido, a quien conecté con Carlos un tiempo antes de que se colgara de una ducha allá en la helada Minnesota.
A Carlos, Reinaldo y Guillermo los conocí en Cienfuegos a través de las ondas de Radio Martí. Luego, al escapar de la isla y arribar a Miami, una periodista de esa Radio me puso en contacto con Carlos. Me invitó a un restaurante en Hialeah, ciudad donde mayormente vivió en un apartamento frente a un lago, un lago descrito en alguna de sus obras, tras salir de Cuba en 1980 por el puerto del Mariel. No sé por qué me lo imaginaba alto y fornido, así que cuando avanzaba hacia el interior del restaurante de la mano de Mimí, mi mujer, y de pronto percibo a alguien pequeñajo y delgado que se me encima por un costado con los brazos abiertos en ademán de abrazo, que yo supuse de ataque, me viré para pegar primero, pega doble como decían en las cerveceras cienfuegueras, pero el presunto atacante dijo mi nombre, dijo Victoria, sonrió limpiamente y nos fundimos en un abrazo; me sentí abochornado y el trató todo el tiempo de restar importancia a mi desaguisado diciéndome era natural que yo actuará así.
Creo que no bebió, creo que ya luchaba contra el alcoholismo; yo bebí bastante. Creo que ya perdía su encanto de hombre maldito. Creo que en la medida que vencía sobre el alcohol, se derrotaba un poco a sí mismo. No estoy a punto de saber si eso influyó en su literatura o no, eso lo verán algún día los críticos. Sí creo que en la medida que se enfermó de sobriedad se encerró más en su escueta caparazón, hasta dar la impresión de que temía cada vez más el contacto con los bípedos de la especie. El decía que no, que sobrio escribía mejor, tal vez su insistencia sobre el asunto me hiciera pensar en lo contrario. Comoquiera ahí queda el Salón del ciego, hijo de la plena sobriedad y la plena soledad, que junto a La travesía secreta y Puente en la oscuridad, Premio Letras de oro de la Universidad de Miami, ambos hijos de la juma y la jungla de los bares, son desde mi punto de vista sus tres obras mayores, pero igual, como tantas otras veces, puedo estar equivocado. Ese día me dijo, con esa lengua acerada que después ablandaría la abstinencia absoluta, que yo era la persona más parecida a Arenas que había visto en su vida, debí ponerme orondo, pues agregó enseguida, pero ni te embulles, muchacho, que el parecido físico no te otorga su talento literario.
Ese día, no olvidaré, me dijo también estar un poco cansado de tanto escritor, de tanta ínfula de escritor, que llega ahora de la isla, y que eventualmente ya no estaría dispuesto a recibir ni al mismísimo José Martí redivivo si arribaba a las costas floridanas en una balsa. Creo que cuando le hablé del arribo de Pulido me repitió la frase, pero ya no con la fuerza y la gracia de cuando aún no estaba completamente enfermo de sobriedad.
Luego de eso nos vimos con bastante frecuencia, casi siempre en presentaciones de libros, con el tiempo cada vez menos. Hasta que nuestro contacto se redujo cada vez más a sus largos y sentenciosos mensajes en el contestador, que yo contestaba con otros mensajes largos y sentenciosos en su contestador, hasta que finalmente lográbamos estar ambos en la línea, y hablábamos invariablemente de libros, aunque también, a veces, cómo no, de política, del desastre, descalabro patrio. Al final, aunque algunos prefieran obviarlo, el fue una víctima, y también un resistente, de la dictadura comunista impuesta en la isla hace más de medio siglo. Esa dictadura decomisó sus obras inéditas, lo arrestó, lo humilló y lo deyectó como escoria durante el éxodo de 1980.
Recuerdo también que Carlos fue uno de los últimos escritores de mi entorno en sucumbir a la computadora. El fue mi líder en esa resistencia antitecnológica, mi Unabomber local, hasta que un día me llamó desalentado y me dijo que se había rendido, que era inútil, que la maldita modernidad se imponía. Ese día yo también sucumbí a la computadora, a la Internet y a lo demás. La verdad, no me arrepiento y le agradezco donde quiera que esté.
Quizá sea muy pronto aún para evaluar el aporte de su obra, quizá se fue demasiado pronto a ese otro país; exiliado eterno. Lo que sí sé es que no recibió en vida todo el reconocimiento que merecía. Qué en la Cuba que vendrá, las aguas en su nivel, Carlos Victoria será una de nuestras asignaturas pendientes y entonces, claro, la academia norteamericana, tan a la izquierda de Dios, lo descubrirá sin recordar que una vez lo tuvo vivo y a la mano y ni siquiera lo miró.
![]() |
(Cuba, 1958. Escritor). Ha publicado los libros Mala jugada (cuentos, 1996), Carga de la caballería (cuentos, 2006) y Mitos del antiexilio (Ensayos, 2007). Es fundador y miembro del capítulo PEN CLUB de Escritores Cubanos en el Exilio. Varios de sus relatos han sido incluidos en antologías del cuento cubano en Francia y España. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de Alemania, España y Estados Unidos.