

Yo lo invitaba con frecuencia a conciertos en los que se tocaba música de compositores por los que compartíamos una infrecuente preferencia. Uno de sus "extraños" favoritos era Bruckner. Admiraba en él la complejidad de los temas, la atmósfera filosófica, a veces religiosa. Sin embargo, en su vida personal, Carlos Victoria evitaba sacar a colación el tema de Dios, mucho menos la religión. Apenas si recuerdo una conversación sobre la fe con motivo de uno de sus sueños. Hubo una época en que me los contaba, y como el Daniel de la Biblia, yo se los interpretaba. En aquel sueño le decían en inglés: "Faith is giving out", La fe se está apagando. Y efectivamente él cada día creía menos.
Creo que justamente lo que hizo que en los últimos años habláramos poco fue el que en una ocasión en que nos pusimos profundos, yo mencioné --entre ideas y delirios sobre Dios, la fe y los milagros-- demasiados platillos voladores. Desde ese momento noté como que me evitaba un tanto.
"Es que esa noche tuve problemas para dormir", me confesó, cuando le pregunté qué pasaba. Sin embargo, no por eso dejamos de ir juntos a los conciertos y de hablar de vez en cuando en la sala de redacción de El Nuevo Herald donde trabajábamos.
También compartíamos una profunda admiración por Haydn y por supuesto, por Mozart, del que siempre me recordaba que habían nacido el mismo día, 26 de enero. Por eso fuimos juntos al estreno de Amadeus (1984), de Milos Forman, ambos quedamos muy impactados.
En aquel tiempo íbamos frecuentemente al cine. Recuerdo que vimos juntos Out of Africa (1985), Maurice (1987) y My Own Private Idaho (1991) y posiblemente algunas en la Cinemateca, ya desaparecida;pero todo eso fue antes de los platillos voladores, claro. Luego sólo se atrevía a acompañarme a los conciertos, y no a todos los que le invitaba. "Es que no logré cambiar el turno", me decía, porque su trabajo nocturno en el periódico le hizo perder muchas invitaciones a conciertos que yo sabía que le habrían gustado.
En el último en que asistimos juntos escuchamos La Séptima sinfonía "Leningrado’’, de Shostakovich, autor que siempre él me recordaba que me debía a mí el haberlo conocido. Porque durante mucho tiempo para él la música terminaba en Debussy, y después de éste sólo se acercaba con recelo a Stravinsky o Prokofiev, porque él prefería lo apacible a lo rítmico, lo melodioso a lo grandilocuente. El mismo era así. Mi método para seducirlo hacia Shostakovich lo basé en el Adagio de su Concierto no. 2 para piano y orquesta.
El "cayó mansito" apenas lo escuchó en casa. Porque también hubo un tiempo en que me visitaba de vez en cuando, a la hora de almuerzo, antes de seguir para el trabajo. El compraba arroz frito, yo hacía una ensalada, y luego le mostraba discos o libros, mangos u orquídeas. "Esta es una de las cosas que me hacen no perder la fe en ti", me dijo un día, cuando yo le mostraba los progresos de mi jardín. El siempre confió en que yo volvería a escribir.
Todavía recuerdo el rostro sorprendido y conmovido de Carlos, cuando escuchó por primera vez la bella melodía del piano en el mencionado Adagio. Fue el principio de una gran pasión. Poco a poco se enamoró perdidamente del genial ruso, del que llegó a tenerlo prácticamente todo.
Esa última noche en que salimos (diciembre 17 del 2005) disfrutó mucho del concierto; pero a la salida, rechazó mi invitación a un café, y en cambio me invitó a ver Match Point, de Woody Allen. Ahora lamento no haber aceptado; pero es que yo lo que quería era conversar con él. Siempre me daba la sensación de que era poco el tiempo que tenía. Como la liebre de marzo en Alicia en el país de las maravillas, siempre se le hacía tarde, siempre tenía otra cosa que hacer, tenía que irse. La única excepción fue una época -los años en que íbamos tanto al cine- en que venía a leerme capítulos de sus novelas. Comenzábamos la noche paseando a pie por las desiertas calles de Virginia Gardens, donde yo vivía entonces, y luego, de regreso en casa me leía. Nos fajábamos a veces, porque yo le reprochaba incorrecciones verbales, elipsis inadmisibles (sobre encuentros sexuales) o le exigía detalles que a él no le parecían importantes. Recuerdo que no logré convencerlo de que "los pinos" de Santa María eran en realidad casuarinas. "Pero nosotros le decíamos pinos’’, insistía.
Luego nos mudamos los dos en direcciones opuestas y aquellas tertulias nocturnas no volvieron a repetirse.
Volviendo a esa última noche de concierto y de Shostakovich, quizá él rechazó la oferta al café, no tanto porque prefiriera la película -"Es que cuando tengo una noche libre tengo que aprovechar y hacer varias cosas", se disculpó- sino porque temía que, sin previo aviso, yo le aterrizara uno de mis platillos voladores en la taza de café. Debo confesar que me resentí mucho de que en aquella ocasión prefiriera el murder mistery de Allen, antes que conversar un rato conmigo entre la multitud de Lincoln Road. Más me duele ahora, porque fue la última oportunidad para una larga conversación. O quizá fuera que a él no le gustaba la multitud. Era tímido, vivía refugiado en su literatura. Me reveló un día que tenía una gran necesidad de trascender. No quería que todo lo que había sufrido quedara olvidado.
Sin duda era muy solitario y su método creador se había vuelto como el de otro escritor acuariano que él admiraba y con el que a veces se comparaba: "Acuérdate de Vigny con su "torre de marfil". Fuera el rechazo a la multitud o a mis delirios, no conversamos esa noche y nunca más volvimos a salir juntos.
En las últimas semanas de su vida, gracias a un amigo suyo de Nueva York -a quien no conozco- Carlos entraba en el mundo de la ópera vía La Walkiria, de Wagner. Yo quise poner mi aporte a su iniciación operística y le brindé cualquier cosa de mi colección de DVDs; pero él me dijo que quería ir despacio. Todo lo escuchaba cuidadosamente y más de una vez antes de establecer su veredicto.
"Mira el tiempo que he esperado para descubrir la ópera", me dijo.
Pero el tiempo se le acababa. La última vez que lo vi, en el trajín del trabajo, cuando ya sabíamos de su enfermedad y su próxima operación, le regalé el DVD de la Carmen con Migenes y Domingo y el de Manon, con la Gruberova. "Como sabes francés, creo que la ópera francesa te va a resultar fácil’’, le dije. "No se cuándo te los pueda devolver", me advirtió, y le aclaré que eran para él, que los viera con tiempo.
No sé si tuvo ese tiempo, porque las dos operaciones intestinales que le hicieron, sin que lograran resolver su problema de salud, lo dejaron con tantos dolores que decidió terminar con el dolor y con el tiempo de una manera suicida. Había tenido demasiado dolor en su vida.
Carlos Victoria nació en el mismo día que Mozart y murió de la misma enfermedad que Debussy. Además de los compositores que he mencionado, admiró a Berlioz y a Mahler, a Schubert, a Brahms, a Mendelsohnn y a pocos otros, porque era muy selectivo, especialmente con los del siglo XX. Sin embargo, su música personal era bien sencilla, casi silenciosa. Era una música visual compuesta de gestos y sonrisas, de un amplio ademán para el saludo y un caminar pausado que en un tiempo fue como el del que lleva un peso muy grande sobre los hombros. Tenía una forma muy musical de llamarme Daaany.
Decía Eluard que el mejor poema que escribe un poeta es el de su propia vida, y en ese sentido Carlos deja un hermoso poema de abnegación por las personas que quería, sentido de la amistad y del respeto mutuo y una gran aceptación del deber literario. Su poema vital es una "música callada’’ que resuena en el alma de los que lo conocimos y quisimos.
Espero que algún día volvamos a escuchar música juntos.
29 de enero de 2008
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Escritor. Salió de Cuba en 1979. Desde hace 17 años se desempeña como crítico musical de El Nuevo Herald, donde también aparece su columna dominical El jardín de Daniel. Es autor de varios textos teatrales inéditos y de la novela Alquimia magna --publicada en el 2002 por la editorial Abraxas. Sobre su novela más reciente, que acaba de publicar la editorial Silueta: Sakuntala la Mala contra la Tétrica Mofeta , el escritor Luis de la Paz ha dicho: “La novela es un fresco de la sociedad cubana de los años sesenta y setenta, cuando el castrismo se consolidaba, era más intolerante que nunca y la juventud, más rebelde, irreverente y desafiante. Entre los momentos más impactantes del libro está el relato donde Daniel, ya en prisión, conoce los detalles de la muerte del escritor Nelson Rodríguez, que fue fusilado por el régimen. El retrato hablado que describe Sakuntala la Mala contra la Tétrica Mofeta, traza también el perfil del mundo homosexual de La Habana, con sus personajes extravagantes y la perenne persecución de la policía política”.