

Para los jardineros la muerte es otra cosa. La vemos todos los días: las flores de ayer que hoy tiñen el césped o el pavimento, las ramas secas del flamboyán que el viento deja caer por dondequiera, un árbol muerto por la arremetida de un huracán o la descarga de un rayo -pero que se resiste a caer-, una mariposa difunta que es llevada por las hormigas a su hormiguero... Todas estas manifestaciones de la muerte son siempre preludio de otra vida.
En el tronco seco crecen los hongos y se refugian los pájaros e insectos, las hojas y las flores caídas sirven de abono para las plantas. Todo en el jardín -como en la vida- está siempre muriendo y naciendo. Será una expresión manida y cursi pero: “Así es la vida”.
Para los que el jardín y las plantas son una vieja pasión, casi una ''naturaleza'' propia que nos acompaña en las buenas y las malas, los trabajos jardineros nos enseñan de la constante transformación en que vivimos, y en cada rincón algo puede recordarnos un hermoso incidente o traer a la memoria algún familiar o amigo ya ido.
Las vicarias, diamelas y madamas me recuerdan a mi abuela paterna, mientras que las rosas me recuerdan a la materna. Mi madre siempre estará para mí asociada con las guayabas, por una bella foto que le hice comiéndose una, cuando yo tenía 13 años. El aguacate, se carga de la presencia de mi padre; porque era su ensalada favorita, con cebolla y aceite. Y también la fruta bomba que él gustaba de comer con sal.
Muchas plantas y árboles me traen un caudal de recuerdos: el laurel, al poeta cubano Fernando Aguado, el mango a Buda, el canistel a la Caridad del Cobre, la adelfa a una amiga que de niña romántica un día quiso suicidarse con ellas. El níspero, a Tere, una campesina del cuartón La Canoa, en la zona de Jobabo, que me los ponía a enfriar en el pozo para que yo los comiera cuando terminara la clase de alfabetización que yo le daba.
Las plantas y los árboles tienen un gran poder de evocación, es como un conjuro contra el olvido, contra la muerte. Por eso el día en que murió mi amigo Carlos Victoria me fui al jardín y sembré un tangelo Honey Bell (cítrico híbrido de la toronja Duncan y la mandarina Dancey). El arbolito -que había comprado hacía varios días- esperaba el momento en que yo pudiera sobreponerme al cansancio nocturno o a la vagancia matinal para sembrarlo. Ese día quedó plantado en toda su belleza, al frente de la casa, para que cuando esté en flor su perfume me reciba y alegre también a los vecinos que pasen.
Ahora, cuando lo vea crecer, florecer, dar frutos, con esa vitalidad se mantendrá vivo también el recuerdo de Carlos y la esperanza de que así como en el jardín todo se transforma y todo lo que muere da vida, alguna vez, ya transformado yo también en algo mejor, pueda volverlo a ver. Porque en el jardín y en el Universo: "La vida y la muerte son los dos latidos de la Gracia".
Publicado en El Nuevo Herald, el sábado 20 de octubre del 2007
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Escritor. Salió de Cuba en 1979. Desde hace 17 años se desempeña como crítico musical de El Nuevo Herald, donde también aparece su columna dominical El jardín de Daniel. Es autor de varios textos teatrales inéditos y de la novela Alquimia magna --publicada en el 2002 por la editorial Abraxas. Sobre su novela más reciente, que acaba de publicar la editorial Silueta: Sakuntala la Mala contra la Tétrica Mofeta , el escritor Luis de la Paz ha dicho: “La novela es un fresco de la sociedad cubana de los años sesenta y setenta, cuando el castrismo se consolidaba, era más intolerante que nunca y la juventud, más rebelde, irreverente y desafiante. Entre los momentos más impactantes del libro está el relato donde Daniel, ya en prisión, conoce los detalles de la muerte del escritor Nelson Rodríguez, que fue fusilado por el régimen. El retrato hablado que describe Sakuntala la Mala contra la Tétrica Mofeta, traza también el perfil del mundo homosexual de La Habana, con sus personajes extravagantes y la perenne persecución de la policía política”.